De cuando murió mi padre




LA SERPIENTE DE PIEDRA


La hora mágica dura apenas el tiempo de tomarse un zumo de naranja y un café con leche. La luz tenue alzándose sobre la geometría rigurosa, ángulos y diedros de nieve contra el cielo lechoso del cielo, sin sombras, sin matices, paisaje propio de la rústica arquitectura del desierto que no se engaña con el verde frondoso de las ramas bajo la ardiente nada del horizonte. Los aciertos del diseñador del centro con sus zigzagueantes caminos de piedra calcárea discurriendo en la grava calcinada y reluciente como una serpiente reptando indolente hacia la sombra lejana de una acacia solitaria. La mañana viniendo sobre el horizonte ilimitado y plano, austero hasta hacerse hermano de ese rastro de luna que se posaba de madrugada lavando con su mirar la noche y su silencio, viniendo desde su frescor temprano hacia el resplandor enjalbegado donde sólo los romeros anuncian acaso la remota posibilidad de un tiempo en que  la sed estuviera matizada por hilachos de agua corriendo por la corteza terrosa de la tierra grumosa y resquebrajada.
Mañana como de domingo temprano cuando la ciudad todavía duerme el sopor de una jornada hecha para descansar. La excepción del caminante solitario que espera paseando a la vera de los romeros y las madreselvas enanas la apertura de la cafetería. Silencio, apenas un automóvil que sale del aparcamiento llevando en su interior al último empleado del turno de noche.
Y el temor a que la hora mágica desaparezca prematuramente envuelta en la lógica cotidianidad de un día más, sin historia, igual a si misma, ajena en su esplendor a nuestra mirada robada por el tránsito de los hechos superpuestos que apenas dejan tiempo para mirar el blanco encalado de la mañana, su austera belleza. Ah, retener el momento, el brillo refulgente que alumbra tenue quién sabe qué misterioso rincón de una memoria que quisiera ser parte entrañable del que cierra los ojos y aviva en su interior la llama benefactora de su calor en el frío invernal del alma. Cerrar los ojos y dejar que el amanecer, avanzando hacia la cruda luz del mediodía, se haga belleza inhóspita y deslumbrante; al fondo las dunas asomando sobre la hilera de los romeros.
Y todo ello tras el ojo de pez de una habitación donde suena el efervescente rastro de un riachuelo y su cantarín reclamo de vida; el anciano, dentro de su mundo, quizás en las cercanías de un final que la lógica de la edad no perdona, duerme envuelto en la calma sabática de la mañana.
El anciano es su padre. Ambos, uno junto al otro, intercambian desde hace días un diálogo silencioso en donde la vida de él, a punto de extinguirse, interroga a la suya en el blanco mutismo del hospital. A ratos, mientras el padre farfulle palabras incomprensibles, el hijo lee a Proust, en El mundo de Guermantes es una profunda niebla en donde los coches de punto encuentran dificultades para orientarse. En el del hospital es primavera, bellos tapices de amapolas cubren los campos  de los alrededores. Todas los centros hospitalarios convocan similares recuerdos, hitos de los caminos de la vida que se convocan unos a otros atraídos por el aire de alguna desgracia en donde un ser querido estuvo implicado en algún momento. El tapiz de amapolas le recuerda los recientes olivares de los campos de Andalucía, un largo camino por el que anda errando desde el principio de la primavera. Hubo de dejarlo para atender a su padre enfermo. Las páginas de Proust son una invitación a la reflexión sobre la condición humana.
Ahora él reparte su tiempo entre la habitación del hospital y los ratos de lectura bajo las ramas de los árboles que pueblan los alrededores de su casa. El clac clac de los aspersores estimula con su monotonía sus reflexiones ambulantes. Aquel día después de comer se adormila frente al campo negro del mantillo que cubre la parcela. El pan y quesillo de las acacias ha rociado con su manto de nieve los alrededores de los troncos; esta primavera no ha sentido la fragancia de sus racimos de flores, o él con su trajín no lo advirtió, o acaso ellas reservaron para sí todo el profundo perfume de sus ramas. Lástima. Cuando despertó el sol entraba débilmente en la cabaña. Retomó al personaje Proust por un rato y después se fue a ver las nuevas flores que habían crecido alrededor del huerto; llevó consigo la cámara fotográfica: los esplendidos iris, los delicados pensamientos, los geranios siempre alegres y despreocupados, llenos de color, las rosas, perfumadas, rojas, amarillas, tan bellas en todo momento, bien merecían algunas tomas para su colección fotográfica.
Transcurre otro día más. Su hijo Mario ha cuidado esta noche del abuelo y ahora duerme en el taller, su antigua habitación aún llena de citas que nombran el amor, la vida de un navegante solitario, Julio Villar; sus pareces que recogen instantáneas en blanco y negro de su viaje a la India; llena también, como secundando un mismo estilo de vida, por tres paneles en donde, una vez marchado el hijo, él mismo dispuso un muestrario fotográfico de su travesía a los Alpes de años atrás.
La circunstancia le recuerda los últimos días de la enfermedad de su madre, muerta de cáncer años atrás, esos momentos en que uno siente más profundamente la consistencia elemental del tegumento vital que son los padres, los hijos, la familia; cuando sorprendido por la pajarera de las propias emociones y recuerdos, se recoge en el silencio y, acurrucado en el regazo de la noche, piensa largamente en la existencia, susurra breves oraciones de arrepentimiento, medita largamente sobre los porqués que, uno tras otro, irrumpen en el ánimo como imposibles interrogantes. Ellos, ignorantes, amorosos buscadores de las verdades, incrédulos siempre cuando se acercan al vacío en la mirada de los otros.
Es medianoche. En la habitación de al lado una voz de anciana llama insistentemente: ¡Mamaaá, mamaaá! Su voz resuena en los blancos pasillos de la noche en pos de la madre muerta varias décadas atrás. Y entonces él recuerda otras habitaciones del mundo, hoteles de América Latina o Asia, en donde el silencio de la madrugada era rasgado por voces de mujeres, susurros de amor, ese ¡amor mío, te amo!, al borde del desfallecimiento; prolongados gañidos entreverados en el hervidero de la vida desparramándose en largos y quejumbrosos ayes en la oscuridad y el silencio. La anciana de hoy reclama la presencia de la madre muerta. La madre, el amante, ese Dios que invocan los creyentes junto a los precipicios, nuestras vísceras reclamando con avidez nuestro ser en el otro.
La respiración gutural del padre atraviesa el silencio y ocupa el sueño entrecortado del hijo. La luz lunar de la habitación propende a una melancolía que busca el arrimo de los seres queridos, estimula la parte profunda del alma donde habita la pena y el dolor, alerta aquellas fibras que sienten el peligro de la continuidad de la vida junto a los hijos, los padres, la esposa, la amante. Mira la mañana con la perplejidad de quien se encuentra en un mundo nuevo, una puerta que se abre a un espacio crudo de aristas netas y de cruda luz. Ahora fuera el sol rompe tímido contra las blancas fachadas, despierta con suavidad a las ramas del olivo enano que crece testigo de la nada junto a la serpiente que arrastra su almendrada coraza de piedra gris por el patio del hospital. El interior de la habitación, como si en él fueran cayendo cacillos de leche en la negrura del alba, va convirtiendo su espesura de pez, su silencio, en cenicienta fragosidad sobre un fondo en el que impasible gorjea el glu glu del oxígeno. La tos del enfermo rompe bronca y seca contra su sueño, lo despabila. Se sienta en la cama confuso, con la resaca de una noche en vela perturbada por sueños que fueron creciendo en los intervalos a la sombra de su inquietud. En el sueño, la terraza donde vivía se asomaba al vacío de la calle y él debía descender aferrado a las anfractuosidades de viejos ladrillos erosionados para ir a pagar una factura de doce mil euros por el arreglo del coche. La voz de su padre atravesó el sueño, su voz era cavernosa, pero recia; también él soñaba, sus palabras salpicaban significados parciales, inconclusos, palabras como islas brumosas difíciles de definir, palabras en el piélago de la noche en las que era imposible encontrar un hilo de razón.
Son las siete de la mañana. Se Incorpora; al poco rato entra una enfermera para tomar unas muestras de sangre. Los brazos del padre ofrecen enormes moratones violáceos producto del forcejeo de las enfermeras para extraer la sangre. 



