Alguien está pensando por nosotros





El Chorrillo, 8 de mayo de 2017

Escribir sobre temas controvertidos me ha deparado días atrás lluvia de piedras en algún foro y algún que otro elogioso comentario, pero sobre todo me ha ayudado a comprender mejor algunas cosas que surgieron parloteando en las redes. Cómo escribir obliga a pensar, que decía el otro día Borrell presentando su último libro Los Idus de Octubre, voy a tratar de enterarme yo mismo de qué es lo que pienso. El conocimiento de la realidad se presenta a veces como un laberinto donde reina tan espesa niebla que hace difícil la orientación, especialmente porque uno tiene que quitarse de continuo de encima ya sean prejuicios personales, ya sean opiniones que, aupadas por los medios, generalmente más reaccionarios, han logrado status de verdad en una numerosa audiencia. Desbrozar nuestros prejuicios, las ideas que siempre hemos sustentado para mirarlas a la luz de un claro de luna, puede obrar milagros en nuestro entendimiento. Días atrás discutía con algunos compañeros de redes sobre el término coherencia que parece invitaba a algunos a santificar de por vida las ideas que uno adquirió en la temprana infancia, so pena de ser llamado chaquetero en caso contrario. Acaso precisamente de lo que se trata es de pasar de continuo por la criba de nuestro pensamiento un montón de esas verdades que se nos han enquistado en el cerebro hasta el punto de que lleguemos a defenderlas cuando acaso ya nos hemos olvidado de las razones que las sustentaban. Cambiar de chaqueta, como dicen algunos, si ello implica llegar a conclusiones diferentes a las que teníamos en un tiempo anterior, puede ser un ejercicio personal muy saludable.

El ejercicio que propongo hacerme tiene relación con la manera en que lo que pensamos hoy, nuestra ideología, nuestra posición frente a problemas sociales y políticos, se ha instalado en nuestro cerebro con la fe ciega del devoto que, sin necesidad de recurrir a argumentos llega al conocimiento de la verdad por vía de un "algo", que no sabemos todavía en qué consiste, pero que nos vuelve feligreses incondicionales de verdades inapelables. Algunos ejemplos para concretar. Así, Venezuela, ¿de dónde viene esa fobia estomacal hacia los dirigentes de un país que vive una situación tan lamentable como Venezuela? La explicación: ¿cuántos platos soperos hasta los bordes de venezuelas nos han servido en el último año los medios, los políticos de derechas, el sursuncorda?, ¿quiénes y con qué fines han saturado nuestros oídos y nuestros ojos con una insidia propia de una vergonzosa sinvergonzonería? Hasta sobre Melenchón ha llegado a caer el estigma de Venezuela. ¿Resultado? Más de medio país, que no tiene tiempo de enterarse de lo que realmente sucede en Venezuela, ya tiene en el cerebro un buen elemento para querellarse, por ejemplo, contra Podemos, objeto final de toda esta campaña propagandística.

¿Quién piensa por nosotros?, preguntaba el otro día Alberto Garzón en un tuit, cuando se planteaba la razón de que sepamos tanto sobre Venezuela, a miles de kilómetros de España, y tan poco sobre Portugal.

A veces pueden acontecer hechos ilustrativos, por ejemplo en estos días posicionarse por Macron o Le Pen se ha convertido en el deporte favorito del status quo. Si no votas a Macron irás al infierno, con todo lo que significa esa opción política. Ah, pero si lo haces por Le Pen ya eres un neofascista condenado a la hoguera. Lo que parece cierto es que casi siempre navegamos por la superficie de las cosas, leer artículos y ensayos a fondo es algo que no se estila; lo que sí se estila es no pasar de los titulares (que con frecuencia nada tienen que ver con el contenido) y darse por enterado; no tenemos tiempo para profundizar ni en los asuntos ni en los conceptos ni en las ideas. Por ejemplo, apuesto a que muy pocos en este país de los enemigos declarados de Le Pen se leyó su programa. Yo probé días atrás y, haciendo de tripas corazón y refrescando el francés que aprendí en el instituto, tuve la valentía de leerlo. ¿Resultado? Pues bueno, alguno se escandalizará de lo que digo, pero allí encontré, de entre ciento cuarenta propuestas, muchas más de una cincuentena por las que votaría con lo ojos cerrados, asuntos sociales, temas fiscales, alguna cuestión económica que cualquier partido de izquierdas adoptaría. No es para hacer una apología del programa de Le Pen, faltaría más, pero alumbra lo que quiero decir desde el principio. Para nosotros hubiera sido más útil discutir punto a punto el programa que tratarnos como gilipollas poniendo de continuo tras las palabras de Le Pen los calificativos de xenófoba, fascista, etc. No es intelectualmente correcto que nos relacionemos con las ideologías o los programas de esta manera. El método huele a eso, a que alguien está tratando de pensar por nosotros.

Los medios nos han rociado durante semanas con el agua bendita que nos proteja de ese "neofascismo" y ahora todos estamos a salvo del pecado. ¿Cómo se conforman nuestras ideas en el día a día de la política? ¿Usando nuestra capacidad de análisis? ¡Ya!, unos pocos, posiblemente. Me atrevo a afirmar que un porcentaje alto de lo que pensamos como nuestro no es más que el resultado de las cosechas que recogemos día a día en los medios o en el foro de nuestros compañeros de militancia o afines a "nuestras" opciones políticas. En Guerra y paz,  de Tolstoy, el autor recrea una situación que ilustra lo que digo. Es una lectura antigua y lo recuerdo someramente; sucede que en algún momento importante de la situación política en Rusia, los periódicos dejan de salir, no recuerdo por qué causa. El alto mundo, los cenobios, las reuniones sociales languidecen durante ese tiempo a falta del parecer de esos pequeños grupos que llamamos creadores de opinión. Me atrevería a decir que lo que hay detrás de muchas opiniones son las opiniones de tales medios o tales periodistas o tales dirigentes políticos.

En estos días los de Sánchez demonizan a los de la Gusana Díaz, los de ésta a los primeros, en otros momentos los de Iglesias y Echenique a los de Errejón, la derecha francesa a los partidarios de Le Pen, ésta a... y así indefinidamente. No son las ideas ni los argumentos los arietes de la confrontación. Tantos envueltos en un estúpido juego en que entramos a quemarropa posicionándonos y discutiendo como si de lo que se tratara fuera siempre de meter goles en la portería del equipo contrario. Cuando uno ve estas cosas se le ocurre que la manera en que este ambiente nos convierte a cada uno en un soberano tonto el culo es lastimoso.

