Ha pasado un ángel



El Chorrillo, 17 de abril de 2017

Hoy tuve una de esas mañanas en que despierto, pero con los ojos cerrados, y después de haber abandonado al despertador a su suerte, vivo, durante horas, como flotando en el líquido amniótico de un puñado de sensaciones. Un caldo de cultivo que Gastón Bachelar en su Poética de la ensoñación considera el más propicio para entrar en comunión con la vida y los elementos; unos instantes que en el budismo zen llaman meditación y que en la jerga de Carlos Castaneda en El arte de ensoñar, y con su brujo don Juan a sus espaldas, constituye la llave del conocimiento. Ese tipo de corrientes energéticas que todo el mundo siente, pero que, en palabras de Castaneda, al estar todos tan ocupados como estamos con nuestros problemas y apremios, ni les prestamos atención a este tipo de sensaciones ni encontramos las condiciones para que éstas lleguen a nuestra conciencia. Vamos, el momento más idóneo del día para que uno sea objeto de alguna revelación esencial.
Desde mi cama, estirado como Tutankamon en su sarcófago, veía mientras tanto revolotear a los gorriones en torno a la hiedra que cubre mi choza donde tienen sus nidos dando saltitos entre ésta y un cerezo cercano, miraba pasar livianas nubes por el azul claro del cielo. Y las sensaciones venían y se marchaban dejando en mi retina breves referencias de la realidad que me rodeaba. Yo era un bicho más entre todos los bichos de mi entorno cuya existencia percibía a un mismo nivel de importancia, como una más de esas otras vidas, la del gorrión, la del ciruelo, la de los narcisos que están empezando a brotar a sus pies. Vidas que ocupan el espacio de nuestra parcela por unos años; vidas que engendran otras vidas. Mi existencia era una existencia entre todas estas existencias y entre las cuales yacían los restos de otras existencias en forma de montones de leña que mi mano y la motosierra talaron para calentarme en invierno junto al fuego de la chimenea; en forma de compost de restos vegetales de un huerta que poco antes era adorno y sustento de los moradores de la especie del homo sapiens que habitan este espacio que llamamos familiarmente El Chorrillo.
Ser una vida en un plano de igualdad entre otras muchas vidas me reconfortaba esta mañana. Las religiones no existían, las marrullerías políticas tampoco, las guerras eran la mayor estupidez que el hombre ha creado, las riquezas eran ese montoncito de semillas que las hormigas almacenan en sus hormigueros, no más, y los seres vivos a su vez eran bichos que nacían de los huevos, de los úteros, de las semillas, de los bulbos, vivían una porción de tiempo, algunos unos pocos días, otros meses, los más un número reducido de años y después se marchaban o se convertían en ceniza o compost con los que alguien abonaría acaso la huerta de la siguiente primavera. Verdades, como decía Castaneda, que todo el mundo conoce pero que, tan torpes somos, necesitan un instante de revelación para que se nos impongan como verdades de cajón. Y sí, esta mañana me parece mentira que para llegar a una conveniente percepción de la realidad sea necesario olvidarse de las obligaciones, las premuras y encontrar un rincón de recogimiento en el regazo de las primeras horas del día que comienza. 

Nota: La imagen de más arriba pertenece a la portada del libro de Bachelar, Poética de la ensoñación.

Mi nieto descubre la primavera





El Chorrillo, 16 de abril de 2017

Me llega esta mañana por whatsapp una foto de mi nieto sobre un prado en plena investigación de la primavera, una hierba por aquí que mamá no me deja comer, un bicho con dos bolas negras y patitas que arrastra una pequeña semilla de olmo, la caricia del sol, esa cosa tan rica que me da en la cara produciéndome un gustito tan especial. Jo, todavía no gateo, pero en cuanto aprenda se van a enterar hasta las cabras, le siento decir, esas que dan tanto trabajo a mi padre y a mi madre. He oído decir a mi abuelo desde mi cuna hablando de mí que la cabra tirará al monte. No sé exactamente qué quiere decir eso, pero me suena a que un servidor podrá hacer la competencia a las cabras en unos cuantos años. Sí, va a ser fantástico. De momento, mientras llega ese día, aquí estoy, dedicado al estudio de la naturaleza, esperando a que mis neuronas se pongan en orden, me enseñen a hablar; cosas así. Sí, porque ahora mismito todavía soy un mocoso que necesita estar colgado a la teta de su madre para estar a gusto del todo. Pero no os preocupéis, ya estoy empezando a hacerme mayor, he comenzado a ir la casita de niños por la mañana y ni siquiera he llorado. Es divertido eso de la casita de niños, aunque el primer día ya me dieron un disgusto; uno de los niños mayores me quiso quitar el sonajero y por poco me espachurra; había aprendido a andar hacía poco y cuando se acercó a por el sonaja como un borracho tropezó en la manta resbaló y, zas, se me cayó encima el bruto.
Manuel ha trepado hasta el borde de una manta sobre la hierba del prado frente a su casa y se dispone a inspeccionar el mundo que le rodea, y yo, abuelo boquiabierto frente a los misterios de la naturaleza, frente a esta criatura que hace medio año no había visto todavía la luz y que ahora contemplo descubriendo el universo, los prados, las cercanas montañas, los pájaros, la sensación de calor y frío, las pequeñas hormigas que corretean a su alrededor, las mariposas que se posan sobre las briznas de hierba, los rostros de sus tíos, tías, padres, abuelos, me siento como dentro de un enorme misterio llamado vida que no soy capaz de descifrar. Andamos por la vida de acá para allá, nombramos las cosas que nos rodean, asistimos a actos, realizamos un trabajo, crecemos, amamos, nos apasionamos, nos entristecemos... todas esas cosas que suceden a lo largo de la existencia, pero raramente caemos en el misterio de todo esto que llamamos vida. En cierta ocasión en que yo acostumbraba a salir a caminar por los alrededores de mi casa a las cinco de la madrugada, recuerdo que imaginé al padre de Manuel, mi hijo Mario, en la solitaria estancia del útero materno. Éste era el monólogo que se traía entonces mi hijo mientras flotaba cómodamente en el líquido amniótico del vientre de su madre:
"Hoy he atisbado que alguien me miraba desde el otro lado de este baño gelatinoso en donde floto; era un presentimiento, una superficie fría y cilíndrica recorría el vientre untuoso de mi madre, como si alguien que viviera en el piso de arriba tratara de seguir unos pasos aplicando el oído al suelo, una especie de aspirador que recorriera el perímetro externo tratando de detectar mis movimientos, el tac tac de mi incipiente corazón. Ha sido como despertar de un largo sopor. Ciego, aislado como estoy en el silencio líquido en donde floto, parezco estar saliendo de mi quietud habitual, lo que siembra en mí una débil inseguridad que me recorre el cuerpo como un suave cosquilleo; estado de expectación y curiosidad después de ese largo periodo de somnolencia en que he pasado tantas semanas de abandono y espera; la somnolencia que siguió a mi gestación, la débil luminosidad que atravesó mis primeras células, como una tenue estrella fugaz salida de la nada de la noche cuyo rastro dejara impreso en el espíritu un susurro de hojas, terciopelo, algo todavía intangible que rondara la incipiente constatación de empezar a ser una vida más en algún universo todavía por concebir en la estrecha cavidad de mi pensamiento. Porque desde dentro de mi inquietud comenzaba a ser consciente de que algo debía de existir a mi alrededor más allá de la oscuridad y de la viscosa sustancia en la que flotaba; fue así que imaginé que al otro lado de la oscuridad y del silencio se movían otros seres, otras sustancias, acaso un medio más sutil en donde en algún momento podría desplazarme libremente. Después de la experiencia de la mañana tengo curiosidad por saber qué hay más allá y qué sucederá conmigo en los próximos días; tras aquella sensación de estar siendo observado, ese presentimiento de unos ojos que escrutaban a través de la distancia mis constantes vitales, siguió la paz habitual, ese ligero vaivén como de alguien que estuviera flotando en una cuba de vino."
La vida, como el fuego de una antorcha que pasa de uno a otro soporte sin consumirse, pero dejando atrás las cenizas sucesivas en las que fueron prendiendo a lo largo de los años otras existencias; mi bisabuelo muerto que pasa la llama de la vida a mi abuelo fallecido; y éste a mi padre. Todos ellos muertos, pero encendida la llama que pasó a mí, que pasó a mi hijo, que pasará a nuestros nietos y biznietos. Y yo me iré y se quedarán los pájaros cantando, pero la llama de la vida, nuestra vida en cierto modo porque en la nueva vida vibrará parte de nuestro yo y de nuestros ancestros, seguirá prendiendo y prendiendo... ¿Qué mayor misterio que éste de morir y seguir viviendo en la sustancia de otro ser?
¿Y qué mayor misterio que ser concebido y, ciego y aislado en útero materno, sentir los latidos del corazón de la madre, el frío dispositivo de un estetoscopio?, ¿y la incógnita de nacer?, ¿y qué mayor misterio ver ahora a mi nieto nacido, cierto, según un perfecto esquema biológico cargado de razones lógicas, pero que en esencia mi cerebro no necesita comprender, gatear por la hierba a la caza de una hormiga, ajeno totalmente a todos esos perifollos que nos montamos los humanos haciendo de la vida algo complicado, pero seguro de sí mismo, ya mismo, de las pequeñas esencias de la existencia: el calor, el frío, la naturaleza, el acto de comer y defecar, la paz de yacer en el regazo materno, el calor de otro ser humano rozando su piel, la dicha de descubrir el universo que le rodea, el gusto de aprender cosas nuevas, el placer del juego y de satisfacer la curiosidad?