-¡Por Dios! -El padre se pone tenso, grita cuando siente la aguja penetrar inútilmente en su antebrazo. Agita todo el cuerpo con espasmo. Así tres, cuatro veces.
El hijo le sujeta firmemente, acaricia su frente, intenta calmarle, él trata de librarse del aquel martirio; después de varios intentos la enfermera logra extraer un escaso centímetro cúbico de sangre.
-Espero que sirva -dice-. Venga, Santos, que ya no le voy a pinchar más.
-¿Te afeito? -le pregunta, cuando la enfermera ha abandonado la habitación.
-Bueno -asiente a través de su débil voz de moribundo.
Hace días que perdió las ganas de hablar. El zumbido de la maquinilla recorre suavemente su rostro. El silencio vuelve a adueñarse de la habitación. No fueron buenas las relaciones con su padre. Siempre había sentido envidia de esos personajes que aluden a sus padres como referencia importante para sus vidas. Quitando la originalidad de aquellos veranos de infancia en los que todos vivían la temporada de verano acampados a la orilla de un río, un tiempo feliz de aventuras junto al gran río, que le parecía a él y que le dejó la impronta de su posterior afición por la naturaleza, apenas puede recordar nada que le haga agradable su recuerdo, un rasgo de carácter, una muestra de especial cordura, un interés por lo que fuera el mundo del hijo desde la infancia; sólo algunos tristes recuerdos que ponen de relevancia el modo de vida elemental y centrado en sí mismo del padre; se le hace triste confesarlo, su enorme mediocridad ponen unas gotas de desazón en su ánimo. Debe de ser un hijo muy desagradecido, piensa, le duele encontrarse con estas realidades, le asusta pensar que algo de lo que fue su padre para él pueda a su vez ser él para sus hijos; este hombre que recuerda y que vela hoy el sueño de su padre y que tanto duda a veces de la corrección de su propio proceder, hombre algo asustado en tantas ocasiones, solitario, tan necesitado de los otros y a la vez tan distante.
Una hora más tarde, su hermana le sustituye junto a la cama del padre. Abandona el hospital, toma contacto con el frescor de la mañana, el tapiz de las amapolas, las luces y las sombras del campo, los trigos, las cebadas, el tráfico apresurado de los que van a trabajar. Le invade una inmensa tristeza, tristeza por él, por su padre, por la vida que no es a veces como se quiere, esa realidad multiforme que tanto hace vibrar de placer y expectativas como le sume en el intrincado laberinto de los porqués, en la profundidad de los pesares.
Llega a casa pero no tiene ánimo para trabajar en la parcela, donde ya la pelusilla del nuevo césped ha empezado a tapizar la negrura del mantillo. Es hermoso este pequeño emplazamiento del mundo,  piensa, hermoso especialmente en primavera, en esta primavera en que creamos un huerto y sembramos decenas de especies diferentes de flores. Las lechugas ordenadas como un pequeño batallón disciplinado, el despelucado patatal, la inhiestas tomateras a las que la hortelana colocó ya un tutor, las escarolas, los rabanitos, los erguidos puerros junto a sus primas hermanas las cebollas, las zanahorias como pequeños abetos enanos; en fin, y luego los peces que oyen sus pasos y se acercan a por la comida matinal, revoltosos, inquietos; o Gaza y Curri que vienen a su lado buscando sus caricias, este último con el caminar cojitranco de la vejez perruna. En fin, le dedica una mirada a las luminosas acacias, a los frondosos cerezos con su pincelada de vino viejo sobre la umbría de las catalpas y las higueras, al fondo de la cual destaca la claridad matinal de los álamos blancos. Tantas razones para vivir en paz con el mundo, ahí mismo, frente a la desolación y a la mañana de insomnio que cubría el patio blanco y su serpiente de piedra.
A la tarde vuelve a su libro. Esa curiosidad que suscita en él el largo cortejo de personajes que recorren la obra de Proust, periclitados, extravagantes, inteligentes, inmensamente cultos algunos, extremadamente ricos, poseídos de una extrema importancia de sí la mayoría de ellos, siempre a la caza unos y otros de un lugar en el frontispicio de una clase social que gasta su tiempo y su dinero en mantener sus privilegios, en estar en la consideración de los más poderosos. Esos personajes que por demás parecen no saber vestirse o peinarse sin la ayuda de un sirviente. Extraño invento el de un ayuda de cámara, por cierto, para una persona que goza de salud y no tiene ningún impedimento físico. El escarpelo de Proust es a veces tan proverbialmente cruel que le cuesta imaginárselo como uno más de ese baile de disfraces que son con frecuencia las reuniones de la alta sociedad de su tiempo. Tan lejos estamos hoy de ese emperifollado social, que aun sabiendo que en la actualidad no deben de faltar grupos sociales que les anden a la zaga a aquellos encopetados caballeros, nos parece como cosa de un obsoleto teatro de marionetas. Así lo ve él, al menos. Qué fuerza la de querer estar entre el cogollito, la de ser alguien a toda costa, aunque uno tenga que morirse. Aunque uno tenga que morirse. Es evidente, sin embargo, que para Proust todo aquello es, por encima de todo, un excelente material de trabajo, la materia de su arte, el trampolín para colmar su anhelo de mujer, su extremada sensibilidad en relación con el arte y el mundo de las sensaciones.
Acaso el ambiente del hospital, piensa, su silencio interrumpido por las quejas de algún paciente, la blancura neta de sus paredes, todo ello contribuya a hacerle ver la realidad desde la óptica de nuestra pobre y ridícula desmesura viviendo tan ausentes de nosotros mismos, pendientes, pobres, casi exclusivamente de ese ruido mundano que aturde de continuo nuestros sentidos, desconociendo, acaso, la importancia que tenemos para ese persona tan particular y especialísima que somos nosotros mismos, desconociendo el tiempo que nos debemos, el empeño con que deberíamos mimarnos. Estar ocupados en exceso en el mundo exterior debilita el tiempo que necesita nuestra propia alma para estar en comunión con su propio ser. De Proust le gustaba esa capacidad de ser él mismo centro de su relato, él, sus emociones, sus expectativas, sus sucesivos enamoramientos, sus relaciones con la música o la literatura, a la vez que su papel como testigo y mentor exhaustivo de la sociedad que le rodea.
Una de la madrugada. La realidad incontrovertible del hospital y su entorno. Han transcurrido ya varios días desde que ésta habitación se convirtiera en su hábitat diario. Su padre se encuentra en situación estacionaria. Sólo cabe esperar. Hoy se hace consciente de cómo la presencia continuada en un espacio que suscitó emociones y percepciones nuevas, va perdiendo su halo de excepción para convertirse en cosa cotidiana; perdió parcialmente su magia, su facultad para estimular nuevas asociaciones y convocar la poesía que los espacios nuevos y sus circunstancias llevan en sí. El hospital. Las horas en él terminan convirtiéndose en rutina, rutina dolorida, el amanecer que inundaba hace días con luz intemporal, compartimentando en líneas netas la geometría del edificio, es en esta mañana, con ser el mismo espacio, algo totalmente diferente; desapareció la emoción primera, la evocación del desierto, la soledad, el aislamiento que le sugería la mañana en medio del páramo. Por demás la madrugada es hoy groseras blasfemias, soeces gritos de un enfermo que ocupa una habitación cercana, es luz y tiempo desposeídos de ese revestimiento nuevo que las circunstancias de excepción otorgan a pequeñas parcelas de la vida. No la excepción exclusiva de una luz, un silencio, sino el valor que otorga a esa luz y a ese silencio la circunstancia especial de una enfermedad grave que, comenzando por despabilar la amnesia respecto a la omnipresencia del hecho de que somos seres nacidos para morir, hace que cambiemos inmediatamente de registro para rendirnos a la evidencia de la muerte y el dolor, siempre como adormecidos en nuestra conciencia mientras no haya situaciones concomitantes que nos recuerden que su permanente actualidad es cosa posible en cualquier momento del día. Así, la enfermedad termina por hacer de los espacios un entorno en el que el espíritu, sensibilizado en extremo, encuentra un modo de expresar su abatimiento, el frescor de una mirada nueva que hace del instante una vivencia impregnada de poesía y bañada por el encuentro personal con los resortes más íntimos del vivir. Esos instantes de gracia en que la percepción, aguijoneada por la magia del momento, ve y siente lo que raramente alcanza a percibir en las prosaica cotidianidad; la puerta encantada, el reflejo de los infiernos, la dulce suavidad de un amor, la tenue llamada de una verdad incontrovertible que habrá de ir formando la conciencia en el aprendizaje que se ha de  hacer de la muerte.
Su padre apenas se mueve, a veces emite monosílabos como si estuviera hablando para sí mismo, le llama: Too, Too. Él se acerca, le toma la mano y entonces se calla. Quizás sólo quiera saber que está ahí, a su lado. Lee el periódico, observa al personal del hospital, esa rutina silenciosa de reemplazar el frasco de suero, de tomar una muestra de sangre, de agregar unos datos a una gráfica. La realidad es un asunto de teatro en donde cada uno desempeña el papel que le cayó en suerte, o el que se ganó a pulso, lo mismo da, un juego, piensa. En la portada del periódico, tijeretazo, paro, menos solvencia internacional, una señora comprando libros para sus nietos, la reina, detrás otra señora, la ministra de cultura, inauguran la Feria del libro, los militares deprimidos porque sienten que dan la vida por ideales que la gente ridiculiza; después, el chapote de Obama en el golfo de Méjico, en fin, todas las noticias del día. Cuando era niño, los ministros y toda la gente importante de la recién estrenada tele, eran una jerarquía perteneciente a otro planeta; él, su familia, la gente que conocía, eran simples lacayos de toda esa fanfarria; el comedor del colegio al que asistía, era subvencionado por la duquesa de Alba, alguien muy importante e inasequible que empleaba algo de su tiempo y su dinero en obras de caridad. Un teatro, un juego de convenciones en donde nunca está ausente la influencia de aquellos que quisieron sacarle algún provecho a tales convenciones. La propiedad privada, la grande, era una convención en la que se han empleado a fondo a lo largo de la historia los espabilados de siempre, convirtiendo y perpetuando en propiedad la mayor parte del planeta; las monarquías y todos sus oropeles es otra convención, anticuada convención que fue sostenida a su vez por otros muchos a los que ésta servía por demás en la consecución y perpetuación de sus intereses, que para mayor ironía parecían provenir del mismísimo Dios; la religión, que dado que, como no queremos dejar de vivir, obliga a traspasar el tiempo de la mano de unos entes llamados dioses, que previo el débito de amarlos sobre todas las cosas, nos concederán la bienaventuranza eterna; una convención para obviar el dolor de la vida, el de la muerte; una locura inconcebible que, milagro por medio, fue asumida siempre por la mayoría del género humano. Y de ahí a estratificar toda la sociedad y hacerla creer que unos tienen sangre azul, otros verde y los pobres viandantes tan sólo roja, va un paso. Es un lastimoso placer ese de seguir a los personajes de Proust en sus pequeños actos, en sus reuniones, a toda esa prole aristocrática de principios del pasado siglo, que mira tan por encima del hombro al resto de los humanos. Cómo el principio de autoridad se nos impuso desde tiempos pasados hasta dejarnos convencidos de que en la colmena humana unos habían nacido para mandar y poseer la riqueza y el resto para obedecer y servir a los primeros.
Sin embargo, en Proust, lo esencial sigue estando en otro lugar, ese otro lugar en donde los oropeles están de más: el esperado beso de la madre antes de conciliar el sueño, el dolor por la abuela fallecida, la expectativa de algo maravilloso que nos espera tras alguna puerta, el incipiente amor reflejado en aquellas muchachas en flor, el deseo de posesión de una amante, los celos, la desazón por aquella amistad truncada.
Deja la lectura y vuelve los ojos a su padre, sus ojos hundidos de ciego, su barbilla prominente alzada sobre el hueco de la boca sin dentadura, su extrema delgadez, el arco transparente del conducto que lleva el oxigeno a sus fosas nasales; todo en él hace pensar en una existencia que se extingue. Hoy le retirarán el suero y empezarán a administrarle morfina. Su respiración es tranquila y gutural. En el pasillo vuelven a retumbar las obscenidades y blasfemias del enfermo de la habitación de enfrente, un primitivismo terrible que no amortiguan las puertas cerradas ni la cuidada atención de las enfermeras. Después de diez minutos vuelve la calma a la habitación.
