Gredos, Pedriza y Galayos: un daguerrotipo







El Chorrillo, 23 de marzo de 2017


Garra. Es el título de un ensayo de Bradbury que he abandonado para escribir estas líneas. Ser una criatura de fiebres y arrebatos le parece al autor la clave para escribir algo que merezca la pena. La cosa no da para tanto pero… Al hilo de la lectura por mi mente pasaba en este momento la imagen de un piolet de antaño; estaba en el perfil de un compañero del Navi. Un piolet. ¿Y qué? Él escribía unos versos (aquí), una simple herramienta de monte había conseguido poner en funcionamiento sus neuronas hasta llenar sus dedos una cuartilla llena de nostalgia y de agradecimiento . Probablemente estaba mirando distraídamente la tarde y de golpe pasó un ángel que le trajo el regalo de un tiempo lejano en que los sueños tenían el perfil de una montaña, la aureola de un valle recóndito o acaso el brillo de un corredor de nieve que más allá de la rimaya se perdía vertiginoso en las alturas con su promesa de felicidad. Esos años en que la felicidad consistía en soñar de lunes a viernes con el cálido contacto del granito, con las chovas revoloteando siempre alrededor de las cimas de los Galayos, los buitres describiendo amplios círculos sobre el Callejón de las Abejas en Pedriza, el silencio perturbador junto al vivac de la helada laguna Grande de Gredos mientras las siluetas de Los Hermanitos desfallecían allí arriba de soledad y silencio.

Original, Manuel Hoyos
Vete a saber lo que pasaba por la cabeza de Manuel Hoyos ante la vista de su viejo piolet. Me dicen que en estos días son legión los visitantes de Gredos. Mucha gente, acaso demasiada. A veces se me ocurre la peregrina idea de no volver más a Gredos. Son tantos los recuerdos entrañables, esos que con tanto cariño se pasean en esta edad madura por mis pensamientos, que miedo me da que la imagen del pasado, y todo lo que mi memoria guarda como un tesoro y que la pátina del tiempo ha enriquecido como si de un viejo cuadro de Rembrandt se tratara, se vea deslucido por una realidad que ya no es la mía. No siempre los reencuentros son un bien añadido. Y conste que no creo que sea el único que respira de tal manera. Desde que se inventaron las redes sociales uno tiene la oportunidad de ver de continuo por donde respiran/respiramos muchos compañeros que cuarenta, cincuenta años atrás preferían un fin de semana con la montaña a la novia. Los aficionados a recordar viejos tiempos con daguerrotipos de su época gloriosa son montón. Cuando miro sus fotos, o leo en sus textos el entusiasmo con que muestran su pasado con la montaña, tengo la impresión de ese Gredos, Galayos, Pedriza, Pirineos han dejado de existir, o mejor, que existe, sí, y con una fuerza mucho mayor que las que pueden mostrarnos, por ejemplo, las fotos de ayer mismo de Gredos que de Tomas Meson o An Rima nos muestran en Facebook. Existen de otra manera.

Mi primer vivac en Gredos en invierno allá por el años sesenta y seis o sesenta y siete con un saco de tres cuartos porque todavía no había ahorrado para un Pedro Gómez, ¿quién podría decir que la calidad de ese recuerdo tan vívido después de medio siglo es algo cuyo rastro se pueda encontrar si un día de estos me acerco a la Portilla del Crampón; o de ese otro recuerdo querido escalando con Javier Mayayo un años después una madrugada de muchos grados bajo cero la helada pared del Cuerno del Almanzor, o aquellos tres días de la integral invernal del Circo?

Es cierto que Gredos o Galayos siguen existiendo, o la Pedriza, pero lo cierto es que querámoslo o no, “nuestros” Galayos, “nuestra” Pedriza o “nuestro” Gredos distan mucho de lo que hoy nos muestran los ojos. Las cosas del alma, de la memoria, conjugan a veces mal con la realidad del presente. El vino añejo no en vano ha fermentado y envejecido durante años en algún oscuro rincón de alguna bodega.

¿Que qué le añade el tiempo a nuestras montañas más queridas? Bueno, que le pregunten a un catador de vinos sobre la influencia de los años en los mejores caldos. Pues así con las cosas del monte. También cuenta los objetos, las prendas, todo lo que nos acompañaba en nuestras escapadas. Si Manuel Hoyos tiene un arrebato arrebato poético a costa de su viejo piolet, qué no guardaremos los demás de sano reconocimiento por un viejo jersey remendado con coderas de cuero y refuerzos en el cuello para la cuerda del rápel, por ejemplo; por ciertas gastadas botas con las que etc., por una tienda que me protegió de las lluvias y las tormentas durante dos décadas y que un día abandoné en un valle de los Alpes; por una cuerda que al final quedó trabada tras un rápel en la Crestas del Diablo; por unos viejos esquís con los que hiciste las primeras travesías; por un saco de dormir que te abrigó sobre tantas cumbres del Pirineo, sobre la cima del Naranjo de Bulnes.

Una de los más fantásticos regalos que los años nos deparan es la posibilidad del ejercicio de la memoria, el sabor añejo de nuestra propia vida gastada en soñar y llevar a cabo nuestros sueños. Si a lo que hicimos le añadimos nuestros inestimables compañeros de viaje o ese simbólico piolet de los tiempos de María Castaña la cosa está bordada.

Decía al principio que estaba leyendo a Bradbury, precisamente en un punto donde se decía: “El primer deber de alguien que quiera escribir algo es la efusión: ser una criatura de fiebres y arrebatos. Sin ese vigor, lo mismo daría que cosechase melocotones o cavara zanjas”. No es difícil que la fiebre y el arrebato hagan acto de presencia cuando de lo que se trata es despertar la memoria de los tiempos en que Gredos o la Pedriza eran el Dorado de los años jóvenes.

En la choza, dormida a mis pies, mi perra ronca como un gordinflón harto de cerveza; es buena compañía pero esta noche hubiera agradecido junto al fuego de la chimenea la presencia de algún colega con quien compartir retazos del pasado.


Carlos Soria se cuela en mis ensoñaciones



Original de revista Don



El Chorrillo, 20 de marzo de 2017

Pensar en Carlos Soria esta mañana era como sentir
que mi propia vida se alargaba, que los sueños, en vez
de sucumbir ante el acostumbrado paso de los años, 
podían ser alimentados todavía.