Si a todo esto añadimos a esos personajes que en las redes sociales dogmatizan, estigmatizan, o se ríen cínicamente de todo tipo de  personajes de la política con el solo ánimo de hacer la gracia correspondiente blandiendo un cinismo y una ignorancia que debe de hacer gracia a sus oyentes, el cuadro termina siendo penoso. Me encuentro con frecuencia en las redes personajes tan lisonjeramente reaccionarios que me admira que ellos mismos no se den cuenta del ridículo que hacen cuando cómodamente sentados reparten aquí y allá sus "verdades de cajón", esa gente que con la irresponsabilidad y la ignorancia propia de los que están de vuelta de todo, cuando aún no han ido a ninguna parte (Antonio Machado, dixit), dejando de continuo sus cagaditas en los facebooks y similares.











Definición de coherencia




El Chorrillo, 5 de mayo de 2017

Cuento aquí la "historia" de un curioso desencuentro sobre ese concepto tan escurridizo hoy día que llamamos "coherencia". Es un post bastante aburrido que me he visto obligado a escribir entre otras cosas para aclararme yo mismo sobre el término. Mi agradecimiento a Santiago Pino, José Manuel Vinches y a X por la ayuda que han supuesto sus comentarios. El asunto arranca de una entrada de mi amigo Santiago Pino en Facebook en donde se hablaba de Jorge Verstrynge como de un degenerado capaz de transitar de por vida por terrenos tan dispares como la extrema derecha, Alianza Popular, PSOE, Partido Comunista y, por último Podemos. El articulo lleva el significativo título de La cabra siempre tira al monte. Las entrañas fascistas de Jorge Verstrynge; se trata de un panfleto dedicado a hurgar en el pasado de este personaje con la obvia intención de descalificar a Podemos y a Pablo Iglesias con quien coincide frecuentemente en el programa La Tuerka. Presentar a este personaje colocando en el frontispicio del artículo su imagen junto a la de Iglesias da una idea de por donde van los tiros del columnista.

Ni entro ni salgo en su defensa, pero confieso que me cae simpática la tanta volatilidad de este personaje, profesor de ciencias políticas, que es capaz de evolucionar (digo evolucionar) desde un extremo del espectro político al lado de Fraga hasta venir a parar en las cercanías de los círculos de Podemos. Y me gusta, con más razón, cuando siendo preguntado una vez en La Sexta por la razón de sus tantos cambios ideológicos, respondió con un "porque me salió de los cojones". Una respuesta que me pareció lindísima porque, dirigida a una audiencia acostumbrada a nacer con la pila bautismal en la cabeza y morirse bajo el hisopo del cura párroco, una humanidad que apenas evoluciona en sus concepciones religiosas o políticas a lo largo de sus vidas, no llegará nunca a comprender que la incoherencia, vista como concepto conductor e instigador de la trayectoria de una vida, constituye uno de los grandes arietes con que el individuo a lo largo de su vida va derrumbando, arrumbando viejos conceptos, avanzando para posicionarse día a día allí donde su inteligencia y sus conocimientos lo van llevando. Si Einstein o Newton no hubieran cambiado sus ideas respecto a los primeros conocimientos de física que aprendieron en su juventud, si Darwin no hubiera cuestionado sus primeras creencias sobre el origen del hombre, si... Y en otros planos lo mismo, querer desprestigiar, por ejemplo, a Miguel Ángel Revilla porque en su primera juventud fue falangista se me antoja del género un tanto estúpido. Querer lanzar a los fuegos del infierno a alguien que fue católico en su niñez porque ahora es ateo convencido, querer anatemizar a éste o aquél porque a lo largo de los años cambió de parecer, de ideología, de religión es pasarse de listo y no comprender que la capacidad que tiene el homo sapiens para evolucionar no proviene sólo del campo del automatismo de la biología, sino también del uso de la inteligencia y la reflexión.

De este guisa fueron los comentarios que siguieron en torno al artículo sobre Verstrynge:

S introduce su entrada así: Las extrañas andaduras de este curioso personaje Jorge Verstrynge, desde el neofascismo a podemita.

Yo. Tener huevos para reconocer que uno se ha equivocado o para ver la realidad de otro modo no los tiene todo el mundo. Más bien se me aparece como un gesto de coherencia. Yo cuando era jovencito era católico apostólico romano y ahora soy un ateo convencido. ¿Crees que por eso debo ser destinado a los infiernos? Los medios buscan vender y lo hacen muchas veces a costa de hacer submarinismo en el morbo, algo que por otra parte casi siempre esconde espurios intereses.

S. Lo de este hombre no es pasar del catolicismo a ser ateo, es que ha pasado por todas las religiones que hay en el mundo. Lo cual para mi no es muy coherente.

Yo. Ser monoteístas de por vida es algo contra natura, S. La gente madura con el tiempo. :-)

A partir de aquí interviene un nuevo comentarista:

X. El señor Verstringe pertenece a esa fauna política de los verdaderamente marxistas... marxistas de Groucho Marx: "estos son mis principios... si no le gustan, tengo otros!".

Yo. Bueno, no se necesita ser muy listo para comprender que dado que no hay verdad absoluta que valga no está del todo mal usar la vida para que cada uno pueda sacarle el mejor gusto que le plazca.
Un cocido con un poco de Karl, otro con un poco de Groucho, un poco de tocino, chorizo, etc, a lo mejor resulta más sabroso que los garbanzos a palo seco. Eso o dejar de ser uno mismo de vez en cuando para hacer de otro, que tampoco estaría mal. La afición por demonizar os pierde a muchos.

X. Un matiz, una cosa es la evolución personal, sujeta a la coherencia, y otra bien diferente el chaqueterismos y el oportunismo... y ese señor, después de ser la mano derecha de Fraga y vivir la frustración de que eligieran a Hernández Mancha en vez de a él, llamó a las puertas del PSOE... y no le hicieron caso... y como nadie le hacía caso, se apuntó a los Podemos... quienes apuntaban en sus listas hasta a las lechuzas o las hienas.

Como se ve el amigo X ya se ha retratado, pero aún faltará completar el cuadro; vendrá más adelante cuando se refiera a la RAE y a su definición de coherencia.

