Adiós, Podemos

La autodestrucción de Podemos.

Pablo Iglesias impone sus listas, sus documentos y su persona. Echenique, el urdidor de la campaña contra Errejón y autor de la norma electoral no proporcional hecha para favorecer al equipo de Iglesias, segundo más votado. Los conspiradores de que hablaba Luis Alegre se hacen con todo el poder. Ya estamos otra vez en los años ochenta. Tanta ilusión, tanto trabajo tirado por la borda. Adiós, este no es el Podemos en que había depositado mis esperanzas. Todo se va a la mierda, todo el poder para el secretario general; que le aproveche; la dictadura y el dirigismo desde el vértice de la pirámides se impone en Podemos. Habrá que buscar las esperanzas en otra parte.

Por lo que leo hoy por la mañana es falso ese slogan que ayer se coreaba en Vistalegre: unidad. Lo que se ha elegido es un rodillo de unos sobre otros, basta analizar la norma electoral y los documentos ganadores votados, eso sí, democráticamente por la mayoría. En Podemos queda instaurada una democracia que cuanto menos es torticera.

Han vencido democráticamente las propuestas menos democráticas. Ergo, habrá que buscar la democracia en otra parte. Ya estamos otra vez en los tiempos del tándem Felipe González-Guerra. Una vez construida la pirámide sólo falta cubrir las rendijas de los sillares con el cemento de las buenas palabras para consolidad la hegemonía absoluta del líder.

Retrocedemos a los tiempos anteriores al 15M.





Unidad, el hilo de una emoción


El Chorrillo, 11 de febrero de 2017

Estoy en Vistalegre. Esperamos. El comienzo del acto se demora. Al fin, la música, voces, una pequeña procesión de gente aparece por la derecha del recinto. Son los componentes de las tres listas. Aplausos. Y de golpe empieza a surgir como del vientre de un gran monstruo marino, primero numerosa, después multitudinaria, salida de las gargantas de miles de personas, la palabra "unidad". ¡Unidad! ¡Unidad! ¡Unidad! Y enseguida descubro que no puedo gritar, que la emoción me ha subido a la garganta, que mis palabras se atascan entre las cuerdas vocales. Todo el mundo en pie repite, como si las palabras salieran del fondo de un inmenso clamor largamente retenido en el esófago, la palabra unidad. ¡Unidad! ¡Unidad! ¡Unidad! Esto es y será la esencia de este primer día de congreso.



Y llegan los discursos, Iglesias, Errejón. En fin, estamos tan acostumbrados a oírlos, que apenas son más que la prolongación de la última entrevista que vimos ayer tarde. Sólo cabe resaltar la interrupción de los asistentes para con cualquier disculpa corear ¡U-ni-dad! ¡U-ni-dad! ¡Sí - se - puede! ¡Sí - se - puede! Estamos volviendo a las raíces, a nuestro grito de guerra y de hermandad más querido: ¡Sí se puede!

Pero estaba por llegar el verdadero terremoto de la mano de Miguel Urbán. Mi querido descubrimiento de esta mañana. Miles de personas de nuevo coreando ¡Unidad! Urbán se hace creíble, su robusta voz llamando a la unidad y nombrando a las cosas por su nombre es la voz en ese momento de miles de militantes. El hilo de la emoción vidria los ojos, sube desde dentro de nuevo como en las grandes ocasiones en que el alma convulsionada por la pasión de una ilusión, una esperanza, se encuentra de pronto en el medio líquido de una emoción que viene de muy lejos, muy lejos, saltando por encima de los precipicios que hemos cavado estas semanas, meses atrás, para llegar a nosotros nuevamente impoluta y fresca.

Naturalmente no es un programa, un calendario, unas alternativas de uno u otro grupo lo que alimenta hoy al auditorio, esto es pura emoción, algo que sólo tiene que ver con lo más íntimo de nuestras propias convicciones. Y la emoción no necesita programas ni estrategias, y a veces ni siquiera líderes, la emoción nace, explota por los ojos y el pecho y nos dice lo que realmente está pidiendo nuestro ser más profundo, una hermandad que nos reconozca por encima de las discrepancias como un grupo destinado a convertir este pozo de mierda que es nuestro país en un lugar habitable y solidario.

Esta es la esencia de este primer día de Vistalegre II, la sensación de solidaridad, de deseo de fraternidad, de unidad. Dicen que un partido político no se sostiene sólo con la emoción. Probablemente, pero si ese partido, Podemos, no se alimenta desde el principio por la fuerza arrasadora de la emoción estamos perdidos. Después tocará el trabajo del día a día, los proyectos, las votaciones, pero para entonces el horno ya estará caliente, la voluntad de unidad y cambio, que los dirigentes deben recibir como un mandato irrenunciable, habrán servido para empujar la maquinaria de Podemos en la dirección oportuna, la del cambio, la de búsqueda de la justicia social y económica.