Cuando me desperté esta mañana, un chorro de luz, como esos que en un momento de gracia descienden desde la bóveda de una catedral románica, cruzaba mi choza abriéndose paso entre la hiedra que la cubre. Era un buen augurio. Los chorros de luz caminando sobre el polvo estanco de una habitación no son cosa corriente y vulgar; Fray Angélico necesitó uno para su Anunciación de la Virgen; yo quedé arrobado por uno de ellos en una ocasión en que viajaba en auto-stop camino de París, cuando de mañana temprano entré en la silenciosa catedral de Angouleme mientras las notas de un órgano brotaban de los intersticios de los sillares llenando la penumbra con el ligero temblor de sus notas, mientras dos flechas de luz cruzaban la bóveda hasta dejar la humedad de sus besos en el pavimento de piedra. Los rayos de luz anidan en lo profundo del alma o de la naturaleza y no son dados a dejarse ver con facilidad, por eso, cuando abrí los ojos y me encontré de repente con esa floritura cruzando el espacio de mi choza me dije, date, ándate espabilado porque lo mismo se te aparece la Virgen esta mañana. Esperé acontecimientos metido en el saco un buen rato, pero la cosa no llegaba. Me entretuve tontamente recordando otros rayos de luz, muchos de ellos después del amanecer mientras atravesaba algún bosque en alguna parte de los Alpes o los Pirineos, el último en la isla de Lambón, en Indonesia, mientras cruzábamos un intrincado paraje de la selva. Siempre que esto sucede la ocasión se presta al recogimiento, no sé por qué; quizás porque esas cosas son más frecuentes en las iglesias o catedrales de Occidente donde los arquitectos previeron estratégicamente durante siglos este fenómeno de aspecto sobrenatural. La predisposición a sentirnos iluminados por el céfiro de lo extraordinario es tan deseable que no hay alma que pierda ocasión para hacerse creer a sí misma cualquier tontería de rigor en forma de aparición de una Virgen o similar. Y es que a la vida le sobra prosa, la cruda realidad de lo cotidiano nos resulta tan ramplona que tener acceso a la posibilidad de que se te aparezca un ser extraordinario nos puede hacer temblar de gozo y expectativa. Y como estos seres no se presentan así como así sin ningún tipo de heraldo o preludio que lo preceda, lógico es que uno esté en ascuas a la espera de que tras el rayo de luz haga su aparición la virgen, el ángel, el mensajero pertinente.

Es lastimoso, pero es así, uno, que es ateo hasta la médula de los huesos, desearía no obstante que en algún momento se le apareciera la Virgen para que le ayudara a comprender un puñado de cosas; por ejemplo. No, no tengo ningún interés en una Virgen que me haga más nosequé, ni que intervenga para que me toque la lotería, cosas de esas no las necesito, estoy bien cómo y dónde estoy; sin embargo comprender es algo que se me escapa tan a menudo que acaso no estaría mal un regalito del cielo que me ayudara a entender este mundo en el que vivo. El caso es que me cansé de esperar acontecimientos; el rayito de luz terminó por esfumarse y yo me quedé a la luna de Valencia, un poco frustrado porque preveía que hoy una vez más iba a entrar nuevamente en el ciclo de lo habitual; tendría que levantarme, recoger el saco, desayunar y ponerme a cortar las arizónicas o segar el césped de la parcela, tareas no del todo desagradable pero infinitamente menos interesantes que una aparición de la Virgen, pongamos por caso.

Luego, tenía a doña pereza encima. De hecho se estaba muy bien de tendido prono viendo cómo los pájaros revoloteaban junto al comedero de la acacia. Esto de estar jubilado hace que a uno se le presenten cuestiones nuevas que no aparecían antes cuando tenía que salir pitando para ir a trabajar. Por ejemplo, ¿por qué coño levantarme cuando tan ricamente se está contemplando la mañana desde el saco de dormir? Los ejercicios de ensoñación, tan queridos siempre, son una maravilla a esta hora del día en que la piel y las neuronas tienen sus poros abiertos de par en par dispuestos a dar paso a todos los temas y sensaciones del universo que tengan la gracia de presentarse. De hecho, las ofertas pueden ser infinitas. Y si no a ver, ¿cuándo uno a lo largo del día tiene la oportunidad de disfrutar la compañía del ser más querido que se tiene a mano, uno mismo, por supuesto?, ¿cuándo, ahora lejos de las redes sociales, de los asuntos de la política, del whatapp, de las obligaciones cotidianas, de la necesidad de comer o cepillarse los dientes tiene uno la suerte de encontrarse y dejar vagar los pensamientos por los distintos estadios del tiempo o del espacio?, ¿el gusto, acaso, de resucitar viejas sensaciones adormiladas en los pliegues cálidos de unas sábanas?, ¿la posibilidad de bucear en la eternidad del pasado para resucitarlo al compás de las notas de ese comienzo de la Sexta Sinfonía de Beethoven, en donde los pájaros han hecho silencio para escuchar a los violines que de la mano de las violas y una flauta echan a caminar por una mañana de primavera con el ánimo de darse un paseo por los campos cuajados de flores que empiezan de sacudirse el rocío de la mañana?

A veces me abochorna el tiempo que empleo en leer la prensa o dar un vistazo aquí y allá en las redes sociales, el tiempo que empleo en tantas tareas que ni fu ni fa, cuando lo que debería hacer es pasarme ricamente el día entero en mi saco de dormir ensoñando, recordando, escuchando alguna sugerencia cazada al vuelo. ¿Qué cosa hay más atractiva puede haber que lo que se cuece en el propio cerebro en una mañana de primavera de indolencia?

Bueno, pues en esto estaba cuando me acordé de Carlos Soria; una anacronía si se quiere. Es que era un recuerdo muy reciente; el día anterior había pasado por Desnivel para comprar un libro de escalada para mi nieta y allí enseguida me encontré con su libro último, Carlos Soria Alpinista. Días atrás le encontré en las redes sociales equipado de amarillo como dispuesto a salir corriendo hacia alguna cumbre del Himalaya. Unas semanas antes estaba en la cumbre del Naranjo de Bulnes, donde yo una vez compartí vivac con un viejo amigo común, Moisés Castaño; en fin. Después, ya en casa, por la tarde, Victoria, como si hubiera estado buscando la ocasión, me invitó a oír un podcast que le había dedicado Radio Nacional a Carlos días atrás. Total, que como tenía a Carlos Soria hasta en la sopa, la orquestina interna que soplaba y tocaba sus cuerdas en mi cerebro esta mañana, se mezcló con la música de fondo de los budas del programa y con la voz grave y cálida de Carlos mientras una de sus hijas aseguraba que su padre parecía un monje con sus rutinas de entrenamiento diarias. Entonces recordé al Carlos Soria que yo conocí en los Galayos, uno de esos días en que todo el mundo se proponía hacer gamberradas y después de una jornada de escalada bajábamos atropelladamente dando saltos y corriendo Tranco abajo con los macutos en la espalda más divertidos que todas las cosas, aunque también con la posibilidad de rompernos la crisma.