Yo. ¿Y quiénes son los que han de decidir el dichoso matiz de si la cosa es galgo o podenco?, porque me pareces demasiado seguro de dónde está la verdad, que con toda seguridad sólo es "tu" verdad. En cualquier caso la explicación que das de esa evolución personal me parece que no está exenta de un posicionamiento político que, a juzgar por las últimas líneas, me parece pueden hacer difícil una conversación sosegada

X. Creo en eso de "por sus hechos les conoceréis"... y aunque tengo más preguntas que respuestas en casi todo, lo de este señor me parece "clarito como el caldo de un asilo", y su falta de coherencia histórica es más que notoria.

"Falta de coherencia histórica" :-(

Yo había dejado definitivamente el tema, pero por la noche leyendo a F. Scott Fitzgerald me encontré con unas líneas con las que no resistí la tentación de volver a la carga:

Yo. Me acabo de encontrar con una cita que viene a cuento de los anteriores comentarios. Permitidme que os la pase, dice con mucha exactitud lo que yo no fui, acaso, capaz de expresar: "La prueba de una inteligencia de primera clase reside en la capacidad de retener en la mente dos ideas opuestas al mismo tiempo sin que se pierda por ello, capacidad de funcionamiento. Uno debiera, por ejemplo, ser capaz de ver que las cosas son irremediables y sin embargo, estar decido a cambiarlas." Tener la firme convicción de que hay que estar decidido a cambiar las cosas está reñida con los continuos escarceos contra gente que de una manera está currando por que el país sea de otra manera, tenga coleta o no, se llame Bescansa, Verstrynge o Rita la Cantaora. Prefiero pasar por ingenuo a dedicarme a poner de continuo el punto sobre las haches a todo hijo de vecino que se presenta como alternativa a la corrupción y a las mamandurrias del PP.

X. Tampoco me resisto a señalar que todo tiene muchos ángulos y matices... y que una cita así no deja sitio a la coherencia; porque una cosa es la evolución natural del pensamiento y obra bien diferente la falta de coherencia.

Necesito un icono con un muñequito, un emoticón con alguien que se rasque la cabeza preguntándose: ¿qué habrá querido decir X en esas líneas?

En este momento interviene otro contertulio:

JM. Sin ánimo de interferir en vuestro debate, quiero decir que la coherencia es la concordancia entre lo que pensamos y lo que decimos con lo que hacemos, por lo tanto se refiere a un momento concreto. Si resulta que a los 60 años somos coherentes con lo que pensábamos cuando teníamos 30 años, significa que nos hemos aprendido nada, pero nada de nada...

Momento en que X, en un tono que ya empieza a olerme un tanto, ¿chulesco, fuera de lugar, arrogante?, no lo sé, quizás haya que conocer mejor a las personas para hacerse una idea de ellas, contesta:

X. Usted tiene todo el permiso del mundo para intervenir... aunque creo que habría que matizar tus afirmaciones. Dice la RAE:
Coherencia
Del lat. cohaerentia.
1. f. Conexión, relación o unión de unas cosas con otras.
2. f. Actitud lógica y consecuente con los principios que se profesan.
Más claro, el agua de los arroyos de nuestras montañas.

Naturalmente, un servidor, a quien también le divierte el uso de las palabras, con este tipo de afirmaciones se ve liberado del impedimento que una cortesía moderada debe matizar y se pone también un poco chulo con X.

Yo. Ja, X, no sabía yo que la RAE tuviera que ser la Biblia de cabecera de nadie. Conceptualmente la RAE no tiene ninguna autoridad. Repasa los trabajos de María Moliner y entenderás lo que digo. Así que eso de que más claro que el agua, nada de nada, dicho con todos los respetos del mundo (cómo no). Te pongo un ejemplo sencillito de cómo ventila la RAE algunos asuntos, vete al famoso diccionario y mira lo que significa follar. Pa, partirse de risa. :-). La coherencia de la RAE es coherente sólo consigo misma. Por otra parte no sé de dónde sacas esa claridad tan evidente; a la definición de la RAE le falta especificar las condiciones de la tal conexión de unas cosas con otras que, como apunta JM, al referirse a asuntos que decimos o hacemos, necesitan la especificidad de un tiempo, un cuando; con lo cual, evidentemente, si el hombre hubiera tenido que ser coherente desde siempre en sus formas de pensar y entender la realidad, ahora tendríamos que estar gateando por los árboles; en miles de años, como dice JM, no habríamos aprendido nada de nada. El uso del término coherencia es más coherente :-), valga la redundancia, usarlo referido al presente y sobre alguien, por ejemplo, que hace una crítica nada constructiva sobre algún aspecto de la realidad política y a su vez no contribuye en absoluto a la mejora de la misma. Esta incoherencia obvia se observa de continuo en las redes en quienes arremeten despectivamente contra Podemos, como es tu caso, y la palabra hiena es muy significativa, pero no aportan, parece, ningún signo de felicidad en sus palabras para que sepamos cómo vamos a cambiar el mundo según ellos. Si alguien como Verstrynge expresa ideas de izquierdas y se va con la bandera republicana a la coronación del lelo de Felipe exponiéndose a confrontaciones con la policía, es coherente. Yo, sin embargo, no soy coherente porque creyendo que tenía que hacerlo no lo hice, entre otras cosas porque me faltaron cojones (por cierto, aquí la definición de cojones de la RAE para que veas cuan sabio es este organismo. Cojones: 1. interj. malson. coloq. U. para expresar diversos estados de ánimo, especialmente extrañeza o enfado.). Como se ve los de la RAE todavía no saben cómo se llama lo que tenemos entre las piernas.
José Manuel, es de agradecer esa aclaración temporal del término. Me parece muy interesante el concepto de coherencia sujeto a un espacio de tiempo determinado.

Así hasta este momento. Esto se ha hecho en exceso extenso. Es un post demasiado largo con absoluta ausencia de poesía, incluso un post feo, pero aquí lo dejo como muestrario de una reflexión colectiva que acaso aporte algo al esclarecimiento de ese concepto que tanto usamos hoy, la coherencia.  