Así que ahí está Manuel en medio del misterio que me rodea esta noche, una de las cosas más incomprensibles del mundo, apenas aterrizado de la nada creciendo día a día, aprendiendo, haciendo amistades con los insectos de un prado. Sí, todos hemos estudiado alguna vez biología, pero eso no explica realmente la existencia de un nuevo ser a un abuelo que mira con ojos de plato con profunda admiración este misterio que es vivir. 

Galayos... "siento que sigo viviendo"






El Chorrillo, 14 de abril de 2017


Por cierto, y antes de que termine este catorce de abril: ¡Salud y república!

Estoy en el prefacio de Fahrenheit 451, de Bradbury. "Yo no escribí Fahrenheit 451, él me escribió a mí", dice el autor. Levanto la cabeza de mi libro y me quedo pensando, miro a través de la ventana de mi choza, muy lejos, la difusa silueta de Gredos, en donde en días muy claros se identifica perfectamente el valle diagonal que sube hasta Mira dejando a la derecha el farallón de los Galayos. Los Galayos no puedo distinguirlos pero me los imagino bien, no en vano fueron mi escuela de vida durante un puñado de años. Busco un sujeto que escriba por mí esta tarde, algo, alguien que hable por mí. En la novela de Bradbury quien escribe por el autor es Montag, un bombero, parece que el encargado de la quema de miles de libros; todavía no los sé.

Llevo días que de tanto en tanto me encuentro con unas pocas líneas de David De Esteban en su perfil de Facebook que me llaman la atención; en una de sus últimas entradas un niño que le pregunta: "Profe, ¿tú crees que el cielo existe?, y éste contesta: ¿Te gusta jugar al fútbol con los amigos? Sí, me contestó. Pues eso ya es el cielo… ¿Mamá te da un abrazo todos los días? Sí… ese cielo debe ser precioso… ¿Quieres mucho a los amigos? Sí… eso es fantástico, tener amigos, cuidarlos, divertirse con ellos; eso se debe parecer mucho al cielo…" En otra entrada muestra una fotografía, él mismo cubierto por el ropaje de la ventisca sobre la cumbre del Cotopaxi, y bajo ella, con cierta nostalgia, escribe: "Sigo escalando… me enfrento diariamente a unas vías “a vista” que difícilmente encadeno. La edad y las limitaciones me han hecho bajar aún más el ya de por sí grado amable al que me enfrentaba... Entreno para saber vivir nuevamente agradecido, para ver el verde cuando en mi cabeza solo se reproduce el gris y creo que sí, creo que aunque no encadene, aunque mis dedos se quejen doloridos y el aire de mis pulmones ya no alimente sueños de altura, siento que sigo caminando, escalando y contemplando… siento que sigo viviendo". Y por último una entrada de hoy mismo encabezada por una toma en que él, Tomás Mesón y José Castillo escalan, me parece, el diedro del Gran Galayo... "Una sencilla llamada telefónica hizo saltar la chispa… pocas horas después, subíamos lentamente por el carril camino del Galayar, ese paraíso cargado de historia".

No es la primera vez que siento como mía esa afirmación de Bradbury de que uno no escribe a veces apenas nada, que lo que en realidad sucede es que somos sujetos obedientes de algo que se nos impone, como si los dedos de quien escribe fueran elementos mecánicos a disposición de una idea, un impulso, un recuerdo intenso. Cuando estas cosas suceden es perfecto; uno se ve empujado por ideas, párrafos, situaciones que parecen trabajar a su aire bajo la presión de una idea, un recuerdo, una pasión indiscutible. Así que dejo mi libro a un lado, enciendo el portátil y presto oído a las voces que puedan dictarme lo que he de escribir. Escucho. Y entonces, a través de Tomás o David, los Galayos, abriéndose paso en lo profundo de un sueño que se prolongó durante décadas, seres, amigos, compañeros que viven aferrados a la conciencia como parte del hombre de carne y hueso que somos, se me aparecen hermosos como dioses rejuvenecidos con la vestimenta y el color de hace... sí, muchos años. De golpe quisiera estar en ese diedro, en esa canoa, en esa cumbre de Ecuador, en la este del Pájaro, en la oeste de la Amezúa, en el diedro de la María Luisa, en la sur del Torreón. Días atrás le comentaba a Francisco Sánchez que cuando hablaba de Gredos, de un Gredos de hace cuarenta años o más, hablaba de un paisaje que acaso no tuviera que ver con el Gredos en cuyas laderas él vive; que de lo que yo hablaba era de un paisaje y unas montañas que acaso pertenecen al ámbito del alma y que sólo de refilón guardan relación con aquellas moles de granito que hoy adivino al atardecer en el perfil de la línea de las cumbres de Gredos.

Original tomado de David De Esteban Resino

Observo día a día en las redes, donde coincidimos veteranos amantes de las montañas, que el que más o el que menos, y pese a los años, sigue teniendo encima una pequeña borrachera de añoranza montana, que se prolonga y se enriquece con eso que el profe David le dice a su alumno: tener amigos, cuidarlos, divertirse con ellos; los dedos se nos hacen huéspedes tratando de recuperar también un trozo de ese cielo, de sacar de los refajos de la memoria las pequeñas perlas que cristalizaron en los años más intensos de la vida cuando la pasión por ascender un corredor o escalar una gran pared debía de cumplirse sin demora el siguiente fin de semana, el siguiente verano en los Alpes o Pirineos.

Pero acaso no sea de esto de lo que quería hablar, sino de ese regusto que me sube por dentro cuando leyendo a un compañero sus palabras aventan dentro de mí la hojarasca de un otoño pleno de valles, paredes, bosques, lagos, momentos precisos enquistados en la memoria, que al empuje de las palabras se elevan por los aires como vistosas mariposas que me recordaran la belleza de una existencia dedicada a la montaña. Uno quisiera ser escrito por sus montañas preferidas, sus largas marchas a través de cientos de senderos recorridos durante medio siglo, pero a veces no es posible, la cosa no depende de uno y entonces no cabe otra cosa que esperar o recurrir a alguna idea que quedó flotando en el aire mientras te tomabas un respiro en un collado de los Alpes Julianos, pongamos por caso. Allí reflexionaba hace tiempo sobre alguna de estas cosas que me sugieren las palabras de David: "...siento que sigo caminando, escalando y contemplando… siento que sigo viviendo". Quizás la memoria y la interpelación por los porqués que vibran dentro de uno ayuden a saborear con más delectación la sabrosa fruta de la vida.

