Adamello. Una solitaria travesía invernal en los Alpes I




El Chorrillo, 15 de marzo de 2017

Sucede muchas tardes, cuando estoy ensoñando frente al atardecer que se despliega frente a mi choza, tantas veces como una música de Debussy o Satie que impulsara a la nostalgia del recuerdo, que me surja la necesidad de fijar mi atención en algún lugar de la memoria donde sucedieron hechos que todavía hoy me emocionan. Fue así que, estando contemplando cómo el sol se desvanecía en el horizonte, me encontré de repente con los esquís en los pies avanzando valle arriba en una fría tarde de febrero en un lejano valle de los Alpes Centrales.
Fue sencillamente miedo lo que sentí entonces cuando decidí que el siguiente fin de semana emprendería una travesía solitaria por los altos del Adamello. Por aquel tiempo vivía en los Alpes de la Alta Lombardía, en lo alto de la Val Camónica, en un pueblecito colgado en la ladera de la montaña, donde Nena, mi entrañable amiga, tenía su hogar y la escuela donde daba clases. Su hospitalidad me había permitido vivir en un entorno de altas montañas nevadas que nunca, en unos tiempos en que mi cuerpo y mi alma pensaban a cada instante en una cumbre, hubiera soñado habitar. La ventana de mi habitación era un balcón frente al cual un dédalo de bellas montañas se erguía cada vez que levantaba la vista de mis libros de estudio. Cevo, se llamaba aquel lugar.
Un miedo que latía como las notas de una viola junto a la melodía principal de mi deseo de atravesar solo entre las cumbres de aquel macizo, a cuestas con ese destino que tantas veces nos impele irracionalmente a forzar un proyecto no del todo sensato, acorde con la lógica de la gente "normal". A mí me admira sobremanera lo que los "héroes de nuestro tiempo" son capaces de hacer en la montaña; una profunda admiración porque me siento tan tan pequeño que casi me avergüenza relatar lo que para mí, con veinte o veintiún años, fuera el límite, o eso creí entonces, de mis posibilidades, por mucho que soñara muchas veces escalar el espolón Croz de los Jorasses, probar el granito del Dru o por mucho que hiciera algunos pinitos aquí o allí en los Alpes al principio de los setenta. 

Era el miedo la sensación más latente de aquellos primeros momentos cuando empecé a ascender valle arriba, el miedo creciendo dentro con una intensidad dolorosa y punzante. Aquella madrugada mi amiga Nena y Cevo pertenecían a las honduras del valle y la noche, quizás a muchos días de camino. La última visión del valle se había perdido la tarde anterior a las pocas horas de alzarme sobre los esquís por una pendiente extremadamente blanda. Mi cuerpo se sintió totalmente insignificante en la inmensidad blanca del valle de Salarno; el silencio y la soledad eran opresivos. A las tres de la mañana salí del saco de dormir para echar una ojeada al cielo: ¡Todo seguía igual!, todo quieto y silencioso; llegaba a la malga  la claridad irreal de los fanales de la diga de Salarno; pensé en hipotéticas avalanchas, la que había atravesado el día anterior junto al henil de Boaza, un caos informe de nieve y piedras dejando un rastro de destrucción y confusión desde las alturas del Campanone di Coppo hasta el fondovalle.
Hice la mochila a la luz de la linterna; era excesivamente pronto, pero como la inquietud no me dejaba dormir decidí partir de inmediato. Tragué unos higos secos mezclados con pasas y nueces, y abandoné la malga por la ventana; la nieve obstruía la puerta hasta la mitad de su altura. Crucé los esquís sobre el macuto y eché a andar. La situación era a esta hora algo opresiva; una inseguridad perturbadora acompañaba mis pasos, pero junta a ella empezaron a brotar a intervalos pequeños destellos de satisfacción que se fueron afirmando en el sucesivo andar sobre la nieve dura. Caminé a tientas sobre una superficie variable de subidas y bajadas, crucé el plano de un lago helado. La nieve empezó a ceder; me calcé los esquís. Me rodeaba una profunda quietud.
Los esquís producían un siseo regular en la nieve, quebrada a veces con un chasquido que aliviaba el silencio de la noche. Pensé en que más arriba el retorno sería difícil; di un nuevo repaso a mi equipo: el piolet, los crampones, el mapa, la brújula. Pensé en la vedretta di Salarno, la cabecera del glaciar, una enorme extensión de hielo cruzada por enormes grietas. Experimenté que mis temores iban siendo sustituidos poco a poco por una intensa vivencia del momento presente. Llegué al solitario y abandonado refugio Prudenzini cuando la primera claridad apenas lo diferenciaba todavía de una roca más.
La ladera, cada paso más pendiente, me obligó a describir grandes bucles sobre la nieve. Impulsaba los esquís con un ritmo maquinal y sistemático: las tablas moviéndose sobre las pieles de foca; las pieles sobre la nieve; adelantar una pierna, desplazar el bastón, afianzar la otra pierna, avanzar el cuerpo, mover la pierna más atrasada, apoyar el bastón inferior, aspirar, uno, dos, expirar, tres, cuatro. Los músculos entraron en calor; el esfuerzo y los ritmos pausados y repetitivos de mi respiración me deparaban un especial placer. La armonía y la constancia de los movimientos alimentaron otro ritmo interior que propició recuerdos tranquilos y apacibles. Columpiado sobre la blancura de un amanecer desteñido, aburrido, gris —salpicado de nubes altas, alargadas y planas, todo surgía de la noche como en el fondo de una cubeta de revelador gastado—, subía a pasos cortos; mi mirada se dirigía ahora hacia los corredores del Corno Miller donde largos hilachones de niebla atravesaban las forchette y se desplomaban sobre un caótico mundo de seracs. La pendiente se perdía ya a mis pies con vértigo creciente. Sustituí los esquís por los crampones; sopesé dos posibilidades distintas para ascender... Escogí el peor camino posible; me daría cuenta de ello cuando el retorno fuera ya imposible. Si hubiera subido un poco más hacia el este habría visto con claridad cómo una suave pendiente se elevaba sin dificultad alguna hacia el Pian de Neve. El camino que seguía era una incógnita.
Doscientos metros más arriba una pared rocosa me cerró el paso; retrocedí, la diagonal que hubiera debido tomar nacía mucho más abajo. Frente a mi aparecían  breves paredes cubiertas de nieve, corredores estrechos, aristas y espolones que se elevaban enigmáticas hacia las alturas. En la inmensidad blanca de una ladera confusa, de donde todo aquello arrancaba, un punto diminuto y grotesco, yo, fuera del mundo subiendo, empeñado en buscar un itinerario que lo llevara más arriba. El punto se movía definitivamente hacia uno de aquellos corredores de los cuales era imposible ver el final. La nieve costra parecía sostener mi peso, pero era sólo una ilusión, en algún momento cedía y entonces podía hundirme una y otra vez hasta la cintura; una vez tras otra el esfuerzo continuado de salir de un enorme agujero: yo, el macuto, mis esquís.
Más arriba las perspectivas siguieron siendo desalentadoras, la ladera terminaba bruscamente sobre una afilada arista de nieve sin continuidad; allí la pendiente descendía vertiginosa al otro lado durante cien o doscientos metros hasta posarse suave sobre un llano. Aquel camino me pareció fuera del alcance de mis posibilidades, pero no quería (o quizás no podía) deshacer la ruta de subida. No me quedaba otro recurso que un estrechísimo corredor de nieve a mi derecha. Desde la arista hice una corta travesía por una rigurosa pendiente hasta alcanzar la base del corredor.