Continúa con Proust. El impacto que produce en nosotros la expectativa de una persona, un acontecimiento, un objeto artístico, un paisaje que visitaremos próximamente, un mundo que sólo tiene vida real en la mente del que anhela. Su obra es un ajuste de cuentas con la realidad, la cual, una vez vivida pierde su halo poético, esa magia que lo envolvió durante el tiempo que duró la expectativa, para convertirse en prosaica realidad que apenas tiene en común con el objeto deseado más que el nombre. Le produce un sentimiento de lástima comprobar como página a página el proceso se repite, cómo sus amores, el idilio que levantan todas aquellas muchachas en flor, Gilberta, Albertina, también la duquesa de Guermantes, van desmoronándose según le es dado tener relación con estas mujeres. Y sin embargo ¿no está gran parte de la felicidad en la expectativa, en cómo nos imaginamos un país exótico que visitaremos en las semanas próximas, en cómo pensamos en nuestra amada, en cómo será hermoso escalar tal cumbre, realizar tal proyecto? La novela de Proust es hermosa en ese tiempo de la espera, en cómo se enamora constantemente; en la forma en cómo se imagina aquel pueblo, Balbec, donde pasará el siguiente verano; en lo hermoso que será oír cantar a la Berma; en un viaje aplazado a Florencia o Venecia; en los tantos trabajos que se toma para tropezarse, ser invitado, por aquel grupo de muchachas. Pese a que todo se descomponga más tarde y la realidad sea rudamente prosaica, sin poesía, incluso soez, como es el caso cuando paso a paso va demoliéndose ante sus ojos aquel mundo de Guermantes.
Entonces, ¿ponerse una coraza contra lo posibilidad de sufrir otro desengaño amoroso?, ¿empeñarse a toda costa en decir que un vaso en simplemente un vaso?, ¿privar al alma del sabor de la magdalena, del frescor maravilloso de las horas pasadas en otros brazos?, ¿dejar de soñar de vez en cuando?, ¿cometer la locura de dejar de estar un poco loco? Proust desmonta de continuo el andamiaje entre la realidad y el sueño, pero no se arredra por ello, sigue soñando, lo recrea viviendo fuera de la realidad, algo por demás bueno, piensa él, siempre que uno no se vea abandonado por cierto sentido de la mesura.
Se pregunta por las expectativas de su padre, esa dura vida que le tocó vivir durante la guerra y los años posteriores, un tiempo tan lejano para él que rara vez sintió curiosidad por conocerlo, algo así como si huyendo de un pasado calamitoso su existencia se dirigiera a toda prisa hacia el futuro, un mundo en donde las cosas tendrían que ser diferentes. En su familia se habían librado de la miseria  por los pelos y él después no quiso saber nada de aquel mundo. Era el futuro lo que le interesaba. Por demás acaso sea dolorosamente verdad que cada uno vive ciegamente para sí, pensaba, para que mi vida sea la sede en donde todas las realidades confluyen, unas veces en sordina, otras con más pasión o violencia, pero siempre realidades referenciales que salvo casos contados, no hacen mella en la esencia de nuestras pasiones y anhelos. Espoleados por la presión del otro, del semen, de nuestra voluntad de vivir, hacemos de nuestros anhelos el combustible de la existencia.  Piensa en la vida de su padre, en sus años de noviazgo. Su madre había plantado a un antiguo novio por alguna razón fútil, e  infantilmente, como si tratara de restregar en las narices de aquél su despecho, había comenzado sus relaciones con mi padre. Él cree que su madre nunca llegó a querer a su padre. Más de una vez le oyó lamentarse a él de la frialdad con que su madre atendía o negaba sus requerimientos. Ella, eso sí, mientras, contaba cosas bonitas de su juventud, cierto sombrero que halagaba su coquetería, su relación con la pandilla femenina del barrio, con sus hermanos, sus trabajos de modista, pero en sus relatos nunca tenía cabida su padre. Sin embargo, él sí estaba enamorado, pero le debió de faltar la sutileza necesaria para acercarse a ella de manera más convincente. En cualquier manera eran años muy difíciles en donde satisfacer las necesidades más elementales constituía ya un problema; quizás este ambiente en donde llegar a fin de mes era un acto penoso, hubiera contribuido a este desapego. Siendo él niño su madre cosía en casa para la calle y pasaba el día pegada a la máquina de coser; él la recuerda demacrada, con la cara hundida, la belleza y la lozanía de su juventud perdida en medio de las penalidades y el esfuerzo para sacar adelante a tres hijos. Su reticencias con su padre arrancaban precisamente de ese escenario de decrepitud y pobreza de sus años de infancia. Él manipulaba las nóminas para sustraer de ellas una mayor cantidad para sus gastos personales; esa pasión que tenía por entonces de comprarse una moto, u otros gastos que él no podía adivinar. Quizás su recuerdo infantil más doloroso esté relacionado con esa situación: su madre sentada junto a la ventana llorando con la nómina groseramente manipulada entre las manos. Su recién estrenado uso de razón conservaba este recuerdo grabado a fuego en su memoria.
No obstante cree que su memoria, no sabe por qué razón, no ha sido nunca justa con los recuerdos de infancia relacionados con sus padres. Ya contó en otros lugares cosas menos tristes sobre ella, pero no es el caso de hoy frente al cuerpo moribundo del padre. Esta soledad, los dos frente a frente en la  avanzada madrugada del hospital, sin ningún otro interlocutor en el que disolver sus sentimientos y recuerdos, es obsesivamente dura para su conciencia. Se siente un hijo cruel que a duras penas es capaz de suavizar la luz que cae sobre aquellos recuerdos dolorosos. Y entonces vuelve a la memoria de esa lejana juventud en que sus padres apenas tenían cabida en sus  decisiones; él y mis proyectos eran el centro de la realidad en la que estaba inmerso, ellos no contaban cuando él decidía pasar la nochebuena de excursión por el monte, cuando desaparecía por largos periodos de tiempo perdido entre las montañas de los Pirineos o los Alpes, cuando quiso dejar de trabajar y marcharse a vivir lejos de casa para preparar los exámenes de selectividad. Tampoco sus hermanos parecen existir para él en la memoria de aquel tiempo; largas estadías lejos de casa de las que regresaba con ganas, sólo atraído por el deseo de reencontrarse con su madre. ¿O no era así? No, cree que fuera así del todo. Su carácter le inclinaba a la soledad y, una vez en ella, lo que a través de ella rescataba para su apasionada forma de ser, ascensiones, viajes, proyectos que chocaban con las convenciones corrientes de lo que estaba destinado para jóvenes de su edad, se constituía en un círculo maravilloso en donde su familia tenía escasa presencia. Quizás las cosas no fueran tan duras y sólo recuerda mediatizado por las pasiones que han sobrevivido en el tiempo, esa gran necesidad de experimentar la libertad, de huir de la mediocridad del gremio de los empleados de oficina o de la banca en cuyo interior vio la amenaza de ser engullido de por vida. A fin de cuentas estaban también esos bonitos recuerdos de cuando después de una larga jornada de escalada en la Pedriza, aquellas deliciosas primaveras de jaras en flor, se dedicaba a componer un manojillos de delicados narcisos para su madre, que luego ésta colocaría orgullosa en un jarroncillo de vidrio sobre el aparador del cuarto de estar; o cuando con el último dinero que le quedaba después de sus correrías por las cumbres de Chamonix, compraba un queso de gruyere para su padre; o regresaba de un verano en los Alpes con el regalo de un reloj cuco, o hacía un largo viaje en auto-stop desde Saint Moritz, donde trabajó un invierno, hasta Berna, en medio de una inmensa nevada, para comprar un reloj de pulsera para su madre. Quizás su mala conciencia no le deja ver claro en unos tiempos en que su pasión aventurera lo absorbía todo.
La noche última apenas ha parado de llamarle, Too, Too, decía, decía el padre desde su sueño; se levantaba, le tomaba la mano; probablemente soñaba. Volvía a su cama. Al otro lado de la ventana la serpiente de piedra dormía silenciosa junto al olivo solitario. El rumor del oxígeno, como el de un arroyo insomne que atravesara el desierto de la noche, siseaba monótono como un metrónomo que fuera pautando el débil ritmo del un invierno próximo destinado a congelar la vida. Morir. Extraña idea la de que todo concluya para uno, que uno concluya para sí mismo, deje de existir, pensaba. ¿Puede darse algo más extraño y extravagante que esto, cuando el mundo es el mundo sólo porque mis ojos lo ven, lo tocan, pensaba, cuando el sentimiento del yo es tan poderoso, cuando otra cosa que no sea la permanente continuidad de la vida, de los proyectos, de la naturalidad de encontrarse al despertar por la mañana con uno mismo nos parece inconcebible?
Y sin embargo, aunque inconcebible, la prueba evidente de la muerte estaba ahí como hecho incontrovertible. Por la tarde, mientras la soledad de la habitación le había sugerido la escritura de una carta dirigida precisamente a su padre, sucede lo que había de suceder. Se levanta a comprobar su respiración, su rostro permanecía inmutable pero su respiración había empezado a ralentizarse. Vuelve a la escritura de la carta, pero al poco rato abandona definitivamente ésta y regresa junto a la cama. El final se aproxima lentamente, despacio, evidente, inevitable. Los segundos se van espaciando entre inspiración y espiración, su rostro permanece céreo, inmutable; él espera ahíto encontrar tras esos segundos una nueva inspiración, otra. Cuanta los segundos de los intervalos, dos, tres, segundos... cuatro. Después todo queda en silencio, la respiración se ha detenido.
Al día siguiente sus cenizas son esparcidas en los hoyos destinados a un puñado de rosales. Los nietos  van introduciendo sus manitas en la urna funeraria y, tomando puñados de lo que fue el cuerpo del abuelo, los van esparciendo alrededor de los rosales. Cuando todas las cenizas han quedado repartidas como un blanco tapiz sobre la tierra, hacen un semicírculo alrededor de los rosales, y él lee la carta que comenzara en el hospital:
¿Sabes?, hoy, según venía hacia el hospital, pensé en escribirte una carta, la primera dirigida a ti, creo, en toda mi vida. El cielo estaba muy bonito, esas grandes nubes cabalgando sobre los campos de cultivo, el cielo velado con el suave tul del verano que se nos ha venido encima de repente, las amapolas confundidas en su suavidad al pastel con el trigo cercano a la siega. Era agradable mirar a ambos lados de la carretera. El día había sido caluroso y ahora uno podía entretenerse en contemplar el cuadro de la tarde. Colores como los de Cézanne cuando el verano se hace el señor del lugar en torno a La montaña Sainte-Victorie. Ya sé que tú no apreciabas estas cosas, pero no importa, te las cuento igualmente, la tarde tenía algo de aquellos veranos que pasábamos en el río Alberche cuando éramos niños, ¿recuerdas?, tú sentado en tu flamante y recién estrenada Guzzi con aquel remolque de fabricación casera en donde llevabas algunos de los enseres para nuestro campamento familiar, mientras nosotros nos desplazábamos en aquel tren de juguete que partía junto al río Manzanares con los colchones, la tienda de lona que había hecho mamá, las perolas, ese sin fin de cosas con que convertíamos nuestro campamento de colonos en un bonito lugar junto al río. ¡Qué días aquellos!, ¿verdad? Ahora ya se ha acabado todo eso. No sé si me oyes cuando hablo contigo; desde anteanoche te has vuelto muy silencioso, entonces, cuando me llamabas a cada momento con ese ronco y casi incomprensible Too, Too, Too. Sin embargo la noches anteriores, jo, qué pesado estabas, no me dejabas apenas dormir. Las palabras llegaban ya con mucha dificultad a tu boca, pero yo te entendía, me gustaba eso de que me llamaras Too; pero de lo demás no entendía apenas nada; lo último fue aquella insistencia con que me pediste el casete de las novelas; tuvo que ir Beatriz a por el segundo casete, porque el primero te lo habías cargado, le habías dado un manotazo y se había caído de la cama; te puse un poco música en el ipod, pero tampoco eso te alivió, dijiste: ¡qué aburrimiento! Fue curioso que hicieras referencia al aburrimiento con lo malito que estabas. No, la novela que leías ya no la podrás terminar, se quedará ahí como los pájaros de Juan Ramón Jiménez.

