Tormenta en la cumbre de La Meige. Así debería ser morirse algún día.

 
Crestería de la Meije


El Chorrillo, 18 de marzo de 2017

Escribí algo de lo que sigue el pasado mes de diciembre en un contexto alejado del mundo de la montaña, una tarde después de finalizar alguna de las etapas del Camino de Santiago de San Salvador. Hoy, metido a recordar en estas Cartas desde mi choza andanzas de otro tiempo relacionadas con la montaña, lo retomo con alguna variante. A veces la memoria que la montaña ha dejado en los recovecos del cuerpo de uno es tan intensa que escribir sobre ella se parece mucho a lo que sentirías si volvieras a vivir algunas de esas lejanas experiencias.

Que el hilo conductor que hoy me lleva a las altas cumbres del Delfinado sean las sensaciones de una noche de insomnio ovillado en el calor de los recuerdos, añada el plus de esa inutilidad tan fértil, que de tanto en tanto invocamos cuando nos referimos a los porqués de nuestras actividades en la montaña, da a las experiencias vividas el cariz de esas cosas que son necesarias rememorar para estar seguro de que la vida ha merecido la pena ser vivida. Me he referido ya en alguna ocasión a cierta anécdota que narra René Demaison en su libro Le forze della montagna. René Demaison y su compañero Jack Batkin se habían comprometido a escalar por primera vez en invierno el espolón Croz de las Grandes Jorasses. Tras una semana de escalada, un enorme tormenta y sufrimientos incalculables, la pasión de escalar una gran pared en las peores condiciones se ve cumplida con la llegada a la cumbre. Después de aquello Jack Batkin dejó de escalar por una larga temporada. En el verano siguiente se encontraba sentado en una terraza de una cervecería de Chamonix bebiendo una cerveza, cuando un amigo se le acercó; éste le pregunta: ¿No escalas más, Jack? No, respondió él, he hecho un viaje tan grande en las Grandes Jorasses este invierno con René, que ahora no hago nada, revivo aquella ascensión. Esa es la idea la que tantas veces se me cuela por dentro cuando la tarde se demora frente a mi choza y agarro el portátil para recuperar trozos de escurridiza memoria.

El día que relaté esta pequeña historia sobre la Meige había dormido una larga siesta tras la comida y cuando me metí en la cama comprobé pronto que esa noche iba a ser difícil coger el sueño. Obediente me hice a la idea. Me había asegurado contra el frío metiéndome bajo cuatro mantas y al poco rato empecé a gustar un calorcito tal que hizo que me sintiera dentro del mejor de los mundos. Era una sensación extraordinariamente placentera que llegaba a mi cuerpo como un fenómeno nuevo, como venido de una tierra donde todos los deseos se veían cumplidos en forma de calor y ternura. Un calorcito animal salía de mi regazo y se expandía poco a poco por todo mi cuerpo llenando a éste de un cálido bienestar. Así debería ser morirse algún día, pensé en algún momento. Como volver al seno materno donde todo lo que existe es el gozo de sentir tu cuerpo y tus sentidos abrazándote como si fueras un niño de pecho.

¿Dónde, dónde había tenido yo parecidas sensaciones en algún lejano momento del pasado?, pensé entonces. Fue como si un débil rumor venido del otro lado del tiempo se estuviera paseando por la oscuridad monástica de la habitación del albergue de peregrinos que ocupaba. Rebuscando en la memoria no tardé en dar con los instantes precisos que me recordaban instantes de ternura extraordinaria. Era como si mis sensaciones más placenteras convocaran a golpe de clarinete a sus afines de otro tiempo.

El hecho transcurría bajo las mantas en el refugio de L'Aigle, cercano a los cuatro mil metros, no lejos de las cumbres de La Meige, en los Alpes del Delfinado. Un cuerpo de hombre y uno de mujer yacían abrazados exhaustos como dos hermanos tras una imprevista aventura de montaña.

Habíamos ascendido de madrugada hacia la cima mayor por su cara sur con un cielo totalmente despejado. Una escalada de mediana dificultad pero sin especiales complicaciones que habíamos emprendido sobre una pared de pequeñas terrazas de granito sólido, más a la derecha de la vía normal, con el objeto de evitar vernos cogidos entre otras cordadas que ascendían a la misma cumbre. El espectáculo de los seracs y los glaciares a nuestro alrededor se fue haciendo más y más imponente según ascendíamos. Hoy, con las fotos de blanco y negro en la mano, me cuesta identificar aquellas paredes. Pequeñas trepadas, un centenar de metros de alguna dificultad, algún paso complicado... nada que nos supusiera un reto insalvable. En ellas veo a Fulgencio y a María desenvolverse con soltura en paredes verticales y, tras ellos, vertiginosamente a nuestros pies, los glaciares, las grietas, los grandes seracs, alguna chova volando a nuestro alrededor. Hoy sería imposible rememorar después de casi medio siglo muchos más detalles. Era sencillamente un placer escalar aquella pared buscando aquí o allá el paso más adecuado. Habíamos perdido de vista al buen número de cordadas que subían por la vía normal y escalábamos a nuestro aire por una pared bastante vertical pero con muchas posibilidades de abrirse paso por lugares diferentes. Cuando nos acercamos al alto espolón somero, hicimos una larga travesía y tomamos un gran corredor que se dirigía a la cumbre.

Fue en la cercanía de la cima que unas pequeñas nubes que revoloteaban insignificantes en su cercanía empezaron a coger consistencia, a punto de que cuando pisábamos la cresta somera repentinamente aquello se transformó era una tormenta en toda regla. El aparato eléctrico se desencadenó con tal violencia y tan repentinamente que apenas tuvimos tiempo de plantearnos qué podíamos hacer. Nos vimos de repente en la hondura de una rimaya zarandeados por una tormenta implacable con ráfagas de viento y nieve que nos obligaron a buscar refugio en esa oquedad entre la nieve y un espolón rocoso. Lo inmediato fue arrojar mosquetones y piolets lejos de nosotros sobre una plataforma rocosa y después prepararnos para resistir la nieve y las ráfagas de viento que nos vapuleaban. En algún momento, acurrucados como polluelos en la rimaya a alguno de nosotros se nos ocurrió empezar cantar a voz en grito con el ánimo de quien se acerca al frente de batalla al ritmo de una marcha militar. Un terceto cantando a toda pastilla en mitad de la tormenta era algo bastante onírico, pero resultaba terapéutico, sí. Con nuestros cantos conseguimos darnos un ánimo que no era fácil de resucitar en aquellas circunstancias. A María los pelos que le salían del casco se le elevaban hacia arriba como los bigotes de Dalí. Aquellos juegos eléctricos era un espectáculo totalmente nuevo para nosotros, debió parecernos algo muy parecido al infierno.

