Remontando las aguas del Amazonas III





El Chorrillo,  13 de abril de 2017

Amazonas. La gran Loretana

Cambiamos de barco en Tabatinga. Por la tarde mi hamaca se asomaba al río balanceándose desde el proscenio de La Gran Loretana, el barco con el que continuaríamos el trayecto hasta Iquitos. Al otro lado del río se veían las luces de Leticia y Tabatinga. El pequeño poblado de Ramón Castilla, cuatro casas en donde ondea la bandera peruana, se levantaba, con sus techumbres de cañas y hebras vegetales, por encima del talud de la orilla. Las casas, alzadas como palafitos sobre pivotes de madera, formaban un par de filas por el medio de las cuales corría un camino de piedra; calle principal y única a donde se asomaban dos tiendas, la oficina de la aduana, la escuela, la barraca de la policía federal, un par de restaurantes y unas pocas viviendas. Junto a una de ellas habíamos charlado con tres críos que hacían sus deberes desnudos ante una mesa de tablas.
En Tabatinga, nuestro último contacto con Brasil, habíamos tenido el tiempo justo para recoger el correo. Aunque sólo fuéramos viajeros de ocasión, puros señoritos, curiosos de esta tierra llena de agua, no por ello nuestra sensibilidad dejaría de empaparse de ese algo que tiene la facultad de hacer sentir al cuerpo —bendito cuerpo, bendito aire, noche, lluvia—, el sabor íntimo de las cosas de este mundo. El río se acaparó del tiempo, lo embrujó con los reflejos del crepúsculo, con el estertor de la sirena, con las virtudes múltiples de la hamaca meciéndose en el espacio último del viaje como quien se ríe de las prisas de este siglo; lo embrujó, lo secuestró y ahora ya no existía el tiempo; veíamos suspendidas las nubes blancas del azul ligero del cielo, mirábamos jugar a los bopos al atardecer, hablábamos sin que por primera vez en muchos años sintiéramos la necesidad de saber qué haríamos en el momento siguiente.
En momentos como aquellos —¡ah, la hamaca! de noche, las luces como pececillos tiritando en la superficie del río— uno parecía visitado por el don de la ubicuidad. ¿Cómo expresar lo que se siente sin cansar a quien nos pueda estar leyendo? Porque no quiero seguir escribiendo sin volver a hablar de la noche, de la hamaca, de la brisa fresca que dejó la tormenta de la tarde sobre la superficie del río Solomoes. Mi mente limitada no sabía encontrar elementos diversificadores en la calma de la tarde, pero es que estando tan lleno de estas cosas era una lástima no dejar testimonio de ello. Sucedía como cuando uno se encuentra ante un motivo fotográfico de excepción, se pierde la noción de la medida de las cosas y las tomas siguen a las tomas ininterrumpidamente como si la saturación de la misma imagen sobre el fondo oscuro de la cámara fuera la manera que elegimos para confesarnos nuestro gozo estético de manera repetida.
Nuestra azotea de hierro era habitada esta vez por tan sólo tres pasajeros más; un gran toldo nos protegía de la humedad de la noche. La paz de la tarde venía también hoy de la mano del abultado número de cartas que leímos, una vez hubimos montado nuestro campamento en torno a las hamacas del puente de popa.
Mientras terminábamos de leer la correspondencia bajo el cono de luz que oscilaba por encima de nuestras hamacas, habíamos notado que el barco describía extraños y reiterativos giros en el río; las luces de Leticia y Tabatinga, que lógicamente deberían aparecer por popa, tanto las veíamos por proa como a estribor o a babor según las momentos. En un principio, abstraídos como estábamos con el correo, pensamos que se trataba de otra población, cosa, por otra parte muy improbable, pero que servía a la razón para no abandonar el hilo encantado de la lectura. Era una noche muy oscura en que no había otras referencias que esos restos luminosos; el manto de agua no se llegaba a distinguir de la orilla, los árboles de la ribera eran una masa oscura e indiferenciada que se confundía, engullida por la noche, con el telón de fondo del cielo estrellado. El ruido de los motores se asemejaba al de un automóvil al que le resbalara el embrague. Terminamos por saltar de nuestras hamacas y bajar al puente de proa para averiguar lo que sucedía. A estribor, sobre una plataforma que caía directamente sobre el río, un marinero lanzaba la sonda y gritaba la profundidad al maquinista: tres, cuatro metros. En aquel instante la popa coleteaba peligrosamente a menos de cinco o seis metros de la orilla. Durante más de una hora el barco subió y bajó con extrema lentitud la corriente del río buscando aguas profundas; parecía como si aquello no tuviera salida, en todas las direcciones la sonda no superaba esos tres o cuatro metros que continuamente gritaba el marinero. La totalidad del pasaje, asomado a las barandillas, no perdía detalle de la situación. Cuando en algún momento el marinero gritó: ¡seis metros!, hubo un respiro, el barco giró ligeramente a babor, descendió siguiendo la corriente del río y luego enderezó hacia la otra orilla por unas aguas cada vez más navegable.
Sólo cinco hamacas en el puente de popa. El sonsonete de los motores acunaba el principio de nuestro sueño; la luna, débil, salía ya tras una cortina de nubes, hacía surgir algunas sombras en el mate plano de la noche en donde sólo el vibrar de los motores y la oscuridad existían. Ya no era el sopor ni el calor húmedo de anteayer, un fresco apacible corría por cubierta.
Desde que empezó a clarear todo tuvo la forma de un sueño, llovía fuerte, oía ruido de motores y la sombra de otro barco junto al nuestro tenía aspecto onírico. No estoy seguro de si existió en la realidad, lo percibía como un sueño. Despertar lejano con un fuerte dolor reumático en el hombro y brazo derecho. Sonaba repetidamente la sirena, la orilla había desaparecido tras un telón de niebla y agua. Las percepciones se movían al ritmo del balanceo de la hamaca, un tic tac que marcaba con su cadencia un no sé qué de espacio intemporal en la madrugada. Había amanecido pero nadie se movía de su chinchorro, encogidos como yo en un alba de plomo, gris, lleno de una lluvia persistente que teñía de misterio el cuadro entero del día que comenzaba. El río se ensanchó hacia popa; muy lejos, la línea de los árboles, muy débil, se desdibujaba hasta fundirse con el perfil marino del río. El viento golpeaba los toldos deshilachados que cubrían el puente de popa. Tenía algo de buque fantasma aquel armatoste de hierro.
Las horas pasaban extremadamente lentas por la mañana; el ronroneo, sistemático, cadente, ajeno al tiempo, indolente, pesado, se hacía patente en medio de un calor cada vez más agobiante, sin brisa que aliviara la pesada calma del momento. Me había despertado con un sol en los ojos que levantaba de la copa de los árboles y caía directamente sobre estribor como una caricia matinal. Despertar y haraganear en la hamaca después de ocho horas de sueño sin cambiar de posición, sin moverme, sin una mala molestia después de tanto tiempo tumbado, era un regalo. Defiendo mis ojos tras la sombra del extremo de la hamaca que está prendido de los hierros de la toldilla, me voy desprendiendo poco a poco de las prendas que tengo encima, la capa de plástico, que me aislaba de la humedad, el gabán de algodón que me compré en Mérida por quinientas pesetas como recurso contra el frío, el chubasquero que adquirí para ir a Los Nevados, un par de calcetines, los pantalones largos, y vuelvo a estar tranquilo mirando al río, repantigado en la calma chicha de la hora. El calor terminó por echarme de allí, bajar al baño, quitarme las legañas, hacer estiramientos junto a un chaval que me observaba intensamente con esa mirada descarada que tienen los críos del todo el mundo. Le mantengo la mirada, se sonríe, me pongo de rodillas en el banco tapizado de cuero, estiro: dejo mi cuerpo en condiciones de encontrarse con el nuevo día. Hoy toca olfatear arriba y abajo del Perú para ver dónde mi instinto perruno quiere echar sus meaditas preferidas. Las tenía enumeradas en una vieja guía que compramos hacía años en Bolivia, Backpacking in the Andes; la Cordillera Blanca, el Huascarán, el Sendero del Inca en los alrededores del Machu Picchu. Las montañas y los glaciares sustituyeron de inmediato al río, el señor del día y la noche de entonces, y me entraron unas repentinas ganas de caminar; Dios, caminar, caminar, qué deseo de encontrarme con las montañas; la vuelta a los orígenes, a una semana de barco otra semana de cumbres y esfuerzos, pasos cercanos a los cinco mil metros, largos valles, otra manera de estar conmigo.
Se me ocurre que la vida puede ser eso, muchas maneras diferentes de estarse con uno mismo. El viaje, y dentro de él esta calma sedante del río; y, además, el afán de caminar y de mirar. Poner al organismo en condiciones de ser estimulado. El río y la montaña eran dos maneras diferentes de alcanzar ese estado de hacer. La fertilidad de los estados de autoconciencia en contraposición con aquellos en los que apenas se destila la preocupación biológica por superar el aburrimiento. Mi estar conmigo mismo era columpiarse entre la conciencia racional y el abismo de nuestro escurridizo ser interior, un punto privilegiado de observación en el que la realidad y nuestro yo encuentran las mejores condiciones para acrisolar y sintetizar su esencia.
Vivir rodeado de actividades inocuas, atender sistemáticamente a los asuntos de intendencia, me alejan de mí, me deshumanizan. La población de esta parte del Perú hace la vida en el río. Su vida parece transcurrir en una ocupación continua; economía de subsistencia acompañada de una numerosa prole. El hombre necesita un espacio en donde encontrarse y poder decidir sobre sí mismo; algo muy diferente a eso otro de verse empujado por los acontecimientos que nos van echando encima los días a lo largo de nuestra vida sin dejarnos respiro para decidir.
La actividad que deba avenirse con mi yo, cualséase, que dirían los antiguos, tendría que cumplir la ineludible condición de tener a ese yo como referente, no la alienación que supone el transcurrir de los años sin que seamos nosotros los que decidamos sobre el cúmulo de circunstancias que nos conciernen.
El barco se detiene a recoger cajas de pescado junto al talud de un poblado; alternancia de calor sofocante con la brisa de la vuelta al río. Alternancia de ritmos. También esto debe ser un constitutivo necesario en los esquemas del cerebro; la frescura de la alternancia, cambio de ritmo como en la música, no vaya a ser que un exceso de autoconciencia atasque los imbornales de cubierta y con la lluvia nos vaya a llegar el agua al culo.
Por eso que ni siempre montaña, ni siempre río, simplemente que no falte el alivio de reencontrarse con cierta frecuencia y, sobre todo que no nos olvidemos de los ratos de locura. Ponga usted un rato de locura en su vida y el cuadro quedará completo. Ahora, ojo al canto: atención a la sonda. El río se ensancha hasta convertirse en un inmenso lago salpicado de islas; pura arena, aguas someras por tanto, máquinas al ralentí y un marinero lanzando la sonda a cada momento, no vayamos a dejar encallado este trasto en un ramalazo de locura y velocidad. Hacia proa se oía la voz del marino: hondo, siete, ocho, nueve, hondo, hondo. Seguimos navegando.
Perdí la noción del tiempo por un rato. Arropado y mecido en el sitio de siempre, leía Historia de un náufrago, de García Márquez. Casi tenía que hacer un esfuerzo para salir de la balsa que flotaba en el Caribe. Relato verídico, escueto, sin concesiones literarias. Llega la noche y los aviones de rescate no aparecen; hay un silencio infinito junto a la balsa. Y levantaba la vista y volvía a ser consciente de dónde estaba, el río, la brisa, un rebaño de nubes ligeras campando en el horizonte. Sopor de siesta bajo la toldilla, sólo Victoria y yo no dormíamos. Cremosa lentitud, calor; desde hacía día y medio el agua se había vuelto oscura y espesa, la bandera peruana ondeaba perezosamente en el pabellón de popa; cabañas de techumbre de palma, algunas garzas, los cayucos de siempre... y calor, mucho calor. Y bajo la toldilla un naufragio y poco más; a mi derecha Victoria leía a Rómulo Gallegos, el episodio aquel que narra cómo el llanero, cabalgando en la noche, enciende el cigarrillo con un ojo cerrado para que el deslubramiento del fósforo no le impida seguir cabalgando una vez que éste cuelgue encendido de la comisura de los labios. Leer: estar aquí, pero estar allí, la simultaneidad de los mundos y las ideas; mundos que yo elegía, el trabajo de deslizar mi mano y decidir entre la oferta de las estanterías qué tipo de historia quería vivir hoy o mañana; y así saltar de Cuba, de los versos musicales de Nicolás Guillén, a los Llanos de Venezuela; a un rincón de España de la mano de Galdós, ayer; al Caribe, hoy, con García Márquez; a Macondo mañana; a Méjico con Rulfo, que no resistí dejar de comprar antes de poner este gran río entre una librería y la siguiente. Y una vez recuperada la conciencia de mi lectura —el náufrago en su primera noche— con un vistazo a este bloc, volver al Caribe, ver, constatar en qué para el camino hacia la supervivencia.
A las cuatro y media de la tarde, cuando el calor en cubierta volvía a ser asfixiante, el náufrago llegaba a tierra y seiscientos hombres lo llevaban en andas hasta las puertas de la civilización. Y todavía nuestro barco seguía incansable su ancho camino de agua, aproximándose poco a poco hacia la hora del crepúsculo. Y junto al camino de agua seguían creciendo árboles y chozas y barcas de pescadores. Todo continúa igual que antes del naufragio, sólo apenas hacía un rato.
Después, la tarde transcurrió en un placentero espectáculo de luces que se desplegaba frente a la proa poco antes del crepúsculo. Y al cabo, envueltos ya en la oscuridad, la tormenta, inflada y ventosa rompiendo con toda su fuerza contra el barco. Los pasajeros habían evacuado el espacio de la toldilla bajo el puente de popa ante la amenaza del temporal, las ráfagas de viento y agua llegaban a todos los rincones. Victoria y yo decidimos quedarnos allí, sin embargo; el insólito espectáculo de los truenos rompiendo contra el río y la selva era digno y hermoso. Sólo un pequeño rincón quedaba a salvo del agua. El motor, con su bronco rumor de máquina, asumían el papel de los contrabajos en la sinfonía de la tormenta, melodía arrafagada en medio de la noche que se terminó de echar encima en un santiamén en el momento en que empezaron a sonar los primeros relámpagos.