Escalar era un trabajo largo y meticuloso que exigía una minuciosa concentración. Durante media hora mi atención quedó absorbida por esta tarea. Más arriba el corredor se estrechó hasta el punto de rozar los esquís, amarrados desde hacía rato  sobre el macuto, con las rocas adyacentes. Me encontraba seguro, pero no pude liberarme de una opresión interior cuando la estrechez fue máxima y el peso, la pendiente y los esquís —enganchados en todos los salientes— tiraron de mí con una brutalidad difícil de describir.
(Sigue...)

Ama lo que haces


Foto original: Guillermo de la Madrid



El Chorrillo, 12 de marzo de 2017

Desde la ventana de mi choza contemplo los almendros en flor; los cerezos un poco más arriba despliegan ya también sus flores rosa pálido; pinta primavera en nuestra parcela. Recordando ese post que escribí días atrás, Ama tu caos, se titulaba, esta mañana recordé otro título que di a un post tiempo atrás. El título de aquel era Ama lo que haces. Era la breve historia de un encuentro con un graffiti durante un paseo de madrugada por el barrio de Lavapies. Lo retomo hoy, que sirva de continuación, un amor más, a esa ristra de amores que deberían acompañarnos en vida. Este es el texto:  

* * *

El portalón cerró con un crac grave que se perdió poco a poco como una olita en la oscuridad silenciosa de la madrugada. Chorreaban las calles el fresco brillo de las mangueras de los servicios de limpieza. El tumulto de los camiones de la basura de media hora atrás era ya un eco que se perdía en el dédalo de la noche como una tormenta que hubiera remontado unas colinas próximas y abandonado tras de sí el lejano desorden de una música de fanfarria. Mis botas dejaban un rastro de clac clac en los regueritos de agua que bajaban en hilos delgados por las juntas de los adoquines de granito de Mesón de Paredes.

Estaba realmente muy dormido todavía. Había hecho noche en casa de mi hijo y, no pudiendo prescindir de mi hábito de salir a dar un largo paseo en la hora previa al amanecer, con apenas cuatro horas de sueño, me había echado a la calle con el ánimo de ir despertando poco a poco mientras paseaba a paso vivo por las callejas de Lavapiés. Caminando frente a los negocios de los, aquí chinos, más abajo, senegaleses, torciendo por Calatrava, una peluquería bangladesí junto a una frutería marroquí, se me ocurrió que hubiera sido una buena experiencia haber incluido en mis largos viajes de por aquí y por allá alguna que otra excursión a esta precisa hora. Las cosas, las calles, las tiendas, los posibles viandantes, con ser los mismos, son siempre algo muy diferente; sobrecoge un poco el ánimo caminar a esta hora por las calles solitarias del mundo.

Alguna experiencia tuve y siempre esa noche quedó de manera relevante grabada en mi memoria. El silencio y la soledad de la ciudad impone mucho más que el silencio y la oscuridad de la montaña y los bosques; una madrugada en Casablanca en que atravesaba el zoco, desierto, sucio, difícil de cruzar sin pringarse de desechos, fruta podrida, envases, plásticos rotos, y a derecha e izquierda pequeñas callejuelas que se perdían en la noche, bocas de lobo donde podía imaginar el acecho de cualquier acontecimiento espeluznante; la misma hora en un lejano día de viajar con una vespa por Europa, y en que dormidos como lirones en la Piazza del Cíncuecento de Roma nos robaron en mitad del sueño, a mi amigo Emiliano a mí, absolutamente todo lo que teníamos, sólo se salvó un pantalón corto, una camiseta y el saco de dormir... y caminar en la media luz ámbar de la ciudad desierta como quien piensa que todavía le pueden robar las dos prendas que llevábamos puesta; noche de lobos, indigentes y con el miedo en el cuerpo caminando hasta la próxima comisaría; algunas noches más de salida intempestiva de vuelos en alguna parte del mundo: Nairobi, Delhi, Tirana, donde un taxista no acudió a la cita y atravesar por las calles a las cuatro de la mañana era desolador; una noche en Harare, Zimbabwe, en que había que caminar hasta la estación de autobuses fuera de la ciudad y en donde la luz pública o no existía o había desaparecido. Siempre experiencias un poco inquietantes, como hoy, aunque vivamos en el centro de la civilización; en noches así no es raro tropezarse con alguna pequeña aventura. En mis años de auto-stop quedé una noche anclado en las calles de Bilbao cuando ya era de madrugada; durante mis horas de deambular por la ciudad donde no pude encontrar un lugar para pasar la noche que se adaptara a mi presupuesto hice una abundante vida social, proxenetas, vagabundos, proposiciones de enamorado a la búsqueda de otro cuerpo, dos jóvenes con aspectos de buenos samaritanos que se empeñaron en ofrecerme sus domicilios para pasar la noche.


Con estos recuerdos en la cabeza, hoy ya no con mis acostumbrados mantras por compañía, bajé hasta la plaza de Lavapiés, donde una pareja charlaba amigablemente como quien se recrea bajo el sol de un mediodía de invierno; más allá dos municipales se alejaban camino de Embajadores. Hoy no hay estrellas que valgan, los senderos de la ciudad son estrechos, destilan miel y silencio. Comienza a llover, subo a buen paso, ahora como si estuviera sorteando el sendero de los almendros, la serpenteante senda que lleva hacia el camino de Batres, intento mirar las calles de Madrid como si éstas formaran una parte más de la naturaleza que piso cada madrugada, Ave María, San Simón, Torrecilla del Leal, Antón Martín, calle del León. Al torcer  hacia Huertas me cruzo con un matrimonio bajo un paraguas, que sortea los charcos junto a un paso cebra. El encanto de la noche parece trastocarse cuando me cruzo con algún noctámbulo; el ruido del mar o la imagen del sistema solar y la Tierra visto desde otra galaxia, esa tremenda pequeñez que trato de convocar con su visión y que me sirven de fondo en mis meditaciones nocturnas, hoy no tienen consistencia. La lluvia cae sedosa sobre el empedrado, lamento no haberme traído la cámara, los adoquines mojados, los charcos, los rastros de luz bailando bocabajo sobre el pavimento, un par de motocicletas, los carteles de espectáculos sobre las fachadas,  me sugieren la película del grano grueso del Tri-X, aquellas tomas en blanco y negro que, forzadas a 1600 ASA, proporcionaban una textura de grises que se perdían entre las densas sombras sugiriendo escenarios algo espectrales.