El tiempo que duró la tormenta fue suficiente para que se acercara la noche. Estábamos en la cota de los cuatro mil metros con una larga y accidentada crestería por delante antes de que pudiéramos ver la posibilidad de descender. Nuestro proyecto era hacer la travesía de las cumbres y descender por la ladera norte hasta el refugio de L'Aigle. No nos planteamos en ningún momento descender por la vía de subida. Con esfuerzo, con paciencia, con frío, muchas veces tanteando el terreno como ciegos, logramos atravesar la crestería hasta que por delante de nosotros no tuvimos más que la superficie blanca del glaciar que huía a nuestros pies por cientos de metros de desnivel, probablemente hasta un estribo rocoso en donde debía de estar nuestro refugio de destino, L'aigle. Enseguida comprendimos que no había ninguna posibilidad de alcanzar el refugio aquella noche. Grandes grietas se interponían perpendicularmente una y otra vez a nuestro paso en el descenso.

Llegó un momento en que no fue posible continuar. Terminamos buscando cobijo en una grieta. Sobre un puente de nieve que nos pareció suficiente consistente improvisamos unos asientos con nuestros macutos y, atados y asegurados a nuestros piolets que habíamos fijado en la parte superior de la grieta, nos aprestamos a resistir el frío de la noche con lo puesto. El único objetivo de aquella noche fue no dormirnos; las posibilidades de una congelación sobrevolaba en el ambiente. Estábamos exhaustos. Nos golpeamos unos a otros durante toda la noche. María quedó entre nosotros dos. Fue un amanecer pálido y frío. Cuando salimos de la grieta al empinado glaciar, pudimos divisar claramente el refugio quinientos o seiscientos metros de desnivel más abajo. El guardián del refugio nos estaba esperando, había visto las luces de nuestras linternas la noche anterior.

Recuerdo el confort de un caldo humeante y, poco después, esas sensaciones de que hablaba más arriba. Ella y yo habíamos pasado un largo mes escalando en Dolomitas y en el Adamello. Después se nos había unido Fulgencio en Briançon. Aquella mañana nos acostamos juntos bajo las mantas abrazados como dos pajaritos en un rincón del nido. Ese era el momento que recordaba más arriba, el placer de acurrucarnos abrazados el uno al otro; como dos hermanos, como si entonces, después de todos los peligros, todos los cansancios, la tormenta, los trabajos de resistir, hubiéramos llegado al centro mismo de la ternura, del calor animal, como si en ese momento hubiéramos estado tocando con las yemas de los dedos la esencia de nuestra humanidad en donde un primer hombre y una primera mujer se abrazan felices de estar vivos, agradecidos de poder compartir su calor, su piel, su cansancio.

Así debería ser morirse algún día, felices, ebrios de cansancio y felicidad.


Fulgencio, María y un servidor en la cumbre del Piz Cavales. Al fondo La Meije







Fulgencio desde el Refugio L'Aigle

Refugio L'Aigle

Travesía de la Meije

Adamello. Una solitaria travesía invernal en los Alpes II.


El Chorrillo, 16 de marzo de 2017

(Continuación)