Y llegamos a Iquitos a la una de la madrugada. Y le caímos bien al patrón del barco y nos dejó pasar la noche en nuestras hamacas hasta el amanecer. Poco después del mediodía tomábamos un vuelo con destino a Lima.


Puerto de Iquitos


Remontando las aguas del Amazonas II





El Chorrillo, 12 de abril de 2017


Curso medio del río

Junto a mi hamaca era la permanente presencia de mi vecina, su pesadez corpórea, su voz áspera y desganada gritando el Jefferson de rigor, sus pechos sobresaliendo indolentes a cada instante por debajo de la blusa para dar de mamar a su nena. Ese alentador escenario que es la calle para mirar a las mujeres perdía su frescura en el trasiego humano del barco; aquí todo parecía más vulgar, la sensualidad parecía haber sido defenestrada por la conjunción de la convivencia y la satisfacción de las necesidades elementales cotidianas. Me preguntaba si no sería la sensualidad cosa sustancialmente del coco, pura imaginación al servicio de un sofisticado instinto creador que busca hacer brotar de la realidad un fuego que duerme escondido en la pura madera del cuerpo. La vulgaridad, la realidad rala, son incompatibles con el disfrute de los bienes que se derivan de la sofisticación de un cerebro desarrollado. ¿O quizás habría que decir de una sensibilidad desarrollada?, o ¿estará uno implícito en lo otro, la sensibilidad como parte de un cerebro avanzado? Pero ¿y qué es un cerebro desarrollado? ¿O será que el juego está más bien en un aprendizaje basado en las posibilidades que ofrecen nuestras relaciones con el entorno, y en la forma en que nosotros damos complejidad a las maneras simples y buscamos combinaciones creativas que alimenten alguna conexión neural tendente a generar placeres no elementales?
De todas las mutaciones posibles sólo subsisten aquellas que ponen al individuo en mejores condiciones de supervivencia. De la misma manera, la sofisticación de los caminos de la libido no tendría una historia diferente, lo sofisticado va abriéndose camino en la historia de cada uno, de una sociedad, en función de una concatenación de actos perdurables que se han ido acumulando unos a otros y que en última instancia suponen un bien adquirido producto de una larga elección entre posibilidades múltiples. Cuando identificamos ciertas circunstancias como sensuales, por ejemplo, y otras no, lo único que hacemos es reconocer el modo de apreciar el cerebro la realidad en relación a sus intereses particulares. Las mil y una locuras relacionadas con las sofisticaciones del acto sexual y sus concomitantes no pueden tener otra explicación que la selección de un importante número de gestos, hábitos, modos de insinuar, moverse, vestirse, tendentes a satisfacer un placer que debe de estar en hombres y mujeres grabados con la intensidad de lo insoslayable.