¿Será alguna verdad que las bases de Podemos seamos realmente la sangre que mueve la maquinaria y la voluntad del partido?

Bienvenida sea la crisis en que estamos metidos (en Podemos)


El Chorrillo, 10 de febrero de 2017

Como agua de mayo debería ser tenido lo que está sucediendo estos días en Podemos, esto y toda aquella basura que algunos generaron en Navidad en torno a Íñigo Errejón. Bienvenida, ¿por qué? Voy a tratar de explicar por qué a mí me parece así.

¿Quien podría decir si todo esto no hubiera tenido lugar que conoce a los dirigentes del partido, que conoce sus ambiciones personales, que conoce hasta dónde el mantra de "la gente" con el que nos llenan los oídos es sólo una pequeña parte de espurias ambiciones? Tantas cosas.

Todo lo que hierve en el subsuelo podemita o tras la fachada más o menos bonachona de todas las relaciones sociales y políticas de la organización se habrían quedado como una enorme tenia dando vueltas por su tubo digestivo destruyendo a la larga su interior si no nos hubiéramos dado cuenta a tiempo: una tenia que tarde o temprano habría devorado nuestro organismo, nuestra convivencia, convirtiéndonos en uno más de esos partidos en donde la lucha soterrada de barones, aprovechados, estafadores de turno habría terminado por minar nuestras raíces, las de Podemos. Ahora, con las cartas sobre la mesa, no todas, no vayamos a ser ingenuos, con las luces alumbrando los rincones oscuros de la breve historia de nuestro partido, va a ser más fácil seguir trabajando por una organización democrática. Si todos los grupos, facciones o modos de entender cómo ha de funcionar Podemos hubieran escondido hipócritamente sus diferencias y hubieran dicho sí a todo lo que la corriente mayoritaria planteara, estaríamos en el principio del fin de eso que tanto se airea: nuestro ADN fundacional.

A estas alturas, por ejemplo, nos son sobradamente conocidos gente como Monedero, Iglesias, Errejón, Monereo, el señor Echenique, y así un largo etc. El que quiera entender que entienda, sólo basta recurrir a la hemeroteca reciente para saber dónde está cada uno y cuales son sus deseos más queridos. A partir de ahí, creo que es mucho más fácil construir un Podemos coherente y democrático, pese a los hooligans y fanáticos de todo tipo que, claro está, no pueden faltar en cualquier rincón del planeta de la misma manera que la cizaña y las malas hierbas son compañeros habituales de la huerta. Sólo se necesita saber leer, contrastar e interpretar por uno mismo la información que nos llega cada día a través de los medios.

En ese proceso poner en su sitio a tantos personajes es esencial; ahí tenemos en el apartado de los falsos poetas y gurúes al "bueno" de Monedero, sin ir más lejos, convertido en la cizaña más empozoñosa que podíamos imaginar; ahí tenemos ese "el poder del partido no es una tarta" de Irene Montero intentando hacerse con la tarta entera; o al maño Echenique diseñando un sistema electoral a la medida de Iglesias, el hombre que en Vistalegre I defendía a capa y espada un secretariado colegiado; a Iglesias en persona con los pies hundidos en un deseo irrenunciable de acumular poder; a Monereo recién entrado en Podemos procedente del PC intentando aplastar desde la prensa a Errejón.

Y lo que ni Luis Alegre ni Fernández de Liria se atreven a decir, la cuestionabilidad de Pablo Iglesias como líder, que queda en entredicho por múltiples razones, la principal de ellas su desmesurado deseo de acumular poder de decisión en todos los frentes, junto a su escasa habilidad para flexibilizar sus posiciones, amen de ser incapaz de asumir y dar respuestas a críticas de importancia como las hechas por Alegre y Fernández de Liria; amén de su nula modestia y su bochornosa actitud respondiendo a las críticas con insultos y menosprecios. Iglesias lo más importante que pudo hacer en su vida ya lo hizo, así que un puente de plata, como decía el de Cayo Lara, y adiós. Hay un cuento de Tolstoi que retrata perfectamente la situación de Iglesias. A un campesino se le ofrece la oportunidad de poseer toda la tierra que sea capaz de encerrar caminando a lo largo de toda una jornada. El campesino traza un itinerario tan ambicioso que las veinticuatro horas del día no son suficientes para cerrar el círculo de lo que podía haber sido su territorio. Muere en el camino.