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;
y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas las tardes el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Por cierto, que me hubiera gustado recitarte esos versos, aunque para ti eso de los versos fuera un rollo, esa dichosa palabra, ¿verdad?; todo lo que no entendías era un rollo. Ahora ya no hay tiempo, el tuyo se acaba poco a poco, esa brizna de respiración que oigo desde mi asiento frente a tu cama; el glu-glu del oxígeno te ayuda a mantener el último hálito de vida, ese mismo glu-glú que también a mí me ha acompañado estas noches que he pasado contigo, y que a mí me recordaba un pequeño riachuelo de montaña junto a uno de tantos vivacs que he hecho en mi vida, y que posiblemente tengan su origen en ese empeño tuyo en llevarnos cuando éramos niños a veranear junto al río Alberche. El río Alberche ya no es como antes, pero aun así, allí queda, como el momento más bonito de nuestras relaciones, la infancia en la que yo aprendí a amar, acaso gracias a ti, esa Naturaleza, mi constante amante desde la adolescencia.
Qué aprendizaje el de esas noches juntos, tan silenciosos uno junto al otro; ese diálogo que nunca pudimos mantener se abre ahora desde la tarde al alba; esas historias inconexas que me contabas las primeras noches, cuando yo, con lo dormilón que soy, bien lo sabes, intentaba, muerto de sueño, pegar ojo. Y es que claro, te habías pasado todo el día durmiendo y luego, cuando llegaba la noche, te daba por hablar y hablar. Y yo te decía: anda, déjame dormir un poco, por favor; y tú nada, continuabas como en un sueño tu cháchara sin fin, esos fragmento de historias que aleteaban por tu cerebro como moscas zumbonas.
* * *
Desde que comencé esta carta han transcurrido poco más de veinticuatro horas. La interrumpí porque noté que respirabas más lentamente; dejé el ordenador a un lado y me acerqué a la cama, estabas tranquilo, pero el ritmo de tu respiración había comenzado a alterarse; ahora entre inspiración y espiración transcurría cada vez más tiempo, primero fueron tres segundo, después durante un rato fueron cuatro; yo te miraba y me preguntaba si llegaría la siguiente inspiración; en poco tiempo la espera fue de cinco segundos; a partir de entonces te oí hacerlo un par de veces, tres, y después, sin que en tu rostro hubiera ningún gesto que delatara el final, ya no hubo respiración, tu corazón se había parado. Fue el fin.
En el pasillo se oían voces lejanas; probablemente los pájaros cantaban fuera, los campos seguían a rabiar llenos de amapolas, esas bellas y sencillas amapolas que te puso Lucía sobre el pecho poco antes de nuestra despedida definitiva; probablemente el atardecer se deshacía por poniente acariciando con sus últimos rayos los olivos, el blando horizonte azulado, las algodonosas nubes que poco antes yo había admirado cuando me dirigía al hospital. Probablemente, pero tú ya te habías marchado. Ya no podrías terminar de leer tu novela, no podríamos comer los domingos juntos, ni beber ese café con anís que tanto te gustaba, ni gruñir porque la comida no tenía sal. Ya nadie podría leerte esa carta que Mario te había escrito desde su choza de cabrero y que tanto se demoró en llegar a la residencia.