Aquel día no estaba seguro de que la religión hubiera sido un elemento de alienación, cada uno se defiende de la soledad como puede, “Sonríe, Jesús te ama”, decía la camiseta de un pasajero que pasó junto a mi hamaca (“Sonríe, Jesús te ama”. No te preocupes, no sufras, hay alguien que está junto a ti, alguien te ama, no estás solo, dice implícitamente esta leyenda). Generamos una sensualidad, una mano prensil, un cerebro avanzado, una religión. El individuo, el organismo social no debe explicar nada; de todo el muestrario de variaciones posibles, de mutaciones que la aleatoriedad introduce en el individuo o en el cuerpo social, perviven las que son útiles en un entorno. La utilidad de la religión en determinados estadios de desarrollo individual, social, cultural es obvia esta mañana mirando a este gentío que comulga con las mismas consignas y con un modo de equilibrar sus desventuras y sus querencias.
La derivación de la religión a partir del principio del placer estaría en el ámbito de una de las aspiraciones más genuinas del hombre: consuelo, amor, protección contra las inclemencias, remedio de todos los males, superación de los imponderables y, de remate, broche impecable, el gran invento: la posibilidad de trascender la muerte. No encontró el hombre nunca una herramienta más prolífica y versátil que ésta de la religión para enfrentarse al mundo e intentar superarlo. Las supersticiones tuvieron que ganar en complejidad y riqueza para así poder hacer frente a la multiplicidad de las cuestiones que se planteaban.

Por la tarde terminé Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, fin a la pasión por el llano y por los grandes ríos, también a los grandes amores y a los designios de la llamada interior.
Rememoramos frente a las últimas luces del día nuestro mejores momentos. Si te fueras a morir dentro de un rato, ¿qué recuerdos crees que convocaría tu memoria para ese instante?, le pregunté a Victoria. Ayer me asaltó ese mismo pensamiento por la mañana. Tomamos nuestro café. Era el ambiente de los buenos momentos, anchos, espaciosos, hechos de la inmensa serenidad que brota de la naturaleza. Mi memoria convocaría en primer lugar a la montaña, a todos los rincones de la naturaleza que dejaron en mí la temprana impronta de las vivencias más nobles, y la poblaría enseguida con la presencia de unos pocos hombres y mujeres; no hace falta nombrar a nadie, ya sabéis vosotros quienes sois. La oscuridad se adueñaba lentamente del río, había pequeños remansos de luz sobre su superficie, Venus se reflejaba junto a la proa.
Las constelaciones del sur se asomaban por el horizonte, el arco sobre el cielo de la luna y el sol, cambió también de posición; ahora, pasada ya la línea del ecuador, había que buscarlo hacia el norte. Recordamos juntos la aventura solitaria alrededor del mundo de Julio Villar (leí que falleció semanas atrás: descanse en paz el amante de los mares y las montañas), en ¡Eh, Petrel!, metido en una pequeña embarcación de catorce metros de eslora. Si a mí la montaña fue suficiente como para poder convocar en una última tarde de vida al grueso de los recuerdos, ¿qué sería una experiencia como la de este hombre, la de tantos que hicieron en sólo unos pocos años una cosecha cien veces superior a la mía? Seguía envidiando a los hombres solitarios que se aventuraron con el petate y poco más a lo largo y a lo ancho del mundo con la casi exclusiva intención de encontrarse consigo mismos y con un trozo de naturaleza. El recuerdo de Julio Villar me lo trajo la constelación en la que pacía Aldebarán, una estrella que se ve poco en nuestras latitudes y que él nombraba en algunas ocasiones como referencia de su navegación. Permanecimos hasta muy tarde ensimismados en la contemplación de la noche; en algún momento viene una fragancia que inunda la borda. Era una vaharada penetrante que llenaba de resonancias los sentidos; la orilla desvaneciente, los restos remotos del crepúsculo sobre el río llegaban hasta nosotros dejando constancia del instante grabando en la memoria un momento de excepcional belleza y placidez.
Me levanté pronto para ver amanecer, pero el barco estaba en puerto, el sol se alzaba tras los árboles. La mitad de los pasajeros habían desaparecido en el transcurso de la noche. La mujer indígena que leía constantemente el Evangelio junto a mi hamaca, un rostro bellamente ovalado y adusto, se cepilla los dientes en el lavabo común de cubierta y deja la loza, impoluta hasta entonces, llena de una pasta rojiza con aspecto de hemorragia biliosa. Durante todo el día ya no pude ver a mi vecina sin que mi retina se viera iluminada por aquel coágulo sanguinolento.

Por la mañana el boli corría voluptuosamente por la superficie del papel, el río se había estrechado y la temperatura a la sombra era acariciadora. Vemos y miramos como el sediento que se bebe un vaso de agua fresca... como si reconociéramos en ese cuerpo que tenemos delante una parte de nosotros mismos, esa mirada que querría encontrar en la realidad de la mañana rasgos de una existencia vivida en algún momento anterior. Pero también la incógnita de las concomitancias entre mi cuerpo y el del otro, entre mi espíritu y el suyo. Los cuerpos estaban ahí por la mañana como servidos para desayuno de mi curiosidad. Desembarcó la madre de Jefferson y, ahora, su espacio de hamaca había sido ocupado por dos hombres mayores que miraban ausentes al techo; la chica de la hemorragia bucal había encontrado dos acompañantes que le daban motivo para una risa tontibonita. Tenía una gran facilidad para tocarse esa gente brasileira; me gustaba verlos tontear, acicalarse, flirtear; sus miradas bovinas contra el crepúsculo de la tarde en la apartada baranda de proa reflejaban deseos difíciles de satisfacer entre la saturación humana de cubierta. El señor mayor de mi derecha, de pelo cano y mirada ausente, fumaba, adusto, serio, impasible ante lo que sucedía a su alrededor.