Repantigado en el collado de Giramondopass me tomaba entonces un respiro al sol frente al magnífico espectáculo de las montañas que me rodeaban, cuando me dio por filosofar;  se me ocurrió que las montañas de enfrente eran hermosas, pero que en realidad eran ajenas a eso que yo invoco a veces cuando hablo del amor a la montaña. ¿Qué queremos expresar cuando decimos que amamos la montaña?  Todas las que tenía delante de mí, atractivas, acaso deseables de subir... me preguntaba cuál era realmente mi relación con esa parte del mundo que tenía enfrente. ¿Qué es eso que tanto invocamos los amantes? En ese momento no sabía realmente qué era eso que tanto nombro, ¿afecto, cariño, amor? Y tumbado allí, desfallecido después del segundo collado subido esa mañana, dos mil y pico metros acumulados con un importante peso a mi espalda, se me ocurría que acaso el objeto realmente de mi amor sea yo mismo y que la montaña, el esfuerzo por alcanzarlas, el peligro de subirlas, sean sólo los medios que mi cuerpo y mi mente usan para probarme a mí mismo, para ejercitar mi voluntad o la puesta a punto de mi organismo. Pero acaso no sea ni lo uno ni lo otro y el meollo del asunto quizá tenga que ver con la interacción, la síntesis que se produce en el encuentro con la montaña, todo esto que se manifiesta en mí cuando me muevo en ella. De parecida manera a como de la interacción del aire y del águila nace algo nuevo que es el vuelo, de la interacción del hombre con la montaña podríamos inferir que surgen esos sentimientos de sintonía con la naturaleza, que hacen que identifiquemos a éstas con algo que amamos, cuando acaso lo que realmente amamos es a nosotros mismos, siendo la montaña el medio, de parecida manera a como lo es el aire para el águila, mediante el cual  nuestro yo se experimenta a sí mismo, muestra su arrojo, se vive con intensidad. Lo cual produce un no desdeñable grado de felicidad y satisfacción.


Recuerdo aquel día y creo poder asegurar que las formas de las montañas en sí mismas no me producían ninguna emoción en especial; me podían gustar más o menos, pero ahí terminaba la cosa, por lo menos en ese instante. Otro cantar sería si me hubiera propuesto subir alguna de ellas y ello implicara poner en juego por mi parte un coraje y una preparación algo especial, en cuyo caso esa montaña dejaría de ser la cosa objetiva que tengo delante como objeto bello e impersonal para convertirse en objeto de mi reto. Será en el hecho de escalarla cuando surja una especial relación entre la montaña y el que la escala. Eso nuevo, el reto, la dificultad, lo que sucede entre las montañas y nosotros durante la ascensión, y también lo que quedará engastado en la memoria en consecuencia, es quizás eso que llamamos amor a la montaña. En realidad puede que se trate de un amor a las vivencias que se han tenido en ellas, a esa parte de uno mismo que pusimos en juego cuando las escalamos. 

Amamos lo que hacemos, nuestra capacidad de sufrimiento, la plenitud que nos proporciona nuestra actividad en ella... Caminándola, recordándola sentimos que seguimos vivos. 

La fotografía de cabecera pertenece a http://carrildelosgalayos.blogspot.com.es/

Galayos, a la derecha, desde mi choza, 114 kms. en línea recta.