No todo eran penas sin embargo, un sol tibio y anaranjado pintó de caramelo ese mundo elemental y salvaje de manera inesperada. La nieve se vistió de fiesta, la roca se tiñó de cosa sensata y amable. Me ascendió un dulce sabor a bienestar por todo el cuerpo.
Aquello podría no tener sentido pero era hermoso, muy hermoso aquel sol sobre el granito frío. Vacío, silencio, miedo, estremecedora soledad, fuerza, ser, y en medio, el sol brotando de la tierra.
Necesitaba convencerme de que la nieve no cedería. Me fui acercando a la cornisa donde deberían culminar mis penas inmediatas; miré hacia abajo; mis huellas se perdían en el fondo del corredor; eran unas huellas grandes y profundas que ahora contemplaba con voluptuosidad. Superé el último tramo dominado por la excitación; llegué hasta un canalizo-chimenea vertical que superé penosamente. El último resalte rocoso quedó atrás, alcancé el punto más prominente del corredor sobre la cornisa.
Tuve la sensación de que en aquel instante era el centro de un universo muy particular. Una suave pendiente llegaba hasta allí por el lado opuesto; la miré con agradecimiento. Era feliz.
El recuerdo de ese tramo de madrugada vertebrado de miedo y lucha y, poco después, de plenitud, perduraba en mi conciencia tan nítido como si hubiera sucedido ayer. El cansancio de vivir se aligera con esta clase de recuerdos. La luz y el silencio, el duro granito y la blanca nieve, la soledad absoluta, apaciguarían poco a poco mi excitación. Mientras desgajaba una naranja fijé mi atención en las cosas que me rodeaban: la delicada y soleada pendiente del último tramo de la Vedretta di Salarno, la roca oscura y dentada del contrafuerte que fija el límite alto de los glaciares, la mole del Adamello que se erguía soberbia y aislada sobre el mar de hielo del Pian di Neve.
Ahora el tiempo apremiaba, había confusión en el cielo. Me calcé los esquís y las pieles; era placentero. Entre la nieve sobresalían los vestigios de una guerra lejana, la de 1914: alambres de espino y hierros herrumbrosos por todas partes, los restos de un cañón... Durante la Primera Guerra Mundial todos los glaciares altos del Adamello fueron perforados con galerías; por ellas se desplazaban las tropas italianas y austriacas para evitar la artillería recíproca.
Más arriba retiré las pieles de foca de los esquís. Ahora me esperaba un magnífico descenso hasta el refugio Mandrone; sólo tendría que cuidarme de las grietas en la parte más accidentada de la Vedretta del Mandrone. Desde el Pian di Neve me dirigí hacia el refugio de la Lobbia que aparecía barrido por masas de niebla que se arrastraban perezosas a lo largo de los contrafuertes orientales del glaciar. Debía darme prisa y tomar la delantera a la niebla.
Una suave pendiente se deslizaba bajo mis pies con regularidad; era un magnífico descenso, mi paso levantaba pequeñas cortinas de nieve en las curvas. Aquello no se olvida, pensé entonces; la soledad, el abandono mórbido de bajar con los esquís como un dios flotando en el Olimpo... Olvidé muchos detalles de aquel día pero no desaparecerá nunca la impresión de plenitud que me trajo aquel paisaje aturdidor y pleno, la grisura envolvente de las cumbres cayendo en silencio hacia los glaciares; ni agua, ni viento, nada, un impenetrable silencio cortado sólo por el roce leve de los esquís en la nieve. Crucé el glaciar; atento a las grietas dejé a mi derecha el lago Nuovo y después, más abajo, el lago Mandrone.
Tras diez horas de esfuerzos sólo una breve pendiente me separaba del refugio Mandrone. En otoño había pernoctado allí con Nena cuando nos dirigíamos a la Presanella. El refugio yacía como muerto en su blanco abandono. Cuando me puse en marcha de nuevo, abandonado el calor del refugio, todo estaba cubierto por la niebla y nevaba ligeramente; sin embargo unas hermosas huellas se dirigían hacia el paso Presena, seiscientos metros de desnivel más arriba.
Durante una hora larga caminé como un ciego empujando mis esquís por un mundo blanco sin referencia alguna; era difícil hacerse una idea de la pendiente, de la orientación. Caminé en medio de una nube clara sin otro punto de contacto que dos huellas paralelas que se perdían a intervalos en aquel estado algodonoso. Los pensamientos iban y venían en medio de una tranquila ascensión. Esa mañana ya tuve sensación de hogar en lo alto de aquel escabroso corredor; después el resto me pareció coser y cantar; sentí que el confort de mi habitación estaba ya ahí al alcance de la mano: los discos de vinilo que guardan en sus surcos voces y sonidos queridos, el baño caliente, el agasajo de Nena después de tenerla extremadamente preocupada durante dos días. Ascendiendo hacia el paso Presena me confiaba a sí mismo con monólogos curiosos: "Cuando estás en casa, si quieres levantarte te levantas, si quieres una pera vas a la cocina y la coges, si quieres un libro alzas una mano y ya lo tienes, puedes salir a tomar el sol si te place, dormir si lo deseas. Cuando estás en el corredor todo es distinto, entonces la vida es como un curioso agujero en donde lo único que puedes hacer es subir y subir; ni peras, ni libros, ni discos, ni paseos, sólo tú y tu angustia, tu gozo, el reto contigo mismo". Inmerso siempre en la niebla traté de razonar sobre estas cuestiones, pero el empeño no pasaba de ser un ejercicio de ensimismamiento. Era una época en que Dios había sido proscrito definitivamente de mi mundo; a  partir de ahí creí encontrar aquí y allí razones que el instinto me iba sirviendo a cuentagotas envueltas en trozos de Naturaleza. El instinto, el deseo, convertidos en feraces animadores de los sentidos no necesitaban explicaciones, "la conquista de lo inútil" no se disecciona; hay cosas que haces porque sí, porque amaba hacerlas, nada más.
Desde el Paso Presena una magnífica pista de esquí se tendía a mis pies. Había empezado a anochecer.



Adamello. Una solitaria travesía invernal en los Alpes I




El Chorrillo, 15 de marzo de 2017

Sucede muchas tardes, cuando estoy ensoñando frente al atardecer que se despliega frente a mi choza, tantas veces como una música de Debussy o Satie que impulsara a la nostalgia del recuerdo, que me surja la necesidad de fijar mi atención en algún lugar de la memoria donde sucedieron hechos que todavía hoy me emocionan. Fue así que, estando contemplando cómo el sol se desvanecía en el horizonte, me encontré de repente con los esquís en los pies avanzando valle arriba en una fría tarde de febrero en un lejano valle de los Alpes Centrales.
Fue sencillamente miedo lo que sentí entonces cuando decidí que el siguiente fin de semana emprendería una travesía solitaria por los altos del Adamello. Por aquel tiempo vivía en los Alpes de la Alta Lombardía, en lo alto de la Val Camónica, en un pueblecito colgado en la ladera de la montaña, donde Nena, mi entrañable amiga, tenía su hogar y la escuela donde daba clases. Su hospitalidad me había permitido vivir en un entorno de altas montañas nevadas que nunca, en unos tiempos en que mi cuerpo y mi alma pensaban a cada instante en una cumbre, hubiera soñado habitar. La ventana de mi habitación era un balcón frente al cual un dédalo de bellas montañas se erguía cada vez que levantaba la vista de mis libros de estudio. Cevo, se llamaba aquel lugar.
Un miedo que latía como las notas de una viola junto a la melodía principal de mi deseo de atravesar solo entre las cumbres de aquel macizo, a cuestas con ese destino que tantas veces nos impele irracionalmente a forzar un proyecto no del todo sensato, acorde con la lógica de la gente "normal". A mí me admira sobremanera lo que los "héroes de nuestro tiempo" son capaces de hacer en la montaña; una profunda admiración porque me siento tan tan pequeño que casi me avergüenza relatar lo que para mí, con veinte o veintiún años, fuera el límite, o eso creí entonces, de mis posibilidades, por mucho que soñara muchas veces escalar el espolón Croz de los Jorasses, probar el granito del Dru o por mucho que hiciera algunos pinitos aquí o allí en los Alpes al principio de los setenta. 