Remontando el río Amazonas I






El Chorrillo, 9 de abril de 2017

La hamaca fue el remanso que encontramos al cabo de dos meses de un viaje que nos había llevado desde Ciudad de Méjico a través de Centroamérica, con un breve vuelo a Cuba, hasta la gran vena de agua que atraviesa Brasil. Contemplar ahora la vida desde la hamaca, enfrentar las ideas, los recuerdos, las percepciones desde el vaivén amazónico; ese parecía el objetivo cuando el barco zarpó en Manaus y, corriente arriba, se disponía a afrontar un viaje de diez días con destino a Iquitos, la legendaria ciudad de la selva peruana a la que el Fitzcarraldo de Wernerg Herzog quiso adornar a principio del pasado siglo con un teatro de la ópera que rivalizara con el de la Escala de Milán.
Fitzcarraldo tenía mucho de Mahler, fuertes, visionarios ambos, la grandiosidad de la selva, el trabajo de alzar un buque por las laderas de una montaña para ganar el codo inexplorado de otra gran corriente de agua. Trato de situar el primer movimiento de la octava sinfonía en el fondo de las primeras secuencias, cuando la nave empieza a alzarse sobre la superficie de agua como un milagro mientras cientos de brazos indígenas mantienen firmes la tensión de las cuerdas sobre las poleas y los cabrestantes. Es un canto al esfuerzo ciclópeo del hombre por expresar ese grado de locura que necesita el espíritu para acercarse a la plenitud. Lo que nace del agua en el arranque del primer movimiento con un rotundo acorde es tan hermoso como la creación del mundo; el barco emerge del río y empieza su andadura por la ladera de la montaña. Herzog inventó las montañas en torno a Iquitos, las necesitaba para izar su barco por una ladera y para despeñarlo a continuación por la corriente abajo de un río salvaje. La selva de Iquitos nunca se eleva por encima de las enseñas de los barcos que la atraviesan, pero no importa, parece como si el hombre tuviera necesidad de un reto en cada momento de su vida. Si las circunstancias no nos llevan a ello, habrá que inventarlas, como hace Herzog, a fin de poner a prueba nuestro espíritu adormecido. La vida sin retos será poco menos que esa calma tropical en donde ni las estaciones ni los estímulos tienen parte.
La hamaca es un artilugio que dispone, por su naturaleza náutica y aérea, a la reflexión, a la enunciación, a la asociación de los recuerdos; mucho más cómoda, creo yo, que esa chaise-longe en donde Thomas Mann hace yacer a su protagonista de La Montaña Mágica, durante un considerable número de páginas. Los contrarios se tocan, la calma tropical del Amazonas y la estación de alta montaña suiza, pueden ser un excelente balcón sobre la vida a condición de disponer de un tiempo suficientemente dilatado para contemplarla.
 El barco había zarpado, el sol del crepúsculo se había hundido en el agua dejando sobre su superficie el brillo descolorido de la ceniza. La luna se dibujada tenuemente en la superficie del río y yo la miraba desde la cubierta demorarse mecida en un perezoso balanceo. De pronto tuve la sensación de haberme liberado de un puñado de obligaciones, el ajetreo de los buses, los madrugones, la correspondencia; el cuerpo me pedía tranquilidad, tiempo para mí, sesiones de hamaca. Me parecía un regalo no verme empujado por nada que me apremiara a moverme en una dirección determinada.
 Me había despertado en acompañado por el leve ronroneo de los motores del barco, la calma chicha del agua del río. La mañana estaba fresca, era lindo el lugar, la orilla, ahí a la mano, con sus pequeños poblados de vez en cuando, los cayucos de algún pescador, las arboledas adornando la orilla permanentemente; todo parecía como recién estrenado a esta hora. Era agradable sentarse después de dejar al cuerpo en condiciones de armonía física consigo mismo —el baño, el desayuno, el frescor de la pasta de dientes— a ver la mañana y decirse: bueno, veamos qué nos trae hoy el día.
¿Cómo será vivir aquí, a la orilla del río, me preguntaba, sin otra conexión con el mundo que esta masa de agua? ¿Semanas, meses, años ausentes de comunicación, sin otros nexos ni tensiones que las que fuera capaz de generar el cuerpo y las relaciones con las personas y el medio? En la orilla veía a una muchacha cargada con la mochila de ir al cole. Habría escuela, aunque fuera remota; habría gente, aunque estuviera diseminada. La selva no es impenetrable, se puede caminar como en un pinar guarrameño. A lo mejor era lo mismo, a lo mejor no había nada remoto ni del todo exótico. Probablemente lo verdaderamente exótico seguiría estando en las posibilidades que nos ofrece el cerebro, las exigencias de pensar, crear algo nuevo: estar vivo, arreglar una casa, echarse al río a pescar, recibir el calor del sol o la brisa del atardecer
Sin embargo era imposible no pensar en el elaborado producto de la cultura que fue fabricando el hombre, un acto inútil querer prescindir de él, porque esa cultura nos hace seres más densos, más autoconscientes; la cultura engrasa la maquinaria del espíritu e imprime densidad y profundidad allí donde en un principio sólo existía la brutedad arborícola de nuestros antepasados. La cultura no es otra cosa que la posibilidad de que el ser alumbre conciencia de sí, crezcan flores donde sólo había cardos y piedras, sonidos armoniosos donde sólo el ulular del viento hacía acto de presencia de tanto en tanto. Y ser selectivos, exigentemente selectivos porque son muchos los caminos fáciles y rotundamente equivocados, equivocados hasta el punto de hacer perder la cabeza y el sentido de la realidad al más pintado. Buen olfato, oído fino, atención a los signos.
Surgían estas cosas del ambiente apacible de la mañana, era agradable especular frente al paisaje; invitación a la reafirmación de lo básico, materia visual para hacer acopio de lucidez, no fuera a ser que algún día nos perdiéramos en alguno de los laberintos que produce indiscriminadamente nuestra adelantada maquinaria social.
¿Qué era aquello que acontentaba mi espíritu, le daba esta mañana ese aire relajado de bienestar? El camino que siguieron nuestros organismos durante estos meses sí parecía estar poniéndonos en condiciones de hacer, “Ce qui est difficile ce n’est pas de faire, mais de se mettre dans l’état de faire” (Brancusi), citaba hace unos días Salvador Pániker en su Cuaderno amarillo. Mi ojos se demoraba en las nubes y los grandes árboles de blanco tronco, e intentaba adensar los recuerdos y las vivencias alrededor del ánimo sobrevenido de esta mañana de navegación. El río Amazonas sólo es Amazonas entre Manaus y el océano, cuando el río Negro y el Solimoes unen sus inmensos caudales. La unión de estos dos ríos es el espectáculo de la fusión de dos grandes historias: el negro intenso de las aguas que bajan de Venezuela junto al Orinoco, mantienen su reservada distancia con aquellas color terroso del Solimoes, que nace en los Andes. Ambas aguas caminan dentro del mismo cauce, unas al lado de las otras, sin fundirse. Pasarán muchos días de navegación antes de que la cercanía de una y otra termine por resolverse en un caudal único. Así probablemente nuestra relación con las personas, caminos largos que recorrer juntos, la experiencia de los rápidos, el aire de la noche llenando de brillo de estrellas la superficie calma del agua. Quizás sea esto de flotar uno junto a otro el amor, no lo fugaz, sino eso que llegados al delta, al final de la vida, recordaremos con extraordinaria sensación de bienestar; lo que permanece, lo que es capaz de enquistarse en nosotros como parte de nuestra propia médula.
La hamaca, el chinchorro, es un instrumento idóneo para asentar el cuerpo y dejarlo ir por los caminos que el ocio puede ofrecerle. El agua se movía indolente entre la orilla y el barco. Me llegaba un fuerte olor a orines, los criajos de al lado habían empapado la hamaca vecina en el transcurso de la noche. Frente a mí una joven leía un volumen de El Nuevo Testamento; en la hamaca próxima una nena se agarraba a la mamiteta mientras manoteaba el otro pecho de la madre, que dormía despanzurrada sobre el chinchorro metiendo el pie dentro de El Nuevo Testamento de la vecina. La madre no tenía más de dieciocho o diecinueve años, la nena sólo se tranquilizaba agarrada a la teta o correteando por cubierta; su mamá llamaba indolentemente a Jefersson que, con sus tres años, no era capaz de estarse quieto un minuto y corría arriba y abajo de la escalera y se asomaba peligrosamente por la escotilla de estribor. La madre se volvía a acomodar, me metía el codo derecho por el ojo; la joven del Nuevo Testamento dormía acunada por el sopor de la cubierta. Era una humanidad hacinada, pero no desagradable; constituía la vida del instante; si ayer, anteayer se respetaban las distancias dentro de esta aproximación inevitable entre unos y otros pasajeros, hoy esa misma distancia ya no existía, los espacios individuales habían desaparecido; sin embargo, en la versatilidad de la hamaca era posible encontrar el hueco a diferentes niveles para colocar todas las partes del cuerpo en una posición de inusitada comodidad. Los colores, la disposición de los tirantes y las telas, el contrapeado de los cuerpos, formaban un conjunto armonioso. Aunque Victoria comentara que parecíamos refugiados políticos o prisioneros de guerra en lugar de pasajeros, la imagen respondía más al hábito de la asociación de estereotipos que a otra cosa.

Espectáculo de luces y sombras a la caída de la tarde, barcas, pescadores que traen su mercancía al puerto, barracas reflejadas sobre el agua; los bopos, semejante a los delfines, aunque mucho más pequeños, describiendo pequeños saltos sobre la superficie del río. Unas pocas tomas con la cámara fotográfica de las siluetas que atravesaban las últimas luces flotando en el crepúsculo desvaneciente. Y calor, calor húmedo, pegajoso y espeso que dejaba la piel como untada de aceite y perlaba el rostro de gruesas gotas de sudor.