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;
y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.



Y llegó el momento definitivo de la despedida. Y nos fuimos y te dejamos allá con tus amapolas, tus vilanos, las flores, el eco de aquellas palabras, que dejamos escritas sobre las tablas barnizadas de tu ataúd: adiós papá, adiós abuelo, te queremos; cosas bonitas para que entretengas tu camino de retorno hacia la tierra de la que todos partimos y hemos de regresar algún día. A partir de ahora, de tus cenizas brotarán cada primavera bellas y hermosas flores, el ciclo de la naturaleza nos recordará la muerte, pero también todo lo hermoso que la vida tiene.

Adiós, descansa en paz, te queremos.










Ha pasado un ángel



El Chorrillo, 17 de abril de 2017

Hoy tuve una de esas mañanas en que despierto, pero con los ojos cerrados, y después de haber abandonado al despertador a su suerte, vivo, durante horas, como flotando en el líquido amniótico de un puñado de sensaciones. Un caldo de cultivo que Gastón Bachelar en su Poética de la ensoñación considera el más propicio para entrar en comunión con la vida y los elementos; unos instantes que en el budismo zen llaman meditación y que en la jerga de Carlos Castaneda en El arte de ensoñar, y con su brujo don Juan a sus espaldas, constituye la llave del conocimiento. Ese tipo de corrientes energéticas que todo el mundo siente, pero que, en palabras de Castaneda, al estar todos tan ocupados como estamos con nuestros problemas y apremios, ni les prestamos atención a este tipo de sensaciones ni encontramos las condiciones para que éstas lleguen a nuestra conciencia. Vamos, el momento más idóneo del día para que uno sea objeto de alguna revelación esencial.
Desde mi cama, estirado como Tutankamon en su sarcófago, veía mientras tanto revolotear a los gorriones en torno a la hiedra que cubre mi choza donde tienen sus nidos dando saltitos entre ésta y un cerezo cercano, miraba pasar livianas nubes por el azul claro del cielo. Y las sensaciones venían y se marchaban dejando en mi retina breves referencias de la realidad que me rodeaba. Yo era un bicho más entre todos los bichos de mi entorno cuya existencia percibía a un mismo nivel de importancia, como una más de esas otras vidas, la del gorrión, la del ciruelo, la de los narcisos que están empezando a brotar a sus pies. Vidas que ocupan el espacio de nuestra parcela por unos años; vidas que engendran otras vidas. Mi existencia era una existencia entre todas estas existencias y entre las cuales yacían los restos de otras existencias en forma de montones de leña que mi mano y la motosierra talaron para calentarme en invierno junto al fuego de la chimenea; en forma de compost de restos vegetales de un huerta que poco antes era adorno y sustento de los moradores de la especie del homo sapiens que habitan este espacio que llamamos familiarmente El Chorrillo.
Ser una vida en un plano de igualdad entre otras muchas vidas me reconfortaba esta mañana. Las religiones no existían, las marrullerías políticas tampoco, las guerras eran la mayor estupidez que el hombre ha creado, las riquezas eran ese montoncito de semillas que las hormigas almacenan en sus hormigueros, no más, y los seres vivos a su vez eran bichos que nacían de los huevos, de los úteros, de las semillas, de los bulbos, vivían una porción de tiempo, algunos unos pocos días, otros meses, los más un número reducido de años y después se marchaban o se convertían en ceniza o compost con los que alguien abonaría acaso la huerta de la siguiente primavera. Verdades, como decía Castaneda, que todo el mundo conoce pero que, tan torpes somos, necesitan un instante de revelación para que se nos impongan como verdades de cajón. Y sí, esta mañana me parece mentira que para llegar a una conveniente percepción de la realidad sea necesario olvidarse de las obligaciones, las premuras y encontrar un rincón de recogimiento en el regazo de las primeras horas del día que comienza. 

Nota: La imagen de más arriba pertenece a la portada del libro de Bachelar, Poética de la ensoñación.

Mi nieto descubre la primavera





El Chorrillo, 16 de abril de 2017

Me llega esta mañana por whatsapp una foto de mi nieto sobre un prado en plena investigación de la primavera, una hierba por aquí que mamá no me deja comer, un bicho con dos bolas negras y patitas que arrastra una pequeña semilla de olmo, la caricia del sol, esa cosa tan rica que me da en la cara produciéndome un gustito tan especial. Jo, todavía no gateo, pero en cuanto aprenda se van a enterar hasta las cabras, le siento decir, esas que dan tanto trabajo a mi padre y a mi madre. He oído decir a mi abuelo desde mi cuna hablando de mí que la cabra tirará al monte. No sé exactamente qué quiere decir eso, pero me suena a que un servidor podrá hacer la competencia a las cabras en unos cuantos años. Sí, va a ser fantástico. De momento, mientras llega ese día, aquí estoy, dedicado al estudio de la naturaleza, esperando a que mis neuronas se pongan en orden, me enseñen a hablar; cosas así. Sí, porque ahora mismito todavía soy un mocoso que necesita estar colgado a la teta de su madre para estar a gusto del todo. Pero no os preocupéis, ya estoy empezando a hacerme mayor, he comenzado a ir la casita de niños por la mañana y ni siquiera he llorado. Es divertido eso de la casita de niños, aunque el primer día ya me dieron un disgusto; uno de los niños mayores me quiso quitar el sonajero y por poco me espachurra; había aprendido a andar hacía poco y cuando se acercó a por el sonaja como un borracho tropezó en la manta resbaló y, zas, se me cayó encima el bruto.
Manuel ha trepado hasta el borde de una manta sobre la hierba del prado frente a su casa y se dispone a inspeccionar el mundo que le rodea, y yo, abuelo boquiabierto frente a los misterios de la naturaleza, frente a esta criatura que hace medio año no había visto todavía la luz y que ahora contemplo descubriendo el universo, los prados, las cercanas montañas, los pájaros, la sensación de calor y frío, las pequeñas hormigas que corretean a su alrededor, las mariposas que se posan sobre las briznas de hierba, los rostros de sus tíos, tías, padres, abuelos, me siento como dentro de un enorme misterio llamado vida que no soy capaz de descifrar. Andamos por la vida de acá para allá, nombramos las cosas que nos rodean, asistimos a actos, realizamos un trabajo, crecemos, amamos, nos apasionamos, nos entristecemos... todas esas cosas que suceden a lo largo de la existencia, pero raramente caemos en el misterio de todo esto que llamamos vida. En cierta ocasión en que yo acostumbraba a salir a caminar por los alrededores de mi casa a las cinco de la madrugada, recuerdo que imaginé al padre de Manuel, mi hijo Mario, en la solitaria estancia del útero materno. Éste era el monólogo que se traía entonces mi hijo mientras flotaba cómodamente en el líquido amniótico del vientre de su madre:
"Hoy he atisbado que alguien me miraba desde el otro lado de este baño gelatinoso en donde floto; era un presentimiento, una superficie fría y cilíndrica recorría el vientre untuoso de mi madre, como si alguien que viviera en el piso de arriba tratara de seguir unos pasos aplicando el oído al suelo, una especie de aspirador que recorriera el perímetro externo tratando de detectar mis movimientos, el tac tac de mi incipiente corazón. Ha sido como despertar de un largo sopor. Ciego, aislado como estoy en el silencio líquido en donde floto, parezco estar saliendo de mi quietud habitual, lo que siembra en mí una débil inseguridad que me recorre el cuerpo como un suave cosquilleo; estado de expectación y curiosidad después de ese largo periodo de somnolencia en que he pasado tantas semanas de abandono y espera; la somnolencia que siguió a mi gestación, la débil luminosidad que atravesó mis primeras células, como una tenue estrella fugaz salida de la nada de la noche cuyo rastro dejara impreso en el espíritu un susurro de hojas, terciopelo, algo todavía intangible que rondara la incipiente constatación de empezar a ser una vida más en algún universo todavía por concebir en la estrecha cavidad de mi pensamiento. Porque desde dentro de mi inquietud comenzaba a ser consciente de que algo debía de existir a mi alrededor más allá de la oscuridad y de la viscosa sustancia en la que flotaba; fue así que imaginé que al otro lado de la oscuridad y del silencio se movían otros seres, otras sustancias, acaso un medio más sutil en donde en algún momento podría desplazarme libremente. Después de la experiencia de la mañana tengo curiosidad por saber qué hay más allá y qué sucederá conmigo en los próximos días; tras aquella sensación de estar siendo observado, ese presentimiento de unos ojos que escrutaban a través de la distancia mis constantes vitales, siguió la paz habitual, ese ligero vaivén como de alguien que estuviera flotando en una cuba de vino."
La vida, como el fuego de una antorcha que pasa de uno a otro soporte sin consumirse, pero dejando atrás las cenizas sucesivas en las que fueron prendiendo a lo largo de los años otras existencias; mi bisabuelo muerto que pasa la llama de la vida a mi abuelo fallecido; y éste a mi padre. Todos ellos muertos, pero encendida la llama que pasó a mí, que pasó a mi hijo, que pasará a nuestros nietos y biznietos. Y yo me iré y se quedarán los pájaros cantando, pero la llama de la vida, nuestra vida en cierto modo porque en la nueva vida vibrará parte de nuestro yo y de nuestros ancestros, seguirá prendiendo y prendiendo... ¿Qué mayor misterio que éste de morir y seguir viviendo en la sustancia de otro ser?
¿Y qué mayor misterio que ser concebido y, ciego y aislado en útero materno, sentir los latidos del corazón de la madre, el frío dispositivo de un estetoscopio?, ¿y la incógnita de nacer?, ¿y qué mayor misterio ver ahora a mi nieto nacido, cierto, según un perfecto esquema biológico cargado de razones lógicas, pero que en esencia mi cerebro no necesita comprender, gatear por la hierba a la caza de una hormiga, ajeno totalmente a todos esos perifollos que nos montamos los humanos haciendo de la vida algo complicado, pero seguro de sí mismo, ya mismo, de las pequeñas esencias de la existencia: el calor, el frío, la naturaleza, el acto de comer y defecar, la paz de yacer en el regazo materno, el calor de otro ser humano rozando su piel, la dicha de descubrir el universo que le rodea, el gusto de aprender cosas nuevas, el placer del juego y de satisfacer la curiosidad?