Cuando la vida ha empezado a estrechar sus límites, con lo que ello supone de esas pequeñas disfunciones que nos regalan los años, y junto a las dichas de la jubilación y la posible ensoñación matinal, nace un recuerdo como el de hoy de un hombre que ha roto todos los techos forzando todos los sueños hasta irlos convirtiendo poco a poco en realidad, lo que se produce en el ensoñador es un choque conceptual y vital que, ahíto como estaba minutos antes ensimismado con su rayito de luz atravesando su choza, le zarandea –el alma, quiero decir– obligándole a modificar el rumbo de sus pensamientos que, de contemplativos y de autosatisfacción pasan a percibir la vida más allá de los límites de la jubilación como una lucha permanente por seguir alimentando los sueños, sin cuidarse en exceso por los estragos de la edad.

Pensar en Carlos Soria esta mañana era como sentir que mi propia vida se alargaba, que los sueños, en vez de sucumbir ante el acostumbrado paso de los años, podían ser alimentados todavía; en fin, que acaso la rutina monjil de que hablaba su hija para estar en forma sea una conditio sine qua non para no sucumbir a ese encogimiento de hombros en donde las limitaciones crecen como hongos si no tienes encima algo de ese aire que tan saludablemente respira Carlos.

Después de todo esto no me queda más remedio que matizar mi indolencia matinal, mi rayo de luz y la contemplación de los pájaros con un poco de esa filosofía del hombre de las alturas camino del Dhaulagiri. Suerte, Carlos, y gracias por el ánimo que tu ejemplo infunde en nuestra manera de ver la vida.


Original de https://pixabay.com/es/

Tormenta en la cumbre de La Meige. Así debería ser morirse algún día.

 
Crestería de la Meije


El Chorrillo, 18 de marzo de 2017

Escribí algo de lo que sigue el pasado mes de diciembre en un contexto alejado del mundo de la montaña, una tarde después de finalizar alguna de las etapas del Camino de Santiago de San Salvador. Hoy, metido a recordar en estas Cartas desde mi choza andanzas de otro tiempo relacionadas con la montaña, lo retomo con alguna variante. A veces la memoria que la montaña ha dejado en los recovecos del cuerpo de uno es tan intensa que escribir sobre ella se parece mucho a lo que sentirías si volvieras a vivir algunas de esas lejanas experiencias.

Que el hilo conductor que hoy me lleva a las altas cumbres del Delfinado sean las sensaciones de una noche de insomnio ovillado en el calor de los recuerdos, añada el plus de esa inutilidad tan fértil, que de tanto en tanto invocamos cuando nos referimos a los porqués de nuestras actividades en la montaña, da a las experiencias vividas el cariz de esas cosas que son necesarias rememorar para estar seguro de que la vida ha merecido la pena ser vivida. Me he referido ya en alguna ocasión a cierta anécdota que narra René Demaison en su libro Le forze della montagna. René Demaison y su compañero Jack Batkin se habían comprometido a escalar por primera vez en invierno el espolón Croz de las Grandes Jorasses. Tras una semana de escalada, un enorme tormenta y sufrimientos incalculables, la pasión de escalar una gran pared en las peores condiciones se ve cumplida con la llegada a la cumbre. Después de aquello Jack Batkin dejó de escalar por una larga temporada. En el verano siguiente se encontraba sentado en una terraza de una cervecería de Chamonix bebiendo una cerveza, cuando un amigo se le acercó; éste le pregunta: ¿No escalas más, Jack? No, respondió él, he hecho un viaje tan grande en las Grandes Jorasses este invierno con René, que ahora no hago nada, revivo aquella ascensión. Esa es la idea la que tantas veces se me cuela por dentro cuando la tarde se demora frente a mi choza y agarro el portátil para recuperar trozos de escurridiza memoria.

El día que relaté esta pequeña historia sobre la Meige había dormido una larga siesta tras la comida y cuando me metí en la cama comprobé pronto que esa noche iba a ser difícil coger el sueño. Obediente me hice a la idea. Me había asegurado contra el frío metiéndome bajo cuatro mantas y al poco rato empecé a gustar un calorcito tal que hizo que me sintiera dentro del mejor de los mundos. Era una sensación extraordinariamente placentera que llegaba a mi cuerpo como un fenómeno nuevo, como venido de una tierra donde todos los deseos se veían cumplidos en forma de calor y ternura. Un calorcito animal salía de mi regazo y se expandía poco a poco por todo mi cuerpo llenando a éste de un cálido bienestar. Así debería ser morirse algún día, pensé en algún momento. Como volver al seno materno donde todo lo que existe es el gozo de sentir tu cuerpo y tus sentidos abrazándote como si fueras un niño de pecho.

¿Dónde, dónde había tenido yo parecidas sensaciones en algún lejano momento del pasado?, pensé entonces. Fue como si un débil rumor venido del otro lado del tiempo se estuviera paseando por la oscuridad monástica de la habitación del albergue de peregrinos que ocupaba. Rebuscando en la memoria no tardé en dar con los instantes precisos que me recordaban instantes de ternura extraordinaria. Era como si mis sensaciones más placenteras convocaran a golpe de clarinete a sus afines de otro tiempo.

El hecho transcurría bajo las mantas en el refugio de L'Aigle, cercano a los cuatro mil metros, no lejos de las cumbres de La Meige, en los Alpes del Delfinado. Un cuerpo de hombre y uno de mujer yacían abrazados exhaustos como dos hermanos tras una imprevista aventura de montaña.

Habíamos ascendido de madrugada hacia la cima mayor por su cara sur con un cielo totalmente despejado. Una escalada de mediana dificultad pero sin especiales complicaciones que habíamos emprendido sobre una pared de pequeñas terrazas de granito sólido, más a la derecha de la vía normal, con el objeto de evitar vernos cogidos entre otras cordadas que ascendían a la misma cumbre. El espectáculo de los seracs y los glaciares a nuestro alrededor se fue haciendo más y más imponente según ascendíamos. Hoy, con las fotos de blanco y negro en la mano, me cuesta identificar aquellas paredes. Pequeñas trepadas, un centenar de metros de alguna dificultad, algún paso complicado... nada que nos supusiera un reto insalvable. En ellas veo a Fulgencio y a María desenvolverse con soltura en paredes verticales y, tras ellos, vertiginosamente a nuestros pies, los glaciares, las grietas, los grandes seracs, alguna chova volando a nuestro alrededor. Hoy sería imposible rememorar después de casi medio siglo muchos más detalles. Era sencillamente un placer escalar aquella pared buscando aquí o allá el paso más adecuado. Habíamos perdido de vista al buen número de cordadas que subían por la vía normal y escalábamos a nuestro aire por una pared bastante vertical pero con muchas posibilidades de abrirse paso por lugares diferentes. Cuando nos acercamos al alto espolón somero, hicimos una larga travesía y tomamos un gran corredor que se dirigía a la cumbre.