Remontando las aguas del Amazonas III





El Chorrillo,  13 de abril de 2017

Amazonas. La gran Loretana

Cambiamos de barco en Tabatinga. Por la tarde mi hamaca se asomaba al río balanceándose desde el proscenio de La Gran Loretana, el barco con el que continuaríamos el trayecto hasta Iquitos. Al otro lado del río se veían las luces de Leticia y Tabatinga. El pequeño poblado de Ramón Castilla, cuatro casas en donde ondea la bandera peruana, se levantaba, con sus techumbres de cañas y hebras vegetales, por encima del talud de la orilla. Las casas, alzadas como palafitos sobre pivotes de madera, formaban un par de filas por el medio de las cuales corría un camino de piedra; calle principal y única a donde se asomaban dos tiendas, la oficina de la aduana, la escuela, la barraca de la policía federal, un par de restaurantes y unas pocas viviendas. Junto a una de ellas habíamos charlado con tres críos que hacían sus deberes desnudos ante una mesa de tablas.
En Tabatinga, nuestro último contacto con Brasil, habíamos tenido el tiempo justo para recoger el correo. Aunque sólo fuéramos viajeros de ocasión, puros señoritos, curiosos de esta tierra llena de agua, no por ello nuestra sensibilidad dejaría de empaparse de ese algo que tiene la facultad de hacer sentir al cuerpo —bendito cuerpo, bendito aire, noche, lluvia—, el sabor íntimo de las cosas de este mundo. El río se acaparó del tiempo, lo embrujó con los reflejos del crepúsculo, con el estertor de la sirena, con las virtudes múltiples de la hamaca meciéndose en el espacio último del viaje como quien se ríe de las prisas de este siglo; lo embrujó, lo secuestró y ahora ya no existía el tiempo; veíamos suspendidas las nubes blancas del azul ligero del cielo, mirábamos jugar a los bopos al atardecer, hablábamos sin que por primera vez en muchos años sintiéramos la necesidad de saber qué haríamos en el momento siguiente.
En momentos como aquellos —¡ah, la hamaca! de noche, las luces como pececillos tiritando en la superficie del río— uno parecía visitado por el don de la ubicuidad. ¿Cómo expresar lo que se siente sin cansar a quien nos pueda estar leyendo? Porque no quiero seguir escribiendo sin volver a hablar de la noche, de la hamaca, de la brisa fresca que dejó la tormenta de la tarde sobre la superficie del río Solomoes. Mi mente limitada no sabía encontrar elementos diversificadores en la calma de la tarde, pero es que estando tan lleno de estas cosas era una lástima no dejar testimonio de ello. Sucedía como cuando uno se encuentra ante un motivo fotográfico de excepción, se pierde la noción de la medida de las cosas y las tomas siguen a las tomas ininterrumpidamente como si la saturación de la misma imagen sobre el fondo oscuro de la cámara fuera la manera que elegimos para confesarnos nuestro gozo estético de manera repetida.
Nuestra azotea de hierro era habitada esta vez por tan sólo tres pasajeros más; un gran toldo nos protegía de la humedad de la noche. La paz de la tarde venía también hoy de la mano del abultado número de cartas que leímos, una vez hubimos montado nuestro campamento en torno a las hamacas del puente de popa.
Mientras terminábamos de leer la correspondencia bajo el cono de luz que oscilaba por encima de nuestras hamacas, habíamos notado que el barco describía extraños y reiterativos giros en el río; las luces de Leticia y Tabatinga, que lógicamente deberían aparecer por popa, tanto las veíamos por proa como a estribor o a babor según las momentos. En un principio, abstraídos como estábamos con el correo, pensamos que se trataba de otra población, cosa, por otra parte muy improbable, pero que servía a la razón para no abandonar el hilo encantado de la lectura. Era una noche muy oscura en que no había otras referencias que esos restos luminosos; el manto de agua no se llegaba a distinguir de la orilla, los árboles de la ribera eran una masa oscura e indiferenciada que se confundía, engullida por la noche, con el telón de fondo del cielo estrellado. El ruido de los motores se asemejaba al de un automóvil al que le resbalara el embrague. Terminamos por saltar de nuestras hamacas y bajar al puente de proa para averiguar lo que sucedía. A estribor, sobre una plataforma que caía directamente sobre el río, un marinero lanzaba la sonda y gritaba la profundidad al maquinista: tres, cuatro metros. En aquel instante la popa coleteaba peligrosamente a menos de cinco o seis metros de la orilla. Durante más de una hora el barco subió y bajó con extrema lentitud la corriente del río buscando aguas profundas; parecía como si aquello no tuviera salida, en todas las direcciones la sonda no superaba esos tres o cuatro metros que continuamente gritaba el marinero. La totalidad del pasaje, asomado a las barandillas, no perdía detalle de la situación. Cuando en algún momento el marinero gritó: ¡seis metros!, hubo un respiro, el barco giró ligeramente a babor, descendió siguiendo la corriente del río y luego enderezó hacia la otra orilla por unas aguas cada vez más navegable.
Sólo cinco hamacas en el puente de popa. El sonsonete de los motores acunaba el principio de nuestro sueño; la luna, débil, salía ya tras una cortina de nubes, hacía surgir algunas sombras en el mate plano de la noche en donde sólo el vibrar de los motores y la oscuridad existían. Ya no era el sopor ni el calor húmedo de anteayer, un fresco apacible corría por cubierta.
Desde que empezó a clarear todo tuvo la forma de un sueño, llovía fuerte, oía ruido de motores y la sombra de otro barco junto al nuestro tenía aspecto onírico. No estoy seguro de si existió en la realidad, lo percibía como un sueño. Despertar lejano con un fuerte dolor reumático en el hombro y brazo derecho. Sonaba repetidamente la sirena, la orilla había desaparecido tras un telón de niebla y agua. Las percepciones se movían al ritmo del balanceo de la hamaca, un tic tac que marcaba con su cadencia un no sé qué de espacio intemporal en la madrugada. Había amanecido pero nadie se movía de su chinchorro, encogidos como yo en un alba de plomo, gris, lleno de una lluvia persistente que teñía de misterio el cuadro entero del día que comenzaba. El río se ensanchó hacia popa; muy lejos, la línea de los árboles, muy débil, se desdibujaba hasta fundirse con el perfil marino del río. El viento golpeaba los toldos deshilachados que cubrían el puente de popa. Tenía algo de buque fantasma aquel armatoste de hierro.
Las horas pasaban extremadamente lentas por la mañana; el ronroneo, sistemático, cadente, ajeno al tiempo, indolente, pesado, se hacía patente en medio de un calor cada vez más agobiante, sin brisa que aliviara la pesada calma del momento. Me había despertado con un sol en los ojos que levantaba de la copa de los árboles y caía directamente sobre estribor como una caricia matinal. Despertar y haraganear en la hamaca después de ocho horas de sueño sin cambiar de posición, sin moverme, sin una mala molestia después de tanto tiempo tumbado, era un regalo. Defiendo mis ojos tras la sombra del extremo de la hamaca que está prendido de los hierros de la toldilla, me voy desprendiendo poco a poco de las prendas que tengo encima, la capa de plástico, que me aislaba de la humedad, el gabán de algodón que me compré en Mérida por quinientas pesetas como recurso contra el frío, el chubasquero que adquirí para ir a Los Nevados, un par de calcetines, los pantalones largos, y vuelvo a estar tranquilo mirando al río, repantigado en la calma chicha de la hora. El calor terminó por echarme de allí, bajar al baño, quitarme las legañas, hacer estiramientos junto a un chaval que me observaba intensamente con esa mirada descarada que tienen los críos del todo el mundo. Le mantengo la mirada, se sonríe, me pongo de rodillas en el banco tapizado de cuero, estiro: dejo mi cuerpo en condiciones de encontrarse con el nuevo día. Hoy toca olfatear arriba y abajo del Perú para ver dónde mi instinto perruno quiere echar sus meaditas preferidas. Las tenía enumeradas en una vieja guía que compramos hacía años en Bolivia, Backpacking in the Andes; la Cordillera Blanca, el Huascarán, el Sendero del Inca en los alrededores del Machu Picchu. Las montañas y los glaciares sustituyeron de inmediato al río, el señor del día y la noche de entonces, y me entraron unas repentinas ganas de caminar; Dios, caminar, caminar, qué deseo de encontrarme con las montañas; la vuelta a los orígenes, a una semana de barco otra semana de cumbres y esfuerzos, pasos cercanos a los cinco mil metros, largos valles, otra manera de estar conmigo.
Se me ocurre que la vida puede ser eso, muchas maneras diferentes de estarse con uno mismo. El viaje, y dentro de él esta calma sedante del río; y, además, el afán de caminar y de mirar. Poner al organismo en condiciones de ser estimulado. El río y la montaña eran dos maneras diferentes de alcanzar ese estado de hacer. La fertilidad de los estados de autoconciencia en contraposición con aquellos en los que apenas se destila la preocupación biológica por superar el aburrimiento. Mi estar conmigo mismo era columpiarse entre la conciencia racional y el abismo de nuestro escurridizo ser interior, un punto privilegiado de observación en el que la realidad y nuestro yo encuentran las mejores condiciones para acrisolar y sintetizar su esencia.
Vivir rodeado de actividades inocuas, atender sistemáticamente a los asuntos de intendencia, me alejan de mí, me deshumanizan. La población de esta parte del Perú hace la vida en el río. Su vida parece transcurrir en una ocupación continua; economía de subsistencia acompañada de una numerosa prole. El hombre necesita un espacio en donde encontrarse y poder decidir sobre sí mismo; algo muy diferente a eso otro de verse empujado por los acontecimientos que nos van echando encima los días a lo largo de nuestra vida sin dejarnos respiro para decidir.
La actividad que deba avenirse con mi yo, cualséase, que dirían los antiguos, tendría que cumplir la ineludible condición de tener a ese yo como referente, no la alienación que supone el transcurrir de los años sin que seamos nosotros los que decidamos sobre el cúmulo de circunstancias que nos conciernen.
El barco se detiene a recoger cajas de pescado junto al talud de un poblado; alternancia de calor sofocante con la brisa de la vuelta al río. Alternancia de ritmos. También esto debe ser un constitutivo necesario en los esquemas del cerebro; la frescura de la alternancia, cambio de ritmo como en la música, no vaya a ser que un exceso de autoconciencia atasque los imbornales de cubierta y con la lluvia nos vaya a llegar el agua al culo.
Por eso que ni siempre montaña, ni siempre río, simplemente que no falte el alivio de reencontrarse con cierta frecuencia y, sobre todo que no nos olvidemos de los ratos de locura. Ponga usted un rato de locura en su vida y el cuadro quedará completo. Ahora, ojo al canto: atención a la sonda. El río se ensancha hasta convertirse en un inmenso lago salpicado de islas; pura arena, aguas someras por tanto, máquinas al ralentí y un marinero lanzando la sonda a cada momento, no vayamos a dejar encallado este trasto en un ramalazo de locura y velocidad. Hacia proa se oía la voz del marino: hondo, siete, ocho, nueve, hondo, hondo. Seguimos navegando.
Perdí la noción del tiempo por un rato. Arropado y mecido en el sitio de siempre, leía Historia de un náufrago, de García Márquez. Casi tenía que hacer un esfuerzo para salir de la balsa que flotaba en el Caribe. Relato verídico, escueto, sin concesiones literarias. Llega la noche y los aviones de rescate no aparecen; hay un silencio infinito junto a la balsa. Y levantaba la vista y volvía a ser consciente de dónde estaba, el río, la brisa, un rebaño de nubes ligeras campando en el horizonte. Sopor de siesta bajo la toldilla, sólo Victoria y yo no dormíamos. Cremosa lentitud, calor; desde hacía día y medio el agua se había vuelto oscura y espesa, la bandera peruana ondeaba perezosamente en el pabellón de popa; cabañas de techumbre de palma, algunas garzas, los cayucos de siempre... y calor, mucho calor. Y bajo la toldilla un naufragio y poco más; a mi derecha Victoria leía a Rómulo Gallegos, el episodio aquel que narra cómo el llanero, cabalgando en la noche, enciende el cigarrillo con un ojo cerrado para que el deslubramiento del fósforo no le impida seguir cabalgando una vez que éste cuelgue encendido de la comisura de los labios. Leer: estar aquí, pero estar allí, la simultaneidad de los mundos y las ideas; mundos que yo elegía, el trabajo de deslizar mi mano y decidir entre la oferta de las estanterías qué tipo de historia quería vivir hoy o mañana; y así saltar de Cuba, de los versos musicales de Nicolás Guillén, a los Llanos de Venezuela; a un rincón de España de la mano de Galdós, ayer; al Caribe, hoy, con García Márquez; a Macondo mañana; a Méjico con Rulfo, que no resistí dejar de comprar antes de poner este gran río entre una librería y la siguiente. Y una vez recuperada la conciencia de mi lectura —el náufrago en su primera noche— con un vistazo a este bloc, volver al Caribe, ver, constatar en qué para el camino hacia la supervivencia.
A las cuatro y media de la tarde, cuando el calor en cubierta volvía a ser asfixiante, el náufrago llegaba a tierra y seiscientos hombres lo llevaban en andas hasta las puertas de la civilización. Y todavía nuestro barco seguía incansable su ancho camino de agua, aproximándose poco a poco hacia la hora del crepúsculo. Y junto al camino de agua seguían creciendo árboles y chozas y barcas de pescadores. Todo continúa igual que antes del naufragio, sólo apenas hacía un rato.
Después, la tarde transcurrió en un placentero espectáculo de luces que se desplegaba frente a la proa poco antes del crepúsculo. Y al cabo, envueltos ya en la oscuridad, la tormenta, inflada y ventosa rompiendo con toda su fuerza contra el barco. Los pasajeros habían evacuado el espacio de la toldilla bajo el puente de popa ante la amenaza del temporal, las ráfagas de viento y agua llegaban a todos los rincones. Victoria y yo decidimos quedarnos allí, sin embargo; el insólito espectáculo de los truenos rompiendo contra el río y la selva era digno y hermoso. Sólo un pequeño rincón quedaba a salvo del agua. El motor, con su bronco rumor de máquina, asumían el papel de los contrabajos en la sinfonía de la tormenta, melodía arrafagada en medio de la noche que se terminó de echar encima en un santiamén en el momento en que empezaron a sonar los primeros relámpagos.