Abstraído en los circulitos que dejaban las gotas de agua en los charcos, había dejado atrás el número ocho de Huertas, cuando algo me llamó la atención a mi derecha, algo nuevo que no estaba allí la semana anterior: AMA LO QUE HACES. Un gran mural cubría esta madrugada la pared ciega de un portalón que había sido tapiado tiempo atrás. Ama lo que haces, Love what you do. La firma: Boamistura. Sorpresivo encuentro para mi paseo. Me detuve, aquello era una buena propuesta para comenzar el día: Ama lo que haces; grandes hojas de ficus, flores, arabescos, una armónica gama de grises, un cactus, un diamante hendido en mitad del pecho de la M de AMA. ¿Será ese el diamante esencial que tallar y pulir para que las cosas funcionen medianamente bien dentro de uno? Meritorio encuentro; de mensajes así, bellos y espontáneos, deberían estar cubiertas las fachadas de las ciudades del mundo. En la ciudad de Jaipur, India, lo que había en la primera ocasión que la visité eran cometas, un cielo lleno de cometas que los niños izaban desde las terrazas de sus casas; el mensaje era muy similar a éste: disfruta con lo que haces, viste tu pueblo, tu ciudad, tu casa con pequeños gestos de creatividad y belleza, anima tu vida con breves detalles que te llenen de dicha. Un cielo lleno de cometas de colores es una imagen que retengo vivamente después de treinta años. En mi casa hay por las paredes algunos dibujos de cuando mis hijos eran pequeños, una bicicleta recostada en el pretil que daba al río, en Amsterdam, y que se reflejaba sobre un charco, era de Guillermo; también una furgoneta familiar en la que se tenían cinco bicicletas sobre la baca; Mario y Lucía tienen su recuerdo infantil repintado sobre las puertas de un armario.  

Amar desde la infancia lo que hacemos; qué bien, ¿no?

Interpretación de nuestra furgoneta familiar de viaje por Europa. Dibujo de Guille cuando tenía 4 ó 5 años.



Ama tu caos


El Chorrillo, 7 de marzo de 2017

"El escalofrío es lo mejor
 que tiene el hombre" (Fausto).


Pareciera que de todas las cosas que vemos o sentimos, palabras, ideas, actos, hubiera algunas que tuvieran la facultad de llamar nuestra atención con una fuerza especial. Hace días, en la cuenta de un compañero de Facebook, tropecé con una idea que enseguida quedó flotando en el aire de la tarde como una campanilla destinada a llamar mi atención. Ama tu caos, decía la cita, y remitía al título de un libro de Albert Espinosa. Al día siguiente tenía el libro entre las manos. Al protagonista le quedan uno pocos días de vida y emprende un curioso viaje hacia el Gran Hotel, un extraño lugar donde había de morir. En ese lugar se desarrolla el grueso de la novela.

Ama tu caos, ama tu vida, ama lo que haces y no demores porque el tiempo es ahora. Días atrás, mientras caminaba por las tierras de Extremadura, había citado en un post a Jacques Prevert:

Plus tard il sera trop tard.
Notre vie c'est maintenant.

No sabía muy bien a qué se refería Espinosa cuando decía: ama tu caos, pero debía de investigarlo y para ello leer su libro; presuponía que algo tenía que ver con los versos de Prevert; también con aquellas palabras de Edgar Morin en su obra El hombre y la muerte: "El carpe diem  no es expresión de un simple gozador, sino una llamada del Eros individual a todas las fuerzas profundas del ser humano para que abrace el día y se emborrache de luz". Me parecía que rastreando el libro de Espinosa podría encontrar algo de esta idea esencial en un momento tan especial en que al personaje, de algún modo el autor mismo frente a la tesitura de las cercanías de su propia muerte, debe de investigar y dar vida a esos momentos finales en un relato de ficción avalado por la propia experiencia.

Escribir sobre estas cosas en el tiempo de la edad madura, cuando la música empieza a repetirse con excesiva reiteración o cuando las cosas empiezan a ser lo que son y no lo que soñaste, cuando la poesía deja de ser poesía para transformarse en prosa, parece el ejercicio de impostación del que contra viento y marea trata de sustraerse a la erosión de los años recurriendo a un vitalismo racional que carece de una frescura altamente deseada pero que cada vez se resiste más a celebrar las cosas de la vida con ese entusiasmo que tanto echamos de menos. A Espinosa le diagnosticaron a los catorce años un osteosarcoma por el que tuvieron que amputarle una pierna. "Sufrió metástasis y también fue necesaria la extirpación de un pulmón (16 años) y parte del hígado (18 años). En total, pasó diez años en hospitales (de los 14 a los 24)". Lo leí en la Wikipedia y esa experiencia fue suficiente para que me animara a leer su libro. Cuando me meto en estas lecturas tengo la sensación de quien tratara de renovar el aire de la habitación en la que anda encerrado desde mucho tiempo atrás; acaso busco la frescura, la sabiduría también podría decir, de aquellos a los que la vida ha puesto a prueba hasta el punto de hacerles beneficiarios de un conocimiento existencial del que el común de los mortales carece.

Parece que era la muerte la que estaba en juego, la muerte, la actitud ante ella, su capacidad para ahondar en el conocimiento de uno mismo y de nuestros semejantes. Ayer había relatado en este mismo blog una experiencia de los años del final de mi  adolescencia, durante mi primera salida invernal a la sierra, que a punto estuvo por terminar con mi vida. Reviviendo aquellos momentos mientras escribía, sentí que una extraña sensación de gozo de reconocimiento de mí mismo me subía por alguna parte del cuerpo. Uno es lo que es en relación a muchas cosas pero esencialmente a las dificultades que ha tenido que superar, a las experiencias que ha vivido, y de hacer caso a Hegel, referido por Morin en el libro que citaba más arriba, añadiría: "Sin riesgo de muerte, la conciencia individual no puede adquirir el temple que le es propio, es decir, afirmarse. Puede decirse entonces que dados los peligros de muerte que implica toda vida que merece ser vivida, aquel que trate de evitar al máximo el riesgo de muerte que implica toda vida que merece ser vivida, aquel que trate de evitar al máximo el riesgo de muerte para conservarse vivo el mayor tiempo posible no conocerá nunca la vida; el miedo o la mediocridad impiden vivir. Vivir es asumir el riesgo a morir." Esto es alejarme un tanto del libro de Albert Espinosa en donde el riesgo es sustituido por la inevitabilidad de la muerte próxima, pero me vale. Dada la historia personal o el ambiente en que pasé mi juventud de práctica de la escalada y actividades de alta montaña, de un modo u otro la muerte era un elemento que no dejaba de estar presente enquistada en la actividad que con tanta pasión practicábamos. Quizás precisamente por ello, las experiencias vividas, las vidas que tantos amigos dejaron en accidentes de montaña, promovieron en aquellos que practicábamos esta actividad un conocimiento, no racional, pero sí vivencial, tan candente que cuando uno se acerca a este asunto, la muerte, piensa que ya está de vuelta de muchas cosas, que ha hecho un camino sin cuyo recorrido sería otra persona. Haber perdido a tu amiga amante en una pared de los Alpes, haber pasado por momentos de extremo peligro, te sitúa en unas condiciones de afirmación de tu propia conciencia individual que raramente una vida corriente puede aportar. Probablemente si la experiencia personal de Espinosa entre los catorce y  los veinticuatro años hubiera sido otra, mi afición de lector no se habría detenido en este autor. Me importan los libros, pero me importa y mucho la experiencia personal que aportan a la literatura la vida de las personas.