Fue en la cercanía de la cima que unas pequeñas nubes que revoloteaban insignificantes en su cercanía empezaron a coger consistencia, a punto de que cuando pisábamos la cresta somera repentinamente aquello se transformó era una tormenta en toda regla. El aparato eléctrico se desencadenó con tal violencia y tan repentinamente que apenas tuvimos tiempo de plantearnos qué podíamos hacer. Nos vimos de repente en la hondura de una rimaya zarandeados por una tormenta implacable con ráfagas de viento y nieve que nos obligaron a buscar refugio en esa oquedad entre la nieve y un espolón rocoso. Lo inmediato fue arrojar mosquetones y piolets lejos de nosotros sobre una plataforma rocosa y después prepararnos para resistir la nieve y las ráfagas de viento que nos vapuleaban. En algún momento, acurrucados como polluelos en la rimaya a alguno de nosotros se nos ocurrió empezar cantar a voz en grito con el ánimo de quien se acerca al frente de batalla al ritmo de una marcha militar. Un terceto cantando a toda pastilla en mitad de la tormenta era algo bastante onírico, pero resultaba terapéutico, sí. Con nuestros cantos conseguimos darnos un ánimo que no era fácil de resucitar en aquellas circunstancias. A María los pelos que le salían del casco se le elevaban hacia arriba como los bigotes de Dalí. Aquellos juegos eléctricos era un espectáculo totalmente nuevo para nosotros, debió parecernos algo muy parecido al infierno.

El tiempo que duró la tormenta fue suficiente para que se acercara la noche. Estábamos en la cota de los cuatro mil metros con una larga y accidentada crestería por delante antes de que pudiéramos ver la posibilidad de descender. Nuestro proyecto era hacer la travesía de las cumbres y descender por la ladera norte hasta el refugio de L'Aigle. No nos planteamos en ningún momento descender por la vía de subida. Con esfuerzo, con paciencia, con frío, muchas veces tanteando el terreno como ciegos, logramos atravesar la crestería hasta que por delante de nosotros no tuvimos más que la superficie blanca del glaciar que huía a nuestros pies por cientos de metros de desnivel, probablemente hasta un estribo rocoso en donde debía de estar nuestro refugio de destino, L'aigle. Enseguida comprendimos que no había ninguna posibilidad de alcanzar el refugio aquella noche. Grandes grietas se interponían perpendicularmente una y otra vez a nuestro paso en el descenso.

Llegó un momento en que no fue posible continuar. Terminamos buscando cobijo en una grieta. Sobre un puente de nieve que nos pareció suficiente consistente improvisamos unos asientos con nuestros macutos y, atados y asegurados a nuestros piolets que habíamos fijado en la parte superior de la grieta, nos aprestamos a resistir el frío de la noche con lo puesto. El único objetivo de aquella noche fue no dormirnos; las posibilidades de una congelación sobrevolaba en el ambiente. Estábamos exhaustos. Nos golpeamos unos a otros durante toda la noche. María quedó entre nosotros dos. Fue un amanecer pálido y frío. Cuando salimos de la grieta al empinado glaciar, pudimos divisar claramente el refugio quinientos o seiscientos metros de desnivel más abajo. El guardián del refugio nos estaba esperando, había visto las luces de nuestras linternas la noche anterior.

Recuerdo el confort de un caldo humeante y, poco después, esas sensaciones de que hablaba más arriba. Ella y yo habíamos pasado un largo mes escalando en Dolomitas y en el Adamello. Después se nos había unido Fulgencio en Briançon. Aquella mañana nos acostamos juntos bajo las mantas abrazados como dos pajaritos en un rincón del nido. Ese era el momento que recordaba más arriba, el placer de acurrucarnos abrazados el uno al otro; como dos hermanos, como si entonces, después de todos los peligros, todos los cansancios, la tormenta, los trabajos de resistir, hubiéramos llegado al centro mismo de la ternura, del calor animal, como si en ese momento hubiéramos estado tocando con las yemas de los dedos la esencia de nuestra humanidad en donde un primer hombre y una primera mujer se abrazan felices de estar vivos, agradecidos de poder compartir su calor, su piel, su cansancio.

Así debería ser morirse algún día, felices, ebrios de cansancio y felicidad.


Fulgencio, María y un servidor en la cumbre del Piz Cavales. Al fondo La Meije







Fulgencio desde el Refugio L'Aigle

Refugio L'Aigle

Travesía de la Meije

Adamello. Una solitaria travesía invernal en los Alpes II.


El Chorrillo, 16 de marzo de 2017

(Continuación)