Y llegamos a Iquitos a la una de la madrugada. Y le caímos bien al patrón del barco y nos dejó pasar la noche en nuestras hamacas hasta el amanecer. Poco después del mediodía tomábamos un vuelo con destino a Lima.


Puerto de Iquitos


Remontando las aguas del Amazonas II





El Chorrillo, 12 de abril de 2017


Curso medio del río

Junto a mi hamaca era la permanente presencia de mi vecina, su pesadez corpórea, su voz áspera y desganada gritando el Jefferson de rigor, sus pechos sobresaliendo indolentes a cada instante por debajo de la blusa para dar de mamar a su nena. Ese alentador escenario que es la calle para mirar a las mujeres perdía su frescura en el trasiego humano del barco; aquí todo parecía más vulgar, la sensualidad parecía haber sido defenestrada por la conjunción de la convivencia y la satisfacción de las necesidades elementales cotidianas. Me preguntaba si no sería la sensualidad cosa sustancialmente del coco, pura imaginación al servicio de un sofisticado instinto creador que busca hacer brotar de la realidad un fuego que duerme escondido en la pura madera del cuerpo. La vulgaridad, la realidad rala, son incompatibles con el disfrute de los bienes que se derivan de la sofisticación de un cerebro desarrollado. ¿O quizás habría que decir de una sensibilidad desarrollada?, o ¿estará uno implícito en lo otro, la sensibilidad como parte de un cerebro avanzado? Pero ¿y qué es un cerebro desarrollado? ¿O será que el juego está más bien en un aprendizaje basado en las posibilidades que ofrecen nuestras relaciones con el entorno, y en la forma en que nosotros damos complejidad a las maneras simples y buscamos combinaciones creativas que alimenten alguna conexión neural tendente a generar placeres no elementales?
De todas las mutaciones posibles sólo subsisten aquellas que ponen al individuo en mejores condiciones de supervivencia. De la misma manera, la sofisticación de los caminos de la libido no tendría una historia diferente, lo sofisticado va abriéndose camino en la historia de cada uno, de una sociedad, en función de una concatenación de actos perdurables que se han ido acumulando unos a otros y que en última instancia suponen un bien adquirido producto de una larga elección entre posibilidades múltiples. Cuando identificamos ciertas circunstancias como sensuales, por ejemplo, y otras no, lo único que hacemos es reconocer el modo de apreciar el cerebro la realidad en relación a sus intereses particulares. Las mil y una locuras relacionadas con las sofisticaciones del acto sexual y sus concomitantes no pueden tener otra explicación que la selección de un importante número de gestos, hábitos, modos de insinuar, moverse, vestirse, tendentes a satisfacer un placer que debe de estar en hombres y mujeres grabados con la intensidad de lo insoslayable.


Aquel día no estaba seguro de que la religión hubiera sido un elemento de alienación, cada uno se defiende de la soledad como puede, “Sonríe, Jesús te ama”, decía la camiseta de un pasajero que pasó junto a mi hamaca (“Sonríe, Jesús te ama”. No te preocupes, no sufras, hay alguien que está junto a ti, alguien te ama, no estás solo, dice implícitamente esta leyenda). Generamos una sensualidad, una mano prensil, un cerebro avanzado, una religión. El individuo, el organismo social no debe explicar nada; de todo el muestrario de variaciones posibles, de mutaciones que la aleatoriedad introduce en el individuo o en el cuerpo social, perviven las que son útiles en un entorno. La utilidad de la religión en determinados estadios de desarrollo individual, social, cultural es obvia esta mañana mirando a este gentío que comulga con las mismas consignas y con un modo de equilibrar sus desventuras y sus querencias.
La derivación de la religión a partir del principio del placer estaría en el ámbito de una de las aspiraciones más genuinas del hombre: consuelo, amor, protección contra las inclemencias, remedio de todos los males, superación de los imponderables y, de remate, broche impecable, el gran invento: la posibilidad de trascender la muerte. No encontró el hombre nunca una herramienta más prolífica y versátil que ésta de la religión para enfrentarse al mundo e intentar superarlo. Las supersticiones tuvieron que ganar en complejidad y riqueza para así poder hacer frente a la multiplicidad de las cuestiones que se planteaban.

Por la tarde terminé Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, fin a la pasión por el llano y por los grandes ríos, también a los grandes amores y a los designios de la llamada interior.
Rememoramos frente a las últimas luces del día nuestro mejores momentos. Si te fueras a morir dentro de un rato, ¿qué recuerdos crees que convocaría tu memoria para ese instante?, le pregunté a Victoria. Ayer me asaltó ese mismo pensamiento por la mañana. Tomamos nuestro café. Era el ambiente de los buenos momentos, anchos, espaciosos, hechos de la inmensa serenidad que brota de la naturaleza. Mi memoria convocaría en primer lugar a la montaña, a todos los rincones de la naturaleza que dejaron en mí la temprana impronta de las vivencias más nobles, y la poblaría enseguida con la presencia de unos pocos hombres y mujeres; no hace falta nombrar a nadie, ya sabéis vosotros quienes sois. La oscuridad se adueñaba lentamente del río, había pequeños remansos de luz sobre su superficie, Venus se reflejaba junto a la proa.
Las constelaciones del sur se asomaban por el horizonte, el arco sobre el cielo de la luna y el sol, cambió también de posición; ahora, pasada ya la línea del ecuador, había que buscarlo hacia el norte. Recordamos juntos la aventura solitaria alrededor del mundo de Julio Villar (leí que falleció semanas atrás: descanse en paz el amante de los mares y las montañas), en ¡Eh, Petrel!, metido en una pequeña embarcación de catorce metros de eslora. Si a mí la montaña fue suficiente como para poder convocar en una última tarde de vida al grueso de los recuerdos, ¿qué sería una experiencia como la de este hombre, la de tantos que hicieron en sólo unos pocos años una cosecha cien veces superior a la mía? Seguía envidiando a los hombres solitarios que se aventuraron con el petate y poco más a lo largo y a lo ancho del mundo con la casi exclusiva intención de encontrarse consigo mismos y con un trozo de naturaleza. El recuerdo de Julio Villar me lo trajo la constelación en la que pacía Aldebarán, una estrella que se ve poco en nuestras latitudes y que él nombraba en algunas ocasiones como referencia de su navegación. Permanecimos hasta muy tarde ensimismados en la contemplación de la noche; en algún momento viene una fragancia que inunda la borda. Era una vaharada penetrante que llenaba de resonancias los sentidos; la orilla desvaneciente, los restos remotos del crepúsculo sobre el río llegaban hasta nosotros dejando constancia del instante grabando en la memoria un momento de excepcional belleza y placidez.
Me levanté pronto para ver amanecer, pero el barco estaba en puerto, el sol se alzaba tras los árboles. La mitad de los pasajeros habían desaparecido en el transcurso de la noche. La mujer indígena que leía constantemente el Evangelio junto a mi hamaca, un rostro bellamente ovalado y adusto, se cepilla los dientes en el lavabo común de cubierta y deja la loza, impoluta hasta entonces, llena de una pasta rojiza con aspecto de hemorragia biliosa. Durante todo el día ya no pude ver a mi vecina sin que mi retina se viera iluminada por aquel coágulo sanguinolento.