Así que ahí está Manuel en medio del misterio que me rodea esta noche, una de las cosas más incomprensibles del mundo, apenas aterrizado de la nada creciendo día a día, aprendiendo, haciendo amistades con los insectos de un prado. Sí, todos hemos estudiado alguna vez biología, pero eso no explica realmente la existencia de un nuevo ser a un abuelo que mira con ojos de plato con profunda admiración este misterio que es vivir. 

Galayos... "siento que sigo viviendo"






El Chorrillo, 14 de abril de 2017


Por cierto, y antes de que termine este catorce de abril: ¡Salud y república!

Estoy en el prefacio de Fahrenheit 451, de Bradbury. "Yo no escribí Fahrenheit 451, él me escribió a mí", dice el autor. Levanto la cabeza de mi libro y me quedo pensando, miro a través de la ventana de mi choza, muy lejos, la difusa silueta de Gredos, en donde en días muy claros se identifica perfectamente el valle diagonal que sube hasta Mira dejando a la derecha el farallón de los Galayos. Los Galayos no puedo distinguirlos pero me los imagino bien, no en vano fueron mi escuela de vida durante un puñado de años. Busco un sujeto que escriba por mí esta tarde, algo, alguien que hable por mí. En la novela de Bradbury quien escribe por el autor es Montag, un bombero, parece que el encargado de la quema de miles de libros; todavía no los sé.

Llevo días que de tanto en tanto me encuentro con unas pocas líneas de David De Esteban en su perfil de Facebook que me llaman la atención; en una de sus últimas entradas un niño que le pregunta: "Profe, ¿tú crees que el cielo existe?, y éste contesta: ¿Te gusta jugar al fútbol con los amigos? Sí, me contestó. Pues eso ya es el cielo… ¿Mamá te da un abrazo todos los días? Sí… ese cielo debe ser precioso… ¿Quieres mucho a los amigos? Sí… eso es fantástico, tener amigos, cuidarlos, divertirse con ellos; eso se debe parecer mucho al cielo…" En otra entrada muestra una fotografía, él mismo cubierto por el ropaje de la ventisca sobre la cumbre del Cotopaxi, y bajo ella, con cierta nostalgia, escribe: "Sigo escalando… me enfrento diariamente a unas vías “a vista” que difícilmente encadeno. La edad y las limitaciones me han hecho bajar aún más el ya de por sí grado amable al que me enfrentaba... Entreno para saber vivir nuevamente agradecido, para ver el verde cuando en mi cabeza solo se reproduce el gris y creo que sí, creo que aunque no encadene, aunque mis dedos se quejen doloridos y el aire de mis pulmones ya no alimente sueños de altura, siento que sigo caminando, escalando y contemplando… siento que sigo viviendo". Y por último una entrada de hoy mismo encabezada por una toma en que él, Tomás Mesón y José Castillo escalan, me parece, el diedro del Gran Galayo... "Una sencilla llamada telefónica hizo saltar la chispa… pocas horas después, subíamos lentamente por el carril camino del Galayar, ese paraíso cargado de historia".

No es la primera vez que siento como mía esa afirmación de Bradbury de que uno no escribe a veces apenas nada, que lo que en realidad sucede es que somos sujetos obedientes de algo que se nos impone, como si los dedos de quien escribe fueran elementos mecánicos a disposición de una idea, un impulso, un recuerdo intenso. Cuando estas cosas suceden es perfecto; uno se ve empujado por ideas, párrafos, situaciones que parecen trabajar a su aire bajo la presión de una idea, un recuerdo, una pasión indiscutible. Así que dejo mi libro a un lado, enciendo el portátil y presto oído a las voces que puedan dictarme lo que he de escribir. Escucho. Y entonces, a través de Tomás o David, los Galayos, abriéndose paso en lo profundo de un sueño que se prolongó durante décadas, seres, amigos, compañeros que viven aferrados a la conciencia como parte del hombre de carne y hueso que somos, se me aparecen hermosos como dioses rejuvenecidos con la vestimenta y el color de hace... sí, muchos años. De golpe quisiera estar en ese diedro, en esa canoa, en esa cumbre de Ecuador, en la este del Pájaro, en la oeste de la Amezúa, en el diedro de la María Luisa, en la sur del Torreón. Días atrás le comentaba a Francisco Sánchez que cuando hablaba de Gredos, de un Gredos de hace cuarenta años o más, hablaba de un paisaje que acaso no tuviera que ver con el Gredos en cuyas laderas él vive; que de lo que yo hablaba era de un paisaje y unas montañas que acaso pertenecen al ámbito del alma y que sólo de refilón guardan relación con aquellas moles de granito que hoy adivino al atardecer en el perfil de la línea de las cumbres de Gredos.

Original tomado de David De Esteban Resino

Observo día a día en las redes, donde coincidimos veteranos amantes de las montañas, que el que más o el que menos, y pese a los años, sigue teniendo encima una pequeña borrachera de añoranza montana, que se prolonga y se enriquece con eso que el profe David le dice a su alumno: tener amigos, cuidarlos, divertirse con ellos; los dedos se nos hacen huéspedes tratando de recuperar también un trozo de ese cielo, de sacar de los refajos de la memoria las pequeñas perlas que cristalizaron en los años más intensos de la vida cuando la pasión por ascender un corredor o escalar una gran pared debía de cumplirse sin demora el siguiente fin de semana, el siguiente verano en los Alpes o Pirineos.

Pero acaso no sea de esto de lo que quería hablar, sino de ese regusto que me sube por dentro cuando leyendo a un compañero sus palabras aventan dentro de mí la hojarasca de un otoño pleno de valles, paredes, bosques, lagos, momentos precisos enquistados en la memoria, que al empuje de las palabras se elevan por los aires como vistosas mariposas que me recordaran la belleza de una existencia dedicada a la montaña. Uno quisiera ser escrito por sus montañas preferidas, sus largas marchas a través de cientos de senderos recorridos durante medio siglo, pero a veces no es posible, la cosa no depende de uno y entonces no cabe otra cosa que esperar o recurrir a alguna idea que quedó flotando en el aire mientras te tomabas un respiro en un collado de los Alpes Julianos, pongamos por caso. Allí reflexionaba hace tiempo sobre alguna de estas cosas que me sugieren las palabras de David: "...siento que sigo caminando, escalando y contemplando… siento que sigo viviendo". Quizás la memoria y la interpelación por los porqués que vibran dentro de uno ayuden a saborear con más delectación la sabrosa fruta de la vida.