No todo eran penas sin embargo, un sol tibio y anaranjado pintó de caramelo ese mundo elemental y salvaje de manera inesperada. La nieve se vistió de fiesta, la roca se tiñó de cosa sensata y amable. Me ascendió un dulce sabor a bienestar por todo el cuerpo.
Aquello podría no tener sentido pero era hermoso, muy hermoso aquel sol sobre el granito frío. Vacío, silencio, miedo, estremecedora soledad, fuerza, ser, y en medio, el sol brotando de la tierra.
Necesitaba convencerme de que la nieve no cedería. Me fui acercando a la cornisa donde deberían culminar mis penas inmediatas; miré hacia abajo; mis huellas se perdían en el fondo del corredor; eran unas huellas grandes y profundas que ahora contemplaba con voluptuosidad. Superé el último tramo dominado por la excitación; llegué hasta un canalizo-chimenea vertical que superé penosamente. El último resalte rocoso quedó atrás, alcancé el punto más prominente del corredor sobre la cornisa.
Tuve la sensación de que en aquel instante era el centro de un universo muy particular. Una suave pendiente llegaba hasta allí por el lado opuesto; la miré con agradecimiento. Era feliz.
El recuerdo de ese tramo de madrugada vertebrado de miedo y lucha y, poco después, de plenitud, perduraba en mi conciencia tan nítido como si hubiera sucedido ayer. El cansancio de vivir se aligera con esta clase de recuerdos. La luz y el silencio, el duro granito y la blanca nieve, la soledad absoluta, apaciguarían poco a poco mi excitación. Mientras desgajaba una naranja fijé mi atención en las cosas que me rodeaban: la delicada y soleada pendiente del último tramo de la Vedretta di Salarno, la roca oscura y dentada del contrafuerte que fija el límite alto de los glaciares, la mole del Adamello que se erguía soberbia y aislada sobre el mar de hielo del Pian di Neve.
Ahora el tiempo apremiaba, había confusión en el cielo. Me calcé los esquís y las pieles; era placentero. Entre la nieve sobresalían los vestigios de una guerra lejana, la de 1914: alambres de espino y hierros herrumbrosos por todas partes, los restos de un cañón... Durante la Primera Guerra Mundial todos los glaciares altos del Adamello fueron perforados con galerías; por ellas se desplazaban las tropas italianas y austriacas para evitar la artillería recíproca.
Más arriba retiré las pieles de foca de los esquís. Ahora me esperaba un magnífico descenso hasta el refugio Mandrone; sólo tendría que cuidarme de las grietas en la parte más accidentada de la Vedretta del Mandrone. Desde el Pian di Neve me dirigí hacia el refugio de la Lobbia que aparecía barrido por masas de niebla que se arrastraban perezosas a lo largo de los contrafuertes orientales del glaciar. Debía darme prisa y tomar la delantera a la niebla.
Una suave pendiente se deslizaba bajo mis pies con regularidad; era un magnífico descenso, mi paso levantaba pequeñas cortinas de nieve en las curvas. Aquello no se olvida, pensé entonces; la soledad, el abandono mórbido de bajar con los esquís como un dios flotando en el Olimpo... Olvidé muchos detalles de aquel día pero no desaparecerá nunca la impresión de plenitud que me trajo aquel paisaje aturdidor y pleno, la grisura envolvente de las cumbres cayendo en silencio hacia los glaciares; ni agua, ni viento, nada, un impenetrable silencio cortado sólo por el roce leve de los esquís en la nieve. Crucé el glaciar; atento a las grietas dejé a mi derecha el lago Nuovo y después, más abajo, el lago Mandrone.
Tras diez horas de esfuerzos sólo una breve pendiente me separaba del refugio Mandrone. En otoño había pernoctado allí con Nena cuando nos dirigíamos a la Presanella. El refugio yacía como muerto en su blanco abandono. Cuando me puse en marcha de nuevo, abandonado el calor del refugio, todo estaba cubierto por la niebla y nevaba ligeramente; sin embargo unas hermosas huellas se dirigían hacia el paso Presena, seiscientos metros de desnivel más arriba.
Durante una hora larga caminé como un ciego empujando mis esquís por un mundo blanco sin referencia alguna; era difícil hacerse una idea de la pendiente, de la orientación. Caminé en medio de una nube clara sin otro punto de contacto que dos huellas paralelas que se perdían a intervalos en aquel estado algodonoso. Los pensamientos iban y venían en medio de una tranquila ascensión. Esa mañana ya tuve sensación de hogar en lo alto de aquel escabroso corredor; después el resto me pareció coser y cantar; sentí que el confort de mi habitación estaba ya ahí al alcance de la mano: los discos de vinilo que guardan en sus surcos voces y sonidos queridos, el baño caliente, el agasajo de Nena después de tenerla extremadamente preocupada durante dos días. Ascendiendo hacia el paso Presena me confiaba a sí mismo con monólogos curiosos: "Cuando estás en casa, si quieres levantarte te levantas, si quieres una pera vas a la cocina y la coges, si quieres un libro alzas una mano y ya lo tienes, puedes salir a tomar el sol si te place, dormir si lo deseas. Cuando estás en el corredor todo es distinto, entonces la vida es como un curioso agujero en donde lo único que puedes hacer es subir y subir; ni peras, ni libros, ni discos, ni paseos, sólo tú y tu angustia, tu gozo, el reto contigo mismo". Inmerso siempre en la niebla traté de razonar sobre estas cuestiones, pero el empeño no pasaba de ser un ejercicio de ensimismamiento. Era una época en que Dios había sido proscrito definitivamente de mi mundo; a  partir de ahí creí encontrar aquí y allí razones que el instinto me iba sirviendo a cuentagotas envueltas en trozos de Naturaleza. El instinto, el deseo, convertidos en feraces animadores de los sentidos no necesitaban explicaciones, "la conquista de lo inútil" no se disecciona; hay cosas que haces porque sí, porque amaba hacerlas, nada más.
Desde el Paso Presena una magnífica pista de esquí se tendía a mis pies. Había empezado a anochecer.



Adamello. Una solitaria travesía invernal en los Alpes I




El Chorrillo, 15 de marzo de 2017

Sucede muchas tardes, cuando estoy ensoñando frente al atardecer que se despliega frente a mi choza, tantas veces como una música de Debussy o Satie que impulsara a la nostalgia del recuerdo, que me surja la necesidad de fijar mi atención en algún lugar de la memoria donde sucedieron hechos que todavía hoy me emocionan. Fue así que, estando contemplando cómo el sol se desvanecía en el horizonte, me encontré de repente con los esquís en los pies avanzando valle arriba en una fría tarde de febrero en un lejano valle de los Alpes Centrales.
Fue sencillamente miedo lo que sentí entonces cuando decidí que el siguiente fin de semana emprendería una travesía solitaria por los altos del Adamello. Por aquel tiempo vivía en los Alpes de la Alta Lombardía, en lo alto de la Val Camónica, en un pueblecito colgado en la ladera de la montaña, donde Nena, mi entrañable amiga, tenía su hogar y la escuela donde daba clases. Su hospitalidad me había permitido vivir en un entorno de altas montañas nevadas que nunca, en unos tiempos en que mi cuerpo y mi alma pensaban a cada instante en una cumbre, hubiera soñado habitar. La ventana de mi habitación era un balcón frente al cual un dédalo de bellas montañas se erguía cada vez que levantaba la vista de mis libros de estudio. Cevo, se llamaba aquel lugar.
Un miedo que latía como las notas de una viola junto a la melodía principal de mi deseo de atravesar solo entre las cumbres de aquel macizo, a cuestas con ese destino que tantas veces nos impele irracionalmente a forzar un proyecto no del todo sensato, acorde con la lógica de la gente "normal". A mí me admira sobremanera lo que los "héroes de nuestro tiempo" son capaces de hacer en la montaña; una profunda admiración porque me siento tan tan pequeño que casi me avergüenza relatar lo que para mí, con veinte o veintiún años, fuera el límite, o eso creí entonces, de mis posibilidades, por mucho que soñara muchas veces escalar el espolón Croz de los Jorasses, probar el granito del Dru o por mucho que hiciera algunos pinitos aquí o allí en los Alpes al principio de los setenta. 