Manaus


Manaus

De cuando murió mi madre






El Chorrillo, 3 de abril de 2017

In memoriam

Este blog, que nació de manera imprecisa motivado por la lectura de Cartas desde mi molino, de Daudet, parece que está encontrando su acomodo últimamente, entre otras cosas, en breves relatos que surgen de mi disposición a dejar vagar los pensamientos por el horizonte cuando se aproxima la hora del crepúsculo o más tarde, cuando tras la cena, enciendo la chimenea y me dejo llevar por el chisporroteo y el juego hipnótico de las llamas. Hoy las llamas me llevaron a otras llamas, unas que ardían en la chimenea del cuarto de estar de nuestra casa una noche en que mi madre, después de tres meses de asumir un cáncer terminal, agonizaba pacífica, tiernamente, despidiéndose de la vida con la humildad propia de un pajarillo al que le ha llegado su último momento. El relato de hoy está sacado de un librito que escribí tras su muerte y que llevaba el título de El año en que murió mi madre. A veces el cuerpo necesita recuperar la memoria de intensos momentos del pasado para conciliarse con la vida y también para rendir homenaje a nuestros seres más queridos.

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"La nieve caía blanda sobre nuestra parcela, blanda, despacio, asombrosa lentitud  de eternidad; y la miraba caer, lenta, intempo­ral, cubriendo la tierra". Así comienza aquel librito; a mi madre la habían diagnosticado un tumor cerebral que terminaría con su vida en poco más de un trimestre. Nevaba y mi madre hacía calceta frente a la cristalera de la biblioteca totalmente ajena a la cercanía del final de su vida. Fuera nevaba intensamente. Transcurrieron tres largos meses. Me recuerdo una tarde con el pensamiento de destruir apuntes, diarios, escritos, fotos del pasado. Tenía en mi ánimo el recuerdo reciente de mi madre esperando en la silla de ruedas junto a la ambulancia a que terminaran los preparativos para introducirla en la camilla. Ahora se trataba de una trombosis en la pierna derecha, justo cuando la infección anterior comenzaba a remitir. Era una imagen especialmente dolorosa; cuando me volví hacia ella las lágrimas le resbalaban por las mejillas. De pronto fue como si todo hubiera enmudecido alrededor, como esos planos a cámara lenta que recortan la secuencia, la alargan o la llenan de silencio hasta saturar la retina con el dramático peso del momento. Así encontré a mi madre, sorprendida en una tristeza animal sin esperanza. De nuevo le esperaba la anónima blancura del hospital, el día igual a la noche; el calor de la familia alrededor se quebraba una vez más, todo se volvía silencio de tumba, blancura indistinta, duro final. Las lágrimas le bajaban en silencio por la mejilla. Se me rompía el alma viéndola, imaginando la hondura de su pesar. Después seguimos a la ambulancia, fue entonces que todo esto me pareció insignificante y pequeño, las pequeñas cosas que uno guarda, los recuerdos en los cajones, casi ridículo, los versos, las ideas dispersas en unos folios; nada podría llegar a la altura de los sentimientos, de las intuiciones, era un ámbito mágico en donde me movía como en el espacio de un sueño. ¡Chata!, le digo, ahora que la tengo a mi lado junto al ventanal de la biblioteca de nuevo, ¿te duele?, y me mira con un gesto de dolor. Ese espacio, que duró ayer medio día, ya no existe, ahora está otra vez en casa. Nos negamos a que fuera internada una vez más en el hospital, nos dieron un tratamiento alternativo, aprendí a inyectarle la heparina. El peligro de que el trombo se desprendiera y llegara a los pulmones nos iba a mantener en ascuas durante unos días, pero no había otra alternativa. El tiempo de tratamiento en el hospital habría sobrepasado su esperanza de vida. Por la tarde dormitaba en la silla de ruedas con la pierna en alto.

Ahora es doce de marzo. Lleva dos días dormida, ya no responde a ningún estímulo externo, no oye, no ve, tampoco siente el dolor; duerme ininterrumpidamente alejada de este mundo. Fue ayer por la mañana que no abrió los ojos, la vapuleé durante un rato; despierta, le decía. Luego puse la música lo más alto que daba el amplificador, vibraban los cristales de toda la casa, nada. Después grité en sus oídos: ¡mamá! ¡mamá! Se me formó un nudo en la garganta; grité hasta que se me saltaron las lágrimas; no me oía, su rostro era imperturbable, no mostraba sentimiento alguno. La levantamos y, después de lavarla, la pusimos sobre la silla de ruedas y le dimos de desayunar. Permaneció impasible, recostada la cabeza en un artilugio que le fabricamos en seguida para hacerle cómoda la postura. Los alimentos los ingería con mucha dificultad, con paciencia conseguimos que comiera algún alimento que pasábamos por la trituradora. Todo siguió igual durante día y medio, pero en la tarde del segundo día su respiración experimentó un brusco aceleramiento, le tomé las pulsaciones, su corazón bombeaba a una velocidad tremenda, sus pulmones trabajaban como una bomba a punto de romperse. No sabíamos qué hacer, su pecho subía y bajaba con celeridad pero sin que su rostro se alterara lo más mínimo. Llamé al doctor por teléfono, sólo me dijo buenas palabras, no se podía hacer nada, esperar, esperar. Después de quince minutos su respiración volvió a la normalidad. La acostamos pronto, estaba muy dócil, parecía vivir dentro de un sueño reparador.
Aquel día Victoria y yo dimos un paseo hasta el olivar y volvimos a discutir el asunto de las medicinas, el sentido que tenía ingerir aquella extensa cantidad de medicamentos que tomaba a diario. Nos lo habíamos preguntado frecuentemente durante los tres últimos meses. Ahora, ayer, que las pulsaciones le subieron por encima de las ciento veinte, nuestro acostumbrado paseo fue otra vez un espacio de difíciles interrogantes: ¿le retiraríamos las medicinas?, ¿si?,  ¿no? ¿Deberíamos mantener toda aquella medicación después de dos días de coma? No queríamos ningún medicamento que prolongara su vida en esa situación, mi madre necesitaba morir sin necesidad de arrastrarse por un número innecesario de miserias. ¿Qué hacer con el Fortecortín, con la Heparina, que yo mismo le inyectaba y que ponía su organismo alerta contra la eventualidad de una trombosis, que prevenía una posible embolia pulmonar después de la formación del trombo en la pierna? ¿El medicamento contra los posibles ataques epilépticos? Los diversos antibióticos, los analgésicos, los inhaladores que apenas podían administrarse ya porque su respiración era tan débil que no lográbamos distinguir las expiraciones de las inspiraciones al aplicarlos. ¿Cómo repercutiría en su organismo la retirada de los medicamentos? No podríamos decirle nada a mi padre, refugiado en la apariencia de un sentimentalismo que no entendíamos. La mentira de las convenciones estaban más arraigada en nosotros de lo que esperábamos (¿donde quedaban aquellos pensamientos del principio cuando me planteaba el tema del dolor con todo su dramatismo y pensaba en lejanos países para el destino último de mi madre?) Debería dormirse hoy, mañana, y no despertar, decíamos mientras hacíamos el camino de regreso a casa. Paseábamos por el camino alto del olivar, el viento soplaba del norte y había en el horizonte un fondo de nubes azules fragmentadas y altas. La sierra estaba ocupada por una pesada franja grisácea.