Amor, Haneke, Sonata Primavera, Beethoven




El Chorrillo, 4 de mayo de 2017

Estaba en el sector norte de la parcela sentado, recostada la espalda en el tronco del arce que con el tiempo resultó ser una morera, contemplando las nubes cuando me sacó de mis pensamientos el timbre de la cancela. Solo como estaba en casa resultó un fastidio; un fastidio es cuando uno está en un trozo particular de mundo a donde el bienestar ha llegado inesperadamente en forma de nubes, un trozo de césped, árboles, la apacibilidad de la tarde entrando por los sentidos como si estuviera haciendo submarinismo entre los elementos que me rodeaban y algo o alguien viene a interrumpirle. Estaba muy cansado y el cansancio abría apaciguadoras vías de agua en mi interior inundándolo de serenidad. En fin, era el mensajero de Mrw que traía unos auriculares nuevos. El hechizo se había roto y decidí refugiarme en la cabaña y probarlos con alguna música. Elegí la Sonata Primavera de Beethoven, una partitura que me es muy cara desde hace décadas. Hacía mucho tiempo que no la oía; ahora me sentí transportado a paisajes muy diferentes, probablemente una calle en donde vivimos en Madrid recién casados, un pequeño pueblo de la cuenca minera de Asturias. ¿Dónde más esa música había llenado algún espacio encantado de mi pasado?, ¿qué soportes había recorrido, un viejo disco de vinilo, una cinta de cassette, el formato mp3 del ipod siempre sobre una versión de Yehudi Menuhin, ahora una de Sayaza Shoji en el socorrido Youtube? La música corriendo siempre a través del tiempo y del espacio, bajando obediente a comer a mi mano como un pajarillo cuando la solicito. Ahora mi tarde se llena del sonido de un violín y un piano y ellos y yo viajamos por el tiempo y por el espacio a la caza de viejas sensaciones que debieron de quedar dormidas en algún rincón de mi conciencia a la espera de ser despertadas por el encuentro de accidentales circunstancias.

Es el segundo día que encabezo mi escritura con la palabra “amor” con la intención de escribir algo relacionado con la película del mismo título de Haneke que tanto conturbó mi ánimo hace un par de noches. Coloco el título en el rincón superior izquierdo de la pantalla, me detengo y noto que por mi pensamiento transita una nube que me llama la atención; me subo a su estribo y me dejo llevar por ella y, de repente, contemplo que mis dedos se ponen a escribir sobre un asunto de política. Y no puedo remediarlo, abandono sin más a mis dos ancianos, que eran amantes de la música y que acababan de abandonar el auditorio donde un antiguo alumno de la protagonista interpretaba una obra para piano, y me sorprendo a mí mismo buscando en Youtube, Dios santo, qué disparate, unos vídeos de Alfonso Guerra. Media hora después he cabalgado en mi nube sobre escenarios de otros políticos, he escrito más de un millar de palabras y debo volver al título que en principio era Amor para cambiarlo por otro que rezará Sánchez, la Gusana Díaz, Iglesias, Alfonso Guerra…esa fauna. Ni yo mismo comprendo lo que pasa. Está claro que quien aquí escribe no soy yo, es algún duende que tuerce mi voluntad y hace la suya a su antojo. Hoy, que volví a escribir como título esa palabra: Amor, todavía no sé si se mantendrá cuando haya terminado estas líneas. El asunto me interesa, es profundo, apasionante, el amor cuando la vida se va acabando y se derrama como un cubo de agua por el suelo del hogar y no se sabe qué hacer con él; el amor lo impregna todo, un amor muy especial que no se deja agarrar por los absurdos cánones entre los que lo apresa la fanfarria de la modernidad, romántico, sexual, banal, ese que cuelga de todas las revistas del corazón.

El violín y el piano de la Sonata Primavera continúan conversando en mis oídos como dos amigos que se fueran de paseo por la vereda de alguna alameda junto a un río calmoso. Ahora el Youtube, listo él, ha concluido con Beethoven y sin que yo le diga nada me ofrece el Concierto nº 1 de Paganini interpretado por Sayaza Shoji. De repente el sosiego junto a la alameda se convierte en un nervioso trinar entre las ramas de los árboles que no cuadra del todo con el ambiente creado en este final de tarde. Así que vuelvo a buscar otro intérprete para mi Sonata Primavera, ah, bendito Youtube que lo tiene todo; ahora por Uto Ughi. De esta manera la primavera vuelve una y otra vez a mis oídos como una cantinela que no lograra alejarse de mis labios, esas canciones pegadizas que me persiguen mientras mis piernas devoran kilómetros a través de las montañas o los caminos de España con los ojos inundados de sol, de las nieves de los Pirineos o los Alpes, del azul del Mediterráneo, de los acantilados de la Muerte en Galicia, de los llanos de Castilla.


 Amor, la historia de una pareja de personas mayores que en un momento de sus vidas se encuentran con un hándicap; ella, que poco a poco va a ser llevada a una vida vegetativa sin salida; él, amoroso compañero de un matrimonio dedicado a la música y a las artes, condenando a la perplejidad de ver cómo la vida de su esposa se va deteriorando día a día hasta empujarlo a ayudarla a morir. Haneke es implacable, meticuloso, profundo, hurga con la punta del cuchillo en las heridas. Y bajo su tutela sentir, como esa viola que sólo unos pocos aficionados preparados logran rescatar entre la fanfarria de un concierto de muchas voces, en el fondo de unas aguas turbulentas y profundas, surgir la morosa voz de un amor inconfesado que recorre secuencia a secuencia la película con el infinito sosiego de quien en la vida ha llegado a comprender que su existencia no es otra cosa que la vida de/con ella, dos ríos que décadas atrás se juntaron y que ahora confundidas sus aguas unas con otras el protagonista no sabría identificar, saber quién es yo y quién tú, en la película aquella mujer que perdió la movilidad de la parte derecha de su cuerpo y que ahora poco a poco se extingue en medio del dolor. Un dolor que es de ella y de él. Contaba Unamuno en alguna parte que siendo él y su mujer muy mayores, en las noches de invierno encontraba en el calor de los pies de ella bajo las mantas el secreto placer del encuentro con la prolongación de uno mismo en el otro. Yo y el otro; los otros, la parte de nuestro yo donde descansamos.