Por la mañana el boli corría voluptuosamente por la superficie del papel, el río se había estrechado y la temperatura a la sombra era acariciadora. Vemos y miramos como el sediento que se bebe un vaso de agua fresca... como si reconociéramos en ese cuerpo que tenemos delante una parte de nosotros mismos, esa mirada que querría encontrar en la realidad de la mañana rasgos de una existencia vivida en algún momento anterior. Pero también la incógnita de las concomitancias entre mi cuerpo y el del otro, entre mi espíritu y el suyo. Los cuerpos estaban ahí por la mañana como servidos para desayuno de mi curiosidad. Desembarcó la madre de Jefferson y, ahora, su espacio de hamaca había sido ocupado por dos hombres mayores que miraban ausentes al techo; la chica de la hemorragia bucal había encontrado dos acompañantes que le daban motivo para una risa tontibonita. Tenía una gran facilidad para tocarse esa gente brasileira; me gustaba verlos tontear, acicalarse, flirtear; sus miradas bovinas contra el crepúsculo de la tarde en la apartada baranda de proa reflejaban deseos difíciles de satisfacer entre la saturación humana de cubierta. El señor mayor de mi derecha, de pelo cano y mirada ausente, fumaba, adusto, serio, impasible ante lo que sucedía a su alrededor.





Remontando el río Amazonas I






El Chorrillo, 9 de abril de 2017

La hamaca fue el remanso que encontramos al cabo de dos meses de un viaje que nos había llevado desde Ciudad de Méjico a través de Centroamérica, con un breve vuelo a Cuba, hasta la gran vena de agua que atraviesa Brasil. Contemplar ahora la vida desde la hamaca, enfrentar las ideas, los recuerdos, las percepciones desde el vaivén amazónico; ese parecía el objetivo cuando el barco zarpó en Manaus y, corriente arriba, se disponía a afrontar un viaje de diez días con destino a Iquitos, la legendaria ciudad de la selva peruana a la que el Fitzcarraldo de Wernerg Herzog quiso adornar a principio del pasado siglo con un teatro de la ópera que rivalizara con el de la Escala de Milán.
Fitzcarraldo tenía mucho de Mahler, fuertes, visionarios ambos, la grandiosidad de la selva, el trabajo de alzar un buque por las laderas de una montaña para ganar el codo inexplorado de otra gran corriente de agua. Trato de situar el primer movimiento de la octava sinfonía en el fondo de las primeras secuencias, cuando la nave empieza a alzarse sobre la superficie de agua como un milagro mientras cientos de brazos indígenas mantienen firmes la tensión de las cuerdas sobre las poleas y los cabrestantes. Es un canto al esfuerzo ciclópeo del hombre por expresar ese grado de locura que necesita el espíritu para acercarse a la plenitud. Lo que nace del agua en el arranque del primer movimiento con un rotundo acorde es tan hermoso como la creación del mundo; el barco emerge del río y empieza su andadura por la ladera de la montaña. Herzog inventó las montañas en torno a Iquitos, las necesitaba para izar su barco por una ladera y para despeñarlo a continuación por la corriente abajo de un río salvaje. La selva de Iquitos nunca se eleva por encima de las enseñas de los barcos que la atraviesan, pero no importa, parece como si el hombre tuviera necesidad de un reto en cada momento de su vida. Si las circunstancias no nos llevan a ello, habrá que inventarlas, como hace Herzog, a fin de poner a prueba nuestro espíritu adormecido. La vida sin retos será poco menos que esa calma tropical en donde ni las estaciones ni los estímulos tienen parte.
La hamaca es un artilugio que dispone, por su naturaleza náutica y aérea, a la reflexión, a la enunciación, a la asociación de los recuerdos; mucho más cómoda, creo yo, que esa chaise-longe en donde Thomas Mann hace yacer a su protagonista de La Montaña Mágica, durante un considerable número de páginas. Los contrarios se tocan, la calma tropical del Amazonas y la estación de alta montaña suiza, pueden ser un excelente balcón sobre la vida a condición de disponer de un tiempo suficientemente dilatado para contemplarla.
 El barco había zarpado, el sol del crepúsculo se había hundido en el agua dejando sobre su superficie el brillo descolorido de la ceniza. La luna se dibujada tenuemente en la superficie del río y yo la miraba desde la cubierta demorarse mecida en un perezoso balanceo. De pronto tuve la sensación de haberme liberado de un puñado de obligaciones, el ajetreo de los buses, los madrugones, la correspondencia; el cuerpo me pedía tranquilidad, tiempo para mí, sesiones de hamaca. Me parecía un regalo no verme empujado por nada que me apremiara a moverme en una dirección determinada.
 Me había despertado en acompañado por el leve ronroneo de los motores del barco, la calma chicha del agua del río. La mañana estaba fresca, era lindo el lugar, la orilla, ahí a la mano, con sus pequeños poblados de vez en cuando, los cayucos de algún pescador, las arboledas adornando la orilla permanentemente; todo parecía como recién estrenado a esta hora. Era agradable sentarse después de dejar al cuerpo en condiciones de armonía física consigo mismo —el baño, el desayuno, el frescor de la pasta de dientes— a ver la mañana y decirse: bueno, veamos qué nos trae hoy el día.
¿Cómo será vivir aquí, a la orilla del río, me preguntaba, sin otra conexión con el mundo que esta masa de agua? ¿Semanas, meses, años ausentes de comunicación, sin otros nexos ni tensiones que las que fuera capaz de generar el cuerpo y las relaciones con las personas y el medio? En la orilla veía a una muchacha cargada con la mochila de ir al cole. Habría escuela, aunque fuera remota; habría gente, aunque estuviera diseminada. La selva no es impenetrable, se puede caminar como en un pinar guarrameño. A lo mejor era lo mismo, a lo mejor no había nada remoto ni del todo exótico. Probablemente lo verdaderamente exótico seguiría estando en las posibilidades que nos ofrece el cerebro, las exigencias de pensar, crear algo nuevo: estar vivo, arreglar una casa, echarse al río a pescar, recibir el calor del sol o la brisa del atardecer
Sin embargo era imposible no pensar en el elaborado producto de la cultura que fue fabricando el hombre, un acto inútil querer prescindir de él, porque esa cultura nos hace seres más densos, más autoconscientes; la cultura engrasa la maquinaria del espíritu e imprime densidad y profundidad allí donde en un principio sólo existía la brutedad arborícola de nuestros antepasados. La cultura no es otra cosa que la posibilidad de que el ser alumbre conciencia de sí, crezcan flores donde sólo había cardos y piedras, sonidos armoniosos donde sólo el ulular del viento hacía acto de presencia de tanto en tanto. Y ser selectivos, exigentemente selectivos porque son muchos los caminos fáciles y rotundamente equivocados, equivocados hasta el punto de hacer perder la cabeza y el sentido de la realidad al más pintado. Buen olfato, oído fino, atención a los signos.
Surgían estas cosas del ambiente apacible de la mañana, era agradable especular frente al paisaje; invitación a la reafirmación de lo básico, materia visual para hacer acopio de lucidez, no fuera a ser que algún día nos perdiéramos en alguno de los laberintos que produce indiscriminadamente nuestra adelantada maquinaria social.
¿Qué era aquello que acontentaba mi espíritu, le daba esta mañana ese aire relajado de bienestar? El camino que siguieron nuestros organismos durante estos meses sí parecía estar poniéndonos en condiciones de hacer, “Ce qui est difficile ce n’est pas de faire, mais de se mettre dans l’état de faire” (Brancusi), citaba hace unos días Salvador Pániker en su Cuaderno amarillo. Mi ojos se demoraba en las nubes y los grandes árboles de blanco tronco, e intentaba adensar los recuerdos y las vivencias alrededor del ánimo sobrevenido de esta mañana de navegación. El río Amazonas sólo es Amazonas entre Manaus y el océano, cuando el río Negro y el Solimoes unen sus inmensos caudales. La unión de estos dos ríos es el espectáculo de la fusión de dos grandes historias: el negro intenso de las aguas que bajan de Venezuela junto al Orinoco, mantienen su reservada distancia con aquellas color terroso del Solimoes, que nace en los Andes. Ambas aguas caminan dentro del mismo cauce, unas al lado de las otras, sin fundirse. Pasarán muchos días de navegación antes de que la cercanía de una y otra termine por resolverse en un caudal único. Así probablemente nuestra relación con las personas, caminos largos que recorrer juntos, la experiencia de los rápidos, el aire de la noche llenando de brillo de estrellas la superficie calma del agua. Quizás sea esto de flotar uno junto a otro el amor, no lo fugaz, sino eso que llegados al delta, al final de la vida, recordaremos con extraordinaria sensación de bienestar; lo que permanece, lo que es capaz de enquistarse en nosotros como parte de nuestra propia médula.
La hamaca, el chinchorro, es un instrumento idóneo para asentar el cuerpo y dejarlo ir por los caminos que el ocio puede ofrecerle. El agua se movía indolente entre la orilla y el barco. Me llegaba un fuerte olor a orines, los criajos de al lado habían empapado la hamaca vecina en el transcurso de la noche. Frente a mí una joven leía un volumen de El Nuevo Testamento; en la hamaca próxima una nena se agarraba a la mamiteta mientras manoteaba el otro pecho de la madre, que dormía despanzurrada sobre el chinchorro metiendo el pie dentro de El Nuevo Testamento de la vecina. La madre no tenía más de dieciocho o diecinueve años, la nena sólo se tranquilizaba agarrada a la teta o correteando por cubierta; su mamá llamaba indolentemente a Jefersson que, con sus tres años, no era capaz de estarse quieto un minuto y corría arriba y abajo de la escalera y se asomaba peligrosamente por la escotilla de estribor. La madre se volvía a acomodar, me metía el codo derecho por el ojo; la joven del Nuevo Testamento dormía acunada por el sopor de la cubierta. Era una humanidad hacinada, pero no desagradable; constituía la vida del instante; si ayer, anteayer se respetaban las distancias dentro de esta aproximación inevitable entre unos y otros pasajeros, hoy esa misma distancia ya no existía, los espacios individuales habían desaparecido; sin embargo, en la versatilidad de la hamaca era posible encontrar el hueco a diferentes niveles para colocar todas las partes del cuerpo en una posición de inusitada comodidad. Los colores, la disposición de los tirantes y las telas, el contrapeado de los cuerpos, formaban un conjunto armonioso. Aunque Victoria comentara que parecíamos refugiados políticos o prisioneros de guerra en lugar de pasajeros, la imagen respondía más al hábito de la asociación de estereotipos que a otra cosa.