Repantigado en el collado de Giramondopass me tomaba entonces un respiro al sol frente al magnífico espectáculo de las montañas que me rodeaban, cuando me dio por filosofar;  se me ocurrió que las montañas de enfrente eran hermosas, pero que en realidad eran ajenas a eso que yo invoco a veces cuando hablo del amor a la montaña. ¿Qué queremos expresar cuando decimos que amamos la montaña?  Todas las que tenía delante de mí, atractivas, acaso deseables de subir... me preguntaba cuál era realmente mi relación con esa parte del mundo que tenía enfrente. ¿Qué es eso que tanto invocamos los amantes? En ese momento no sabía realmente qué era eso que tanto nombro, ¿afecto, cariño, amor? Y tumbado allí, desfallecido después del segundo collado subido esa mañana, dos mil y pico metros acumulados con un importante peso a mi espalda, se me ocurría que acaso el objeto realmente de mi amor sea yo mismo y que la montaña, el esfuerzo por alcanzarlas, el peligro de subirlas, sean sólo los medios que mi cuerpo y mi mente usan para probarme a mí mismo, para ejercitar mi voluntad o la puesta a punto de mi organismo. Pero acaso no sea ni lo uno ni lo otro y el meollo del asunto quizá tenga que ver con la interacción, la síntesis que se produce en el encuentro con la montaña, todo esto que se manifiesta en mí cuando me muevo en ella. De parecida manera a como de la interacción del aire y del águila nace algo nuevo que es el vuelo, de la interacción del hombre con la montaña podríamos inferir que surgen esos sentimientos de sintonía con la naturaleza, que hacen que identifiquemos a éstas con algo que amamos, cuando acaso lo que realmente amamos es a nosotros mismos, siendo la montaña el medio, de parecida manera a como lo es el aire para el águila, mediante el cual  nuestro yo se experimenta a sí mismo, muestra su arrojo, se vive con intensidad. Lo cual produce un no desdeñable grado de felicidad y satisfacción.


Recuerdo aquel día y creo poder asegurar que las formas de las montañas en sí mismas no me producían ninguna emoción en especial; me podían gustar más o menos, pero ahí terminaba la cosa, por lo menos en ese instante. Otro cantar sería si me hubiera propuesto subir alguna de ellas y ello implicara poner en juego por mi parte un coraje y una preparación algo especial, en cuyo caso esa montaña dejaría de ser la cosa objetiva que tengo delante como objeto bello e impersonal para convertirse en objeto de mi reto. Será en el hecho de escalarla cuando surja una especial relación entre la montaña y el que la escala. Eso nuevo, el reto, la dificultad, lo que sucede entre las montañas y nosotros durante la ascensión, y también lo que quedará engastado en la memoria en consecuencia, es quizás eso que llamamos amor a la montaña. En realidad puede que se trate de un amor a las vivencias que se han tenido en ellas, a esa parte de uno mismo que pusimos en juego cuando las escalamos. 

Amamos lo que hacemos, nuestra capacidad de sufrimiento, la plenitud que nos proporciona nuestra actividad en ella... Caminándola, recordándola sentimos que seguimos vivos. 

La fotografía de cabecera pertenece a http://carrildelosgalayos.blogspot.com.es/

Galayos, a la derecha, desde mi choza, 114 kms. en línea recta.