Los últimos días no pude escribir. Al final todo se precipitó. Una mañana no despertó, todo era igual que siempre, pero ya no abrió los ojos, no oía, cuando le acercábamos la comida a la boca comía mecánicamente, igual que un recién nacido succiona instintivamente del pecho de su madre. No había violencia alguna en su porte, la sacábamos al sol, la hablábamos, nada, su vida era una vida vegetal. Ya sólo permanecía unas pocas horas en la silla de ruedas, su cansancio era extremo.
 Miro uno de los últimos retratos de mi madre. Era mi madre. Enfermó hace unos meses, diecisiete semanas de vida dijeron. Murió la pasada semana después de un largo historial de hospitales y de unos apasionados meses en los que la vida se fue extinguiendo día a día en medio de risas, besos y largos periodos de decaimiento y desolación.
Mi madre, gordita, asmática, dominadora de mi padre. Recuerdo hoy largos periodos de mi infancia junto a ella, no demasiados momentos de alegría, cuando un día me contaba, ya en los sesenta, la ilusión con la que había esperado vestir determinado traje y un enorme sombrero de paja allá, poco después de terminar la guerra. Siempre me acordé de este detalle, lo contó una tarde en que estaba especialmente comunicativa, sentados en medio del blanco de la cocina mi padre volvía a relatar también aquello del jabón, de cuando lo fabricaban con aceite que recogía de los restaurantes, la sosa, el contrabando, esas historias que tantas veces relató. Pero los recuerdos fluían aquella tarde mejor del lado de mi madre, la ilusión de entonces, de sus veinte años, chispeaba en sus ojos con una gracia nueva, desconocida en ella. Modista, modistilla de entonces, la única hembra de una familia numerosa, coqueta, sabedora de su encanto físico, encerrada para siempre en sí, con sólo los resquicios suficientes para que las lágrimas abrieran su curso en medio de un instinto a veces casi animal. Encerrada a cal y canto en ella misma, replegada sobre algún agravio desconocido para nosotros. Su inhibición sólo se rompió en los últimos meses; besó entonces como besan los niños. Afriquilla le decía Victoria, y ella extendía entonces los morretes hacia adelante para besar nuestra boca desde su cara radiante de alegría. Eso de Afriquilla le llenaba los ojos de felicidad.


Ayer hizo quince días que murió, Lucía oía a Serrat en el cuarto de baño mientras hacía la limpieza; me decía que le gustaba más ahora porque era la música que yo había puesto hacía días, cuando se murió la abuela. Casi había olvidado ese detalle, había olvidado también que Lucía estuviera allí, todos estaban esa noche allí, pero no, no los veo, me veo a mi y a mi madre, después veo a Victoria; durante unos minutos irrumpe mi padre, mi hermana cuando suena la cancela y salgo a decirle que todo está tranquilo, que todo ha ido bien, que mamá no ha sufrido; también me cruzo con mi hermano a las cinco de la madrugada en el camino cuando voy al encuentro del coche de la funeraria. Sin embargo todos ellos apenas aparecen en mi conciencia de esa noche, son sombras hasta el mismo momento de su muerte. Antes soy yo y mi madre, y su estertor, y la sangre obstruyendo los pulmones y la tráquea, y la sangre brotando a borbotones por la boca y la nariz; una sangre viscosa y ocre que se le arrancaba del cuerpo con infinito esfuerzo, abriéndose paso entre ella el último aire que llegaba a sus pulmones. Estamos esperando que mueras, le decía a mi madre, y le pasaba el brazo alrededor del cuello como para que se sintiera acompañada. El sueño y el cansancio me habían vencido sobre las cuatro de la mañana y me había hecho un sitio en la misma cama junto a mi madre; abrazado a ella intenté dormir. Su respiración era muy precipitada, su pecho subía y bajaba como una máquina que trabajara por encima de su máximo rendimiento. Quería acaparar para mí solo toda esta vida que era la de mi madre y que se extinguía con un dramatismo ajeno a ella misma. No sentía tristeza, ni nerviosismo, esa noche era la culminación de todas las tensiones de cuatro meses. Todo ello se resolvía ahora en la esperada paz de la muerte; había asimilado muchas incertidumbres desde entonces y esto era ya certeza pura. Sucedería en cualquier momento, uno de esos segundos en que su respiración se detenía forcejeando por traspasar la sangre que obstruía los bronquios y la traquea. No puede durar mucho, me decía, ¡tantas horas muriendo! Era una espera tranquila y amorosa. Me preguntaba por qué habría de dejarla sufrir así; para aliviarme también me decía lo contrario, que no sufría, que su sistema nervioso no transmitían ningún dolor. Evidentemente me contradecía, me argumentaba a mí mismo que si fuera un perro me habría producido tanta piedad que habría terminado con su vida antes del final; sin embargo ella era mi madre y yo no tendría valor más que para acariciarla y hablarla suavemente al oído, estoy aquí madre, marcha en paz ¿Dónde quedaban aquellas vagas ideas de atajar el dolor del cáncer a toda costa si aquél se hiciera intolerable, esa eutanasia imposible? Respiraba con grandes dificultades, llegué a pensar que debería ayudarla a morir, pero era un cobarde.
En el rincón de la habitación los troncos de roble levantaban una llama acariciadora y acogedora. Desde la cama miraba el fuego subir y bajar, era el fuego ritual de los bosques, de las montañas, de las playas. Siempre me ha gustado contemplar las llamas, cuando tuve una casa fue una de las primeras cosas que tuve en cuenta; alimentar un fuego durante las noches de invierno se ha convertido durante años en una ocupación imprescindible. Ceñir el talle de mi madre y sentirla tan cerca me apaciguaba, nunca había estado tan próxima a ella como en aquellos instantes. La empecé a querer con una ternura muy particular, más cuanto más se separaba ella de las preocupaciones materiales inmediatas que tanto la habían atenazado siempre; todos anduvimos rodeándola de un cariño muy especial durante estas semanas. Ahora agonizaba desde la inconsciencia de su coma. Querría que me hubiera oído, estoy aquí mamá, duerme tranquila, muere en paz madre. ¡Cuánto deseaba que uno de esos estertores paralizara definitivamente su vida! Ya todos en paz, ya una nueva vida, la muerte reparadora.
Después fue, cuando la hubimos arreglado un poco y ordenamos la habitación, que puse esa música de Serrat, también oímos a Lluis Llach, Viaje a Itaca, un tema que hacía años no escuchábamos. Era especialmente entrañable oír aquellos temas tranquilos sonando en cada rincón de la casa compartiendo los ecos de la agonía de mi madre.



Un ruiseñor en nuestra parcela.




El Chorrillo, 27 de marzo de 2017

Hace un rato ha empezado a cantar en los olmos de nuestra parcela el ruiseñor de todas las primaveras. Este trovador incansable, de rodillas día y noche con su canto en el momento más apoteósico de su enamoramiento ante el balcón de su amada, es el visitante más estimado del entorno de mi choza, pese a que en las noches de especial arranque amoroso me obligue a ponerme los tapones de cera para poder conciliar el sueño. Esas primeras noches en que su pequeño cuerpo, arrobado por el reciente impulso que la primavera inyecta en sus neuronas, su canto, siempre hermoso, es tan penetrante y tan continuado que uno, como sucede a veces con las dilatadas sinfonías de Bruckner, termina por llegar un punto en que desee que aquello termine de una vez porque ni los cantos más bellos, ni paralelamente los orgasmos, por ejemplo, están hechos para que duren en exceso. El umbral del placer tiene sus límites.

¿Por qué, cómo, de qué manera viene este pájaro a despertar tan repentinamente entre los primeros brotes verdes de los olmos? Sí, todo el mundo sabe que la primavera la sangre altera, pero eso no aclara los interrogantes. Ayer me desperté tan tristón que me dio por escribir un poema. Bueno, pues otro interrogante más. Podríamos decir que todo en la vida tiene sus biorritmos, sus altibajos, un meandro aquí, un rápido allá, una cascadita más adelante, un remanso donde sestear por una temporada, pero ello no añade una pizca de razón al asunto. ¡Ah, ya está, sucede porque sucede; no hay más! A veces es la única explicación que uno encuentra para un puñado de cosas. ¿Por qué hoy te despertaste triste o con una erección a medio camino, o contento como unas castañuelas? ¿Por qué el ruiseñor se pone de repente a cantar como un descosido? ¿Por qué de repente se te enciende una luz por dentro y necesitas un boli a toda prisa para escribir un poema que si tardas un minuto más en bosquejar se te esfumará en el laberinto de la memoria? ¿Por qué este placer de dormitar tras la siesta o ese gozo que te sube por dentro cuando en medio de una larga ascensión te sientes fuerte como un toro?