Sánchez, la Gusana Díaz, Alfonso Guerra, Iglesias... toda esa fauna




El Chorrillo, 3 de mayo de 2017

Cumplía esta tarde un deber impuesto días atrás para mi mejor instrucción :-), en esta ocasión escuchar a gente que me cae muy mal y que en otro tiempo oía con atención y respeto; hoy el personaje que me tocó en suerte fue Alfonso Guerra. De una parte el Alfonso Guerra demagogo y chillón que se crecía en los mítines con “ingeniosas” llamadas a la derecha ridiculizándolos con bastante éxito, de otra el hombre que habla de la vida y de la justicia social con el tono reposado de quien ha vivido mucho y por tanto tiene una amplia perspectiva de la vida y, por último, el individuo que, obsesionado con la competencia que le puede hacer Podemos arremete contra ellos cargado con el temperamento de quien no puede soportar que otros le hagan sombra, con lo cual lo que estimula su ser primario es tratar de demonizar a su hermano de sangre. Le oigo hablar de la desigual distribución de la riqueza en el país, de educación, de sanidad y si no fuera porque tengo su rostro y su voz en frente creería estar oyendo sin ningún dificultad a Pablo Iglesias, sí, el de la coleta. Es curioso, pero real como la vida misma, el individuo es el mismo pero nombrarle la palabra Podemos transforma de repente su semblante apareciendo de inmediato la ironía, el sarcasmo o la burla. Para mí que esta situación, que tan frecuentemente se repite en todos los lados, necesitaría de un meticuloso estudio. Sucede con muchos personajes políticos que desde su posición ideológica deberían coincidir en un alto porcentaje de planteamientos con sus homónimos del otro partido, dirigentes del PSOE con dirigentes de Podemos, por ejemplo, pero que curiosamente parece que fueran enemigos acérrimos cuando en realidad coinciden con mucha aproximación en sus programas. Que la Gusana Díaz desde la España meridional no dedique más que desprecios a Podemos, o que gente de Podemos arremeta contra los primeros de la forma en que generalmente lo hacen demuestra entre otras cosas que hay problema de por medio que, como el ruido en la teoría de la comunicación, interfiere en un modo sustancial en los objetivos que se persiguen y, lo que debería ser la celebración de un acuerdo, en la medida que sea, en aquellos puntos corrientemente defendidos por la izquierda, se convierte en una guerra estúpida entre unos y otros.

A mí me parece un asunto tan sustancialmente importante que llama la atención que no aparezca en los medios como un ejemplo diario de la esquizofrenia de los políticos de “ideologías afines”. Oyendo a Alfonso Guerra no tengo por qué dudar de sus palabras, no pienso que esté mintiendo, y sí tengo la sensación que este hombre, y otros muchos, está viviendo dos clases de realidades, por una parte la defensa de los ideales de izquierda, y por otra la presencia en su sistema emocional de una rivalidad, una fobia contra “afines ideológicos”, que conturba su entendimiento hasta un punto tal que la energía que gasta en esta segunda realidad supera con mucho la lógica de cualquier trabajo dirigido a ese bien común que de continuo le sirve como imagen identitaria de su hacer político. Es sencillo añadir otros ejemplos que están todos los días en las portadas de los periódicos, la relación Pedro Sánchez – Pablo Iglesias, por ejemplo. Dos personajes que debían de nutrir como dos manantiales diferentes, acaso cada uno con su ideología y sus planteamientos particulares, las esperanzas de los menos favorecidos frente a los chorizos y a la codicia del poder económico lo que hacen a cada momento es exhibir discrepancias y echarse los tejos el uno al otro.

Me temo que hay un componente psicológico en todo esto que merecería la intervención de un equipo médico. La incapacidad de entendimiento de estos personajes que militan en formaciones políticas distintas y, supuestamente, en el mismo ala izquierda, se me parece que más que un problema político es un asunto que correspondería investigar a la psicología. Si sobre los ejes de unas coordenadas pudiéramos valorar porcentualmente la influencia de las fobias mutuas junto a las afinidades programáticas probablemente encontraríamos un curioso resultado: coincidencia en lo fundamental de la línea programática pero una disparidad enorme basada en el "amor" que el líder suscita entre los militantes en en las fobias que en estos suscitan el líder del equipo contrario.

Mis obligaciones “intelectuales” (sic) se están volviendo en estos días bastante fructíferas. Hay personajes de la política o de los medios que me da cosa oírlos o verles la jeta, pero creo que voy a intentarlo. No sé si la cosa me dará para llegar a oír a gente como Inda o la Gusana Díaz, pero voy a intentarlo. Lo mismo con ello consigo una indulgencia plenaria que me permita entrar en el reino de los cielos. Quizás oyendo a estos personajes como si hubiera nacido ayer pueda aprender un puñado de cosas. La convicción de que ver la realidad en blanco y negro no sirve para aclarar lo que está pasando, junto a la convicción de que en el fondo de todo cabrón existe un hombre bueno, y viceversa, en el fondo de todo hombre bueno siempre puede haber un perfecto hijo de puta, puede servirme para alumbrar el asunto. Por cierto, esta última es una idea que le debo a Ferdinand Celine, cuya prosa es una de las delicias que con más gusto he saboreado en literatura. En su Viaje al fondo de la noche juega no pocas veces con paradojas similares (sus ideas cercanas al fascismo en alguno de sus escritos es otra de esas paradojas que la realidad nos presenta a cada momento).

Leo en la Historia del siglo XX, de Hobsbawm lo siguiente: “Todos nosotros sabemos que hay formas distintas de percibir la realidad, no siempre comparables e incluso contradictorias (la actitud de Alfonso Guerra o de Pedro Sánchez, o de Iglesias, o de Gusana Díaz, sin ir más lejos), y que se necesitan todas para aprehenderla en su globalidad. ¿Cómo? No tenemos idea de cómo. El efecto de una sonata de Beethoven se puede analizar física, fisiológica y psicológicamente, y también se puede asimilar escuchándola, pero ¿cómo se conectan estas formas de comprensión? Nadie lo sabe". ¿Cómo se conectan programas de izquierda de distintos partidos con la actitud y el hacer de sus líderes y de sus militantes? Líderes y programas parecen pertenecer a mundos y realidades diferentes cuando no son capaces de llegar a unos mínimos de acuerdo entre ellos

Mis "investigaciones" (sic) en estos asuntos me han llevado también a entrar en un grupo de Facebook llamado Cambiemos el PSOE con Pedro Sánchez. Aquí una parte considerable de las bases respiran de una manera similar a sus líderes, para ellos el mundo es blanco o negro, no hay más; con Franco a los que disentían los llamaban rojos, aquí a los que disienten los llaman podemitas; la historia se repite. En esta web Pedro Sánchez es el santo incontaminado de turno, la verdad absoluta; no se te ocurra, como me sucedió a mí, decir algo tan de sentido común como que la izquierda tiene que unirse y llegar a acuerdos, porque un buen puñado de ellos te arrean con el hisopo en la cabeza. La idiotización a que llega unos pocos en el acto de ensalzar al líder es de pena. Pero no os lo perdáis porque si entráis en Plaza Podemos, donde escribí varios artículos críticos con Iglesias y sus formas de hacer política, sucede otro tanto de lo mismo. Los hooligans y forofos de todo tipo tiraban piedras a la cabeza.