No sabía bien lo que significaba aquello del caos, pero me gustaba. La historia la seguí durante un día y medio. Al fin, en uno de lo últimos capitulo apareció aquella esperada expresión. No esperé a terminar el libro. Nada más finalizar el capítulo sentí la necesidad de escribir estas líneas. "Ama tu caos" se refería especialmente a lo que te hace diferente, "lo que la gente no entiende de ti o lo que desea que cambies". "Él pensaba que cada día que amáramos nuestro caos, deberíamos lanzar un globo azul gigantesco para que el resto del mundo lo supiese. Debes compartir esa aceptación del caos. Él creía que sería bello y caótico levantarse un día y encontrar un cielo lleno de globos azules. Si amas tu caos, acabarás descubriendo que las respuestas jamás te las dará este mundo, sino que están dentro de ti. Me daba cuenta de que deberíamos amar nuestro caos, aquello que nos hace únicos, en lugar de domarlo... La muerte da conciencia y rezuma vida. Allí están todos los resortes que nos apasionan...Me di cuenta de que sólo debes decidir cómo quieres vivir en este mundo. Se trata de inventar de nuevo la rueda, el fuego, la música, el canto… De aceptar el dolor y la tristeza. De no formar parte de ninguna regla que den por establecida". Muy hermoso todo esto.

Por sí sola la biografía de una persona, la de un escritor en este caso, que ha pasado por experiencias que lo han tenido a un palmo de la muerte por tanto tiempo, por fuerza tiene que destilar algún tipo de fuerza fresca, seráfica que se desprende precisamente de esa cercanía, del sufrimiento, del constante dolor y de la lucha por vivir. Toda persona que ha vivido una vida de riesgo extremo, de enfrentamiento con la muerte, ha tenido que ver crecer en sí una sabiduría que lo pone por encima del resto de los mortales. Los que tratamos de comprender la vida no tenemos nada que hacer si no hemos tenido una larga confrontación con la muerte sea  por nosotros mismos o por una experiencia cercana de seres muy queridos, muy cercanos. Comprender algo de la vida significa siempre haber tenido junto a la seguridad de la cotidianidad alguna experiencia cercana que nos muestre que nuestra existencia siempre es una posibilidad en medio de la nada.

La muerte nos purifica.

La acharolada brillantez de la hierba húmeda frente a mi choza, iluminada por la débil claridad de una bombilla de sesenta vatios, da a los alrededores de mi choza un aire de estremecida soledad. El queso de la media luna se abre paso entre los brazos desnudos de los olmos; Orión, un tanto deslucido, abre los brazos sobre este pequeño mundo de mi bosque particular. Un ligero escalofrío recorre mi cuerpo.


Mi primer encuentro con la montaña. Una noche al borde del drama









El Chorrillo, 6 de marzo de 2017

1966, Guadarrama. 


Era una mañana de invierno. Emiliano y yo habíamos subido por primera vez a Guadarrama un fin de semana del otoño anterior y habíamos descubierto ascendiendo a La Maliciosa lo que sería el embrión de una pasión. Se trataba de la primera montaña que habíamos pisado. Tendríamos dieciséis o diecisiete años. En el mes de enero hemos comprado unas botas ligeras, hemos leído por ahí lo que hemos podido con la idea de iniciarnos en el mundo del monte y, sin más preparación que nuestra ilusión por  adentrarnos en un mundo nuevo, pensamos en ascender desde Cotos a un pico que en algún mapa habíamos localizado como Cabeza de Hierro. Viaje en tren, Cotos, el espléndido paisaje nevado de Guadarrama.
Nos internamos enseguida por un manto blanco de nieve recién caída siguiendo un hipotético itinerario hacia las cumbres de Cabezas de Hierro. Cuando hubimos avanzado, borrachos de tanta belleza, a veces en el pinar, otras sobre campos desiertos despuntados sobre la nieve de piornos y retamas, dos o tres horas, comprendimos vagamente que los bancos de niebla que se movían pesados a nuestro alrededor, podían ser extremadamente peligrosos. Pero la prudencia no era patrimonio de nuestros pocos años.
La tarde de enero se echó encima con su manto gris aterciopelado y ecuménico borrando las huellas y los recuerdos próximos y confundiéndolo todo en una aleación uniforme y gris que minuto a minuto fue pasando de una pastosa tonalidad alumínica a un bronce oscuro y patinado en el que los rastros y las sombras desaparecían engullidos por la oscuridad.
Fue difícil orientarnos entonces. Muy jóvenes, entusiastas, pardillos, éramos como dos polluelos recién salidos del cascarón. Andando penosamente por una nieve profunda, entre dos bancos de niebla, al borde de la noche, creímos ver una casa al otro lado del valle. Se trataba, lo supimos meses más tarde, del refugio del Pingarrón. Pero la apariencia se esfumó y no creímos más en ella. Un par de veces más se abrieron las nubes a nuestro alrededor mostrando un aspecto luciferino y triste. Después la oscuridad se tragó todo: bosque, nieve, rocas, ríos; éramos dos sombras errando en medio de la nada gélida donde caminar en la nieve profunda era muy penoso.
Guardábamos celosamente dos naranjas y una lata de anchoas; eran todas nuestras provisiones. Cuando ya estábamos definitivamente perdidos, dejamos de movernos y nos sentamos derrumbados sobre la nieve. Mientras pelábamos una de las naranjas, los dedos como palos, rígidos, intentando arrancar trozos de cáscara, no hablamos, pero ambos recordamos nítidamente detalles espeluznantes de congelados que aparecían en los libros que habíamos devorado durante los dos meses últimos. Morían rígidos, ajenos a su propia muerte; luego los encontraban al cabo del tiempo petrificados con una sonrisa macabra sobre la boca.
Anduvimos horas sin rumbo fijo en medio de la niebla sin saber en ningún momento a dónde dirigirnos. Después de tantas vueltas no teníamos ni idea de hacia qué parte de aquella cosa oscura y desconocida debíamos dirigirnos. El frío era húmedo y penetrante; si dejábamos de movernos, extenuados e imposibilitados para un paso más, el frío nos trincaba con sus tenazas y entonces surgía nuestra obsesión por proteger pies y manos de las congelaciones. Esos pies, esos dedos tumefactos, deformemente negros, amputados después, que habíamos visto en algún libro nos impelían a mover compulsivamente los dedos dentro de nuestras ligeras botas y a golpear con los puños cerrados nuestras extremidades; no parar, evitar la congelación, resistir. Habíamos decidido bajar siguiendo de cerca el ruido cercano del río. ¿Cuántos riachuelos habría que vadear a ciegas hasta la madrugada?, nos preguntábamos.
Era un penoso deambular de ciegos. La noche, la nieve copiosa y blanda, se había tragado de golpe todos los relieves e instalado cientos de trampas a cada paso, cada trampa un esfuerzo ímprobo para salir con pies y manos de un agujero entre las retamas o las grandes rocas, que se hundía sin fondo a cada nuevo intento. Fue caminar horas y horas con la nieve blanda por encima de la rodilla con la única referencia sobre la frente de resistir la noche y el frío.
Poco antes de una débil claridad que hizo posible reconocer nuestros propios perfiles y diferenciarnos de otros elementos del bosque, esa luz que convierte la ceguera en un movimiento ambiguo de sombras, poco antes, caímos arrastrados por el agua de un gran arroyo que se precipitaba oscura y amenazadora. Al intentar cruzar el arroyo una rama se rompió, el agua helada hasta el pecho me arrastraba; fue como moverse dentro de una pesadilla. La voz de Emiliano gritaba angustiada ahí mismo, pero oída infinitamente lejos llamándome como desde otro mundo. Como ciegos, a rastras, gateando entre las retamas, la nieve, el agua, al fin logré atravesar el torrente. La llamada a la vida volvía a llamarme desde lo profundo de aquella oscuridad. Un abrazo y las lágrimas arrasando mi cara sobre el hombro de Emiliano. Sí, la sensación de haber dejado atrás la tragedia, la vida volvía a susurrar en mis oídos su llamado.
Ahora ya no éramos una muerte ambulante en la noche. Habíamos despertado, volvíamos a posar los pies con empaque, extremadamente conmovidos. Con las lágrimas aún sobre los ojos escrutábamos el cielo; podía verse muy débil, entre las altas copas de los pinos, un cielo que sobrenadaba la oscuridad del follaje.
El lívido y dilatado amanecer que siguió fue de tan cruda belleza... Mientras en una mano sostenía una lata de anchoas congelada mirábamos atónitos hacia el este la franja lechosa de la madrugada, las interminables laderas blancas. Así las recordaba yo, sin límites, desoladas, a intervalos cubiertas de pinos con las ramas vencidas por el peso de la nieve. En algún lugar de esas laderas estaba la vida, habría hombres y mujeres a quienes acudir, era como peregrinar en medio de la muerte con la certeza absoluta de estar pisando un país bello y suicida.
Después la nieve se adelgazó y podía notarse el prado esponjoso y mojado tras la breve capa blanca. Poco más abajo quedó definitivamente reducida a pequeñas superficies que ni Emiliano ni yo nos preocupamos en rodear. Amanecía. El poderoso bramido del río imponía un respeto religioso a nuestro paso; hinchado y cristalino, discurría ahora entre grandes piedras. Más tarde, remansado y calmoso, lo haría entre prados a los pies de grandes pinos centenarios.
En algún momento al otro lado del río apareció la carretera. No encontramos a nadie en nuestro camino. Al fondo se veían las casas de un pueblo: Rascafría.