Esto en cuanto a las realidades más plausibles, las que forman uña y carne con la persona. Pero hay otras realidades. Estos días me baño en la sabiduría de un libro cuya referencia me proporcionó el muro de Fernando Ruiz; Yuval Noah Harari es el nombre del autor y Sapiens el titulo del libro. Pues bien, por ahí ando buscando entre sus páginas explicación a muchos asuntos, una especie de pesca o safari a ver qué pillo entre las aguas o entre la intrincada maleza de algunas realidades. A mi me gustaría tener a un sabio a mano al que pudiera recurrir de continuo para que me echaran una mano con estas cosas. Confieso que a menudo tengo una debilidad por los porqués, más o menos como esos chiquillos a los que años atrás daba clase y que un día sí y otro también te sorprendían con un por qué la Luna no se cae o cómo se las apañan los australianos para andar cabeza abajo. De momento ya se me han aclarado un buen puñado de interrogantes que tienen que ver con otra realidad más moderna en la cadena de la evolución del homo sapiens, me refiero al orden imaginado del que habla Harari, un mundo que sin poder ser tocado con los dedos de la mano se nos impone a veces de una manera maldita. Por ejemplo, he descubierto que el dinero, las leyes, las religiones, la moral, nuestra propensión a no ir desnudos por la calle, vestir corbata, la monarquía, los nacionalismos y un buen saco de cosas más son todo elementos productos de la imaginación cuya existencia no va más allá de los límites del cráneo. Lo que sí existe es la aceptación por parte de un grupo, sea este pequeño o a nivel mundial, de un acuerdo sobre la viabilidad de estas imaginaciones. Así acordamos, por ejemplo, que uno entre los otros homo sapiens puede convertirse en jefe de la tribu y ser llamado rey; acordamos que un trozo de papel al que llamamos dinero sirva para comprar un litro de leche o los servicios de un abogado; damos por buena una ideología; acordamos que un gilipollas cualquiera con millones de papeles de esos a los que llamamos dinero es un tío importante que merece el respeto de todos aunque sea un cabrón; acordamos etc. Un árbol existe porque está ahí y lo puedes tocar. Sin embargo Dios existe porque algunos lo imaginaron, lo inventaron, porque descubrieron que a través de ese invento podrían dominar a los otros, porque el homo sapiens después de desarrollar la capacidad de razonar lo primero que quiso es no morirse y para ello no tuvo mejor idea que inventarse un dios que no sólo le evitarse la muerte sino que además le prolongara la vida en un paraíso donde todo iba a ser un placer sin límites… por los siglos de lo siglos: ahí es na.

Así pues, resulta que vivimos dos tipos de realidades, una, la de carne y hueso, la que podemos tocar con la yema de los dedos o sentir con parecido apremio como lo hace el ruiseñor esta tarde en nuestra parcela cantando a su amada desde las ramas de los árboles, y otra, producto de la imaginación, en la que se mezclan aspectos esenciales y útiles para nuestra vida personal y social con otros que han servido para aglutinar a los humanos en torno a una ideología, una religión, una nación, creando como complemento una estructura social, política y religiosa en donde al tiempo de inventar la propiedad privada y organizar al mundo y su gente han conseguido encorsetar a la plebe, sus seguros servidores, sí, para uso y consumo de sus excelencias, las del dinero, las de los gestores del cielo, las del poder político. Una segunda realidad nada esperpéntica, que con el nombre de neoliberalismo o alguno de sus afines prima en nuestros tiempo como el invento más rentable de la historia de la humanidad.

El caso es que, pese a todo, estamos en primavera y que como no sólo de pan vive el hombre, no es cosa de amargarse la existencia con los derroteros de esa realidad inventada que nos amenaza desde la creencia aceptada de que unos pocos, pongamos un cuatro, un cinco por ciento de la población, tienen derecho a poseer el noventa y cinco por ciento de la riqueza del planeta. A fin de cuentas, en un mundo en donde el dinero son sólo unas cifras en algunos dispositivos informáticos de los bancos, quizás un día nos podamos despertar con que estos bytes han sido borrados por la fuerza magnética de alguna fuerza extraterrestre.

Si la imaginación ha inventado miles de convenciones desde que el hombre tuvo uso de razón, quizás en el futuro esa misma imaginación pueda crear otro mundo y otras convenciones que nos liberen de lo psicópatas del dinero y del poder. Mientras tanto podemos seguir escuchando a los ruiseñores, podemos seguir enamorándonos, soñando y alimentando a cada momento la existencia con los pequeños porqués de la naturaleza y de la vida.




Bajo la cascada de El Ángel. Canaima. Venezuela






El Chorrillo, 26 de marzo de 2017

Habían estibado la pequeña avioneta con sandías; dos docenas de gruesas y alargadas sandías hacían de contrapeso a los cuatro pasajeros que volábamos esa mañana hacia las pistas de Canaima en plena selva venezolana. ¡Demonios cómo se movía aquello! El piloto, señor Madriz, un hombre cercano a los sesenta, pelo cano, jactancioso, tenía fama de haber cumplido alguna proeza aérea dejando caer su avioneta durante cientos de metros junto a las chorreras del Salto del Ángel, una espectacular cascada que se desploma por una altura superior a los novecientos metros. Con un ojo mirábamos los meandros achocolatados que discurrían unos cientos de metros más abajo, y con el otro andábamos pendientes de la cordura del piloto que hacía subir y bajar a aquel trasto rozando demasiado cerca para nuestro gusto la superficie plana de un tepui. Los árboles de la selva semejaban repollos sobresaliendo de una inmensa caja de mercado. Un vuelo demasiado agitado para mi estómago poco habituado a estos sustos de montaña rusa.
La avioneta aterrizó sin novedad en Canaima, no sin antes sobrevolar la laguna que enmarca la famosa colección de sus grandes cascadas. Nuestro guía, Cristian, extrovertido disertador, amante sin condiciones de estos parajes, nos acompañaría por unos días en nuestra expedición al Salto del Ángel. Antes de pegar la hebra frente a un increíble arco iris que nacía en la oscuridad aceitunada del río como un puente de juguete, habíamos atravesado a pie bajo la impresionante cortina de agua de la cascada del Sapo. El fragor es ensordecedor, en algún momento el embate violento del agua hasta la cintura amenaza con tirarnos; aguantamos el empuje agarrados a una pasarela de cuerda. Imponía la fuerza nueva y desmesurada del agua desplomándose.