La prueba de que la psicología y las fobias tienen que mucha más que ver en el circo de estos desencuentros sería facílisimo de probar haciendo este sencillísimo ejercicio: Pongamos en columnas comparativas, cada columna un programa, unos objetivos de un partido, pero sin nombrarlo. Ahora leamos, comparemos y elijamos. Más fácil imposible, en un supuesto similar es muy probable que las demonizaciones, los desacuerdos, los ataques desaparecieran; sólo nos quedaría aglutinar aquellos aspectos en los que hubiera mayor concurrencia y tendríamos un programa político en donde toda la izquierda estaría democráticamente de acuerdo. No es que sobren los líderes, pero sí sobra su mal hacer político, su incapacidad para llegar a acuerdos, sus personalismos, su infantil echarse en cara continuamente esto o lo otro como si fueran criaturas de primaria. 

Ueli Steck, cuando la magnífica inutilidad de la vida se hace poesía







El Chorrillo, 2 de mayo de 2017

Qué es lo vida, para qué sirve, qué hacer con ella, esta clase de cuestiones me son sugeridas esta mañana mientras recuerdo a Ueli Steck recientemene fallecido mientras escalaba el Nuptse en solitario para aclimatarse de cara al intento de completar la primera travesía Everest-Lhotse sin oxígeno, mientras me le imagino trepando a toda velocidad por algún corredor de hielo de la norte del Eiger. Siempre más allá, siempre una tarea más empeñativa por delante, siempre poniendo a prueba su cuerpo, su preparación física y mental, siempre en el filo de lo imposible tratando de explorar un terreno insólito en donde la velocidad, la soledad y el dominio de una técnica implacable son prerrogativas que sólo unos pocos seres humanos pueden ejercer. A Ueli Steck no le bastaba una ascensión difícil, tenía que encontrar la manera de superarse a sí mismo hasta lo inconcebible y la manera de hacerlo fue utilizar el tiempo y la ascensión en solitario como cómplices para un nuevo estilo de aventura.

Y una vez más, como un mantra a uno le llegan parecidas preguntas: ¿para qué la vida? ¿Cómo es que unos la llenan de sentido profundo desde una temprana juventud mientras que otros la desperdician en insulsas actividades? ¿Quién tiene razón? ¿Quién se ajusta más a la racionalidad del sentido común? ¿Esa cosa llamada racionalidad es con frecuencia una deformación de nuestra mente empeñada en dar sentido a todo lo que hacemos, cuando de hecho la racionalidad tantas veces aparece como concepto de segundo orden frente a lo que realmente mueve al individuo, sus afanes, el deseo, la necesidad arraigada en nuestro ADN de la acción, de concluir algo, de ir más allá, de descubrir nuevas tierras, nuevos caminos? Siempre más allá de algo, de nosotros mismos, de la meta de un maratón, más allá de la orilla del mar que baña la cercanías de otro mar, Cristóbal Colón, Julio Villar, todos los navegantes solitarios del mundo.

Las cosas suceden como si a lo largo de la historia de la humanidad todo lo que ha inventado el hombre estuviera sustentado por la necesidad de dar salida a su inquietud, a sus miedos, a la necesidad de trascenderse a sí mismo en un pulso constante con/en la naturaleza. Para ello hemos inventado dioses, escrito la poesía que había de acercarnos a la esencia de la existencia, creado música en la que vertebrar y condensar nuestra sed de belleza y el deseo de sondear el mar profundo de nuestros deseos más íntimos.

Quizás la vida de Ueli Steck era eso, la íntima manifestación de crear un gran poema, una gran sinfonía que hablara de la vida y de su magnífica inutilidad; la necesidad de pintar un hermoso cuadro que contemplar con los ojos cerrado cada vez que se fuera a la cama. Vivo, he vivido... y mientras tanto los corredores y las rocas heladas de la norte del Eiger o del Cervino atravesando el fondo de la conciencia como una entrañable sonata que sonara en cada célula del cuerpo, que llenara cada rincón del alma del gozo de la propia existencia, clarinetes, violines, cellos, un flauta susurrando al oído: ah, la vida, las montañas, la roca cálida, el miedo, el cielo, la autoposesión; y poco después la irrupción de la arista cimera del Eiger bajo sus pies, y la carrera última para llegar a la cumbre y parar el cronómetro: dos horas y veintidós minutos, y sentir el estremecido gozo del corazón, sístole y díastole, sístole y díastole: esto es la vida. Arriba el cielo intensamente azul, alrededor Suiza y sus montañas, abajo en lo profundo del valle de Grindelwald, la gente corriente desayunado en los cafés, una familia buscando aparcamiento para su automóvil, un agente dirigiendo el tráfico. Otras maneras de entender la vida.



Miro el rostro de Ueli Steck en algunas fotografías de la red e intento penetrar a través de sus ojos en el recinto encantado de esa poesía que debió de ser su vida. Homero, Shakespeare se quedarían pequeños a su lado. Hay quien escribe versos o música con sus manos bajo el impulso de una pasión estética, pero ¿qué decir en este caso de quien escribe versos y sonatas con su propio cuerpo, con la concurrencia de todo lo mejor que tiene el hombre, sensibilidad, arrojo, fuerza, vocación, amor a la montaña, con esa generosidad de quien lo da todo, absolutamente todo, su vida, en pos de su arte?

Me conmueve esta mañana repasar las imágenes de este hombre en Google. Encuentro en su facciones y en aspecto tranquilo lo mejor de esa humanidad cuyo ser esencial es vivir acorde con uno mismo.

Hoy, cuando la mediocridad invade por todos los lados con sus manifestaciones de meloso sentimentalismo las redes, hablar de rotundas pasiones y de sentimientos nobles se hace cada vez más difícil. Los del montón, un servidor entre ellos, necesitados del reconocimiento de los demás, necesitados de aupar nuestro yo entre la barahúnda de la generalidad nos vemos obligados a recurrir a las fuentes, fuentes de la emoción porque se trata del genuino encuentro con la poesía y la propuesta de una vida feraz en su grado más extremo, para restituir los valores genuinos, los que representan la vida y la actividad de Ueli Steck en este caso, como referentes de lo puede merecer ser una existencia.