Aires de milonga


El Chorrillo, 2 de marzo  2017


Hoy dormí hasta el mediodía. Después del amanecer despertaba a ratos y me sentía cálidamente ovillado dentro de la mañana, el edredón, algunas impresiones que venían de los campos y los caminos. Por mucho que uno mire la vida y la interrogue ésta no suelta prenda; como una milonga que se arrastrase por los caminos entre las cuerdas de una guitarra, va dejando aquí una canción, allí una sugerencia, trozos de esperanza y gozo, acaso de dolor, pero no hay alma que comprenda el conjunto. Por la ventana de mi choza entra el sol de invierno, la caricia de algunos recuerdos después de caminar dos semanas por las tierras del sur. Asuntos simples sobre cuya urdimbre se van tejiendo los años, el cansancio, los deseos o la cálida sensación de estar vivo. Y acaso nada más se trate de eso, de estar vivo y sentir que esa breve existencia en la que estamos instalados bebe y se alimenta de las cosas simples de la naturaleza en el "trotecito lento de una milonga campera".

Y tras el desayuno el deseo de oír aquellas voces y guitarras que nacían a los pies de las nieves perpetuas de los Andes, voces de Jorge Cafrune, Larralde, Daniel Viglieti o tantos otros. Desde que días atrás quedé atrapado en los cuentos de Filisberto Hernández los viejos temas de aquellas tierras vienen a mí despertando las sensaciones que en los años setenta convivían con la lucha en las calles al ritmo de los temas de Quilapayún o Víctor Jara. También con ellos el inútil trabajo de querer comprender, como mucho el resultado de una intuición cazada al vuelo mientras escucho un tema de Larralde o recuerdo una mañana de conversación con Victoria mientras descendíamos de los altos del Huascarán frente al Alpamayo, probablemente la cumbre más bella del mundo (quizás un día de estos resucite nuestro paso por aquella ruta de los Andes).



El caso es que todo eso es presente, indefinido y inaprensible, pero totalmente parte activa de mi mañana frente a un campo de cebada que luce ya el verde brillante de las cercanías de la primavera. Hoy no tengo caminos por delante y una suerte de calma chicha llena de buenos augurios esta hora del día. 





El Boci, el Mogo... Tino. Recuerdos camino del Tolmo

El Chorrillo, 18 de febrero de 2017

Eran los primeros tiempos de mi descubrimiento de la Pedriza, el olor de las retamas elevándose como una vaharada a nuestro paso cualquier fin de semana camino de el Tolmo; de noche, caminar a oscuras o acaso usando aquellas horrorosas linternas de petaca que se estropeaban a cada momento; el cielo estrellado, las siluetas del Pájaro y las Torres surgiendo de la oscuridad; Peña Sirio a la derecha, los monolitos de la pradera de los Lobos sobre el telaje oscuro de la noche; la fuente junto al refugio Peñalara sonando como una cantinela salida de las entrañas de la tierra; el tejadillo de la mole de El Tolmo como centro propicio para convocar a las meigas para algún aquelarre; ¿nombres?, Mogoteras, Fernando Domingo el Culebras, el Niño, Tino, Carlos Soria, Moisés; más tarde el Murciano, el Ardilla, Gustavo Adolfo Cuevas y su hermano, César Casquet, Gerardo...

Hoy es el relato de una de aquellas caminatas que cada fin de semana emprendíamos con la noche echada camino del Tolmo, nuestro punto de partida para cualquiera de las escaladas de los alrededores. Un día cercano al fallecimiento de Tino cuando escalaba Cancho Amarillo con el Boci y el Mogo. Impresiones de una noche sacadas con un fórceps de la memoria, y por tanto sujetas errores en situaciones y nombres propios.