Era el miedo la sensación más latente de aquellos primeros momentos cuando empecé a ascender valle arriba, el miedo creciendo dentro con una intensidad dolorosa y punzante. Aquella madrugada mi amiga Nena y Cevo pertenecían a las honduras del valle y la noche, quizás a muchos días de camino. La última visión del valle se había perdido la tarde anterior a las pocas horas de alzarme sobre los esquís por una pendiente extremadamente blanda. Mi cuerpo se sintió totalmente insignificante en la inmensidad blanca del valle de Salarno; el silencio y la soledad eran opresivos. A las tres de la mañana salí del saco de dormir para echar una ojeada al cielo: ¡Todo seguía igual!, todo quieto y silencioso; llegaba a la malga  la claridad irreal de los fanales de la diga de Salarno; pensé en hipotéticas avalanchas, la que había atravesado el día anterior junto al henil de Boaza, un caos informe de nieve y piedras dejando un rastro de destrucción y confusión desde las alturas del Campanone di Coppo hasta el fondovalle.
Hice la mochila a la luz de la linterna; era excesivamente pronto, pero como la inquietud no me dejaba dormir decidí partir de inmediato. Tragué unos higos secos mezclados con pasas y nueces, y abandoné la malga por la ventana; la nieve obstruía la puerta hasta la mitad de su altura. Crucé los esquís sobre el macuto y eché a andar. La situación era a esta hora algo opresiva; una inseguridad perturbadora acompañaba mis pasos, pero junta a ella empezaron a brotar a intervalos pequeños destellos de satisfacción que se fueron afirmando en el sucesivo andar sobre la nieve dura. Caminé a tientas sobre una superficie variable de subidas y bajadas, crucé el plano de un lago helado. La nieve empezó a ceder; me calcé los esquís. Me rodeaba una profunda quietud.
Los esquís producían un siseo regular en la nieve, quebrada a veces con un chasquido que aliviaba el silencio de la noche. Pensé en que más arriba el retorno sería difícil; di un nuevo repaso a mi equipo: el piolet, los crampones, el mapa, la brújula. Pensé en la vedretta di Salarno, la cabecera del glaciar, una enorme extensión de hielo cruzada por enormes grietas. Experimenté que mis temores iban siendo sustituidos poco a poco por una intensa vivencia del momento presente. Llegué al solitario y abandonado refugio Prudenzini cuando la primera claridad apenas lo diferenciaba todavía de una roca más.
La ladera, cada paso más pendiente, me obligó a describir grandes bucles sobre la nieve. Impulsaba los esquís con un ritmo maquinal y sistemático: las tablas moviéndose sobre las pieles de foca; las pieles sobre la nieve; adelantar una pierna, desplazar el bastón, afianzar la otra pierna, avanzar el cuerpo, mover la pierna más atrasada, apoyar el bastón inferior, aspirar, uno, dos, expirar, tres, cuatro. Los músculos entraron en calor; el esfuerzo y los ritmos pausados y repetitivos de mi respiración me deparaban un especial placer. La armonía y la constancia de los movimientos alimentaron otro ritmo interior que propició recuerdos tranquilos y apacibles. Columpiado sobre la blancura de un amanecer desteñido, aburrido, gris —salpicado de nubes altas, alargadas y planas, todo surgía de la noche como en el fondo de una cubeta de revelador gastado—, subía a pasos cortos; mi mirada se dirigía ahora hacia los corredores del Corno Miller donde largos hilachones de niebla atravesaban las forchette y se desplomaban sobre un caótico mundo de seracs. La pendiente se perdía ya a mis pies con vértigo creciente. Sustituí los esquís por los crampones; sopesé dos posibilidades distintas para ascender... Escogí el peor camino posible; me daría cuenta de ello cuando el retorno fuera ya imposible. Si hubiera subido un poco más hacia el este habría visto con claridad cómo una suave pendiente se elevaba sin dificultad alguna hacia el Pian de Neve. El camino que seguía era una incógnita.
Doscientos metros más arriba una pared rocosa me cerró el paso; retrocedí, la diagonal que hubiera debido tomar nacía mucho más abajo. Frente a mi aparecían  breves paredes cubiertas de nieve, corredores estrechos, aristas y espolones que se elevaban enigmáticas hacia las alturas. En la inmensidad blanca de una ladera confusa, de donde todo aquello arrancaba, un punto diminuto y grotesco, yo, fuera del mundo subiendo, empeñado en buscar un itinerario que lo llevara más arriba. El punto se movía definitivamente hacia uno de aquellos corredores de los cuales era imposible ver el final. La nieve costra parecía sostener mi peso, pero era sólo una ilusión, en algún momento cedía y entonces podía hundirme una y otra vez hasta la cintura; una vez tras otra el esfuerzo continuado de salir de un enorme agujero: yo, el macuto, mis esquís.
Más arriba las perspectivas siguieron siendo desalentadoras, la ladera terminaba bruscamente sobre una afilada arista de nieve sin continuidad; allí la pendiente descendía vertiginosa al otro lado durante cien o doscientos metros hasta posarse suave sobre un llano. Aquel camino me pareció fuera del alcance de mis posibilidades, pero no quería (o quizás no podía) deshacer la ruta de subida. No me quedaba otro recurso que un estrechísimo corredor de nieve a mi derecha. Desde la arista hice una corta travesía por una rigurosa pendiente hasta alcanzar la base del corredor.

Escalar era un trabajo largo y meticuloso que exigía una minuciosa concentración. Durante media hora mi atención quedó absorbida por esta tarea. Más arriba el corredor se estrechó hasta el punto de rozar los esquís, amarrados desde hacía rato  sobre el macuto, con las rocas adyacentes. Me encontraba seguro, pero no pude liberarme de una opresión interior cuando la estrechez fue máxima y el peso, la pendiente y los esquís —enganchados en todos los salientes— tiraron de mí con una brutalidad difícil de describir.
(Sigue...)