Espectáculo de luces y sombras a la caída de la tarde, barcas, pescadores que traen su mercancía al puerto, barracas reflejadas sobre el agua; los bopos, semejante a los delfines, aunque mucho más pequeños, describiendo pequeños saltos sobre la superficie del río. Unas pocas tomas con la cámara fotográfica de las siluetas que atravesaban las últimas luces flotando en el crepúsculo desvaneciente. Y calor, calor húmedo, pegajoso y espeso que dejaba la piel como untada de aceite y perlaba el rostro de gruesas gotas de sudor.



Manaus


Manaus

De cuando murió mi madre






El Chorrillo, 3 de abril de 2017

In memoriam

Este blog, que nació de manera imprecisa motivado por la lectura de Cartas desde mi molino, de Daudet, parece que está encontrando su acomodo últimamente, entre otras cosas, en breves relatos que surgen de mi disposición a dejar vagar los pensamientos por el horizonte cuando se aproxima la hora del crepúsculo o más tarde, cuando tras la cena, enciendo la chimenea y me dejo llevar por el chisporroteo y el juego hipnótico de las llamas. Hoy las llamas me llevaron a otras llamas, unas que ardían en la chimenea del cuarto de estar de nuestra casa una noche en que mi madre, después de tres meses de asumir un cáncer terminal, agonizaba pacífica, tiernamente, despidiéndose de la vida con la humildad propia de un pajarillo al que le ha llegado su último momento. El relato de hoy está sacado de un librito que escribí tras su muerte y que llevaba el título de El año en que murió mi madre. A veces el cuerpo necesita recuperar la memoria de intensos momentos del pasado para conciliarse con la vida y también para rendir homenaje a nuestros seres más queridos.

* * *

"La nieve caía blanda sobre nuestra parcela, blanda, despacio, asombrosa lentitud  de eternidad; y la miraba caer, lenta, intempo­ral, cubriendo la tierra". Así comienza aquel librito; a mi madre la habían diagnosticado un tumor cerebral que terminaría con su vida en poco más de un trimestre. Nevaba y mi madre hacía calceta frente a la cristalera de la biblioteca totalmente ajena a la cercanía del final de su vida. Fuera nevaba intensamente. Transcurrieron tres largos meses. Me recuerdo una tarde con el pensamiento de destruir apuntes, diarios, escritos, fotos del pasado. Tenía en mi ánimo el recuerdo reciente de mi madre esperando en la silla de ruedas junto a la ambulancia a que terminaran los preparativos para introducirla en la camilla. Ahora se trataba de una trombosis en la pierna derecha, justo cuando la infección anterior comenzaba a remitir. Era una imagen especialmente dolorosa; cuando me volví hacia ella las lágrimas le resbalaban por las mejillas. De pronto fue como si todo hubiera enmudecido alrededor, como esos planos a cámara lenta que recortan la secuencia, la alargan o la llenan de silencio hasta saturar la retina con el dramático peso del momento. Así encontré a mi madre, sorprendida en una tristeza animal sin esperanza. De nuevo le esperaba la anónima blancura del hospital, el día igual a la noche; el calor de la familia alrededor se quebraba una vez más, todo se volvía silencio de tumba, blancura indistinta, duro final. Las lágrimas le bajaban en silencio por la mejilla. Se me rompía el alma viéndola, imaginando la hondura de su pesar. Después seguimos a la ambulancia, fue entonces que todo esto me pareció insignificante y pequeño, las pequeñas cosas que uno guarda, los recuerdos en los cajones, casi ridículo, los versos, las ideas dispersas en unos folios; nada podría llegar a la altura de los sentimientos, de las intuiciones, era un ámbito mágico en donde me movía como en el espacio de un sueño. ¡Chata!, le digo, ahora que la tengo a mi lado junto al ventanal de la biblioteca de nuevo, ¿te duele?, y me mira con un gesto de dolor. Ese espacio, que duró ayer medio día, ya no existe, ahora está otra vez en casa. Nos negamos a que fuera internada una vez más en el hospital, nos dieron un tratamiento alternativo, aprendí a inyectarle la heparina. El peligro de que el trombo se desprendiera y llegara a los pulmones nos iba a mantener en ascuas durante unos días, pero no había otra alternativa. El tiempo de tratamiento en el hospital habría sobrepasado su esperanza de vida. Por la tarde dormitaba en la silla de ruedas con la pierna en alto.

Ahora es doce de marzo. Lleva dos días dormida, ya no responde a ningún estímulo externo, no oye, no ve, tampoco siente el dolor; duerme ininterrumpidamente alejada de este mundo. Fue ayer por la mañana que no abrió los ojos, la vapuleé durante un rato; despierta, le decía. Luego puse la música lo más alto que daba el amplificador, vibraban los cristales de toda la casa, nada. Después grité en sus oídos: ¡mamá! ¡mamá! Se me formó un nudo en la garganta; grité hasta que se me saltaron las lágrimas; no me oía, su rostro era imperturbable, no mostraba sentimiento alguno. La levantamos y, después de lavarla, la pusimos sobre la silla de ruedas y le dimos de desayunar. Permaneció impasible, recostada la cabeza en un artilugio que le fabricamos en seguida para hacerle cómoda la postura. Los alimentos los ingería con mucha dificultad, con paciencia conseguimos que comiera algún alimento que pasábamos por la trituradora. Todo siguió igual durante día y medio, pero en la tarde del segundo día su respiración experimentó un brusco aceleramiento, le tomé las pulsaciones, su corazón bombeaba a una velocidad tremenda, sus pulmones trabajaban como una bomba a punto de romperse. No sabíamos qué hacer, su pecho subía y bajaba con celeridad pero sin que su rostro se alterara lo más mínimo. Llamé al doctor por teléfono, sólo me dijo buenas palabras, no se podía hacer nada, esperar, esperar. Después de quince minutos su respiración volvió a la normalidad. La acostamos pronto, estaba muy dócil, parecía vivir dentro de un sueño reparador.
Aquel día Victoria y yo dimos un paseo hasta el olivar y volvimos a discutir el asunto de las medicinas, el sentido que tenía ingerir aquella extensa cantidad de medicamentos que tomaba a diario. Nos lo habíamos preguntado frecuentemente durante los tres últimos meses. Ahora, ayer, que las pulsaciones le subieron por encima de las ciento veinte, nuestro acostumbrado paseo fue otra vez un espacio de difíciles interrogantes: ¿le retiraríamos las medicinas?, ¿si?,  ¿no? ¿Deberíamos mantener toda aquella medicación después de dos días de coma? No queríamos ningún medicamento que prolongara su vida en esa situación, mi madre necesitaba morir sin necesidad de arrastrarse por un número innecesario de miserias. ¿Qué hacer con el Fortecortín, con la Heparina, que yo mismo le inyectaba y que ponía su organismo alerta contra la eventualidad de una trombosis, que prevenía una posible embolia pulmonar después de la formación del trombo en la pierna? ¿El medicamento contra los posibles ataques epilépticos? Los diversos antibióticos, los analgésicos, los inhaladores que apenas podían administrarse ya porque su respiración era tan débil que no lográbamos distinguir las expiraciones de las inspiraciones al aplicarlos. ¿Cómo repercutiría en su organismo la retirada de los medicamentos? No podríamos decirle nada a mi padre, refugiado en la apariencia de un sentimentalismo que no entendíamos. La mentira de las convenciones estaban más arraigada en nosotros de lo que esperábamos (¿donde quedaban aquellos pensamientos del principio cuando me planteaba el tema del dolor con todo su dramatismo y pensaba en lejanos países para el destino último de mi madre?) Debería dormirse hoy, mañana, y no despertar, decíamos mientras hacíamos el camino de regreso a casa. Paseábamos por el camino alto del olivar, el viento soplaba del norte y había en el horizonte un fondo de nubes azules fragmentadas y altas. La sierra estaba ocupada por una pesada franja grisácea.