Era el miedo la sensación más latente de aquellos primeros momentos cuando empecé a ascender valle arriba, el miedo creciendo dentro con una intensidad dolorosa y punzante. Aquella madrugada mi amiga Nena y Cevo pertenecían a las honduras del valle y la noche, quizás a muchos días de camino. La última visión del valle se había perdido la tarde anterior a las pocas horas de alzarme sobre los esquís por una pendiente extremadamente blanda. Mi cuerpo se sintió totalmente insignificante en la inmensidad blanca del valle de Salarno; el silencio y la soledad eran opresivos. A las tres de la mañana salí del saco de dormir para echar una ojeada al cielo: ¡Todo seguía igual!, todo quieto y silencioso; llegaba a la malga  la claridad irreal de los fanales de la diga de Salarno; pensé en hipotéticas avalanchas, la que había atravesado el día anterior junto al henil de Boaza, un caos informe de nieve y piedras dejando un rastro de destrucción y confusión desde las alturas del Campanone di Coppo hasta el fondovalle.
Hice la mochila a la luz de la linterna; era excesivamente pronto, pero como la inquietud no me dejaba dormir decidí partir de inmediato. Tragué unos higos secos mezclados con pasas y nueces, y abandoné la malga por la ventana; la nieve obstruía la puerta hasta la mitad de su altura. Crucé los esquís sobre el macuto y eché a andar. La situación era a esta hora algo opresiva; una inseguridad perturbadora acompañaba mis pasos, pero junta a ella empezaron a brotar a intervalos pequeños destellos de satisfacción que se fueron afirmando en el sucesivo andar sobre la nieve dura. Caminé a tientas sobre una superficie variable de subidas y bajadas, crucé el plano de un lago helado. La nieve empezó a ceder; me calcé los esquís. Me rodeaba una profunda quietud.
Los esquís producían un siseo regular en la nieve, quebrada a veces con un chasquido que aliviaba el silencio de la noche. Pensé en que más arriba el retorno sería difícil; di un nuevo repaso a mi equipo: el piolet, los crampones, el mapa, la brújula. Pensé en la vedretta di Salarno, la cabecera del glaciar, una enorme extensión de hielo cruzada por enormes grietas. Experimenté que mis temores iban siendo sustituidos poco a poco por una intensa vivencia del momento presente. Llegué al solitario y abandonado refugio Prudenzini cuando la primera claridad apenas lo diferenciaba todavía de una roca más.
La ladera, cada paso más pendiente, me obligó a describir grandes bucles sobre la nieve. Impulsaba los esquís con un ritmo maquinal y sistemático: las tablas moviéndose sobre las pieles de foca; las pieles sobre la nieve; adelantar una pierna, desplazar el bastón, afianzar la otra pierna, avanzar el cuerpo, mover la pierna más atrasada, apoyar el bastón inferior, aspirar, uno, dos, expirar, tres, cuatro. Los músculos entraron en calor; el esfuerzo y los ritmos pausados y repetitivos de mi respiración me deparaban un especial placer. La armonía y la constancia de los movimientos alimentaron otro ritmo interior que propició recuerdos tranquilos y apacibles. Columpiado sobre la blancura de un amanecer desteñido, aburrido, gris —salpicado de nubes altas, alargadas y planas, todo surgía de la noche como en el fondo de una cubeta de revelador gastado—, subía a pasos cortos; mi mirada se dirigía ahora hacia los corredores del Corno Miller donde largos hilachones de niebla atravesaban las forchette y se desplomaban sobre un caótico mundo de seracs. La pendiente se perdía ya a mis pies con vértigo creciente. Sustituí los esquís por los crampones; sopesé dos posibilidades distintas para ascender... Escogí el peor camino posible; me daría cuenta de ello cuando el retorno fuera ya imposible. Si hubiera subido un poco más hacia el este habría visto con claridad cómo una suave pendiente se elevaba sin dificultad alguna hacia el Pian de Neve. El camino que seguía era una incógnita.
Doscientos metros más arriba una pared rocosa me cerró el paso; retrocedí, la diagonal que hubiera debido tomar nacía mucho más abajo. Frente a mi aparecían  breves paredes cubiertas de nieve, corredores estrechos, aristas y espolones que se elevaban enigmáticas hacia las alturas. En la inmensidad blanca de una ladera confusa, de donde todo aquello arrancaba, un punto diminuto y grotesco, yo, fuera del mundo subiendo, empeñado en buscar un itinerario que lo llevara más arriba. El punto se movía definitivamente hacia uno de aquellos corredores de los cuales era imposible ver el final. La nieve costra parecía sostener mi peso, pero era sólo una ilusión, en algún momento cedía y entonces podía hundirme una y otra vez hasta la cintura; una vez tras otra el esfuerzo continuado de salir de un enorme agujero: yo, el macuto, mis esquís.
Más arriba las perspectivas siguieron siendo desalentadoras, la ladera terminaba bruscamente sobre una afilada arista de nieve sin continuidad; allí la pendiente descendía vertiginosa al otro lado durante cien o doscientos metros hasta posarse suave sobre un llano. Aquel camino me pareció fuera del alcance de mis posibilidades, pero no quería (o quizás no podía) deshacer la ruta de subida. No me quedaba otro recurso que un estrechísimo corredor de nieve a mi derecha. Desde la arista hice una corta travesía por una rigurosa pendiente hasta alcanzar la base del corredor.

Escalar era un trabajo largo y meticuloso que exigía una minuciosa concentración. Durante media hora mi atención quedó absorbida por esta tarea. Más arriba el corredor se estrechó hasta el punto de rozar los esquís, amarrados desde hacía rato  sobre el macuto, con las rocas adyacentes. Me encontraba seguro, pero no pude liberarme de una opresión interior cuando la estrechez fue máxima y el peso, la pendiente y los esquís —enganchados en todos los salientes— tiraron de mí con una brutalidad difícil de describir.
(Sigue...)

Ama lo que haces


Foto original: Guillermo de la Madrid



El Chorrillo, 12 de marzo de 2017

Desde la ventana de mi choza contemplo los almendros en flor; los cerezos un poco más arriba despliegan ya también sus flores rosa pálido; pinta primavera en nuestra parcela. Recordando ese post que escribí días atrás, Ama tu caos, se titulaba, esta mañana recordé otro título que di a un post tiempo atrás. El título de aquel era Ama lo que haces. Era la breve historia de un encuentro con un graffiti durante un paseo de madrugada por el barrio de Lavapies. Lo retomo hoy, que sirva de continuación, un amor más, a esa ristra de amores que deberían acompañarnos en vida. Este es el texto:  

* * *

El portalón cerró con un crac grave que se perdió poco a poco como una olita en la oscuridad silenciosa de la madrugada. Chorreaban las calles el fresco brillo de las mangueras de los servicios de limpieza. El tumulto de los camiones de la basura de media hora atrás era ya un eco que se perdía en el dédalo de la noche como una tormenta que hubiera remontado unas colinas próximas y abandonado tras de sí el lejano desorden de una música de fanfarria. Mis botas dejaban un rastro de clac clac en los regueritos de agua que bajaban en hilos delgados por las juntas de los adoquines de granito de Mesón de Paredes.

Estaba realmente muy dormido todavía. Había hecho noche en casa de mi hijo y, no pudiendo prescindir de mi hábito de salir a dar un largo paseo en la hora previa al amanecer, con apenas cuatro horas de sueño, me había echado a la calle con el ánimo de ir despertando poco a poco mientras paseaba a paso vivo por las callejas de Lavapiés. Caminando frente a los negocios de los, aquí chinos, más abajo, senegaleses, torciendo por Calatrava, una peluquería bangladesí junto a una frutería marroquí, se me ocurrió que hubiera sido una buena experiencia haber incluido en mis largos viajes de por aquí y por allá alguna que otra excursión a esta precisa hora. Las cosas, las calles, las tiendas, los posibles viandantes, con ser los mismos, son siempre algo muy diferente; sobrecoge un poco el ánimo caminar a esta hora por las calles solitarias del mundo.