Cuando Montiel, el líder de Podemos de Valencia, asigna a Iglesias un papel muy parecido a alguno de nuestros dictadores modernos; cuando el líder de Castilla La Mancha habla de los que "sobran" en Podemos, muchos, todos los que no piensan como él o sus camaradas del equipo de Iglesias; cuando "el mejor filósofo de España", Luis Alegre, según Irene Montero y el mismo Pablo Iglesias, habla de algunos dirigentes del equipo de Iglesias como grupo los conspiradores; cuando Iglesias habla de extirpar, que suena a stalinismo puro sin más. Cuando, tantos cuandos sin respuesta, todo esto está en los medios, ¿sucederá que nada sea verdad, que todo sea puro folclore para hacerles perder puestos en el CC? Por favor.

Este saber quién es quién en Podemos nos va a ahorrar mucha confusión en el futuro. Después de todos estos vientos y estas tormentas, la atmósfera va a estar mucho más limpia, veremos mejor, todos podremos decidir con mejor juicio quién merece estar en los órganos de dirección y quienes no.



Quizás sea orientativo ver de qué parte está la mayoría del equipo originario de Podemos. En la foto los señalados con un círculo pertenecen actualmente al equipo Recuperar la ilusión.

"Extirpar". ¿Está preparando Iglesias ya la purga stalinista que nos espera?


El Chorrillo, 7 de febrero de 2017


¿Quién viendo la situación previa al 1917 en la Rusia zarista no habría subscrito las bondades de aquella revolución? Y sin embargo llegaron las purgas y... las extirpaciones y el exterminio.

¿Quien en su sano juicio viendo la situación de España de estos años no habría suscrito los planteamientos de Podemos? No imagino a ninguna persona de bien que no pudiera suscribir los objetivos sociales y políticos que plantea Podemos y, sin embargo, y de manera totalmente incoherente ahí tenemos a Iglesias hablando de "extirpar". "(Extirpar: 1. tr. Arrancar de cuajo o de raíz.2. tr. Acabar del todo con algo, de modo que cese de existir. Extirpar los vicios, los abusos.3. tr. En una operación quirúrgica, quitar un órgano o una formación patológica). Las tres acepciones valdrían, pero sobre todo la segunda, con ese final inequívoco: "de modo que cese de existir". La cita corresponde a Jorge Plaza, un comentarista de Infolibre.



A Iglesias no le ha gustado que "el mejor filósofo que tenemos en España", según afirma él mismo e Irene Montero, Luis Alegre, le haga una crítica que pone en entredicho a la parte más notoria de su equipo, y entonces tira de cheira y no duda a afirmar que quiere ganar en las próximas elecciones de Vistalegre II para extirpar este tipo de comportamientos. Me pregunto, que si esas extirpaciones van dirigidas contra un amigo de veinte años a la vez cofundador y exdirigente de Podemos, qué no será capaz de tramar este hombre en otras situaciones y circunstancias. "Extirpar" no está lejos de ese otro concepto,"exterminar"; hacer desaparecer, privar de existencia a todo aquel o aquello que...

Iglesias, siempre tan brillante e inteligente, aparece con las palabras que siguen como un perfecto imbécil: "Esta dinámica según la cual alguien se enfada y escribe un artículo en prensa para convertirse en titular y para que todo el país hable de ti es algo que hay que extirpar". Cuando alguien te hace una crítica seria y de importancia sobre los problemas de Podemos, a ti no te sale otra cosa que insultar y llamar a la extirpación. Qué discurso más mísero. Para Iglesias, cuando Luis Alegre habla de conspiradores y cortesanos, es que Alegre está enfadado y quiere convertirse en titular. ¿No es así toda la zafiedad con la que se prodiga el PP desde hace décadas?

Después de estas palabras, ¿puede uno confiar el destino de Podemos a alguien que expresa que puntos de vista diferentes a los sustentados por él deben ser extirpados? ¿Puede el "filósofo más importante de España" estar tan errado en sus análisis? ¿No tiene Iglesias nada que decir a ese análisis, sólo insultar y proponer la extirpación del disidente?


Me atrevo a decir que el Iglesias que "extirpar", puede ser un peligro no sólo para Podemos sino también para nuestro país. Podemos necesita gente más equilibrada y con un sentido de la democracia y del diálogo mucho más afinado. 

Decir antes de terminar que soy un convencido converso de Podemos y que no creo que ninguna otra fuerza en España esté en mejor situación para contribuir a la mejora de nuestro país, razón por la que sigo apoyando a Podemos. Creo que en el partido hay gente mucho más demócrata y madura que Iglesias para liderar esta fuente de emoción y esperanza que es y debe seguir siendo Podemos. Mi voto para Secretario General quedará en blanco después de leer este suelto de Infolibre.