Los últimos días no pude escribir. Al final todo se precipitó. Una mañana no despertó, todo era igual que siempre, pero ya no abrió los ojos, no oía, cuando le acercábamos la comida a la boca comía mecánicamente, igual que un recién nacido succiona instintivamente del pecho de su madre. No había violencia alguna en su porte, la sacábamos al sol, la hablábamos, nada, su vida era una vida vegetal. Ya sólo permanecía unas pocas horas en la silla de ruedas, su cansancio era extremo.
 Miro uno de los últimos retratos de mi madre. Era mi madre. Enfermó hace unos meses, diecisiete semanas de vida dijeron. Murió la pasada semana después de un largo historial de hospitales y de unos apasionados meses en los que la vida se fue extinguiendo día a día en medio de risas, besos y largos periodos de decaimiento y desolación.
Mi madre, gordita, asmática, dominadora de mi padre. Recuerdo hoy largos periodos de mi infancia junto a ella, no demasiados momentos de alegría, cuando un día me contaba, ya en los sesenta, la ilusión con la que había esperado vestir determinado traje y un enorme sombrero de paja allá, poco después de terminar la guerra. Siempre me acordé de este detalle, lo contó una tarde en que estaba especialmente comunicativa, sentados en medio del blanco de la cocina mi padre volvía a relatar también aquello del jabón, de cuando lo fabricaban con aceite que recogía de los restaurantes, la sosa, el contrabando, esas historias que tantas veces relató. Pero los recuerdos fluían aquella tarde mejor del lado de mi madre, la ilusión de entonces, de sus veinte años, chispeaba en sus ojos con una gracia nueva, desconocida en ella. Modista, modistilla de entonces, la única hembra de una familia numerosa, coqueta, sabedora de su encanto físico, encerrada para siempre en sí, con sólo los resquicios suficientes para que las lágrimas abrieran su curso en medio de un instinto a veces casi animal. Encerrada a cal y canto en ella misma, replegada sobre algún agravio desconocido para nosotros. Su inhibición sólo se rompió en los últimos meses; besó entonces como besan los niños. Afriquilla le decía Victoria, y ella extendía entonces los morretes hacia adelante para besar nuestra boca desde su cara radiante de alegría. Eso de Afriquilla le llenaba los ojos de felicidad.


Ayer hizo quince días que murió, Lucía oía a Serrat en el cuarto de baño mientras hacía la limpieza; me decía que le gustaba más ahora porque era la música que yo había puesto hacía días, cuando se murió la abuela. Casi había olvidado ese detalle, había olvidado también que Lucía estuviera allí, todos estaban esa noche allí, pero no, no los veo, me veo a mi y a mi madre, después veo a Victoria; durante unos minutos irrumpe mi padre, mi hermana cuando suena la cancela y salgo a decirle que todo está tranquilo, que todo ha ido bien, que mamá no ha sufrido; también me cruzo con mi hermano a las cinco de la madrugada en el camino cuando voy al encuentro del coche de la funeraria. Sin embargo todos ellos apenas aparecen en mi conciencia de esa noche, son sombras hasta el mismo momento de su muerte. Antes soy yo y mi madre, y su estertor, y la sangre obstruyendo los pulmones y la tráquea, y la sangre brotando a borbotones por la boca y la nariz; una sangre viscosa y ocre que se le arrancaba del cuerpo con infinito esfuerzo, abriéndose paso entre ella el último aire que llegaba a sus pulmones. Estamos esperando que mueras, le decía a mi madre, y le pasaba el brazo alrededor del cuello como para que se sintiera acompañada. El sueño y el cansancio me habían vencido sobre las cuatro de la mañana y me había hecho un sitio en la misma cama junto a mi madre; abrazado a ella intenté dormir. Su respiración era muy precipitada, su pecho subía y bajaba como una máquina que trabajara por encima de su máximo rendimiento. Quería acaparar para mí solo toda esta vida que era la de mi madre y que se extinguía con un dramatismo ajeno a ella misma. No sentía tristeza, ni nerviosismo, esa noche era la culminación de todas las tensiones de cuatro meses. Todo ello se resolvía ahora en la esperada paz de la muerte; había asimilado muchas incertidumbres desde entonces y esto era ya certeza pura. Sucedería en cualquier momento, uno de esos segundos en que su respiración se detenía forcejeando por traspasar la sangre que obstruía los bronquios y la traquea. No puede durar mucho, me decía, ¡tantas horas muriendo! Era una espera tranquila y amorosa. Me preguntaba por qué habría de dejarla sufrir así; para aliviarme también me decía lo contrario, que no sufría, que su sistema nervioso no transmitían ningún dolor. Evidentemente me contradecía, me argumentaba a mí mismo que si fuera un perro me habría producido tanta piedad que habría terminado con su vida antes del final; sin embargo ella era mi madre y yo no tendría valor más que para acariciarla y hablarla suavemente al oído, estoy aquí madre, marcha en paz ¿Dónde quedaban aquellas vagas ideas de atajar el dolor del cáncer a toda costa si aquél se hiciera intolerable, esa eutanasia imposible? Respiraba con grandes dificultades, llegué a pensar que debería ayudarla a morir, pero era un cobarde.
En el rincón de la habitación los troncos de roble levantaban una llama acariciadora y acogedora. Desde la cama miraba el fuego subir y bajar, era el fuego ritual de los bosques, de las montañas, de las playas. Siempre me ha gustado contemplar las llamas, cuando tuve una casa fue una de las primeras cosas que tuve en cuenta; alimentar un fuego durante las noches de invierno se ha convertido durante años en una ocupación imprescindible. Ceñir el talle de mi madre y sentirla tan cerca me apaciguaba, nunca había estado tan próxima a ella como en aquellos instantes. La empecé a querer con una ternura muy particular, más cuanto más se separaba ella de las preocupaciones materiales inmediatas que tanto la habían atenazado siempre; todos anduvimos rodeándola de un cariño muy especial durante estas semanas. Ahora agonizaba desde la inconsciencia de su coma. Querría que me hubiera oído, estoy aquí mamá, duerme tranquila, muere en paz madre. ¡Cuánto deseaba que uno de esos estertores paralizara definitivamente su vida! Ya todos en paz, ya una nueva vida, la muerte reparadora.
Después fue, cuando la hubimos arreglado un poco y ordenamos la habitación, que puse esa música de Serrat, también oímos a Lluis Llach, Viaje a Itaca, un tema que hacía años no escuchábamos. Era especialmente entrañable oír aquellos temas tranquilos sonando en cada rincón de la casa compartiendo los ecos de la agonía de mi madre.