Alguna experiencia tuve y siempre esa noche quedó de manera relevante grabada en mi memoria. El silencio y la soledad de la ciudad impone mucho más que el silencio y la oscuridad de la montaña y los bosques; una madrugada en Casablanca en que atravesaba el zoco, desierto, sucio, difícil de cruzar sin pringarse de desechos, fruta podrida, envases, plásticos rotos, y a derecha e izquierda pequeñas callejuelas que se perdían en la noche, bocas de lobo donde podía imaginar el acecho de cualquier acontecimiento espeluznante; la misma hora en un lejano día de viajar con una vespa por Europa, y en que dormidos como lirones en la Piazza del Cíncuecento de Roma nos robaron en mitad del sueño, a mi amigo Emiliano a mí, absolutamente todo lo que teníamos, sólo se salvó un pantalón corto, una camiseta y el saco de dormir... y caminar en la media luz ámbar de la ciudad desierta como quien piensa que todavía le pueden robar las dos prendas que llevábamos puesta; noche de lobos, indigentes y con el miedo en el cuerpo caminando hasta la próxima comisaría; algunas noches más de salida intempestiva de vuelos en alguna parte del mundo: Nairobi, Delhi, Tirana, donde un taxista no acudió a la cita y atravesar por las calles a las cuatro de la mañana era desolador; una noche en Harare, Zimbabwe, en que había que caminar hasta la estación de autobuses fuera de la ciudad y en donde la luz pública o no existía o había desaparecido. Siempre experiencias un poco inquietantes, como hoy, aunque vivamos en el centro de la civilización; en noches así no es raro tropezarse con alguna pequeña aventura. En mis años de auto-stop quedé una noche anclado en las calles de Bilbao cuando ya era de madrugada; durante mis horas de deambular por la ciudad donde no pude encontrar un lugar para pasar la noche que se adaptara a mi presupuesto hice una abundante vida social, proxenetas, vagabundos, proposiciones de enamorado a la búsqueda de otro cuerpo, dos jóvenes con aspectos de buenos samaritanos que se empeñaron en ofrecerme sus domicilios para pasar la noche.


Con estos recuerdos en la cabeza, hoy ya no con mis acostumbrados mantras por compañía, bajé hasta la plaza de Lavapiés, donde una pareja charlaba amigablemente como quien se recrea bajo el sol de un mediodía de invierno; más allá dos municipales se alejaban camino de Embajadores. Hoy no hay estrellas que valgan, los senderos de la ciudad son estrechos, destilan miel y silencio. Comienza a llover, subo a buen paso, ahora como si estuviera sorteando el sendero de los almendros, la serpenteante senda que lleva hacia el camino de Batres, intento mirar las calles de Madrid como si éstas formaran una parte más de la naturaleza que piso cada madrugada, Ave María, San Simón, Torrecilla del Leal, Antón Martín, calle del León. Al torcer  hacia Huertas me cruzo con un matrimonio bajo un paraguas, que sortea los charcos junto a un paso cebra. El encanto de la noche parece trastocarse cuando me cruzo con algún noctámbulo; el ruido del mar o la imagen del sistema solar y la Tierra visto desde otra galaxia, esa tremenda pequeñez que trato de convocar con su visión y que me sirven de fondo en mis meditaciones nocturnas, hoy no tienen consistencia. La lluvia cae sedosa sobre el empedrado, lamento no haberme traído la cámara, los adoquines mojados, los charcos, los rastros de luz bailando bocabajo sobre el pavimento, un par de motocicletas, los carteles de espectáculos sobre las fachadas,  me sugieren la película del grano grueso del Tri-X, aquellas tomas en blanco y negro que, forzadas a 1600 ASA, proporcionaban una textura de grises que se perdían entre las densas sombras sugiriendo escenarios algo espectrales.

Abstraído en los circulitos que dejaban las gotas de agua en los charcos, había dejado atrás el número ocho de Huertas, cuando algo me llamó la atención a mi derecha, algo nuevo que no estaba allí la semana anterior: AMA LO QUE HACES. Un gran mural cubría esta madrugada la pared ciega de un portalón que había sido tapiado tiempo atrás. Ama lo que haces, Love what you do. La firma: Boamistura. Sorpresivo encuentro para mi paseo. Me detuve, aquello era una buena propuesta para comenzar el día: Ama lo que haces; grandes hojas de ficus, flores, arabescos, una armónica gama de grises, un cactus, un diamante hendido en mitad del pecho de la M de AMA. ¿Será ese el diamante esencial que tallar y pulir para que las cosas funcionen medianamente bien dentro de uno? Meritorio encuentro; de mensajes así, bellos y espontáneos, deberían estar cubiertas las fachadas de las ciudades del mundo. En la ciudad de Jaipur, India, lo que había en la primera ocasión que la visité eran cometas, un cielo lleno de cometas que los niños izaban desde las terrazas de sus casas; el mensaje era muy similar a éste: disfruta con lo que haces, viste tu pueblo, tu ciudad, tu casa con pequeños gestos de creatividad y belleza, anima tu vida con breves detalles que te llenen de dicha. Un cielo lleno de cometas de colores es una imagen que retengo vivamente después de treinta años. En mi casa hay por las paredes algunos dibujos de cuando mis hijos eran pequeños, una bicicleta recostada en el pretil que daba al río, en Amsterdam, y que se reflejaba sobre un charco, era de Guillermo; también una furgoneta familiar en la que se tenían cinco bicicletas sobre la baca; Mario y Lucía tienen su recuerdo infantil repintado sobre las puertas de un armario.  

Amar desde la infancia lo que hacemos; qué bien, ¿no?

Interpretación de nuestra furgoneta familiar de viaje por Europa. Dibujo de Guille cuando tenía 4 ó 5 años.



Ama tu caos


El Chorrillo, 7 de marzo de 2017

"El escalofrío es lo mejor
 que tiene el hombre" (Fausto).


Pareciera que de todas las cosas que vemos o sentimos, palabras, ideas, actos, hubiera algunas que tuvieran la facultad de llamar nuestra atención con una fuerza especial. Hace días, en la cuenta de un compañero de Facebook, tropecé con una idea que enseguida quedó flotando en el aire de la tarde como una campanilla destinada a llamar mi atención. Ama tu caos, decía la cita, y remitía al título de un libro de Albert Espinosa. Al día siguiente tenía el libro entre las manos. Al protagonista le quedan uno pocos días de vida y emprende un curioso viaje hacia el Gran Hotel, un extraño lugar donde había de morir. En ese lugar se desarrolla el grueso de la novela.

Ama tu caos, ama tu vida, ama lo que haces y no demores porque el tiempo es ahora. Días atrás, mientras caminaba por las tierras de Extremadura, había citado en un post a Jacques Prevert:

Plus tard il sera trop tard.
Notre vie c'est maintenant.