Correr en la oscuridad


10 de enero de 2017

Me desperté antes del amanecer. Era la hora de mi carrera diaria; no dejé que sonara el despertador. Era una mañana de niebla como tantos. Salir del saco de dormir, enfundar unos pantalones viejos, el anorak, calzar unos deportivos... Salir al jardín, cerrar la puerta de la choza y encender la farola más cercana a la cancela: una aureola blanca nacía de la nada de la noche para enseñorearse triste y algodonosa en el centro de la oscuridad.




Dudé entre dejar la luz encendida o no; opté por lo segundo. No fui consciente hasta entonces de la increíble oscuridad de la mañana. Después de apagar la farola fue imposible ver nada, no recordaba una oscuridad así, podía adivinar la cercanía de la cancela sólo por el corto y ligero repecho que arrancaba junto al depósito del gas.
El reto incluía correr bajo la lluvia si fuera necesario y, cómo no, también por este pozo sin referencias en donde el suelo tan solo era una posibilidad de reencontrarlo a cada paso una vez iniciada la carrera.
Una llovizna fina caía suave sobre la noche. Subí la primera rampa hacia la finca del vecino corriendo con cuidada atención para no caer en ese espacio de aspecto líquido donde parecía desplazarme flotando dentro de un mundo de ciegos. El halo blanco de la farola, mirada poco antes de frente, había impreso el negativo de su forma sobre mi retina y ahora se movía invertida por el ángulo de visión formando la sombra de una especie de ciprés achaparrado sobre el fondo de otra sombra más negra todavía. Sentí un charco bajo el pie izquierdo. Hoy ni siquiera ladraban los mastines del vecino. Cuando pasé junto a la valla escuché los pequeños destellos que producía el pastor eléctrico en contacto con algunas hierbas altas.
Junto a la verja ya pude distinguir, aunque con gran esfuerzo, el reflejo achocolatado de los charcos más inmediatos; un reguero ancho discurría a la derecha junto al camino, en el centro el agua formaba un jeroglífico que no pude franquear sin mojarme. Después el firme era arenoso y claro, pasa sobre la oscuridad como remontándola y dividiéndola en dos espacios parejos débilmente siluetados por arbustos medianos. Mientras corría recordé una vez que dormí en un hospital abandonado del valle de la Barranca bajo la Maliciosa; nadie había traído linterna, no llegábamos a vernos las manos; permanecer en aquella oscuridad toda la noche, cenar y preparar el vivac fue una experiencia curiosa, aquello era algo muy parecido a la ceguera. La misma sensación tenía esta mañana.
De aquello hacía mucho tiempo, sin embargo volvía entonces fresco como sucedido ayer mismo. Era una suerte de conciencia mineral la que acompañaba al trote lento de esta madrugada por el camino, ahora zigzagueante, subiendo hacia el olivar.
Terciado el recorrido, los rastrojos, la grama, las cepas, ese cartel que señala los límites del coto, la silueta cercana del olivo, mostrándose como estando ahí desde la creación de la Tierra, envueltos de destemplanza de invierno, desprovistos de referencias, son reconocidos enseguida como compañeros de vecindad a los que le une su condición de estar y permanecer en el mundo.
Me detuve junto a los olivos y traté de sosegar mi respiración. Ningún ruido penetraba esta oscuridad tan parecida a la nada. Cuando leí La Historia Interminable la nada me la había imaginado flotando blanca e inconsútil en un espacio muy denso de aspecto grisáceo; sin embargo, aquello, la nada negra en la que yo ocupaba erguido el centro con una actitud admirativa de devoto del presente, era más creíble como realidad de ese concepto imposible de imaginar.
En el camino de vuelta, con una oscuridad razonable a punto de desleírse en la opaca luz del alba, pensé una vez más en los simpáticos animales —ahora ya en nuevo status de consideración— que estaban dejando todo el jardín lleno de montoncitos de tierra; luego intenté seguir las huellas de algún instante del pasado que no sabía localizar pero que tenía unos contornos parecidos a uno de esos sueños que se mueven entre la ficción y la realidad de una manera muy similar a como lo estaba haciendo esta mañana desde que me desvelara una hora y media atrás. Intenté cazar al vuelo —las piernas apoyando cadentes, con suavidad, pero decididas, el suelo húmedo— su procedencia, pero no lo conseguí.
La soledad y la noche, acompañadas de esos pocos elementos que limitan el camino, eran parte de la plenitud que respiraba de nuevo mi cuerpo. Había una delicada armonía en todo aquel conjunto de disposiciones. ¡Qué idioma tan claro y elocuente hablaban las cosas, y cuánta era su fuerza! Hice un gran esfuerzo por absorber y penetrar ese momento tan precioso que sabía se desvanecería en pocos instantes. Trotando parecía bajar del Sinaí a grandes zancadas. En lo alto de la cuesta la niebla dejaba atravesar un difuso halo de luz amarillenta, negro, grises azulados, lechosa transparencia.
Rigidez, violácea frialdad de manos, de orejas, de nariz; ácido roce del aire en la tráquea, el fuelle del esfuerzo aventando gélida brisa en los pulmones; calor gratificante, tonicidad muscular, cálido trasiego de bienestar de la carne, sofoco, entrecortada respiración, batiente y apresurado latir en el pecho.
La cancela de largos barrotes de hierro, la puerta de cuarterones de pino, la tibia calidez de la casa. La luz estridente del baño: la ducha: agua fría del pozo, pequeños cristales impulsados por la bomba de presión sobre el cuerpo, azotando la espalda, los brazos; violenta fricción, marasmo de reacciones, elásticas ramas de abedul flagelando el dorso: Max von Sydow disponiendo en El Manantial de la Doncella su cuerpo para la venganza; pasión estética del frío y del esfuerzo, ejercicio solitario, búsqueda del placer, nevasca, ventisca, tormenta, exhausto bienestar, loa de invierno.