Una noche muy fría de invierno en que sentí la necesidad de experimentar la soledad de una manera imperativa. El camino era el de siempre, después de los últimos chalés —algunos con el árbol de Navidad exhibiendo un brillante destello intermitente sobre el mutismo nocturno del entorno— el encajonamiento del río y la ladera enriscada; luego un ángulo recto y el sendero remontaba el río por un apacible llano de hierba rala y sauces enanos. El itinerario lo había hecho muchas veces, también de noche. Cuando llegaba el invierno la subida a la Pedriza se hacía inevitablemente a oscuras, sin embargo nunca el silencio ni la sobrecogedora desolación de esa noche fue tanta hasta aquel día.
Más allá de la Pradera de los Lobos, el valle volvía a estrecharse. Recordaba hechos recientes. Por allí bajó la noticia del accidente de Tino, un hombre jactancioso que escondía una humanidad primitiva y cálida bajo la apariencia de la fanfarronería de moda; formaba con el Boci y el Mogo, un triunvirato conocido, los reyes del mambo en aquella parte de la sierra. El Boci y Tino abrían un nuevo itinerario sobre la pared sur de Cancho Amarillo y algo falló; se produjo una caída brutal, Tino quedó colgado de la cuerda a veinte metros del suelo. Pese a lo espectacular del vuelo creyeron que se trataba de una caída sin trascendencia, de las que uno se llevaba a casa unos cuantos rasguños de recuerdo, no más. Pero estaban solos. La cuerda quedó trabada de forma incomprensible sobre el cuerpo de Tino; un par de metros le separaba de la pared, fuera de la plomada. La sombra de los riscos formaba una línea de siluetas aserradas que ascendía por la alfombra de gayubas que tapiza la ladera que llevan a la Maza y el Yelmo. Bajo el cielo cárdeno las masas tibias del granito invitaban a la contemplación.
Inmediatamente después de la caída, Tino, que se movía aún colgado al final de los veinte metros sin poder controlar el movimiento pendular, pudo sobreponerse al susto bromeando aún sobre el gran vuelo que había dado; la jactancia era parte del oficio. Al Boci le sangraban las manos. Despacio empezaron a manipular la cuerda.
Bastaron unos pocos minutos para comprender la gravedad de la situación; la cuerda, extrañamente bloqueada en su cuerpo, empezaba a clavarse en su carne oprimiéndole el pecho con una presión insostenible. Intentó desplazar la cuerda, forcejeó con desesperación durante diez, quince minutos; fue inútil, el esfuerzo lo dejó exhausto. Tampoco había cuerda disponible para maniobrar, tirante la totalidad entre Tino y su compañero después de haber dejado deslizar éste los últimos metros en la caída. Estaban amarrados a la misma suerte. El suelo, el camino que descendía allá abajo hacia las Buitreras, quedaba fuera del alcance de ambos. Habría bastado con que pasara algún rezagado de última hora por allí para que todo hubiera sido fácil: alertar a un equipo de rescate no hubiera llevado en ese caso más de una hora.
Pero no hubo rezagados. La oscuridad empezó a mascullar la tragedia entre sus muros, la esperanza de que pasara alguien se fue desvaneciendo con la última luz del día hasta desaparecer engullida por la noche.
A la mañana, cuando las primeras luces doraron los riscos aquellos, el cuerpo de Tino colgaba inanimado, enorme, de la cuerda como un ajusticiado medieval. El viento lo movía ligeramente.
 La noche en que se acabaron los trabajos de rescate era similar a ésta. ¿Qué coño significaba todo aquello?, me venía diciendo. No me refería ya sólo a aquel hecho casi reciente, o a los pensamientos que me ocupaban aquella noche; pensaba también en las calles de Madrid, la gente, sus motivaciones; en mi familia, todos ellos apresurados por sus propios asuntos. Un personaje de Beckett en el último libro que había leído que recorría un itinerario absurdo durante trescientas páginas; la vida como un interrogante... tan incoherente y tan inexplicable tantas veces. En aquel momento todo lo refería al mismo hecho irrevocable del cuerpo de Tino colgando aquella mañana sobre el camino. El tufillo de lo absurdo asomaba entre tanta cavilación.
No era suficiente el esfuerzo de la subida para mitigar la baja temperatura. Peña Sirio, a la derecha, tiene un hueco en la parte superior a través del cual puede verse en algún momento la gran estrella que acompaña a Orión (eso me contó un día Moisés Castaño). Se oía el agua más abajo, algunos pájaros salían asustados entre los matorrales. La tibia sensación de placer que me proporcionaba la soledad no me evitaba cierta impresión de proscrito que llevaba encima.
Soledad, miedo, tristeza, dominio. Había una relación entre todos estos sustantivos aquella noche. Me paré un instante en la bifurcación de la Poza de Kindelán, pensaba en las conexiones que establecen las personas con el miedo, pero sobre todo la del miedo asumido y gratuito, el que uno se busca sin razón aparente de necesidad. El miedo, ese que sabía buscar disculpas mimetizadas de sabias razones cuando a la mañana siguiente tenías una ascensión difícil en perspectiva: la lluvia, la nieve, el cansancio, la dificultad excesiva al emprender una ascensión que hacía temblar ligeramente tus manos . Los fantasmas del hombre solitario son buenos contertulios si se camina muchas horas en silencio.
El camino subía en continuos requiebros entre las altas jaras; en algún tramo era necesario agacharse y caminar encorvado como si estuviera atravesando un estrecho túnel. La razón de ser de lo cotidiano saltaba en pedazos cuestionada por la fuerza comunicadora de la naturaleza; nacía una nueva dimensión en donde la nada reinaba fresca, señora del lugar. La pérdida del sentido se transformaba en experiencia estética a la vez que en identificación solidaria con el ciclo natural de la vida. El lastre de los porqués remitía razonablemente...
El gorgoteo de la fuente bajo el refugio, junto a los tres chopos, una plazoleta recogida y acogedora, se había transformado en un duro carámbano de hielo. El riachuelo cercano no era más que un murmullo lejano sepultado entre los brazos de la noche. Fijé la atención en el discreto sonido que hacían las botas sobre los guijarros. En algún recodo se quebró el hielo que cubría parte del camino.
 Anduve aún un rato por el sendero que serpenteaba hacia el collado de la Dehesilla. La excursión me había levantado un apetito voraz. Desistí de subir hasta el collado. Me detuve junto al Tolmo y decidí organizar mi vivac bajo su tejadillo. Helado me arrebujé apresuradamente en el saco. Mis manos estaban rígidas. El cielo y la noche me parecieron enormes. Palpando encontré la tartera en el fondo del macuto; las yemas de los dedos se quedaban pegados al aluminio. Dentro había una tortilla de patata; tortilla llena de pequeños cristalitos crujientes en su interior, tortilla helada, tortilla fría, tortilla dura.
Mucho tiempo después recordaría con claridad esa noche y esa tortilla, el tránsito inhóspito de patatas y huevos a través del esófago.
El frío era delirante.


Laureano Esteras y Santiago Pino




Rescate en la Oeste de la Amezúa II




El Chorrillo, 16 de febrero de 2017


(Continuación)

En media hora más logramos acercarnos a las inmediaciones de la cumbre de la Punta Amezúa. Nuestros gritos volvían a perderse entre aquel revoltijo de canales y rocas; calculábamos que debíamos estar a la misma altura de la cordada retenida en la cara oeste. Desplazándonos hacia la Aguja Negra, un corredor que bajaba entre ambas cumbres pero que se desplomaba poco más abajo, logramos establecer una precaria comunicación y supimos con exactitud dónde se encontraban. Nos confirmaron que uno de ellos tenía una pierna rota. No nos tomamos tiempo para pensar demasiado, no había otra salida que llegar a la cumbre y rapelar por la cara oeste hasta el lugar de la caída. No podríamos volver a subir por allí, un par de largos de considerable dificultad nos separarían de la cima.