Ama lo que haces


Foto original: Guillermo de la Madrid



El Chorrillo, 12 de marzo de 2017

Desde la ventana de mi choza contemplo los almendros en flor; los cerezos un poco más arriba despliegan ya también sus flores rosa pálido; pinta primavera en nuestra parcela. Recordando ese post que escribí días atrás, Ama tu caos, se titulaba, esta mañana recordé otro título que di a un post tiempo atrás. El título de aquel era Ama lo que haces. Era la breve historia de un encuentro con un graffiti durante un paseo de madrugada por el barrio de Lavapies. Lo retomo hoy, que sirva de continuación, un amor más, a esa ristra de amores que deberían acompañarnos en vida. Este es el texto:  

* * *

El portalón cerró con un crac grave que se perdió poco a poco como una olita en la oscuridad silenciosa de la madrugada. Chorreaban las calles el fresco brillo de las mangueras de los servicios de limpieza. El tumulto de los camiones de la basura de media hora atrás era ya un eco que se perdía en el dédalo de la noche como una tormenta que hubiera remontado unas colinas próximas y abandonado tras de sí el lejano desorden de una música de fanfarria. Mis botas dejaban un rastro de clac clac en los regueritos de agua que bajaban en hilos delgados por las juntas de los adoquines de granito de Mesón de Paredes.

Estaba realmente muy dormido todavía. Había hecho noche en casa de mi hijo y, no pudiendo prescindir de mi hábito de salir a dar un largo paseo en la hora previa al amanecer, con apenas cuatro horas de sueño, me había echado a la calle con el ánimo de ir despertando poco a poco mientras paseaba a paso vivo por las callejas de Lavapiés. Caminando frente a los negocios de los, aquí chinos, más abajo, senegaleses, torciendo por Calatrava, una peluquería bangladesí junto a una frutería marroquí, se me ocurrió que hubiera sido una buena experiencia haber incluido en mis largos viajes de por aquí y por allá alguna que otra excursión a esta precisa hora. Las cosas, las calles, las tiendas, los posibles viandantes, con ser los mismos, son siempre algo muy diferente; sobrecoge un poco el ánimo caminar a esta hora por las calles solitarias del mundo.

Alguna experiencia tuve y siempre esa noche quedó de manera relevante grabada en mi memoria. El silencio y la soledad de la ciudad impone mucho más que el silencio y la oscuridad de la montaña y los bosques; una madrugada en Casablanca en que atravesaba el zoco, desierto, sucio, difícil de cruzar sin pringarse de desechos, fruta podrida, envases, plásticos rotos, y a derecha e izquierda pequeñas callejuelas que se perdían en la noche, bocas de lobo donde podía imaginar el acecho de cualquier acontecimiento espeluznante; la misma hora en un lejano día de viajar con una vespa por Europa, y en que dormidos como lirones en la Piazza del Cíncuecento de Roma nos robaron en mitad del sueño, a mi amigo Emiliano a mí, absolutamente todo lo que teníamos, sólo se salvó un pantalón corto, una camiseta y el saco de dormir... y caminar en la media luz ámbar de la ciudad desierta como quien piensa que todavía le pueden robar las dos prendas que llevábamos puesta; noche de lobos, indigentes y con el miedo en el cuerpo caminando hasta la próxima comisaría; algunas noches más de salida intempestiva de vuelos en alguna parte del mundo: Nairobi, Delhi, Tirana, donde un taxista no acudió a la cita y atravesar por las calles a las cuatro de la mañana era desolador; una noche en Harare, Zimbabwe, en que había que caminar hasta la estación de autobuses fuera de la ciudad y en donde la luz pública o no existía o había desaparecido. Siempre experiencias un poco inquietantes, como hoy, aunque vivamos en el centro de la civilización; en noches así no es raro tropezarse con alguna pequeña aventura. En mis años de auto-stop quedé una noche anclado en las calles de Bilbao cuando ya era de madrugada; durante mis horas de deambular por la ciudad donde no pude encontrar un lugar para pasar la noche que se adaptara a mi presupuesto hice una abundante vida social, proxenetas, vagabundos, proposiciones de enamorado a la búsqueda de otro cuerpo, dos jóvenes con aspectos de buenos samaritanos que se empeñaron en ofrecerme sus domicilios para pasar la noche.


Con estos recuerdos en la cabeza, hoy ya no con mis acostumbrados mantras por compañía, bajé hasta la plaza de Lavapiés, donde una pareja charlaba amigablemente como quien se recrea bajo el sol de un mediodía de invierno; más allá dos municipales se alejaban camino de Embajadores. Hoy no hay estrellas que valgan, los senderos de la ciudad son estrechos, destilan miel y silencio. Comienza a llover, subo a buen paso, ahora como si estuviera sorteando el sendero de los almendros, la serpenteante senda que lleva hacia el camino de Batres, intento mirar las calles de Madrid como si éstas formaran una parte más de la naturaleza que piso cada madrugada, Ave María, San Simón, Torrecilla del Leal, Antón Martín, calle del León. Al torcer  hacia Huertas me cruzo con un matrimonio bajo un paraguas, que sortea los charcos junto a un paso cebra. El encanto de la noche parece trastocarse cuando me cruzo con algún noctámbulo; el ruido del mar o la imagen del sistema solar y la Tierra visto desde otra galaxia, esa tremenda pequeñez que trato de convocar con su visión y que me sirven de fondo en mis meditaciones nocturnas, hoy no tienen consistencia. La lluvia cae sedosa sobre el empedrado, lamento no haberme traído la cámara, los adoquines mojados, los charcos, los rastros de luz bailando bocabajo sobre el pavimento, un par de motocicletas, los carteles de espectáculos sobre las fachadas,  me sugieren la película del grano grueso del Tri-X, aquellas tomas en blanco y negro que, forzadas a 1600 ASA, proporcionaban una textura de grises que se perdían entre las densas sombras sugiriendo escenarios algo espectrales.