Recordando a nuestra perra Lola


8 de enero de 2017




La luna entraba por el vano de la puerta llenando mi choza con la leve luz de su llamado. Es tópico, se sabe, pero esa irrupción en la negrura del momento siempre tuvo sobre los habitantes de la noche un no se qué de invitación a la contemplación; cuando la observamos en soledad, parece que nos sacara de nuestra realidad del instante para transportarnos a un mundo diferente o acaso para colocar frente a nuestros ojos un prisma que refractara la realidad haciendo posible ver a ésta en una versión más poética e íntima. Me había ovillado en el interior del plumón de mi saco de dormir y miraba el medio queso del cielo que aparecía entre las ramas del nogal preguntándome por cuál era la razón de esa atracción, cuando apareció por la puerta la cabezota de Gaza que alargaba su morro por encima de mi cabeza para lamerme la mano. Gaza es nuestra mascota, la última de una larga lista de perros que nos hacen compañía desde hace un cuarto de siglo, un pastor alemán al que nunca se le permitió pasar a la casa y que últimamente, desde que le abrí la puerta a mi choza por la noche, ha tomado a ésta como su lugar de residencia y a su dueño por inseparable amigo de quien no logra separarse durante todo el día. Ahora, desde que la permito entrar en la choza por la noche, permanentemente se la ve echada a unos pocos metros de mi habitat, como esperando a que en algún momento le haga una caricia o intercambie alguna parrafada con ella.
En términos generacionales Gaza podría ser la biznieta de Lola, la primera perra que tuvimos en El Chorrillo. Su cuerpo yace desde muchos años bajo el nogal que crece frente a mi choza, un nogal que pusimos a modo de lápida sobre el cuerpo de Lola, nuestra querida Lola. La historia de su adopción es un tierno relato que a mí todavía me produce cierto dolor de conciencia cuando recuerdo lo que ella tuvo que penar hasta convencernos de que teníamos que adoptarla. Eran tiempos en que mi hijos todavía eran pequeños.
Lola había aparecido en nuestra casa como un alma errante que había sido abandonada miserablemente por los campos circundantes. Un día vimos asomar por los barrotes de hierro de la cancela de nuestra casa la cabeza de un pastor alemán que ladraba insistentemente como quien pide amparo. Tenía un aspecto famélico, era un manojo de heridas; no hubo más remedio que darle de comer. No hemos querido nunca perros; habíamos rechazado siempre la idea cuando nos habían ofrecido alguno; no teníamos especial simpatía por estos animales; más cuando pensando en nuestras largas vacaciones de Navidad y verano no tendríamos posibilidades de cuidarlos. Darle de comer aquella tarde fue el principio de una aventura. Pasamos varios días intentado ahuyentarla por todos los medios, pero era inútil; daba una pequeña carrera hasta el límite del chorro de agua de la manguera con la que intentábamos alejarla o de las piedras que le lanzaba y, cuando se ponía fuera del alcance de nuestros proyectiles, se sentaba y nos miraba circunspecta y paciente.
La verdad es que producía una cierta repulsión: varias heridas entre las patas delanteras y otras en el lomo tenían un aspecto sanguinolento y tumefacto;  en la puerta dejaba un rastro de olor como de estiércol. Después de algunos días, con el señuelo de un plato de carne, la metí en la furgoneta y me la llevé a quince o veinte kilómetros campo a través. Allá se quedó junto a un campo de cebada comiendo con avidez unos restos de pollo. Ni siquiera levantó la cabeza cuando arranqué. Se acabó la perra, me dije, mientras emprendía el camino de regreso por un lugar distinto al que había hecho a la ida.