No sabía muy bien a qué se refería Espinosa cuando decía: ama tu caos, pero debía de investigarlo y para ello leer su libro; presuponía que algo tenía que ver con los versos de Prevert; también con aquellas palabras de Edgar Morin en su obra El hombre y la muerte: "El carpe diem  no es expresión de un simple gozador, sino una llamada del Eros individual a todas las fuerzas profundas del ser humano para que abrace el día y se emborrache de luz". Me parecía que rastreando el libro de Espinosa podría encontrar algo de esta idea esencial en un momento tan especial en que al personaje, de algún modo el autor mismo frente a la tesitura de las cercanías de su propia muerte, debe de investigar y dar vida a esos momentos finales en un relato de ficción avalado por la propia experiencia.

Escribir sobre estas cosas en el tiempo de la edad madura, cuando la música empieza a repetirse con excesiva reiteración o cuando las cosas empiezan a ser lo que son y no lo que soñaste, cuando la poesía deja de ser poesía para transformarse en prosa, parece el ejercicio de impostación del que contra viento y marea trata de sustraerse a la erosión de los años recurriendo a un vitalismo racional que carece de una frescura altamente deseada pero que cada vez se resiste más a celebrar las cosas de la vida con ese entusiasmo que tanto echamos de menos. A Espinosa le diagnosticaron a los catorce años un osteosarcoma por el que tuvieron que amputarle una pierna. "Sufrió metástasis y también fue necesaria la extirpación de un pulmón (16 años) y parte del hígado (18 años). En total, pasó diez años en hospitales (de los 14 a los 24)". Lo leí en la Wikipedia y esa experiencia fue suficiente para que me animara a leer su libro. Cuando me meto en estas lecturas tengo la sensación de quien tratara de renovar el aire de la habitación en la que anda encerrado desde mucho tiempo atrás; acaso busco la frescura, la sabiduría también podría decir, de aquellos a los que la vida ha puesto a prueba hasta el punto de hacerles beneficiarios de un conocimiento existencial del que el común de los mortales carece.

Parece que era la muerte la que estaba en juego, la muerte, la actitud ante ella, su capacidad para ahondar en el conocimiento de uno mismo y de nuestros semejantes. Ayer había relatado en este mismo blog una experiencia de los años del final de mi  adolescencia, durante mi primera salida invernal a la sierra, que a punto estuvo por terminar con mi vida. Reviviendo aquellos momentos mientras escribía, sentí que una extraña sensación de gozo de reconocimiento de mí mismo me subía por alguna parte del cuerpo. Uno es lo que es en relación a muchas cosas pero esencialmente a las dificultades que ha tenido que superar, a las experiencias que ha vivido, y de hacer caso a Hegel, referido por Morin en el libro que citaba más arriba, añadiría: "Sin riesgo de muerte, la conciencia individual no puede adquirir el temple que le es propio, es decir, afirmarse. Puede decirse entonces que dados los peligros de muerte que implica toda vida que merece ser vivida, aquel que trate de evitar al máximo el riesgo de muerte que implica toda vida que merece ser vivida, aquel que trate de evitar al máximo el riesgo de muerte para conservarse vivo el mayor tiempo posible no conocerá nunca la vida; el miedo o la mediocridad impiden vivir. Vivir es asumir el riesgo a morir." Esto es alejarme un tanto del libro de Albert Espinosa en donde el riesgo es sustituido por la inevitabilidad de la muerte próxima, pero me vale. Dada la historia personal o el ambiente en que pasé mi juventud de práctica de la escalada y actividades de alta montaña, de un modo u otro la muerte era un elemento que no dejaba de estar presente enquistada en la actividad que con tanta pasión practicábamos. Quizás precisamente por ello, las experiencias vividas, las vidas que tantos amigos dejaron en accidentes de montaña, promovieron en aquellos que practicábamos esta actividad un conocimiento, no racional, pero sí vivencial, tan candente que cuando uno se acerca a este asunto, la muerte, piensa que ya está de vuelta de muchas cosas, que ha hecho un camino sin cuyo recorrido sería otra persona. Haber perdido a tu amiga amante en una pared de los Alpes, haber pasado por momentos de extremo peligro, te sitúa en unas condiciones de afirmación de tu propia conciencia individual que raramente una vida corriente puede aportar. Probablemente si la experiencia personal de Espinosa entre los catorce y  los veinticuatro años hubiera sido otra, mi afición de lector no se habría detenido en este autor. Me importan los libros, pero me importa y mucho la experiencia personal que aportan a la literatura la vida de las personas.

No sabía bien lo que significaba aquello del caos, pero me gustaba. La historia la seguí durante un día y medio. Al fin, en uno de lo últimos capitulo apareció aquella esperada expresión. No esperé a terminar el libro. Nada más finalizar el capítulo sentí la necesidad de escribir estas líneas. "Ama tu caos" se refería especialmente a lo que te hace diferente, "lo que la gente no entiende de ti o lo que desea que cambies". "Él pensaba que cada día que amáramos nuestro caos, deberíamos lanzar un globo azul gigantesco para que el resto del mundo lo supiese. Debes compartir esa aceptación del caos. Él creía que sería bello y caótico levantarse un día y encontrar un cielo lleno de globos azules. Si amas tu caos, acabarás descubriendo que las respuestas jamás te las dará este mundo, sino que están dentro de ti. Me daba cuenta de que deberíamos amar nuestro caos, aquello que nos hace únicos, en lugar de domarlo... La muerte da conciencia y rezuma vida. Allí están todos los resortes que nos apasionan...Me di cuenta de que sólo debes decidir cómo quieres vivir en este mundo. Se trata de inventar de nuevo la rueda, el fuego, la música, el canto… De aceptar el dolor y la tristeza. De no formar parte de ninguna regla que den por establecida". Muy hermoso todo esto.

Por sí sola la biografía de una persona, la de un escritor en este caso, que ha pasado por experiencias que lo han tenido a un palmo de la muerte por tanto tiempo, por fuerza tiene que destilar algún tipo de fuerza fresca, seráfica que se desprende precisamente de esa cercanía, del sufrimiento, del constante dolor y de la lucha por vivir. Toda persona que ha vivido una vida de riesgo extremo, de enfrentamiento con la muerte, ha tenido que ver crecer en sí una sabiduría que lo pone por encima del resto de los mortales. Los que tratamos de comprender la vida no tenemos nada que hacer si no hemos tenido una larga confrontación con la muerte sea  por nosotros mismos o por una experiencia cercana de seres muy queridos, muy cercanos. Comprender algo de la vida significa siempre haber tenido junto a la seguridad de la cotidianidad alguna experiencia cercana que nos muestre que nuestra existencia siempre es una posibilidad en medio de la nada.

La muerte nos purifica.

La acharolada brillantez de la hierba húmeda frente a mi choza, iluminada por la débil claridad de una bombilla de sesenta vatios, da a los alrededores de mi choza un aire de estremecida soledad. El queso de la media luna se abre paso entre los brazos desnudos de los olmos; Orión, un tanto deslucido, abre los brazos sobre este pequeño mundo de mi bosque particular. Un ligero escalofrío recorre mi cuerpo.