Abstraído en los circulitos que dejaban las gotas de agua en los charcos, había dejado atrás el número ocho de Huertas, cuando algo me llamó la atención a mi derecha, algo nuevo que no estaba allí la semana anterior: AMA LO QUE HACES. Un gran mural cubría esta madrugada la pared ciega de un portalón que había sido tapiado tiempo atrás. Ama lo que haces, Love what you do. La firma: Boamistura. Sorpresivo encuentro para mi paseo. Me detuve, aquello era una buena propuesta para comenzar el día: Ama lo que haces; grandes hojas de ficus, flores, arabescos, una armónica gama de grises, un cactus, un diamante hendido en mitad del pecho de la M de AMA. ¿Será ese el diamante esencial que tallar y pulir para que las cosas funcionen medianamente bien dentro de uno? Meritorio encuentro; de mensajes así, bellos y espontáneos, deberían estar cubiertas las fachadas de las ciudades del mundo. En la ciudad de Jaipur, India, lo que había en la primera ocasión que la visité eran cometas, un cielo lleno de cometas que los niños izaban desde las terrazas de sus casas; el mensaje era muy similar a éste: disfruta con lo que haces, viste tu pueblo, tu ciudad, tu casa con pequeños gestos de creatividad y belleza, anima tu vida con breves detalles que te llenen de dicha. Un cielo lleno de cometas de colores es una imagen que retengo vivamente después de treinta años. En mi casa hay por las paredes algunos dibujos de cuando mis hijos eran pequeños, una bicicleta recostada en el pretil que daba al río, en Amsterdam, y que se reflejaba sobre un charco, era de Guillermo; también una furgoneta familiar en la que se tenían cinco bicicletas sobre la baca; Mario y Lucía tienen su recuerdo infantil repintado sobre las puertas de un armario.  

Amar desde la infancia lo que hacemos; qué bien, ¿no?

Interpretación de nuestra furgoneta familiar de viaje por Europa. Dibujo de Guille cuando tenía 4 ó 5 años.



Ama tu caos


El Chorrillo, 7 de marzo de 2017

"El escalofrío es lo mejor
 que tiene el hombre" (Fausto).


Pareciera que de todas las cosas que vemos o sentimos, palabras, ideas, actos, hubiera algunas que tuvieran la facultad de llamar nuestra atención con una fuerza especial. Hace días, en la cuenta de un compañero de Facebook, tropecé con una idea que enseguida quedó flotando en el aire de la tarde como una campanilla destinada a llamar mi atención. Ama tu caos, decía la cita, y remitía al título de un libro de Albert Espinosa. Al día siguiente tenía el libro entre las manos. Al protagonista le quedan uno pocos días de vida y emprende un curioso viaje hacia el Gran Hotel, un extraño lugar donde había de morir. En ese lugar se desarrolla el grueso de la novela.

Ama tu caos, ama tu vida, ama lo que haces y no demores porque el tiempo es ahora. Días atrás, mientras caminaba por las tierras de Extremadura, había citado en un post a Jacques Prevert:

Plus tard il sera trop tard.
Notre vie c'est maintenant.

No sabía muy bien a qué se refería Espinosa cuando decía: ama tu caos, pero debía de investigarlo y para ello leer su libro; presuponía que algo tenía que ver con los versos de Prevert; también con aquellas palabras de Edgar Morin en su obra El hombre y la muerte: "El carpe diem  no es expresión de un simple gozador, sino una llamada del Eros individual a todas las fuerzas profundas del ser humano para que abrace el día y se emborrache de luz". Me parecía que rastreando el libro de Espinosa podría encontrar algo de esta idea esencial en un momento tan especial en que al personaje, de algún modo el autor mismo frente a la tesitura de las cercanías de su propia muerte, debe de investigar y dar vida a esos momentos finales en un relato de ficción avalado por la propia experiencia.

Escribir sobre estas cosas en el tiempo de la edad madura, cuando la música empieza a repetirse con excesiva reiteración o cuando las cosas empiezan a ser lo que son y no lo que soñaste, cuando la poesía deja de ser poesía para transformarse en prosa, parece el ejercicio de impostación del que contra viento y marea trata de sustraerse a la erosión de los años recurriendo a un vitalismo racional que carece de una frescura altamente deseada pero que cada vez se resiste más a celebrar las cosas de la vida con ese entusiasmo que tanto echamos de menos. A Espinosa le diagnosticaron a los catorce años un osteosarcoma por el que tuvieron que amputarle una pierna. "Sufrió metástasis y también fue necesaria la extirpación de un pulmón (16 años) y parte del hígado (18 años). En total, pasó diez años en hospitales (de los 14 a los 24)". Lo leí en la Wikipedia y esa experiencia fue suficiente para que me animara a leer su libro. Cuando me meto en estas lecturas tengo la sensación de quien tratara de renovar el aire de la habitación en la que anda encerrado desde mucho tiempo atrás; acaso busco la frescura, la sabiduría también podría decir, de aquellos a los que la vida ha puesto a prueba hasta el punto de hacerles beneficiarios de un conocimiento existencial del que el común de los mortales carece.

Parece que era la muerte la que estaba en juego, la muerte, la actitud ante ella, su capacidad para ahondar en el conocimiento de uno mismo y de nuestros semejantes. Ayer había relatado en este mismo blog una experiencia de los años del final de mi  adolescencia, durante mi primera salida invernal a la sierra, que a punto estuvo por terminar con mi vida. Reviviendo aquellos momentos mientras escribía, sentí que una extraña sensación de gozo de reconocimiento de mí mismo me subía por alguna parte del cuerpo. Uno es lo que es en relación a muchas cosas pero esencialmente a las dificultades que ha tenido que superar, a las experiencias que ha vivido, y de hacer caso a Hegel, referido por Morin en el libro que citaba más arriba, añadiría: "Sin riesgo de muerte, la conciencia individual no puede adquirir el temple que le es propio, es decir, afirmarse. Puede decirse entonces que dados los peligros de muerte que implica toda vida que merece ser vivida, aquel que trate de evitar al máximo el riesgo de muerte que implica toda vida que merece ser vivida, aquel que trate de evitar al máximo el riesgo de muerte para conservarse vivo el mayor tiempo posible no conocerá nunca la vida; el miedo o la mediocridad impiden vivir. Vivir es asumir el riesgo a morir." Esto es alejarme un tanto del libro de Albert Espinosa en donde el riesgo es sustituido por la inevitabilidad de la muerte próxima, pero me vale. Dada la historia personal o el ambiente en que pasé mi juventud de práctica de la escalada y actividades de alta montaña, de un modo u otro la muerte era un elemento que no dejaba de estar presente enquistada en la actividad que con tanta pasión practicábamos. Quizás precisamente por ello, las experiencias vividas, las vidas que tantos amigos dejaron en accidentes de montaña, promovieron en aquellos que practicábamos esta actividad un conocimiento, no racional, pero sí vivencial, tan candente que cuando uno se acerca a este asunto, la muerte, piensa que ya está de vuelta de muchas cosas, que ha hecho un camino sin cuyo recorrido sería otra persona. Haber perdido a tu amiga amante en una pared de los Alpes, haber pasado por momentos de extremo peligro, te sitúa en unas condiciones de afirmación de tu propia conciencia individual que raramente una vida corriente puede aportar. Probablemente si la experiencia personal de Espinosa entre los catorce y  los veinticuatro años hubiera sido otra, mi afición de lector no se habría detenido en este autor. Me importan los libros, pero me importa y mucho la experiencia personal que aportan a la literatura la vida de las personas.