Nos hemos quitado definitivamente el problema de la perra de encima, dijimos al asomarnos a la cancela a la mañana siguiente y comprobar que aquel chucho no había vuelto.
Pero fue una ingenuidad de nuestra parte. Cuando regresamos al mediodía, allí estaba aparentemente recuperada iniciando de nuevo un gesto familiar de acercamiento. Mi hija, que entonces tendría cinco o seis años, volvió a pedirnos con lágrimas en los ojos que nos la quedáramos. Yo estaba muy obcecado todavía, bajé del coche e intenté ahuyentarla con alguna piedra. Aguantó un día más sin agua y sin comida. No nos explicábamos como podía resistir así; pensamos que quizás se buscaba la vida en nuestra ausencia. Lo cierto era que mientras permanecíamos en casa no se movió de la entrada.
Comenzó a desarrollar un sentido de la propiedad tal que hacía peligroso el tránsito por nuestra puerta: un  día agarró el pie del guarda de la caza con los dientes; otro, alguien que pasaba en moto terminó en el suelo. Día y noche permanecía junto a la verja como un guardián incansable, seguro de ser acogido tarde o temprano en el seno de aquella casa.
Por entonces empezó a hacer bueno y salíamos a comer al porche. Cuando nos veía preparar la mesa dejaba su puesto de guardiana junto a la cancela y se situaba en el camino por detrás de la valla frente a nosotros. Y gemía viéndonos comer; era un lloro lastimero capaz de partir el alma a cualquiera. Volvimos a ponerle comida y agua.
Por la tarde entró en casa.
Soportó sumisa toda la operación de limpieza, una a una fuimos quitándole todas las garrapatas, luego le curamos las heridas, la lavamos. Era la mansedumbre de los desposeídos y los necesitados. La bautizamos con Lola. Fue una más en la familia a partir de entonces. En vacaciones, a miles de kilómetros de casa, mientras la atendían mis padres, la recordábamos y comentábamos la posibilidad de que estuviera con nosotros en el pantano o en el valle de turno que visitábamos. A Lucía se le hacían largas las vacaciones pensando en volver a ver a Lola.
Vivió con nosotros cuatro años. Luego enfermó, hubo que operarla de una infección en el útero. Aquella noche nos turnamos para vigilar la bajada del suero. Movía la cabeza y nos miraba como pidiéndonos disculpas. Ya no levantó cabeza. Una mañana nos extraño no verla en el lugar habitual donde solía dormir, estaba echada junto al plátano de la fachada sur. Cuando nos vio, se levantó con el mismo esfuerzo que lo hiciera una vaca a punto de morir, pesadamente, como a quien le va la vida en ello; primero, con resignación y lentamente, las patas delanteras, después los cuartos traseros en un movimiento tambaleante que me hizo temer que caería al suelo de nuevo. La hicimos entrar en casa, husmeó en todas las habitaciones, muy despacio, manteniendo a duras penas el equilibrio. Regresamos a la tarde, la llamamos de nuevo intentando infundirle ánimo, pero ya no contestó. Un par de horas después la encontramos junto al ciprés, el lugar habitual en que se echaba al sol durante el invierno. Lola había dejado esta vida. Nosotros nos sentimos como a quienes se le ha muerto un amigo muy querido.