Hicimos corro alrededor del material que disponíamos, ciento diez metros de cuerda y un par de macutos con algunas cosas imprescindibles. Habría cuerda suficiente para rapelar toda la pared. Llegar a la cumbre fue fácil, Ignacio encontró, después de un breve descenso y una travesía por el norte, la canal que llegaba a la cima. En el último momento caímos en la cuenta de que Jotapé y César, ninguno de nosotros los conocía, estaban en la plataforma con lo puesto; con las prisas habíamos olvidado este detalle: sólo teníamos dos sacos de dormir y un plástico bastante grande: ya veríamos.
La oscuridad y lo accidentado del terreno nos obligó a movernos con enorme lentitud. No llegamos a decidir nada; cuando estuvo instalada la cuerda del rápel me dispuse a bajar; si la situación era la que preveíamos sería imposible alzarse hasta la cumbre de nuevo, así que la cuerda permanecería allí hasta la mañana siguiente. Fulgencio, Ignacio y Juan bajarían al refugio una vez hubiéramos organizado el vivac para pasar la noche. No volveríamos a tener comunicación con ellos hasta la tarde del día posterior.
¡Qué extraña y exótica era la sensación de sumergirse en aquel vacío oscuro como un pozo! La cuerda se deslizaba despacio bajo mi pierna derecha al tiempo que con la mano iba liberándola a pequeños golpes mientras me dejaba caer a pasos cortos por la pared. Los hados de aquella hora, una vasta sensación de beatitud y recogimiento, el cielo estrellado, la noche, el silencio, el vacío, más poético que agresivo, conciliaban una realidad de cuento de bosque encantado. ¡Cuerda!, ¡cuerda!, ¡suelta cuerda!, gritaba a José Ángel. La lucecita amarilla de mi linterna jugaba de aquí para allá buscando los pequeños salientes de roca. ¡Aquí!, ¡aquí! ¡a tu derecha!, oí gritar después de veinte metros de descenso en una dirección que no se correspondía con mi estimación de hacía un instante. Me había desviado excesivamente a la izquierda siguiendo una placa lisa que facilitaba mi desplazamiento y que en todo momento me permitiría cambiar de dirección sin riesgo de enganchar la cuerda en algún saliente. Me detuve en un pequeño resalte y tiré de la cuerda del rápel que colgaba en el aire debajo de mí hasta situarla tras un pequeño espolón que sobresalía a mi derecha. ¡Ya!, ¡ya ha llegado la cuerda!, oí en seguida. Después del espolón había un desplome: debajo, en una plataforma de casi un metro de largo, muy satisfechos en ese instante, estaban César y Jotapé acurrucados el uno junto al otro como dos hermanos desamparados de un cuento de Navidad. La estrechez del lugar, el frío, la oscuridad, no daban pie para recibimientos muy efusivos, tampoco ellos estaban muy cariacontecidos, aunque a César la pierna rota no le debía de estar haciendo precisamente cosquillas. Era poco probable que pudiéramos hacer otra cosa que sentarnos y esperar el amanecer: la noche que nos esperaba sería de las que se recuerdan toda la vida.


José Ángel llamaba insistentemente desde arriba. Liberé la cuerda del rápel, até la mía de seguridad a un pitón próximo y grité fuerte el ¡baja! ritual que indicaba al compañero que la cuerda estaba disponible. Peregrina idea la de imaginar aquel grito pintado sobre un lienzo: ¿Cómo sería aquél baja potente, gutural, breve coda vibrando en el aire de una noche de invierno?, grito claro sobre lienzo negro y estrellas rutilantes y siluetas de piedra e impenetrable oscuridad más abajo donde en primavera canta un arroyo o pace la cabra hispánica, masa de betún el espacio de los grajos, el grito estrellado contra las paredes aquellas de la noche.
Cuando José Ángel estuvo a nuestro lado preparamos rápidamente nuestra vela de armas: limpiamos de nieve la plataforma, ayudamos a César a meterse en un saco de dormir, pasamos otro a Jotapé, nos atamos a la roca, aflojamos los cordones de las botas, preparamos asientos con nuestros macutos y, por último nos envolvimos en una enorme tela plástica. Menos da una piedra, dijo José Ángel. Ninguno llevábamos reloj, calculamos que serían las tres o las cuatro de la mañana. Nadie tuvo ganas de hablar, tampoco intentamos dormir, era muy difícil hacerlo con los pies en el vacío sujetos a un espacio apenas suficiente para sostener a cuatro cuerpos. Me hubiera gustado saber qué pasaba por la cabeza de estos compañeros a los que me había unido accidentalmente en aquella improvisada aventura. El frío penetraba incómodamente como un cuchillo y hacía poco menos que imposible las palabras ordenadas; no había que pensar en dormirse, habría sido demasiado peligroso, la mayoría de la energía habíamos de emplearla en despabilar los pies y en luchar contra la tiritona y las posibilidades de una congelación. No obstante la noche fue fascinante, era conmovedor percibir nuestra ínfima pequeñez atada a un indeterminado espacio de mundo que a su vez giraba en un rincón del universo. Me entretuve con las estrellas parte de la noche; al norte sobre el risco del Torreón vimos demorarse a Cástor y Polux; detrás, rozando la Aguja María Luisa, Leo; más al sur Arturus; alguna hora más tarde asomó Júpiter por las paredes meridionales; cerca del alba la constelación del Dragón envolvía a la Osa Menor rozando la cumbre de la Mira con su cola.