No sabía bien lo que significaba aquello del caos, pero me gustaba. La historia la seguí durante un día y medio. Al fin, en uno de lo últimos capitulo apareció aquella esperada expresión. No esperé a terminar el libro. Nada más finalizar el capítulo sentí la necesidad de escribir estas líneas. "Ama tu caos" se refería especialmente a lo que te hace diferente, "lo que la gente no entiende de ti o lo que desea que cambies". "Él pensaba que cada día que amáramos nuestro caos, deberíamos lanzar un globo azul gigantesco para que el resto del mundo lo supiese. Debes compartir esa aceptación del caos. Él creía que sería bello y caótico levantarse un día y encontrar un cielo lleno de globos azules. Si amas tu caos, acabarás descubriendo que las respuestas jamás te las dará este mundo, sino que están dentro de ti. Me daba cuenta de que deberíamos amar nuestro caos, aquello que nos hace únicos, en lugar de domarlo... La muerte da conciencia y rezuma vida. Allí están todos los resortes que nos apasionan...Me di cuenta de que sólo debes decidir cómo quieres vivir en este mundo. Se trata de inventar de nuevo la rueda, el fuego, la música, el canto… De aceptar el dolor y la tristeza. De no formar parte de ninguna regla que den por establecida". Muy hermoso todo esto.

Por sí sola la biografía de una persona, la de un escritor en este caso, que ha pasado por experiencias que lo han tenido a un palmo de la muerte por tanto tiempo, por fuerza tiene que destilar algún tipo de fuerza fresca, seráfica que se desprende precisamente de esa cercanía, del sufrimiento, del constante dolor y de la lucha por vivir. Toda persona que ha vivido una vida de riesgo extremo, de enfrentamiento con la muerte, ha tenido que ver crecer en sí una sabiduría que lo pone por encima del resto de los mortales. Los que tratamos de comprender la vida no tenemos nada que hacer si no hemos tenido una larga confrontación con la muerte sea  por nosotros mismos o por una experiencia cercana de seres muy queridos, muy cercanos. Comprender algo de la vida significa siempre haber tenido junto a la seguridad de la cotidianidad alguna experiencia cercana que nos muestre que nuestra existencia siempre es una posibilidad en medio de la nada.

La muerte nos purifica.

La acharolada brillantez de la hierba húmeda frente a mi choza, iluminada por la débil claridad de una bombilla de sesenta vatios, da a los alrededores de mi choza un aire de estremecida soledad. El queso de la media luna se abre paso entre los brazos desnudos de los olmos; Orión, un tanto deslucido, abre los brazos sobre este pequeño mundo de mi bosque particular. Un ligero escalofrío recorre mi cuerpo.


Mi primer encuentro con la montaña. Una noche al borde del drama









El Chorrillo, 6 de marzo de 2017

1966, Guadarrama. 