Una historia de topos y alcachofas


6 de enero de 2017

Los alrededores de mi choza están blancos de escarcha; hace frío, el mismo que me acogió días pasados caminando por la provincia de Burgos. Tras mi choza crecen robustas y estiradas unas cuantas plantas de alcachofas. Días atrás mientras caminaba en la madrugada junto a unos campos labrados, había observado cómo muchas de estas plantas habían doblado sus alas frente al frío cayendo tristemente lacias sobre la tierra como almas que han expirado en medio de la noche mientras dormían. Recordé en aquel momento a las que crecen en nuestra parcela. Otros años las habíamos protegido, pero este año las vimos tan fuertes que pensamos que el frío no podría con ellas.

Hace años, cuando nuestra huerta ocupaba una parte respetable de la parcela, también tuvimos alcachofas, eran unas plantas recias de la altura de un hombre que, cuando dejamos de utilizar el huerto quedaron como un elementos decorativo más junto a algunos otros arbustos, algunos evónimos y un durillo no muy grande. A última hora muchas matas se habían desplomado de la noche a la mañana como si alguien les hubiera raptado la vida en un descuido. No había que ser un lince para descubrir la razón de aquel repentino desfallecimiento, las hojas caían marchitas como atacadas por un mal profundo y fulminante. Hacía tiempo que habían empezado a proliferar también en la parcela esos montoncitos de tierra que dejan los topos en sus dominios; alguna familia de aquellos animalejos se había adueñado de parte de nuestro jardín y nos lo sembraban desde hacía algún tiempo de estos pequeños promontorios. Su territorio de acción más inmediato estaba ahora precisamente en ese pequeño prado.
Recuerdo que por aquel tiempo una noche soñé con los topos, soñaba una caprichosa visión de lo que sería el prado bajo la hierba: el mundo de las raíces, largas, cortas, alineadas, ramificadas; algunas gruesas tuberías cortando el prado, acompañando la línea de las arizónicas (el sistema de riego, los desagües, la traída del agua); otras más delgadas, éstas siguiendo la línea de las farolas, la de las electrovávulas, elevándose hacia la altura fuera del reino del topo, de las tinieblas y la oscuridad terrosa y apelmazada, hacia la luz; ese límite disparatado donde el topo sólo es capaz de dejar una huella liviana, como quien deja una tímida cagadita de ocasión en la inmensidad del campo, pequeños montoncitos de tierra que le delatan. Tenía una curiosa percepción del espacio inmediatamente debajo del prado: todo era muy claro, las raíces pendían formando raras armonías bajo un techo ocre y cerrado, observaba con cierta familiaridad aquel hábitat de lombrices de tierra y bichitos subterráneos de toda especie y no me extrañaba de esa concepción de espacio hueco donde los distintos elementos podían observarse con toda nitidez desposeídos en ese mismo instante de la tierra, precisamente el único elemento que daba coherencia a todo el conjunto.
Me despertaba alguna que otra vez y siempre me parecía estar durmiendo en alguna parte del subsuelo de nuestro jardín. No era de extrañar, los bichos siempre anduvieron por nuestra casa como Pedro por su casa y en reciprocidad yo no me siento lejos de su ambiente; era perfectamente posible imaginar el subsuelo de los topos cuando bichejos de todo tamaño y condición se paseaban por nuestra casa sin el menor recato. Un verano anterior, sin ir más lejos, encontramos un erizo encaramado en la biblioteca detrás de las obras de Proust, era un erizo respetable, tenía el aspecto de un padre de familia camino de los grandes almacenes; recorrimos todos los rincones en busca de otros posibles congéneres pero fue en vano. Por otra parte, y ahora con más razón, tampoco es tan difícil encontrar en mi choza junto al saco de dormir habitantes indeseables, sobre todo cuando empieza a hacer calor. Hasta una escolopendra se paseó no hace mucho por los pliegues de mi saco de dormir. También las avispas y arañas son a veces visitantes que gustan esconderse en los huecos de la choza.
Bueno, hay otro detalle, mientras pensaba lo anterior aún recordé un hecho más, se trataba de mi brazo derecho, que quedando posado fuera del saco puede ser objeto de alguna visita desagradable, una sensación que se acrecentó después de leer una historia espeluznante hace unos días en un relato de Luis Goytisolo; la historia hablaba de un personaje que andaba limpiando el desagüe de una casa y que nota cerca del extremo de la tubería algo mórbido que impide el paso de un alambre; total, mete el brazo, y lo saca con una terrible sensación de dolor: en el extremo del brazo colgaba una rata con los dientes atravesando un par de dedos. Y el individuo, sin tiempo para pensarlo, la muerde en la yugular y la deja muerta en el acto. Desde que he leído ese relato, si por la noche me despierto con el brazo fuera del saco, enseguida me recorre un estremecimiento por todo el cuerpo; debo hacer un gran esfuerzo para no dejarme llevar por la sensación de vómito que aquella imagen me produce.
Volviendo a los topos y a la visión que nada más despertarme tenía yo de su mundo, es posible hacerse una idea bastante aproximada de lo que veía si evocamos la actividad de un buceador de superficie recorriendo bajo el agua una determinada parte de la costa; lo que este hombre ve tiene relación con lo que yo veía, transponiendo naturalmente los elementos marinos por aquellos otros terrestres.