Y lo jovencitos que éramos

La noche, interminable, extendida como un manto sobre los montes, marcada por el desplazamiento de los astros, transida por las sombras de los riscos; las horas,
desfilando una tras otra, minuto a minuto, interrumpidas por monosílabos aislados, pasaban densas y cargadas de pensamientos insignificantes.
El único fantasma de ese castillo encantado era la congelación: tener a raya al sueño, mover los dedos de pies y manos, ahuyentar la tiritona, agitar reiteradamente todos los músculos, mover los brazos, golpearlos contra el cuerpo, cambiar de posición... De vez en cuando José Ángel me daba un codazo, ¿te duermes? Los otros dormitaban dentro de sus sacos.
La claridad del alba llegó sacudiéndose suavemente la noche y despertando a las formas a otra realidad menos ambigua. Teñido por el primer sol se dibujó una franja malva sobre el entramado distante de las lomas bajas de la sierra.
Llegó el momento de la huida: no hubo que preparar desayunos —una tableta de chocolate creo recordar que fue lo comimos durante todo el día—, César lo llevaba muy bien y por lo demás el ánimo de todos era excelente; nuestros compañeros de abajo se movían ya en los alrededores del refugio. Esperábamos que algún equipo de rescate llegara también por el camino de la Apretura. Nos llevó un buen rato desentumecernos; el frío no era excesivo pero sí suficiente como para dificultar todos nuestros movimientos: las cuerdas estaban rígidas y muy liadas por las maniobras de la noche anterior; trabajar con ellas fue penoso. Recogimos e iniciamos los preparativos del descenso. Todos conocíamos el itinerario de subida y nos pusimos de acuerdo pronto sobre cómo proceder en la bajada. Una larga plataforma cruza de parte a parte la ancha pared de la Aguja Amezúa a un tercio aproximadamente de la cumbre; calculamos que nos separarían de ella unos cuarenta metros en línea recta, nada complicado si César era capaz de aguantar tan bien como lo había hecho hasta entonces; por lo demás tampoco había ningún lugar intermedio en donde poder organizar un segundo rápel: la pared era lisa como la palma de la mano.
No teníamos nada con qué inmovilizar la pierna; improvisamos una especie de vendaje con lo único que teníamos a mano: una camisa y un par de pañuelos. Después dispusimos la cuerda del rápel muy meticulosamente, era imprescindible que corriera con soltura cuando la recuperáramos desde la plataforma inferior. César bajaría detrás de mi; José Ángel desde arriba y yo desde abajo le ayudaríamos con una cuerda a mantenerse en la trayectoria del rápel, evitándole los posibles movimientos bruscos. Nos llegaron en aquel momento desde abajo las voces de Fulgencio e Ignacio, pero era imposible entender lo que decían.
Los ochenta metros de cuerda cayeron limpiamente sobre el vacío tensándose con un golpe violento sobre la driza que la sujetaba a la pared. Preferí no utilizar el descensor, un artilugio al que no tenía mucha simpatía; pasé la cuerda entre las piernas, la recogí por mi derecha y la deslicé por encima del hombro izquierdo cruzándola antes sobre el pecho; con la mano izquierda sujetaba la cuerda por arriba y con la derecha iba soltando poco a poco el cabo que pendía del vacío. Es un ejercicio sencillo que sólo requiere práctica y un poco de atención; la seducción del vacío es un componente adicional en los descensos, incluso en una circunstancia como aquella. Al principio todo fue bien, la cuerda se deslizaba a tirones debido a su rigidez; tras la plataforma venía una pared lisa; bajé despacio. Después, treinta metros más abajo, la continuidad se rompió y surgió un pequeño desplome surcado por un diedro vertical con una ancha grieta en su fondo.
Después del desplome el panorama fue decepcionante: el final de la cuerda del rápel oscilaba en el vacío dos o tres metros por encima de la plataforma.  ¿Qué hacer?
—¡Cuerda tensa!, ¡tensad! —tuve que gritar varias veces para hacerme entender— ¡La cuerda no llegaaa!, ¡faltan tres metroooos! —Calculé que la cuerda suplementaria que utilizaba de seguro sí alcanzaría hasta la plataforma porque era algo más larga que las de rápel; si fuera suficiente podría abandonar la de rápel y sujetarme a un bloque empotrado que interrumpía el diedro.
Con un trozo de cuerda hice un nudo corredizo sobre la del rápel y até el otro extremo a mi cintura; una vez estrangulado el nudo pude liberar dos metros más de la cuerda y bajé semicolgado estrangulando y aflojando el nudo que me sujetaba a la doble cuerda de descenso. Así llegué con la punta de los pies a aquella plataforma que entonces me pareció grande como una pista de baile.
Limpié de nieve la repisa, me aseguré, anudé un suplemento a la cuerda que colgaba, tiré de ella hasta igualar los dos cabos, preparé un amplio asentadero a César. La cuerda que me unía a él perdió tensión.
—¡Valeee!, ¡puedes bajar!, ¡sin descensooor! ¡No descensooor! —por fortuna entendieron bien que no podían utilizar el descensor, quedaría trabado en el nudo que hice para empalmar la cuerda suplementaria.
La mañana había avanzado un buen pellizco, aquellos cuarenta y tantos metros me habían llevado mucho tiempo. La línea del sol se acercaba rápidamente hacia la Apretura. ¡Primera fila del patio de butacas!, bromeé mientras ayudaba a desplazarse a César, todavía sujeto al rápel, hacia la butaca preparada frente al mayor espectáculo del mundo... música, maestro. Intentó sonreír; después se quejó un poco, ¡coño!, decía; pero eran unos coños cachazudos y desenfadados. Momentos más tarde volvíamos a estar los cuatro juntos. Cuando tiramos de uno de los dos cabos de la cuerda del rápel ésta se deslizó con una suavidad sedosa: José  había dejado todo concienzudamente dispuesto antes de aterrizar sobre nuestro nido.
Las incógnitas habían casi desaparecido después de este largo salto; no es que el resto hubiera que tomárselo a chufla, pero bajar rapelando, aunque fuera con una pierna chingada, iba a ser menos dificultoso a fin de cuentas que el descenso de las inclinadas pendientes de nieve que nos esperaban más abajo. En el siguiente tramo de treinta metros la cuerda se quedó trabada en una hendidura. Como teníamos cuerda suficiente para llegar abajo no lo pensamos dos veces: ya volvería alguien a por ellas otro día. Siguieron algunos rápeles más, algunas travesías por terrazas nevadas que fueron muy dolorosas para César, y por último, un estrecho canalón.
Al pie del corredor nos esperaba media docena de naranjas: nuestros amigos habían abierto un estrecho pasillo en la nieve y dispuesto todo para que se pudiera bajar con cierta comodidad a César en la percha. Mientras apurábamos las naranjas oímos voces: el equipo de rescate venido de Madrid estaba subiendo los primeros neveros de la Apretura. Eran las dos de la tarde. Ayudamos a meter a César en la percha  —una sillita de la reina que cuelga siempre estigmática en una de las paredes del refugio— y nos despedimos: ¡Suerte! Nos quedamos allí sentados, mirando cómo se alejaba el grupo de rescate valle abajo.
De pronto me había quedado vacío, miraba la nieve y la recortada cresta de enfrente y no me producían sensación alguna. Pensé en que era lunes y que aquella misma tarde estaría en casa y de nuevo tendría el martes por delante, y elmiércoles, y el resto de la semana. Le pedí a Ignacio y José Ángel que me disculparan, tenía necesidad de estar solo, nos veríamos en Guisando en Casa Macario. Comencé a bajar cuando todos habían desaparecido ocultos tras una depresión del valle.

La puerta del refugio soltó un chirrido áspero al cerrarse, la nieve yacía pisoteada y sucia alrededor; poco más allá volvía a recuperar su blancura; las formas de las ondulaciones eran graciosas, suaves, y el cielo azul, azul intenso. Mi mirada barría el frente del Galayar sopesando las curvas, posándose como una caricia sobre el granito verdigrís. Ningún razonamiento pudo cruzar mi cabeza en aquellos instantes; brotaban sin embargo sentimientos apacibles y lisonjeros, imágenes y recuerdos, decenas de rostros, el contacto cálido de la roca, el olor acre de mi cansancio.
Era todo muy liviano en aquella hora. Fui bajando con desgana por el centro de la ladera pisando la nieve; pero la emoción que me había llenado el cuerpo con tanta intensidad perdía fuerza, huía ahora, era inútil retardar el paso e intentar retener aquella onda que golpeaba ya contra la orilla de la tarde. Mi último sentimiento fue una ferviente gratitud para los amigos con los que había compartido la noche.