Era una mañana de invierno. Emiliano y yo habíamos subido por primera vez a Guadarrama un fin de semana del otoño anterior y habíamos descubierto ascendiendo a La Maliciosa lo que sería el embrión de una pasión. Se trataba de la primera montaña que habíamos pisado. Tendríamos dieciséis o diecisiete años. En el mes de enero hemos comprado unas botas ligeras, hemos leído por ahí lo que hemos podido con la idea de iniciarnos en el mundo del monte y, sin más preparación que nuestra ilusión por  adentrarnos en un mundo nuevo, pensamos en ascender desde Cotos a un pico que en algún mapa habíamos localizado como Cabeza de Hierro. Viaje en tren, Cotos, el espléndido paisaje nevado de Guadarrama.
Nos internamos enseguida por un manto blanco de nieve recién caída siguiendo un hipotético itinerario hacia las cumbres de Cabezas de Hierro. Cuando hubimos avanzado, borrachos de tanta belleza, a veces en el pinar, otras sobre campos desiertos despuntados sobre la nieve de piornos y retamas, dos o tres horas, comprendimos vagamente que los bancos de niebla que se movían pesados a nuestro alrededor, podían ser extremadamente peligrosos. Pero la prudencia no era patrimonio de nuestros pocos años.
La tarde de enero se echó encima con su manto gris aterciopelado y ecuménico borrando las huellas y los recuerdos próximos y confundiéndolo todo en una aleación uniforme y gris que minuto a minuto fue pasando de una pastosa tonalidad alumínica a un bronce oscuro y patinado en el que los rastros y las sombras desaparecían engullidos por la oscuridad.
Fue difícil orientarnos entonces. Muy jóvenes, entusiastas, pardillos, éramos como dos polluelos recién salidos del cascarón. Andando penosamente por una nieve profunda, entre dos bancos de niebla, al borde de la noche, creímos ver una casa al otro lado del valle. Se trataba, lo supimos meses más tarde, del refugio del Pingarrón. Pero la apariencia se esfumó y no creímos más en ella. Un par de veces más se abrieron las nubes a nuestro alrededor mostrando un aspecto luciferino y triste. Después la oscuridad se tragó todo: bosque, nieve, rocas, ríos; éramos dos sombras errando en medio de la nada gélida donde caminar en la nieve profunda era muy penoso.
Guardábamos celosamente dos naranjas y una lata de anchoas; eran todas nuestras provisiones. Cuando ya estábamos definitivamente perdidos, dejamos de movernos y nos sentamos derrumbados sobre la nieve. Mientras pelábamos una de las naranjas, los dedos como palos, rígidos, intentando arrancar trozos de cáscara, no hablamos, pero ambos recordamos nítidamente detalles espeluznantes de congelados que aparecían en los libros que habíamos devorado durante los dos meses últimos. Morían rígidos, ajenos a su propia muerte; luego los encontraban al cabo del tiempo petrificados con una sonrisa macabra sobre la boca.
Anduvimos horas sin rumbo fijo en medio de la niebla sin saber en ningún momento a dónde dirigirnos. Después de tantas vueltas no teníamos ni idea de hacia qué parte de aquella cosa oscura y desconocida debíamos dirigirnos. El frío era húmedo y penetrante; si dejábamos de movernos, extenuados e imposibilitados para un paso más, el frío nos trincaba con sus tenazas y entonces surgía nuestra obsesión por proteger pies y manos de las congelaciones. Esos pies, esos dedos tumefactos, deformemente negros, amputados después, que habíamos visto en algún libro nos impelían a mover compulsivamente los dedos dentro de nuestras ligeras botas y a golpear con los puños cerrados nuestras extremidades; no parar, evitar la congelación, resistir. Habíamos decidido bajar siguiendo de cerca el ruido cercano del río. ¿Cuántos riachuelos habría que vadear a ciegas hasta la madrugada?, nos preguntábamos.
Era un penoso deambular de ciegos. La noche, la nieve copiosa y blanda, se había tragado de golpe todos los relieves e instalado cientos de trampas a cada paso, cada trampa un esfuerzo ímprobo para salir con pies y manos de un agujero entre las retamas o las grandes rocas, que se hundía sin fondo a cada nuevo intento. Fue caminar horas y horas con la nieve blanda por encima de la rodilla con la única referencia sobre la frente de resistir la noche y el frío.
Poco antes de una débil claridad que hizo posible reconocer nuestros propios perfiles y diferenciarnos de otros elementos del bosque, esa luz que convierte la ceguera en un movimiento ambiguo de sombras, poco antes, caímos arrastrados por el agua de un gran arroyo que se precipitaba oscura y amenazadora. Al intentar cruzar el arroyo una rama se rompió, el agua helada hasta el pecho me arrastraba; fue como moverse dentro de una pesadilla. La voz de Emiliano gritaba angustiada ahí mismo, pero oída infinitamente lejos llamándome como desde otro mundo. Como ciegos, a rastras, gateando entre las retamas, la nieve, el agua, al fin logré atravesar el torrente. La llamada a la vida volvía a llamarme desde lo profundo de aquella oscuridad. Un abrazo y las lágrimas arrasando mi cara sobre el hombro de Emiliano. Sí, la sensación de haber dejado atrás la tragedia, la vida volvía a susurrar en mis oídos su llamado.
Ahora ya no éramos una muerte ambulante en la noche. Habíamos despertado, volvíamos a posar los pies con empaque, extremadamente conmovidos. Con las lágrimas aún sobre los ojos escrutábamos el cielo; podía verse muy débil, entre las altas copas de los pinos, un cielo que sobrenadaba la oscuridad del follaje.
El lívido y dilatado amanecer que siguió fue de tan cruda belleza... Mientras en una mano sostenía una lata de anchoas congelada mirábamos atónitos hacia el este la franja lechosa de la madrugada, las interminables laderas blancas. Así las recordaba yo, sin límites, desoladas, a intervalos cubiertas de pinos con las ramas vencidas por el peso de la nieve. En algún lugar de esas laderas estaba la vida, habría hombres y mujeres a quienes acudir, era como peregrinar en medio de la muerte con la certeza absoluta de estar pisando un país bello y suicida.
Después la nieve se adelgazó y podía notarse el prado esponjoso y mojado tras la breve capa blanca. Poco más abajo quedó definitivamente reducida a pequeñas superficies que ni Emiliano ni yo nos preocupamos en rodear. Amanecía. El poderoso bramido del río imponía un respeto religioso a nuestro paso; hinchado y cristalino, discurría ahora entre grandes piedras. Más tarde, remansado y calmoso, lo haría entre prados a los pies de grandes pinos centenarios.
En algún momento al otro lado del río apareció la carretera. No encontramos a nadie en nuestro camino. Al fondo se veían las casas de un pueblo: Rascafría.


Aires de milonga


El Chorrillo, 2 de marzo  2017


Hoy dormí hasta el mediodía. Después del amanecer despertaba a ratos y me sentía cálidamente ovillado dentro de la mañana, el edredón, algunas impresiones que venían de los campos y los caminos. Por mucho que uno mire la vida y la interrogue ésta no suelta prenda; como una milonga que se arrastrase por los caminos entre las cuerdas de una guitarra, va dejando aquí una canción, allí una sugerencia, trozos de esperanza y gozo, acaso de dolor, pero no hay alma que comprenda el conjunto. Por la ventana de mi choza entra el sol de invierno, la caricia de algunos recuerdos después de caminar dos semanas por las tierras del sur. Asuntos simples sobre cuya urdimbre se van tejiendo los años, el cansancio, los deseos o la cálida sensación de estar vivo. Y acaso nada más se trate de eso, de estar vivo y sentir que esa breve existencia en la que estamos instalados bebe y se alimenta de las cosas simples de la naturaleza en el "trotecito lento de una milonga campera".

Y tras el desayuno el deseo de oír aquellas voces y guitarras que nacían a los pies de las nieves perpetuas de los Andes, voces de Jorge Cafrune, Larralde, Daniel Viglieti o tantos otros. Desde que días atrás quedé atrapado en los cuentos de Filisberto Hernández los viejos temas de aquellas tierras vienen a mí despertando las sensaciones que en los años setenta convivían con la lucha en las calles al ritmo de los temas de Quilapayún o Víctor Jara. También con ellos el inútil trabajo de querer comprender, como mucho el resultado de una intuición cazada al vuelo mientras escucho un tema de Larralde o recuerdo una mañana de conversación con Victoria mientras descendíamos de los altos del Huascarán frente al Alpamayo, probablemente la cumbre más bella del mundo (quizás un día de estos resucite nuestro paso por aquella ruta de los Andes).



El caso es que todo eso es presente, indefinido y inaprensible, pero totalmente parte activa de mi mañana frente a un campo de cebada que luce ya el verde brillante de las cercanías de la primavera. Hoy no tengo caminos por delante y una suerte de calma chicha llena de buenos augurios esta hora del día.