Cascada de El Ángel

Al otro lado del río, y tras una marcha de media hora, nos esperaba una pequeña  embarcación. En uno de los raudales debemos abandonarla y hacer algunos kilómetros a pie. La barca remontó el peligroso rápido liberada de los pasajeros; dentro iba nuestro equipaje, me acordé tarde del dinero y la documentación, que no tuve la precaución de rescatar del macuto. Un camino color canela, entreverado de vainilla y chocolate, seguía la orilla arraudalada del río. Esperamos que no hubiera que buscar el pasaporte en el légamo de los meandros.
Sobre el río el cielo se había ido cerrando y había convertido las grandes montañas del fondo en un lóbrego paisaje donde alumbraban los flashes intermitentes de la tormenta. En el lado opuesto, la sabana, el campo abierto, se estrellaba contra dos tepuyes de paredes rigurosamente verticales. Presentí que me había quedado corto con mi provisión de diapositivas: los meandros, las coliflores de los árboles desde el aire, las masas de agua desplomándose, el arco iris como un raudal de luz naciendo del lecho del río... Hice unas tomas de una de las columnas del arco iris volando sobre un suelo de rocas y arenas de suave café con leche; después subimos de nuevo a la embarcación, que nos esperaba sana y salva después de haber superado los rápidos inferiores. Comenzaba a llover, era divertido. Sin embargo, río arriba, el aire no tardó en ponerse pastoso y como de brea. La proa escindía la corriente en dos altas cortinas de agua que terminaban cayéndonos encima empujadas por el viento.
La lluvia arreció. Las aguas se tornaron inquietas con la tormenta mientras hacia el sur apareció el perfil de nuevas montañas cortadas a tajo sobre el río; ancladas más allá de la oscuridad, sobresalían entre los panes de niebla que se agarraban a las paredes negras próximas. Los azules se apagaron tras la cortina de agua y ahora eran una pura gama de grises con una línea clara que flotaba en el río reflejada por los huecos de luz que se abrían como un boquete hacia el horizonte. Mientras tanto la temperatura descendió, terminé un carrete de diapositivas, miré resignado al frente, hice algunas tomas en blanco y negro. Terminamos haciendo cabriolas para poner un nuevo carrete. El perfil del barquero, sentado sobre la proa, sobresalía bellamente contra los reflejos simétricos que bailaban arriba y debajo de la línea de los árboles. Muy poca luz, pero pruebo, coloco las sombras próximas contra el fondo despejado, junto a las montañas, las compongo de manera que sus formas emerjan como contrapeso de la silueta que se sostiene erguida en la proa. La cortina de agua describe un arco a la altura de mis ojos. Hace frío. El entorno es impresionante, coincidencia plena de un momento de excepción convocado por los juegos de la tormenta, el motor rompiendo la calma del río, la noche cada vez más noche. Parecía increíble estar aquí, en medio de esta cosa compleja y bella, fría, confiados ciegamente en que un motor siguiera dando vueltas, confiando en que en algún recodo el río, de la noche, aparecieran las luces de un campamento, una playa, algo que rompiera la duda de que no estábamos a merced del río, de la oscuridad, de la selva.
Una ráfaga de agua se nos coló como un bofetón por encima de la borda. Con noche cerrada la embarcación giró a estribor y se adentró por un río menor, el Aonda; pocos metros más allá, las luces del campamento aparecían diseminadas entre los árboles de la orilla.
La tertulia se prolongó aquella noche por mucho tiempo. Cristian disertaba en inglés delante de su grupo sobre el programa para el día siguiente; lo hacía con manos, ojos, cabeza, con el cuerpo entero; se encontraba en su salsa, el rey del mambo. Al rato hace un apartado con nosotros y, aunque le decimos que sí hemos entendido, inicia una nueva charla (¡socorro!) que poco a poco fue subiendo de tono y se ramificó mucho más allá del tema que le había traído a conversar con nosotros. Era incapaz de estarse quieto, se parecía a mi hijo Mario, subrayaba las palabras, jugaba con las curvas tonales como si fueran un acordeón. Todo era extraordinario en sus relatos: un ermitaño lituano de los años cuarenta, que vivió sólo aquí y que él conoció de niño; un topógrafo alemán que midió el tepui que corona el centro de Canaima (setecientos cincuenta kilómetros cuadrados), también solo; un duelo entre un piloto de helicóptero y un paracaidista que se rifaban a ver quien era capaz de descender más rápido, uno con el motor apagado y el otro con el paracaídas recogido. Cosas así. Hay que decir que entre historia e historia se ponía un medio de whisky con hielo. Alrededor de la maquinaria de su imaginación y de sus palabras se llegó a formar un discreto corro. Al principio de la tarde había intercambiado con él algunos puntos de vista sobre escalada y cuestiones relacionadas con la filosofía de la aventura y ahora Cristian parecía haber encontrado el interlocutor idóneo para hilar un discurso sin fin. No me soltaba. No llegaba a terminar los temas; el whisky tenía, sin lugar a dudas, su parte de responsabilidad en esta facundia intempestiva.
En algún momento logré encontrar una evasiva. Cristian cambió entonces de audiencia, se fue a jugar al dominó con un grupo cercano. Yo me ocupé de mi cuaderno de viaje. Me trajeron una vela. En la mesa de al lado se oía ininterrumpidamente la voz de nuestro guía y el golpeteo desmesurado de las fichas de dominó contra la mesa.



Al día siguiente llegamos bajo los mil metros de la Cascada de El Ángel después de algunas horas de navegación y de una buena caminata que tuvo su momento más bello en la travesía y ascensión de la selva que crece a los pies del salto de agua. Una humedad relativa que se acerca al punto de saturación facilita que crezca una exuberante vegetación que acabó con mis provisiones de película; esos líquenes que no me canso de fotografiar, por ejemplo, y que aquí muestran una sutilísima variedad de tonos bajo la luz suave de la niebla matinal. Las aguas, bajo el efecto de la descomposición vegetal, llevan en suspensión una sustancia, el tanino, que le da un bello aspecto de jarabe anaranjado; el suelo, donde no es un laberinto de raíces forma una espesa alfombra de hojas sobre las que caminar  produce el efecto de hacerlo sobre un mullido colchón. El bosque chorreaba agua, los verdes eran encendidos y lujuriosos, los miles de metros cúbicos que se desplomaban formaban sucesiones de cortinas que caían armoniosas solapándose unas a otras y jugando sus encajes con la niebla y con el fondo negro de la montaña, descienden increíblemente lentos, el agua se dispersa cientos de metros más allá de la vertical formando un diluvio que riega permanentemente el bosque. Toda la selva inmediata parece formar parte de esta cascada gigantesca; la masa principal de agua se derrumba envuelta en brumosos hilachos que penetraban profundamente en el bosque. La vista es fantástica. Los turistas somos una panda de extraños en este paisaje grandioso; jugamos, nos hacemos fotos, nosotros y la cascada, nosotros y el letrero donde se la nombra. Había algo de infantil en los visitantes frente al famoso espectáculo: el documento notarial, el certificado de yo estuve allí.
Cuando regresamos junto a la embarcación, el pollo a la hoguera estaba en su punto. Después será descender el río a un velocidad que ponía a prueba los nervios cuando atravesábamos los rápidos. Todo el recorrido está rodeado de selva impenetrable sobre la que se yerguen montañas y paredes espectaculares. En el campamento llovía, el torrencial aguacero de la tarde caía con violencia sobre el tejado de zinc.

Tepui a la derecha. Formación montañosa típica de la zona

En la tertulia de la noche el whisky fue sustituido por la guitarra. El resultado era óptimo, las risas y las voces de los venezolanos se mezclaban con el clamor de fondo de la selva. Me recordaba el ambiente de los refugios italianos de los Alpes allá por los años setenta. Eché cuentas: hacía dos meses y medios que habíamos salido de casa; en las dos últimas semanas el tiempo parecía haber transcurrido con especial celeridad. Ahora, la otra selva, la grande, la que baja hasta Manaus y sube hacia el Pacífico, se extendía ante nosotros como una promesa. Los ríos de América son lentos, no están hechos para nuestras prisas de occidentales, navegar las aguas rojas, éstas del río Carrao en las tierras de Canaima, las aguas marrones y calmosas, aquellas que hienden por medio el país de más al sur, se mide por un tiempo que no es el nuestro. Ni perdidos en la selva dejaba de oírse el metrónomo: tic tac tic tac.
“Si estaba ahí era por alcanzar el entendimiento de lo grande” (El acoso, Alejo Carpentier). La necesidad de lo grande, de lo hermoso, corre por las fibras del ser como una corriente encantada que fuera capaz de sacarnos con su llamada de los ciclos de lasa cotidianidad. Cada vez queda menos espacio para lo extraordinario, que parece haberse diluido poco a poco en los caminos de la infancia y juventud; el mundo se estandariza y la compañía de la seguridad que aprendimos a llevar a todas partes como condición sine qua non, mediatiza nuestros movimientos; también el mundo se organiza, varios millones de livingstons y stanleys recorriendo cada día el planeta de un lado para otro termina por disolver el halo mágico del misterio, la aventura se expende en sucedáneos que son la justa servidumbre de nuestro arrogante dominio del mundo: aventura enlatada y descafeinada para todo aquel que disponga de unos pocos dólares.
Sigue, no obstante, vigente la cita de Carpentier, el entendimiento de lo grande, si somos capaces de no banalizarlo, puede rondar tanto en las notas de una sinfonía como en el canto del anchuroso río que se deslizaba bajo la lluvia quedo y como de plata en la noche del principio de esta aventura; si somos capaces de meter nuestra carne en la carne de la naturaleza, de la selva; si somos capaces de ver, de oír, de aislarnos en los embates y el fragor del interior de la cascada del Sapo, del turismo organizado; capaces de limpiar nuestros oídos y nuestra mirada, de acercarnos al estado de gracia que exigen los ríos, las selvas, las montañas, los desiertos, para entregarnos al secreto misterio de la naturaleza; amada por demás que no se entrega como ramera al precio de unos dólares, sino en el amoroso forcejeo de una ternura y una sensualidad sin paliativos.
Una pequeña carretera une el sur de Venezuela con el caudal del río Amazonas, nuestro siguiente destino para un viaje que había comenzado en Ciudad de Méjico y terminaría meses después, tras atravesar los Andes en el Machu Picchu.










Sobrevolando la selva rumbo a Canaima