Los tres mosqueteros y el reno





El Chorrillo, 29 de abril de 2017

La foto estaba sobre los libros de la estantería donde trabajo. Quizás llevaba allí años, desde la última reforma de la cabaña, cuando amplié las ventanas y sustituí las viejas estructuras por unas de guillotinas. A lo alto de las estanterías va a parar siempre cualquier cosa que quiero quitarme de encima. Cuando hice la reforma, quise ampliar tanto el hueco de la ventana que apenas me quedó espacio en la cabaña para un par de fotografías. Hacer de la cabaña un espacio abierto al bosquecillo de fuera fue la idea que me guió desde que habité lo que en un tiempo fue una caseta de herramientas con una estrecha ventana y una puerta. De ahí que entre la chimenea y las ventanas, que cubren en su totalidad tres de las cuatro paredes, apenas quede espacio para alguna foto después de acristalar el resto de las paredes. De hecho hasta ahora sólo quedaba una en la que se me ve entrando en la meta de algún maratón mientras mi hija se me acercaba corriendo a gritarme el bravo de rigor.

El caso es que ayer volví a ver en lo alto de la estantería la foto y me entró la curiosidad de saber de qué se trataba. Alcé el brazo y la tomé. Ajá, me dije, la vieja foto de nuestros pipiolos con el reno. Tenía un dedo de polvo encima, así que tomé el rollo de papel higiénico y con un poco de saliva me dediqué a limpiar el vidrio. Sí, allí estaban ellos junto a un gran reno que erraba por los bosques de Laponia treinta, treinta y cinco años atrás; Lucía la de los grandes ojos azules y sus coletas de Pipi Calzaslargas acariciando tímidamente al reno mientras yo ajustaba el diafragma y el tiempo de exposición de la reflex; Mario el inquieto y permanente observador de aves y animales en aquellos años de su infancia con las manos cogidas sobre el abdomen a la espera del clic; Guille, el grande de la familia con su aspecto de sencilla expectativa siempre paciente ante mis requerimientos de fotógrafo aficionado. Los tres mirando con ese deje de humildad y timidez que tanto apreciamos todos.

No sé, he visto cientos de veces esa fotografía, siempre me ha gustado, hice diferentes copias en nuestro laboratorio de ella, pero fue hoy, cuando volví a tomarla en mis manos, que algo produjo un pequeño estremecimiento en mi interior. Ni idea de por qué sucedió esto. Sucede que vemos a los hijos, los sentimos crecer, hacerse mayores, nos juntamos a comer o a celebrar alguna pequeña fiesta familiar y pese a que el tiempo pasa y la infancia deja lugar a la adolescencia y ésta a la juventud, y después se ennovian y se marchan de casa y tienen a su vez hijos y la vida sigue en aparente continuidad, sin embargo hay una parte de esa vida, tiempos especialmente felices, un viaje, aquel día en que Mario y Lucía se llenaban la cara con el tomate de los macarrones junto al refugio de la Renclusa bajo el Aneto, otro que jugaban con niños marroquíes en algún pueblo del Atlas, un día que flotaban divertidos sobre las aguas del mar Muerto, otro exhaustos de calor bajo una palmera en un oasis en el Sahara; hay un momento en que sucede como si el paisaje del pasado se ocultara tras un telón de niebla para dejar únicamente al descubierto alguno de esos momentos vibrantes que son como hitos que nos guiaran en la historia de las personas. Los álbumes de fotografías ayudan a ello.

Fue un verano especialmente lluvioso. Los fiordos y los abetales aparecían a diario envueltos en una melaza húmeda y gris que limitaba mucho nuestros movimientos. Teníamos entonces un Renauld 4L acondicionado con ingenio suficiente como para que cupiéramos en él los cinco, todo lo necesario para pasar dos meses y medios, una barca inflable, espacio para dormir y una mesa en el interior que servía tanto para trabajar con una máquina de escribir que por entonces me acompañaba a todas partes como para jugar o comer cuando el tiempo se ponía feo.

Miro ahora la cara de Lucía junto al reno y se me llena el cuerpo de ternura recordando un pequeño incidente que tuvimos pocos días después en uno de los lagos, un día en que, jugueteando en una barca inflable junto a la orilla, la barca neumática empezó a bogar rumbo al centro del lago después de que alguien desanudara accidentalmente la cuerda que la sujetaba al tronco de un abedul. El poco tiempo que tardamos en darnos cuenta bastó para que la embarcación, empujada por un viento repentino, se alejara alarmantemente de la orilla. Al gran nadador que tan vergonzosamente siempre fui (sic) no le cupo otra obsesión en los siguientes minutos que nadar desesperadamente hasta casi reventar mientras veía alejarse la embarcación en un lago de respetables dimensiones. Ella no parecía asustada de momento, saludaba con la mano cándidamente a su padre que nadaba desesperadamente tras ella, mientras él miraba angustiado la distancia que les separaba. En algún momento la embarcación derivó hacia la derecha y pareció dirigirse a la orilla. Dios, qué susto. La barca neumática quedó retenida por un momento en unas ramas que sobresalían en la superficie. Había un silencio de hora de siesta en aquel lugar, un lago surcado de pequeñas islas en donde se mojaban los pies los árboles de corteza blanca; nada más, ni un alma. Un esfuerzo más y pude asir el bote neumático. Pasé un buen rato antes de que pudiera moverme agobiado como estaba por el cansancio. Después intenté inútilmente subirme a la barca que amenazaba darse la vuelta cada vez que intentaba izarme. Decidí por último arrastrarla con una mano hasta la orilla próxima.

Dice Séneca en ese librito que leo estos días, Sobre la brevedad de la vida, que el pasado "es la parte de nuestro tiempo consagrada e inviolable, puesta al abrigo de las circunstancias humanas, sustraída al dominio de la fortuna, no inquietada por la escasez ni el miedo ni el ataque de las enfermedades, que no puede ser agitada ni arrebatada y cuya posesión es perpetua e inconmovible". El pasado que como bien inapreciable surge a veces en la cotidianidad de una tarde cualquiera para mostrarnos lo bello que fue el camino, lo intenso de aquellos años de la infancia con nuestros hijos.