De pronto me dieron mucha pena los topos. Llevábamos algún tiempo maquinando atrocidades de exterminio contra ellos. También es verdad que con razón. Pasan largas temporadas sin dar señales de vida: un montoncito de tierra aquí, un montoncito allí y poco más, aparte de algunos agujeros de unos pocos centímetros de diámetro diseminados por todo el jardín; sin embargo en los últimos meses sus rastros proliferaban tanto como para que la alarma fuera fundada. No son ya los hoyitos en la parte baja de la parcela, entonces habían empezado a comerse las alcachofas, un espectáculo desalentador. La palabra es aproximada, pero algo así se siente cuando se ven caer estas hermosas plantas como si fueran gigantes de pies de barro.
En un rincón crecía hacía tiempo una doble fila que separaba el huerto del resto del jardín, era un seto verdeazulado muy vistoso; al final de la primavera, cuando nos marchábamos de vacaciones, las podé a ras de suelo para que cogieran fuerza durante el verano y el otoño siguientes. No me gustó verlas así pero pensé que en septiembre ya estarían altas otra vez. Cuando regresamos mi padre había desraizado todos los restos de alcachofas que encontró: las confundió con malas hierbas; en su lugar había ahora dos franjas de terreno de dos por diez metros perfectamente labradas y limpias de cualquier brizna de hierba. Era para llorar, me tuve que dar una vuelta para desfogarme, pateé con fuerza el suelo durante cinco minutos, no se me ocurrió otra cosa para calmar mi indignación por aquel desastre. Bueno, luego me dio lástima de mi padre, tanto como por la ejecución de las alcachofas; se le veía muy afectado.
Pero no tardaron en retoñar, las alcachofas tienen raíces pertinaces. Brotaron hermosos tallos a mitad de septiembre. En diciembre ya eran unas plantas respetables, formaban de nuevo una doble fila entre las parras y el olivo. En febrero saqué algunos renuevos y repoblé los lugares donde no había crecido; las aboné abundantemente con estiércol e hice una cava profunda a su alrededor. Al llegar la primavera sus hojas apuntaban graciosas al aire como las aguas de un surtidor; pronto saldrían las alcachofas. Y despuntaron y se irguieron en el centro alzándose poco a poco después con un tallo robusto sobre el resto de la planta. Ahora había que esperar a que maduraran y se convirtieran en grandes y hermosas flores violetas; unas flores muy parecidas a las que dan los cardos corrientes del campo pero mucho más grandes y olorosas.
Daba una vuelta por el jardín una mañana cuando observé algo extraño, varias alcachofas, a punto ya de convertirse en flores, se habían inclinado lacias sobre su soporte y yacían con la cabeza hacia abajo en estado de postración. Estaban regadas, no había rastro de pulgones entre las hojas. Consulté el proveedor de semillas, nada. A la mañana siguiente toda la planta se desplomaba sobre el suelo. Tomé la planta, ¡no tenía raíz! En su lugar un gran agujero con su forma, la de la raíz, penetraba en el suelo perfectamente delimitado: ni rastro de raíz quedaba. Caí entonces: ¡los topos!, los topos cabrones se estaban zampando todas nuestras alcachofas.
En aquel momento decidí que debía terminar con ellos antes de que ellos acabaran con nuestro jardín. Así que la visión en el duermevela de la mañana anterior era una aproximación conveniente al terreno del enemigo: era necesario conocer su hábitat con la mayor precisión posible. Sin embargo esta tarea práctica quedó truncada poco después por lo inesperado de la visión que se me ofrecía bajo la hierba del jardín. Como tantas veces sucede un cambio de perspectiva hacía que los planteamientos primeros quedaran poco menos que invalidados. En nuestra parcela se daban suficientes uvas y cerezas para que pudiéramos mirar con simpatía a los mirlos, por ejemplo. Tratábamos de hacer compatibles nuestras necesidades y las de los animales que nos rodeaban. Ellos proporcionaban a nuestra vida un cierto sentido de armonía con su presencia, así que debíamos contar con ellos no sólo tolerándolos sino ayudando a su supervivencia: colocando comederos, facilitando los lugares para los nidos, creando algún estanque, cosas así. Haciendo la reserva de topos y ratas, aquella era nuestra actitud frente a los habitantes del jardín.
Ahora, después del vistazo al subsuelo de esta madrugada, empecé a replantearme la decisión de exterminio que pesaba sobre los topos (a las ratas no llegaba mi benevolencia, el veneno acaba sistemáticamente con ellas cuando descubría algún rastro).
Quizás la muerte de Lola, la perra de la que hablaba en mi último post, nos acercó un poco más a todos estos animalejos que rondan por los alrededores de la casa; la tolva del pienso de la perra empezó a ser el plato preferido de los gorriones y los mirlos; también venían verderones, alondras, petirrojos, lavanderas;  y por supuesto ratas. Sin embargo el jardín no podía ser el Arca de Noé.
El proveedor de semillas nos había indicado alguno de los procedimientos para acabar con los topos: un cebo que se colocaba en las toperas, y que comían bastante bien, y un gas que requería encontrar todos los posibles agujeros que comunicaban con el exterior y taparlos. El gas desprendido se esparcía entonces por todos los conductos de la topera y exterminaba sin más a sus habitantes. Aquello me repugnaba, me olía a exterminio nazi.
Las especulaciones a las que había estado dando vuelta, mientras una noche intentaba volver a dormirme una y otra vez, empezaban a diferir notablemente de aquello que había decidido en el primer momento; mirando la aguja del minutero acercarse a las doce me dije que no podía matar a aquellos animales. Así que minutos antes de que llegara la hora prevista para mi reinserción en el mundo de las disposiciones activas, la suerte de los topos estaba decidida: no había necesidad de alcachofas, después de todo tampoco eran unas plantas tan vistosas.