Remontando las aguas del Amazonas III





El Chorrillo,  13 de abril de 2017

Amazonas. La gran Loretana

Cambiamos de barco en Tabatinga. Por la tarde mi hamaca se asomaba al río balanceándose desde el proscenio de La Gran Loretana, el barco con el que continuaríamos el trayecto hasta Iquitos. Al otro lado del río se veían las luces de Leticia y Tabatinga. El pequeño poblado de Ramón Castilla, cuatro casas en donde ondea la bandera peruana, se levantaba, con sus techumbres de cañas y hebras vegetales, por encima del talud de la orilla. Las casas, alzadas como palafitos sobre pivotes de madera, formaban un par de filas por el medio de las cuales corría un camino de piedra; calle principal y única a donde se asomaban dos tiendas, la oficina de la aduana, la escuela, la barraca de la policía federal, un par de restaurantes y unas pocas viviendas. Junto a una de ellas habíamos charlado con tres críos que hacían sus deberes desnudos ante una mesa de tablas.
En Tabatinga, nuestro último contacto con Brasil, habíamos tenido el tiempo justo para recoger el correo. Aunque sólo fuéramos viajeros de ocasión, puros señoritos, curiosos de esta tierra llena de agua, no por ello nuestra sensibilidad dejaría de empaparse de ese algo que tiene la facultad de hacer sentir al cuerpo —bendito cuerpo, bendito aire, noche, lluvia—, el sabor íntimo de las cosas de este mundo. El río se acaparó del tiempo, lo embrujó con los reflejos del crepúsculo, con el estertor de la sirena, con las virtudes múltiples de la hamaca meciéndose en el espacio último del viaje como quien se ríe de las prisas de este siglo; lo embrujó, lo secuestró y ahora ya no existía el tiempo; veíamos suspendidas las nubes blancas del azul ligero del cielo, mirábamos jugar a los bopos al atardecer, hablábamos sin que por primera vez en muchos años sintiéramos la necesidad de saber qué haríamos en el momento siguiente.
En momentos como aquellos —¡ah, la hamaca! de noche, las luces como pececillos tiritando en la superficie del río— uno parecía visitado por el don de la ubicuidad. ¿Cómo expresar lo que se siente sin cansar a quien nos pueda estar leyendo? Porque no quiero seguir escribiendo sin volver a hablar de la noche, de la hamaca, de la brisa fresca que dejó la tormenta de la tarde sobre la superficie del río Solomoes. Mi mente limitada no sabía encontrar elementos diversificadores en la calma de la tarde, pero es que estando tan lleno de estas cosas era una lástima no dejar testimonio de ello. Sucedía como cuando uno se encuentra ante un motivo fotográfico de excepción, se pierde la noción de la medida de las cosas y las tomas siguen a las tomas ininterrumpidamente como si la saturación de la misma imagen sobre el fondo oscuro de la cámara fuera la manera que elegimos para confesarnos nuestro gozo estético de manera repetida.
Nuestra azotea de hierro era habitada esta vez por tan sólo tres pasajeros más; un gran toldo nos protegía de la humedad de la noche. La paz de la tarde venía también hoy de la mano del abultado número de cartas que leímos, una vez hubimos montado nuestro campamento en torno a las hamacas del puente de popa.
Mientras terminábamos de leer la correspondencia bajo el cono de luz que oscilaba por encima de nuestras hamacas, habíamos notado que el barco describía extraños y reiterativos giros en el río; las luces de Leticia y Tabatinga, que lógicamente deberían aparecer por popa, tanto las veíamos por proa como a estribor o a babor según las momentos. En un principio, abstraídos como estábamos con el correo, pensamos que se trataba de otra población, cosa, por otra parte muy improbable, pero que servía a la razón para no abandonar el hilo encantado de la lectura. Era una noche muy oscura en que no había otras referencias que esos restos luminosos; el manto de agua no se llegaba a distinguir de la orilla, los árboles de la ribera eran una masa oscura e indiferenciada que se confundía, engullida por la noche, con el telón de fondo del cielo estrellado. El ruido de los motores se asemejaba al de un automóvil al que le resbalara el embrague. Terminamos por saltar de nuestras hamacas y bajar al puente de proa para averiguar lo que sucedía. A estribor, sobre una plataforma que caía directamente sobre el río, un marinero lanzaba la sonda y gritaba la profundidad al maquinista: tres, cuatro metros. En aquel instante la popa coleteaba peligrosamente a menos de cinco o seis metros de la orilla. Durante más de una hora el barco subió y bajó con extrema lentitud la corriente del río buscando aguas profundas; parecía como si aquello no tuviera salida, en todas las direcciones la sonda no superaba esos tres o cuatro metros que continuamente gritaba el marinero. La totalidad del pasaje, asomado a las barandillas, no perdía detalle de la situación. Cuando en algún momento el marinero gritó: ¡seis metros!, hubo un respiro, el barco giró ligeramente a babor, descendió siguiendo la corriente del río y luego enderezó hacia la otra orilla por unas aguas cada vez más navegable.
Sólo cinco hamacas en el puente de popa. El sonsonete de los motores acunaba el principio de nuestro sueño; la luna, débil, salía ya tras una cortina de nubes, hacía surgir algunas sombras en el mate plano de la noche en donde sólo el vibrar de los motores y la oscuridad existían. Ya no era el sopor ni el calor húmedo de anteayer, un fresco apacible corría por cubierta.
Desde que empezó a clarear todo tuvo la forma de un sueño, llovía fuerte, oía ruido de motores y la sombra de otro barco junto al nuestro tenía aspecto onírico. No estoy seguro de si existió en la realidad, lo percibía como un sueño. Despertar lejano con un fuerte dolor reumático en el hombro y brazo derecho. Sonaba repetidamente la sirena, la orilla había desaparecido tras un telón de niebla y agua. Las percepciones se movían al ritmo del balanceo de la hamaca, un tic tac que marcaba con su cadencia un no sé qué de espacio intemporal en la madrugada. Había amanecido pero nadie se movía de su chinchorro, encogidos como yo en un alba de plomo, gris, lleno de una lluvia persistente que teñía de misterio el cuadro entero del día que comenzaba. El río se ensanchó hacia popa; muy lejos, la línea de los árboles, muy débil, se desdibujaba hasta fundirse con el perfil marino del río. El viento golpeaba los toldos deshilachados que cubrían el puente de popa. Tenía algo de buque fantasma aquel armatoste de hierro.
Las horas pasaban extremadamente lentas por la mañana; el ronroneo, sistemático, cadente, ajeno al tiempo, indolente, pesado, se hacía patente en medio de un calor cada vez más agobiante, sin brisa que aliviara la pesada calma del momento. Me había despertado con un sol en los ojos que levantaba de la copa de los árboles y caía directamente sobre estribor como una caricia matinal. Despertar y haraganear en la hamaca después de ocho horas de sueño sin cambiar de posición, sin moverme, sin una mala molestia después de tanto tiempo tumbado, era un regalo. Defiendo mis ojos tras la sombra del extremo de la hamaca que está prendido de los hierros de la toldilla, me voy desprendiendo poco a poco de las prendas que tengo encima, la capa de plástico, que me aislaba de la humedad, el gabán de algodón que me compré en Mérida por quinientas pesetas como recurso contra el frío, el chubasquero que adquirí para ir a Los Nevados, un par de calcetines, los pantalones largos, y vuelvo a estar tranquilo mirando al río, repantigado en la calma chicha de la hora. El calor terminó por echarme de allí, bajar al baño, quitarme las legañas, hacer estiramientos junto a un chaval que me observaba intensamente con esa mirada descarada que tienen los críos del todo el mundo. Le mantengo la mirada, se sonríe, me pongo de rodillas en el banco tapizado de cuero, estiro: dejo mi cuerpo en condiciones de encontrarse con el nuevo día. Hoy toca olfatear arriba y abajo del Perú para ver dónde mi instinto perruno quiere echar sus meaditas preferidas. Las tenía enumeradas en una vieja guía que compramos hacía años en Bolivia, Backpacking in the Andes; la Cordillera Blanca, el Huascarán, el Sendero del Inca en los alrededores del Machu Picchu. Las montañas y los glaciares sustituyeron de inmediato al río, el señor del día y la noche de entonces, y me entraron unas repentinas ganas de caminar; Dios, caminar, caminar, qué deseo de encontrarme con las montañas; la vuelta a los orígenes, a una semana de barco otra semana de cumbres y esfuerzos, pasos cercanos a los cinco mil metros, largos valles, otra manera de estar conmigo.
Se me ocurre que la vida puede ser eso, muchas maneras diferentes de estarse con uno mismo. El viaje, y dentro de él esta calma sedante del río; y, además, el afán de caminar y de mirar. Poner al organismo en condiciones de ser estimulado. El río y la montaña eran dos maneras diferentes de alcanzar ese estado de hacer. La fertilidad de los estados de autoconciencia en contraposición con aquellos en los que apenas se destila la preocupación biológica por superar el aburrimiento. Mi estar conmigo mismo era columpiarse entre la conciencia racional y el abismo de nuestro escurridizo ser interior, un punto privilegiado de observación en el que la realidad y nuestro yo encuentran las mejores condiciones para acrisolar y sintetizar su esencia.
Vivir rodeado de actividades inocuas, atender sistemáticamente a los asuntos de intendencia, me alejan de mí, me deshumanizan. La población de esta parte del Perú hace la vida en el río. Su vida parece transcurrir en una ocupación continua; economía de subsistencia acompañada de una numerosa prole. El hombre necesita un espacio en donde encontrarse y poder decidir sobre sí mismo; algo muy diferente a eso otro de verse empujado por los acontecimientos que nos van echando encima los días a lo largo de nuestra vida sin dejarnos respiro para decidir.
La actividad que deba avenirse con mi yo, cualséase, que dirían los antiguos, tendría que cumplir la ineludible condición de tener a ese yo como referente, no la alienación que supone el transcurrir de los años sin que seamos nosotros los que decidamos sobre el cúmulo de circunstancias que nos conciernen.
El barco se detiene a recoger cajas de pescado junto al talud de un poblado; alternancia de calor sofocante con la brisa de la vuelta al río. Alternancia de ritmos. También esto debe ser un constitutivo necesario en los esquemas del cerebro; la frescura de la alternancia, cambio de ritmo como en la música, no vaya a ser que un exceso de autoconciencia atasque los imbornales de cubierta y con la lluvia nos vaya a llegar el agua al culo.
Por eso que ni siempre montaña, ni siempre río, simplemente que no falte el alivio de reencontrarse con cierta frecuencia y, sobre todo que no nos olvidemos de los ratos de locura. Ponga usted un rato de locura en su vida y el cuadro quedará completo. Ahora, ojo al canto: atención a la sonda. El río se ensancha hasta convertirse en un inmenso lago salpicado de islas; pura arena, aguas someras por tanto, máquinas al ralentí y un marinero lanzando la sonda a cada momento, no vayamos a dejar encallado este trasto en un ramalazo de locura y velocidad. Hacia proa se oía la voz del marino: hondo, siete, ocho, nueve, hondo, hondo. Seguimos navegando.
Perdí la noción del tiempo por un rato. Arropado y mecido en el sitio de siempre, leía Historia de un náufrago, de García Márquez. Casi tenía que hacer un esfuerzo para salir de la balsa que flotaba en el Caribe. Relato verídico, escueto, sin concesiones literarias. Llega la noche y los aviones de rescate no aparecen; hay un silencio infinito junto a la balsa. Y levantaba la vista y volvía a ser consciente de dónde estaba, el río, la brisa, un rebaño de nubes ligeras campando en el horizonte. Sopor de siesta bajo la toldilla, sólo Victoria y yo no dormíamos. Cremosa lentitud, calor; desde hacía día y medio el agua se había vuelto oscura y espesa, la bandera peruana ondeaba perezosamente en el pabellón de popa; cabañas de techumbre de palma, algunas garzas, los cayucos de siempre... y calor, mucho calor. Y bajo la toldilla un naufragio y poco más; a mi derecha Victoria leía a Rómulo Gallegos, el episodio aquel que narra cómo el llanero, cabalgando en la noche, enciende el cigarrillo con un ojo cerrado para que el deslubramiento del fósforo no le impida seguir cabalgando una vez que éste cuelgue encendido de la comisura de los labios. Leer: estar aquí, pero estar allí, la simultaneidad de los mundos y las ideas; mundos que yo elegía, el trabajo de deslizar mi mano y decidir entre la oferta de las estanterías qué tipo de historia quería vivir hoy o mañana; y así saltar de Cuba, de los versos musicales de Nicolás Guillén, a los Llanos de Venezuela; a un rincón de España de la mano de Galdós, ayer; al Caribe, hoy, con García Márquez; a Macondo mañana; a Méjico con Rulfo, que no resistí dejar de comprar antes de poner este gran río entre una librería y la siguiente. Y una vez recuperada la conciencia de mi lectura —el náufrago en su primera noche— con un vistazo a este bloc, volver al Caribe, ver, constatar en qué para el camino hacia la supervivencia.
A las cuatro y media de la tarde, cuando el calor en cubierta volvía a ser asfixiante, el náufrago llegaba a tierra y seiscientos hombres lo llevaban en andas hasta las puertas de la civilización. Y todavía nuestro barco seguía incansable su ancho camino de agua, aproximándose poco a poco hacia la hora del crepúsculo. Y junto al camino de agua seguían creciendo árboles y chozas y barcas de pescadores. Todo continúa igual que antes del naufragio, sólo apenas hacía un rato.
Después, la tarde transcurrió en un placentero espectáculo de luces que se desplegaba frente a la proa poco antes del crepúsculo. Y al cabo, envueltos ya en la oscuridad, la tormenta, inflada y ventosa rompiendo con toda su fuerza contra el barco. Los pasajeros habían evacuado el espacio de la toldilla bajo el puente de popa ante la amenaza del temporal, las ráfagas de viento y agua llegaban a todos los rincones. Victoria y yo decidimos quedarnos allí, sin embargo; el insólito espectáculo de los truenos rompiendo contra el río y la selva era digno y hermoso. Sólo un pequeño rincón quedaba a salvo del agua. El motor, con su bronco rumor de máquina, asumían el papel de los contrabajos en la sinfonía de la tormenta, melodía arrafagada en medio de la noche que se terminó de echar encima en un santiamén en el momento en que empezaron a sonar los primeros relámpagos.

Y llegamos a Iquitos a la una de la madrugada. Y le caímos bien al patrón del barco y nos dejó pasar la noche en nuestras hamacas hasta el amanecer. Poco después del mediodía tomábamos un vuelo con destino a Lima.


Puerto de Iquitos