Pereza






El Chorrillo, 29 de abril de 2017

Lo vio al final del sueño décimas de segundo antes de que el despertador sonara. Subía corriendo por la línea de la pendiente de una ladera pedregosa por medio de la cual se desparramaban las aguas de un arroyo. Decidió seguir corriendo por su cauce. Era una mañana gris, al filo del alba, muy parecida a la que despertaría ya mismo. En aquel momento sonó el despertador. El agua chapoteaba en el tejado de la choza. La imagen del corredor enfrentándose a la pendiente desapareció. Se incorporó en la cama. Veía con dificultad a través de las legañas; todavía el catarro, pensó. Hacía frío. Alcanzó los calzoncillos sobre el radiador, los calcetines, la camiseta sobre la mesita de mimbre, el pantalón. Salió a la intemperie. Lloviznaba, los geranios y las clavelinas chinas que había plantado frente a la choza el día anterior eran una bonita mancha de color en el taciturno lienzo de Mantegna que ofrecía la mañana. Un gorrión picoteaba el alpiste en el comedero de la acacia, dos mirlos hacían lo propio en el prado recién segado a la búsqueda de lombrices de tierra. No, el ruiseñor no cantaba esta mañana. Tintineaban sí, como campanillas afónicas las hojas péndulas del álamo blanco de enfrente.

De golpe la pereza de los días anteriores había desaparecido por ensalmo y ahora podría haber echado a correr bajo la lluvia sin ninguna dificultad. Alguno de los fluidos internos  se había derramado en su cerebro con una consigna imprecisa pero contundente; la consigna era clara, sal de inmediato de entre las sábanas, después veremos. Subió a la casa, estuvo un rato en el cuarto de baño y cuando volvió a la intemperie todavía no sabía qué hacer, si seguir el curso del sueño trepando por aquella montaña a zancadas en un esfuerzo por arrancar de sí mismo una fuerza que había desaparecido en los meses anteriores postrándole en una comodidad demoledora o emplear simplemente esa fuerza en el curso de alguna tarea cotidiana. De momento decidió lo segundo, ya tendría tiempo a lo largo de la mañana de cambiar de escenario si llegara el caso.

La tarde anterior lo había escrito en un folio con letras mayúsculas: tienes un problema serio contigo, la pereza te está comiendo hasta los higadillos. Junto a ello hizo algunas anotaciones más. Se había despertado de la siesta con los músculos desmadejados pero haciendo un esfuerzo notable había logrado incorporarse, había buscado unos folios y recurriendo a un método que no usaba desde su adolescencia había decidido cubrir el blanco del papel con lo que suponía eran los males que le estaban acorralando estos días. Trató de mirarse de frente con objetividad durante un rato. De ahí surgió la determinación de pegarse un madrugón a la mañana siguiente. No sucedió nada más. Ahora, sentado ante la lluvia de una mañana fría de abril, se enfrentaba a un folio en blanco que estaba pidiendo ser rellenado de alguna manera; un ejercicio de autoafirmación, vamos, escribe, le dictaba su interior. Al menos quinientas palabras más; esa era la consigna de Bradbury de su último ensayo, imponerse un trabajo así era similar a emprender una carrera por los alrededores de un par de horas. Ver qué surge de la carrera, comprobar qué termina apareciendo sobre el blanco del papel.

Los gorriones desayunaban inquietos como siempre posados en la ventana del comedero. Comprendió enseguida que hubiera sido mejor optar por subir corriendo la montaña del final del sueño, pero también eso era ilusorio, aunque sólo fuera porque la rótula de la pierna izquierda hace años que le impide hacer tales cosas; el asunto de correr había quedado postergado hacía años para otra reencarnación. Quedaba contemplar la mañana, hoy sin el perfil de Gredos al fondo que le sugiriera una escapada, un lejano recuerdo. Más allá del grupo de los olivos, el campo aparecía envuelto en la niebla, mustio, como abandonado a su suerte en una soledad de invierno.

Torcer la realidad y hacer de la mañana un cuento de hadas estaba fuera de su alcance. Cuando la paleta de los colores ha ido reduciéndose a unos pocos matices en donde los grises con alguna que otra perla en forma de gota de agua colgando de las hojas son abrumadoramente mayoritarios, no es fácil extraer de ellos una pintura profunda y hermosa; el esfuerzo que se requiere en tales ocasiones es, acaso, descomunal, pese a que espíritus emprendedores, sea Carlos tratando de escalar el Dhaulagiri o Bauman escribiendo interminablemente sobre la compleja realidad, rocen con las yemas de sus dedos el cielo en la plenitud de su edad madura. No es desencanto, es la perpetua lucha del hombre consigo mismo, unas veces tratando de superarse, otras zozobrando en aguas de la pereza, las más tratando de abrirse paso en la existencia sin equivocarse en exceso.

Entre la niebla, lejos, mira el trazo de un camino por el que ha trotado cientos de veces hace una década. De noche, lloviendo, en invierno, en pleno mediodía del mes de agosto. Cuando correr un maratón era la pasión que llenaba cada célula de su cuerpo. Pero deja el camino y los almendros que lo acompañan y ahora echa un vistazo a los subrayados de un librito de Séneca que tiene sobre la mesa; Sobre la brevedad de la vida, dice el título. El subrayado último es de hace días: "No hay motivo para que pienses que alguien ha vivido mucho porque tenga canas y arrugas: ése no ha vivido mucho, sino que existió mucho". Y añade irónicamente: "Sería largo enumerar uno por uno a quienes consumieron su vida jugando a las damas, a la pelota, o tostándose al sol... Por el contrario, somos guiados hacia las cosas más bellas y sacado de las tinieblas a la luz por un esfuerzo ajeno". Por el esfuerzo ajeno y el propio, le oigo añadir a él para sus adentros. Por el esfuerzo, por el esfuerzo, repite como un eco con la vista fija ahora en el prado, los árboles, la leña apilada frente a la choza. Por el esfuerzo.

De hecho lo que está haciendo mi personaje es un ejercicio de sugestión. Entiende que la cosa no es fácil, que tendrá que levantar barricadas contra la pereza durante todo lo que le queda de vida aunque sólo sea para ser guiado así hacia las cosas bellas, para ser sacados de las tinieblas a la luz por el esfuerzo.

De momento ya cumplió su objetivo matinal, el propuesto por Bradbury de currarse las mil palabras y el de Séneca con su propuesta de hacer algo más que tostarse al sol. Ahora sólo falta salir a la parcela a hacer alguna toma que acompañe a estas líneas. Misión cumplida.